Capítulo 2: Sombras de Dolor
30 de diciembre de 2025, 23:11
De su celda caía un hilo de agua, por una esquina del techo. Estaba ubicado para caer en un abrevadero en el suelo, de roca también, que corría por todo el largo de la pared y tenía un desagüe al conectar con la siguiente pared. Este sistema le permitía tener agua fresca todo el tiempo, que se renovaba a cada segundo. Alex se preguntaba de donde venía y a donde iba al salir a ese desagüe, podía ser que esta corriente pasara de celda en celda hasta desembocar en el rio más allá. Pero a Alex poco le importaba ya que era agua potable, tremendamente fría, pero suficiente para apagar su sed.
El agua fría era útil, además, para lavar sus heridas. Alex estuvo tomando puñados y dejándolos correr por las heridas de su espalda, por los azotes. Parecía como si el agua limpia y fría anestesiara parte de su dolor y se llevara a la vez parte del mal.
Su mente vagaba entre el dolor y la preocupación por su hermana. ¿Dónde estaría Cam?. Las heridas de ella debían de ser tan graves como las suyas. Quizá peores.
A pesar de todo, la celda era espaciosa. En medio de la misma había un camastro de piedra que bien podría usarse como cama, mesa o de esas mesas de tortura porque Alex veía muescas en las esquinas donde podrían encajar cadenas o cuerdas como las que ella aun tenía atadas a las muñecas y tobillos. No había ventanas al exterior, por lo que Alex no podía saber qué era lo que ocurría fuera o si era aun de noche o si el día ya había arribado por fin.
Llevaba unas horas lavando con lentitud metódica los cortes de su espalda, que aun la hacían saltar lágrimas de ardor y dolor profundo, cuando el canto rodado que servía de puerta rodó hacia un costado, mostrando la oscuridad al otro lado. Instintivamente se arrastró tras el camastro de piedra en una inútil forma de cubrir su propia desnudez.
—Soy yo, no te asustes. —la voz de Illeana la sorprendió gratamente.
—Dios mío, eres tú —suspiró ella con alivio atreviéndose a sacar más la cabeza por el borde del camastro— me alegra tanto verte.
—A mi también, créeme que si —murmuró ella acercándose para abrazarla y darle un par de besos en las mejillas— todo estará bien, Alex, ya verás que si. Estás muy helada.
El canto rodado fue vuelto a poner en su sitio y la visibilidad se hizo aun menor.
—¿Qué haces aquí? —inquirió consternada ante la posibilidad de que Illeana tuviera que ser compañera en su próximo castigo— ¿te van a encerrar aquí conmigo?
—No, no pienses en eso ahora —murmuró la mujer, pero evitó su mirada al decirlo— Necesito que te tiendas en el camastro ahora, necesito ver tus heridas. Thantos me ha dejado venir a ti para ayudar a curarte. Como hice con Karsh y Cam.
Con su ayuda, Alex subió dolorosamente al camastro de piedra, que resultó no estar tan frío como su propia piel húmeda. Se tendió ahí mientras Illeana encendía una lampara de aceite para iluminar la espalda de la chica.
—¿Cómo están ellos? —se apresuró a decir la gemela de la luna, presa de una emoción tremenda al saber que si habían sido curados, ambos estaban aun con vida.
Illeana también traía consigo una canasta llena de cosas que a la luz insuficiente de la lampara de aceite, Alex creyó identificar como gasas, frascos y artefactos metálicos de apariencia inquietante.
—Karsh, bueno, él está bastante irritado por tanto dolor —suspiró— pero ha dejado de sangrar por fin. Su brazo... evidentemente no volverá a crecer... pero pude evitar que se desangrara. En estos momentos me arrepiento de no haber tomado más en serio las clases de medicina y pociones...
—¿Y Cam? —apremió Alex.
—Está bien, ella está mejor que todos nosotros. Ya siente entusiasmo por la venganza... —y agregó con un hilo de voz— como si fuera posible.
Alex iba a decir algo, pero el tremendo ardor de su espalda le hizo doblarse hacia arriba, presa de una corriente de dolor profunda. Soltó un siseo y una maldición mientras volvía a recostarse sobre la piedra.
—Lo siento —murmuró Illeana.
—¿Qué es? se siente extraño.
—Son hierbas que he molido hace unos instantes, te diré la verdad, puede parecer que ahora el ardor es peor que las heridas como tal, pero te aseguro que acelera el proceso de curación en un cien porciento. Son tan mágicas como todo en Coventry.
Había un tono diferente en su voz que a Alex no le terminaba de gustar. Illeana estaba destrozada como ella a nivel emocional por lo que había pasado. Los reyes, Aaron y Miranda, sus padres biológicos, habían sido asesinados. Todo estaba perdido. Había tanta oscuridad que Alex no sabía si habría un final meramente feliz para ella o su hermana.
—Fuiste muy valiente —volvió a susurrar Illeana de entre las sombras de nuevo— Thantos quería humillarte, pero no te amedrentaste a pesar de que él buscó hacer todo lo posible para ello...
—Yo causé todo esto —sentenció ella, poyando la mejilla contra la piedra del camastro— si no hubiera tenido la osadía de desobedecerlos...
—No, Alex, no lo pienses —le aconsejó ella con ternura— no fue tu culpa, te aseguro que lo que pasó tenía que pasar.
—Crees que aun hay esperanza —ella alzó la vista para mirar a su protectora a la cara.
Illeana se había destacado por ser siempre muy hermosa. En secreto, Alex la había envidiado un poco por su piel blanca y luminoso cabello de oro. Aun ahora, con las heridas recientes de la última pelea contra Thantos, su rostro seguía siendo muy bello. Pero no era eso lo que hizo que la gemela de la luna se quedase en silencio al verla. Era que en su frente, como contrastando con el brillo de su personalidad, había un cristal idéntico al que ella misma tenía en su frente.
—Siempre hay esperanza —dijo Illeana y le sonrió, pero Alex escuchó el nudo en su garganta cuando dijo eso y la forma en la que sus ojos se humedecieron.