Capítulo 3: Esperanza
30 de diciembre de 2025, 23:12
Habían pasado apenas unos días, los suficientes para que Alex supiera que la oscuridad era un refugio interesante, opresivo y helado, pero un refugio al fin. Algo dentro de ella sentía que a pesar de todo, debería permanecer ahí. Todo lo que sea que estaba ocurriendo, ocurría por su culpa. Se merecía el olvido del pueblo que confiaba en ella y en su hermana para salir de este periodo de oscuridad. Y todo lo que había hecho había sido destruir la esperanza de un nuevo amanecer.
Las heridas de su espalda habían sanado, más rápido de lo que imaginó. Illeana sabía lo que hacía con esas hierbas, cada vez que le traía sus alimentos, le proporcionaba además infusiones que le daban fuerza. Alex había perdido totalmente la esperanza, pero aun así escuchaba cuando su protectora le decía que todo estaba bien mientras lavaba las heridas de los latigazos de su espalda.
Un día, Illeana regresó sin sus vestidos formales. Únicamente para cubrir su desnudez, había sobre su cuerpo algo así como el material tosco y barato de saco roto de papas. Alex se sorprendió ante esta nueva imagen de la mujer.
—Thantos... —se limitó a decir ella mientras entraba, parecía resignada en gran medida, como si supiera que no había otra forma de que las cosas sucedieran, por lo menos momentáneamente— pero conseguí uno para ti. Yo... creo que es mejor que andar desnuda.
De su canasta, junto a la cena que consistía en sopa de repollo y pan duro, Illeana extrajo un saco para Alex. Cuando se acercó, con la lampara de aceite, la chica pudo ver que su protectora venía además con una cantidad nueva de golpes en su cuerpo. Tenía moretones por doquier y las marcas de unos dientes sospechosamente humanos que la habían mordido en el cuello.
—Thantos... —repitió la mujer suspirando con profundidad.
Alex sabía, porque una vez se lo había escuchado a Miranda, que Thantos había estado acosando tiempo atrás a Illeana y que había llegado a haber un problema entre ambos en su momento. Aún así, ella nunca imaginó que ese ser repudiable podría llegar a hacerle algo de verdad a ella. A partir de entonces, cada vez que Illeana entraba, con nuevos moretones, a ella se le oprimía el corazón por la impotencia.
Illeana nunca daba explicaciones. Solo evadía el tema, negaba con suavidad y pasaba a otra cuestión con rapidez. Alex en parte lo agradecía, porque de verdad no quería hacerla hablar de algo tan traumático. Prefería que Illeana le hablara de que Camryn estaba de verdad planeando la huida y de que Karsh cada día estaba mejorando, pero que como Cam, estaba decidido a vengar a Aaron.
Tras la primera semana en esa prisión, Karsh entró a verla también. Alex rompió en lágrimas cuando él la abrazó con solo un brazo.
—Tranquila, de verdad, todo está bien —la consoló— ese maldito no ha ganado, aunque lo crea así. Fracasó conmigo ¿lo ves? todavía me queda otro brazo. Y créeme que le daré guerra hasta que se le ocurra arrancarme la cabeza.
Illeana se cubrió la boca ante esta idea, pero sonrió después. Karsh le contó a ella que con otros hombres habían estado reuniendo la poca magia que aun les quedaba en un joven fuerte con mucho potencial que pensaban podría ayudarles en su venganza. Pero era muy arriesgado.
Alex sintió un atisbo de esperanza cuando Illeana se acercó con ternura a Karsh para ayudarlo a levantarse para irse de nuevo. Esa visita había sido altamente clandestina y si los llegaban a encontrar, las consecuencias serían terribles. Por eso fue tan breve, solo para otorgarle algo de luz a la gemela de la luna.
Ella en efecto, atesoró esa idea, de una salvación que ya no dependiera de ella para lograr la venganza. Aunque saber que Cam estaba involucrada no la hacía sentir bien. Después de todo, por culpa suya estaban como estaban...
El saco que Alex vestía era demasiado áspero, y parecía contener ácaros o algo así que picaba. Pero claro, era mejor que nada y ella se lo agradecía a Illeana, porque para este punto ya se había cansado de estar todo el tiempo desnuda en un ambiente tan gélido. Algo así como tres días después, su protectora le llevó unas esquirlas de jabón y un segundo saco además de una alita de codorniz hervida en agua con sal.
—Mira, esto... de verdad que no es mucho —murmuró ella, ayudándola a lavar el primer saco mientras Alex se bañaba en el agua fría, después de comer ese pequeño tesoro después de la sopa de siempre— pero las cosas cambiarán, de verdad lo creo.
Aunque el tono de la mujer era optimista, la gemela de la luna sabía que era un poco fingido. Se sentía que era como si fuera para intentar creérselo ella misma. Alex la compadecía, pero admiraba su fuerza de voluntad y su inquebrantable buen corazón. Colocaron el saco húmedo en el sitio junto a la puerta donde entraba un rayo de sol desde el exterior, por el pasillo, talvez funcionara para sacarlo. La alita de codorniz, le había sabido mejor de lo que imaginó y se preguntó cuando sería la próxima vez que comería un bocado como ese.
Cuando Illeana se fue, después de dejar a Alex en su camastro de piedra, con su nuevo saco sobre el cuerpo, ella se levantó de nuevo. Se acercó al canto rodado que servía de puerta y atisbó por la ventanita hacia afuera en el pasillo. La luna había salido y ella llenaba de energía, de inspiración, de grandes ideas que buscaban saltar de su mente al papel.
En su momento fue una buena escritora. Tenía el don de la clarividencia y a su vez de la profecía. Si se ponía a escribir, podía discernir lo que el pasado ocultaba y lo que auguraba el futuro próximo. Pero si ella no había hecho por pedirle lápiz y papel a Illeana, había sido específicamente porque sabía que el futuro, por lo menos el próximo, no iba a ser agradable.