Capítulo 4: El trato
30 de diciembre de 2025, 23:12
Una noche, cuando Alex estaba haciendo lo posible por poner en orden su cabello con un peine de madera que Illeana le había traído la otra noche de contrabando, el canto rodado de la puerta volvió a moverse, apartándose de la entrada con un sonido hueco de piedra sobre piedra. Alex ya se había apegado a un modus operandi, escondiendo el peine en una grieta en la pared de roca y sentándose sobre el camastro, simulando no hacer nada.
A pesar de que hasta ese momento solo Illeana y Karsh la habían ido a visitar, eran normalmente los guardias los que le traían la sopa de repollo o caldo de piel de papas. Por lo que necesariamente tenía que esconder todo antes de que cualquier cosa pasara.
Quien entró esta vez fue un hombre diferente. Al principio Alex pensó que era Karsh, pero luego adelantó la lampara de aceite y ella pudo ver su rostro a la perfección.
—¿A qué has venido? —le escupió con una frialdad gélida, su cuerpo tensándose al reconocerlo.
—¿No puede un tío venir a ver a su querida sobrina después de semanas sin saber de ella? —replicó él, con un tono despreocupado y confiado que le resultaba insoportablemente irritante.
El odio que Alex sentía por él era casi palpable, como un veneno ardiendo en sus venas. No sabía que se podía detestar tanto a una persona hasta que conoció a este hombre. La oscuridad parecía moverse a su alrededor, corpórea, como parte de su ser, como una extensión más de su maldad. Y, si Alex no se equivocaba, la negrura que la rodeaba en volutas de humo espeso, que se enroscaban alrededor de sus caderas, eran semejantes a sus manos que serpenteaban, acercándose con intenciones que llenaban el aire de amenaza.
—Oye —dijo él, buscando su mirada con insistencia mientras ella lo ignoraba, su rabia contenida casi tangible— estoy aquí para ver cómo te sientes. ¿Le resulta grata su estancia en esta "suite", princesa?
Soltó una risa socarrona, pero había algo en su tono que la hizo estremecer. La oscuridad se enredaba ahora alrededor de las piernas de Alex, avanzando lentamente, llenándola de una sensación de vulnerabilidad opresiva. Intentó retroceder instintivamente, pero Thantos se acercó con una altanera superioridad, cerrando cualquier posibilidad de escape. La puerta de piedra volvió a sellarse, encerrándolos en esa penumbra sofocante.
Él se ubicó frente a ella y alzó una ceja mirándola de arriba a abajo, con extrañeza. Alex bajó la mirada un segundo, con la esperanza de que el saco raído de patatas siguiera sobre ella.
—Yo no te envié eso que llevas puesto —señaló como quien habla del tiempo, con desgana— no te favorece. Te veías mejor desnuda.
El asco le recorrió la piel como una corriente fría— No me interesa lo que pienses —respondió Alex, su voz temblando de rabia contenida— no tienes derecho a ordenarme nada. Y no permaneceré desnuda solo porque tú lo quieras. Al final, serás derrotado.
—¿Ah, si? ¿Cómo me derrotaste tú y tu hermana en lo alto de aquellas torres? —desgranó una sonrisa amplia mirándola con los ojos entrecerrados— ¿Dónde maté a tu padre otra vez?
Alex sintió que su cuerpo se paralizaba al escuchar esas palabras pronunciadas con tanta indiferencia. El dolor de ese recuerdo la atravesó como una daga. Antes de que pudiera reaccionar, sintió algo más. La oscuridad, ahora sólida, subió por sus muslos en un toque obsceno. Ella retrocedió violentamente, arrastrándose sobre el camastro de piedra con horror.
—¡No me toques! —gritó, presa del asco y el miedo.
—¿Sabes lo hermosa que te queda esa joya en la frente, Artemis? —le murmuró en un tono que era inconfundiblemente seductor, donde se mezclaba el deseo con una prepotencia marcada, sin dejar de acercarse— te pareces tanto a tu madre, tú más que Apolla.
Alex sintió cómo su corazón se aceleraba mientras las sombras alrededor de Thantos parecían pulsar con vida propia, llenando cada rincón de la celda, asfixiándola.
—¿Qué hiciste con Illeana? —le recriminó, en busca de alguna forma de desviar la atención de la conversación de ella— ¿porqué no está ella aquí?
—Illeana incumplió su trato —empezó él— ella y yo teníamos un acuerdo. Y ella dejó de cumplir su parte. Por eso estoy yo aquí y ella está en otra celda. Encerrada hasta que recapacite. Aunque... creo que teniéndote a ti y a tu hermana, no habrá opción a rehacer el trato.
A pesar de la opresión que sentía en su pecho, saber que Illeana seguía viva fue como un pequeño alivio. Pero el peso de la situación no disminuyó en lo más mínimo.
—¿Qué trato? —susurró Alex, su mente tratando de entender.
—Ella ocupaba el lugar que yo había destinado para tu hermana y para ti —siguió él, con voz incitante esta vez, en la que se reflejaba las implicaciones de lo que estaba diciendo— y ustedes permanecían en paz en sus celdas.
Alex repitió la palabra en su mente, tratando de asimilar lo que eso significaba. —¿Qué lugar?
—Vengo aquí solo por lo que es mío —siguió el hombre— ¿no es eso lo que dijiste cuando me liberaste de las sombras, amada sobrina...? ¿ya lo olvidaste...? me dijiste: te doy todo. Y exijo que cumplas... exijo que entregues todo.
La lampara de aceite estalló, siendo consumida por la oscuridad sólida que flotaba en el aire, llenando el suelo como una espesa niebla. Antes de que Alex pudiera reaccionar, sintió cómo algo oscuro y denso la rodeaba por completo. Una mano hecha de sombras emergió de la penumbra, atrapando su muñeca, inmovilizándola con una fuerza aterradora. La oscuridad la empujó hacia el camastro, donde cayó de espaldas, incapaz de moverse.
—Ya te llevaste mi magia —murmuró ella con la voz rota y las lágrimas corriendo por sus mejillas— te llevaste a mis padres, lastimaste a mis protectores. Me separaste de mi hermana. ¿Qué más quieres de mi? ¡No tengo nada más que dar!
La sonrisa de Thantos se ensanchó aún más, y una risa oscura y malévola llenó la habitación. Alex sabía la respuesta, pero no quería aceptarla. Él no solo quería su magia o su cuerpo. Quería consumir su alma, su voluntad, todo lo que la hacía ser ella misma.