ID de la obra: 1567

Destinada a la oscuridad

Het
NC-21
Finalizada
6
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
74 páginas, 31.704 palabras, 22 capítulos
Descripción:
Notas:
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Capítulo 5: Oscuro placer

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Forcejear, evidentemente, no tenía ningún propósito más que agotarla, pero Alex no dejó de hacerlo. Cada movimiento desesperado hacía que sus muñecas se rozaran contra las manos hechas de pura oscuridad que la inmovilizaban. Esa oscuridad quemaba, parecía estar hecha de fuego oscuro antes que de frio como ella hubiera imaginado. Su respiración se aceleraba con cada intento fallido de liberarse, sintiendo cómo la energía se le escapaba. El camastro de piedra debajo de ella parecía más frío y duro con cada segundo que pasaba. Thantos se ubicó frente a ella, con una calma cruel, su figura alta y amenazante dominaba la pequeña celda. Su sombra parecía alargarse, extendiéndose por las paredes, envolviéndola, ahogándola. El contacto visual que mantuvo fue férreo, cortante, cargado de desprecio. Desde su altura y posición privilegiada, su mirada fría la atravesaba como si fuera menos que un insecto. —La profecía decía que me destruirían —pronunció con una voz que goteaba resentimiento—, decía que me desterrarían de la existencia, que me perdería en el abismo del tiempo. ¿Y sabes qué sucedió, Artemis? El uso de su antiguo nombre, esa versión de sí misma que ella ya no reconocía, fue como un golpe bajo. Alex intentó desviar la mirada, sus ojos ardiendo con lágrimas contenidas, pero la oscuridad se extendió nuevamente. Manos como las que la sujetaban por las muñecas subieron, invisibles pero asfixiantes, y se aferraron a su rostro, obligándola a mirar a Thantos. Sus dedos se le clavaban la piel con una presión inquietante, reteniéndola. Él la observó en silencio, disfrutando de su angustia, antes de que sus labios se curvaran en una sonrisa cruel. —La niña de papá decidió traicionar a todo Coventry —sus palabras golpearon a Alex con el peso de la culpa, como si fueran dagas que se clavaban directamente en su alma. El silencio que siguió fue aún más opresivo. Las palabras de Thantos resonaban en su mente como un eco interminable, una acusación que la aplastaba porque sabía que era culpable. Cuando él levantó ambas manos frente a ella, por un instante Alex pensó que iba a golpearla. Pero, en lugar de eso, las exhibió como trofeos delante de sus ojos. —Artemis —le dijo con un tono lleno de amargura— mira todo el potencial que tú y tu hermana tenían. Alex fue forzada a mirar, sus ojos se abrieron más al ver las cicatrices aún ardientes en las palmas de Thantos. Los símbolos de un sol y una luna, como si hubieran sido marcados a fuego perpetuo, coincidían exactamente con los amuletos que ella y Camryn llevaban en sus collares. Amuletos que él les había robado. Las marcas parecían palpitar, brillar tenuemente, como si fueran heridas nunca cicatrizadas del todo. —Veintiún años después —continuó Thantos, disfrutando cada palabra—, cada vez que veo mis manos recuerdo ese día. Cuando ustedes, pequeñas bebés, se aferraron a la vida. Quién diría que poco después podría ganarles solo con engañar a la más débil de las dos. Las lágrimas de Alex cayeron finalmente, sus emociones rebasadas por la impotencia, la culpa y el dolor. La visión de esas cicatrices, el fuego contenido en ellas, era un recordatorio de lo que habían perdido, de lo que les había sido arrebatado desde su infancia. Thantos bajó una mano, pero mantuvo la de la luna cerca de su rostro. Su mirada despedía destellos de una ira oscura, pero una satisfacción macabra lo dominaba al tener el control de la situación, disfrutando de la tortura psicológica que le infligía. —¿Aún puedes hacer esto, poderosa Artemis? —susurró, y de repente, con un movimiento rápido, le presionó la palma contra la frente, contra el cristal. El dolor fue inmediato y desgarrador. Un grito quedó atrapado en la garganta de Alex cuando un estallido de energía la abandonó desde el alma hasta ese pequeño punto en la frente. Su cuerpo convulsionó, cada nervio ardiendo bajo la corriente mágica, su esencia misma drenada a través del contacto. Y cuando terminó, luces aparecieron en su visión borrosa y un pitido doloroso se asentó en el fondo de su mente por unos segundos. Cuando Thantos retiró la mano, el vacío que dejó fue tan abrumador que Alex apenas podía respirar. El agotamiento se apoderó por completo de su cuerpo, dejándola temblando, débil. El cristal clavado en su frente quemaba rabiosamente desde el interior de su cabeza hacia afuera. Ella entendía que ese había sido el punto donde canalizó todo para drenarla de su energía y sacarle todo lo poco que aun tenía. Había sido devastador y ella aun sufría las secuelas. Su cuerpo temblaba. Thantos la observó desde arriba, su expresión ahora era de puro placer, como si hubiera saboreado el momento al máximo. Su respiración se había agitado y una sonrisa se perfiló en sus labios antes de ampliarse a una torcida expresión de deleite. Su lengua recorrió lentamente sus labios, saboreando la dulzura de la victoria, mientras exhalaba con satisfacción. —Nos vamos a divertir... mucho, Artemis —susurró con voz ronca y pausada, con un tono cargado de deseo oscuro, avanzando hacia ella con pasos lentos y deliberados, mientras la oscuridad a su alrededor se cerraba como un manto opresivo. Alex respiraba entrecortadamente, su cuerpo aún temblaba de forma descontrolada por el dolor que le recorría los nervios, pero el agotamiento también venía acompañado de una extraña vulnerabilidad. Estaba completamente a merced de Thantos, y lo sabía. Sentía el latido en su frente donde había estado la marca de la luna, un rastro imborrable de la magia oscura que él había usado para drenarla. Pero eso no era lo peor. Lo peor es que este era solo el comienzo. El brillo oscuro en los ojos de Thantos ahora tenía un matiz diferente. El placer que había sentido al drenar su magia no solo era poder, sino algo más profundo, algo más perverso. Los dedos que antes habían presionado su frente ahora se movían suavemente por su rostro, bajando por la línea de su mandíbula con una delicadeza perturbadora, mientras la oscuridad que la inmovilizaba parecía hacerse más tangible, envolviéndola como cadenas invisibles. —Eres más fuerte de lo que pensé, Artemis —su voz se volvió un murmullo más bajo, cargado de insinuaciones, y su mano se deslizó hacia su cuello, sus dedos jugando con los mechones sueltos de su cabello—. Más que tu madre, más que Illeana... Más que Apolla... Tu magia es un néctar refinado, el más dulce que he probado hasta ahora. Es una pena que no te hayas dado cuenta antes de cuánto disfruto… jugar. Alex apretó los dientes, sintiendo la mezcla de miedo, rabia y algo más que no quería reconocer. Ella apartó el rostro con la poca fuerza que le quedaba, pero la mano de Thantos bajaba, lentamente, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para seguir torturándola. El contacto no era violento, pero había una amenaza implícita en cada roce, una oscuridad que la hacía sentir expuesta, vulnerable de una manera en la que nunca se había sentido antes. —Deberías haber sabido que nunca serías más que una herramienta para mí —su voz era casi un susurro contra su oído, y Alex sintió el escalofrío que recorrió su columna vertebral cuando él se inclinó sobre ella, su aliento cálido contra su piel contrastando con el frío ambiente a su alrededor. La cercanía de su cuerpo la asfixiaba, cada palabra que él pronunciaba caía sobre ella como un peso invisible, aplastante—. Y aún así… me pregunto… —Thantos sonrió, sus labios rozando apenas el borde de su oreja, enviando un estremecimiento por su cuerpo— si aún puedes resistirte. Las manos de Thantos, en las que aun seguían brillando las quemaduras vivas, bajaron hasta sus brazos, trazando líneas invisibles sobre su piel. El contacto era lento, casi íntimo, pero bajo la superficie Alex sentía el poder oscuro que emanaba de él, un poder que parecía consumir el aire a su alrededor. Su cuerpo, traicionado por el dolor y el cansancio, comenzaba a relajarse a la fuerza bajo el toque de Thantos, como si la oscuridad misma estuviera tentando sus nervios a ceder, a rendirse. —¿Lo sientes? —Thantos deslizó una mano hacia su pecho, no de una manera brutal, sino con una suavidad calculada que hacía que el toque fuera aún más aterrador. Su corazón golpeaba contra la mano marcada por su luna. El contacto visual ahora parecía una conexión irrompible. El aire parecía comprimirse a su alrededor, y Alex luchó por no dejarse llevar por la mezcla de sensaciones que la abrumaban—. La oscuridad… está en ti, Artemis. Siempre lo ha estado.
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