ID de la obra: 1567

Destinada a la oscuridad

Het
NC-21
Finalizada
6
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
74 páginas, 31.704 palabras, 22 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
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Capítulo 11: Aprendiendo

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Volvía a estar sola, había pasado otra semana entera desde su encuentro con Thantos, desde que Illeana la había consolado y traído para ella algo de vestir, desde que sus protectores le habían dado fortaleza y su apoyo moral. Desde que sabía que las cosas mejorarían tarde o temprano. Pero Alex no dejaba de pensar en lo ocurrido, en lo recientemente descubierto y en las implicaciones que todo traía consigo. La oscuridad también estaba en ella, y eso la tenía aterrorizada. El aire en la celda era denso, cargado de una tensión casi palpable, como si las sombras mismas fueran cómplices del mal que se cernía sobre Alex. Ella ahora las veía con otros ojos, después de haberlas usado y haberlas sentido como miembros nuevos. Encerrada dentro de esas paredes frías, podía sentir la frialdad del cristal en su frente, un recordatorio perpetuo de lo que había pasado cuando Thantos colocaba su mano con la quemadura de la luna sobre su frente, drenando lo que quedaba de su magia. Sus energías, antes vibrantes y luminosas, se habían reducido a un tenue hilo, apenas lo suficiente para mantenerla consciente. El sonido de pasos acercándose resonó en el estrecho pasillo. Lo sabía. Era él. Thantos. Su presencia llenaba el aire antes de que siquiera apareciera. Y, aunque su cuerpo estaba agotado, Alex sabía que había algo más profundo que despertaba cuando él se acercaba. Un deseo oscuro y confuso que ella apenas podía controlar. El canto rodado se movió de la entrada y Thantos entró en la celda en silencio y sin ninguna luz con él esta vez. Su forma se recortaba más oscura que el resto de las sombras, pero las farolas fuera iluminaban mortecinamente sus rasgos, confiriéndoles un aire de dramatismo. Deslizándose dentro con una suavidad predatoria, su oscuridad sólida expandiéndose como volutas de humo o niebla espesa, ondeando como una extensión de su poder y comenzando a llenar de nuevo la celda. La sonrisa en su rostro era astuta, satisfecha. Era el cazador que sabía que su presa no tenía a dónde correr. —Artemis... —Su voz era un susurro suave, casi afectuoso, pero en el fondo cargada de una amenaza que no necesitaba ser dicha— Pensé que ya habrías aprendido a disfrutar de esta nueva versión de ti. Ella no respondió, solo lo miró fijamente, tratando de ocultar la creciente tormenta en su interior. Lo odiaba con fuerza, lo repugnaba, solo quería golpearlo y alejarse de él. Había algo peligroso en él, algo que ella no entendía del todo, pero también algo en ella que comenzaba a resonar con esa misma oscuridad. No era solo un enfrentamiento de luz y sombra. No era solo una batalla de poder. Era algo más íntimo. —Otra vez estas vestida —gruñó por lo bajo, con media sonrisa de desdén. —Que tú quieras lo contrario no me impide hacerlo —lo retó, desafiante, soltando el mismo odio venenoso. Thantos no perdió su temple, se acercó, lento, disfrutando de cada paso mientras sus ojos recorrían el cuerpo femenino de su sobrina. Sabía que tenía el control, que ella era vulnerable en ese momento, y lo deleitaba. Se inclinó sobre ella, su mano tocando brevemente el cristal en su frente, causándole a ella un reflejo de dolor que la obligó a cerrar los ojos con fuerza y dar un respingo hacia atrás. Solo la había tocado brevemente, ni siquiera se comparaba a un segundo con su palma sobre su frente, pero había sido suficiente para recordarle lo que él podía hacerle si así lo quería. —Pronto arreglaremos ese asunto —dictaminó con suma tranquilidad, envalentonado con el placer que representaba la vigorizante energía que obtenía al tocar su cristal. Alex se recuperó lentamente y bajó la mirada, sintiéndose más débil ahora que nunca. —No te temo —volvió a decirle, con su fuerza de voluntad renovada— ni te temeré nunca. —Deberías, Artemis. Thantos volvió a acariciarla, aprovechando que ella seguía temblando, esta vez trazando una línea suave desde el borde del cristal, sin tocarlo, en su frente hasta su barbilla, su toque tan gentil que casi parecía un gesto de cariño. Pero ambos sabían lo que realmente era: dominación. —No he dejado de pensar en nuestro ultimo encuentro —murmuró, sus labios apenas a centímetros de su mejilla— Y sé que tú también has pasado estos días rememorando nuestros juegos ¿no es así? Eres tan diferente a tu hermana. Más... interesante. Su otra mano, ligera como una caricia, descendió por el brazo de Alex, provocando un estremecimiento involuntario en ella. Había algo en su toque, fuera del calor abrasador que le producía ardor por las quemaduras suaves que iba dejando, una seducción retorcida que la hacía querer retroceder y, al mismo tiempo, la atraía hacia él. El reflejo del asco seguía ahí, pero ella observaba aterrorizada como iba perdiendo fuerza. —No quiero que toques a mi hermana. —No lo haré —le sonrió él— te tengo a ti, no me interesa ella. Consumir tu poder será suficiente para saciarme eternamente. Ella se quitó la mano de él de encima y retrocedió fulminándolo con odio— Eso nunca pasará. Entonces él asió su cuello y atrapó sus labios en un beso rápido pero que la dejó sin aliento. Thantos sonrió más ampliamente, percibiendo su confusión— Si quieres disimular, no te esfuerces —dijo con una sonrisa que se palpaba en cada palabra— Sientes la oscuridad, ¿verdad, pequeña...? Siénteme. Te lo permito. Alex cerró los ojos, sintiendo cómo las sombras parecían moverse a su alrededor, respondiendo a su agitación interna, volviendo a rozarla suavemente con manos oscuras. Desde que ella lo había sacado de las sombras y le había entregado parte de su poder, se había establecido un vinculo entre ambos. Cuando él le había colocado el cristal, había algo en ella que había cambiado. La profunda conexión con la oscuridad que no comprendía por completo, pero que estaba ahí, vibrando bajo la superficie. —Vamos a jugar un poco. —Su voz era un susurro grave mientras sus dedos trazaban patrones en su mejilla, lentos, controlados, casi reverentes. —No me subestimes, Thantos —dijo ella entre dientes buscando retroceder de nuevo y sacarse sus garras de encima— has visto lo que he hecho antes. —Calma, solo quiero ver qué tan lejos puedes llegar, Artemis. Ella apretó los dientes, su mirada enfrentándose a la suya, luchando por no mostrar el miedo que crecía dentro suyo ante lo que él podía hacer con ella. Pero Thantos solo sonrió, como si supiera que todo el control que creía tener sobre sí misma estaba a punto de desmoronarse. Lo primero que saltaba a la vista de aquel hombre era la cruel inteligencia de sus ojos, Alex contemplaba esa maldad cada vez que hacían contacto visual. Parecían brillar con una pasión por la violencia, como si pensara que el caos existía sólo para aprovecharse de él. —Hay oscuridad en ti, como la hubo en mi al principio —empezó a hablar. Él la miró a los ojos con su aparentemente amable sonrisa pintada en la cara y su mirada intensa e inquisitiva— es leve aun, pero yo me encargaré de avivarla así tenga que darte de nuevo algo de la mía... Oh, Artemis... te gustará tanto. Alex frunció el ceño, lista para contradecirlo, pero entonces él la besó en los labios de nuevo y empujó hacia atrás todas sus palabras. Ella separó su boca de la de él con un chasquido y un jadeo, más porque debía que porque de verdad quisiera alejarse. Había sentido como el aire entre su cuerpo y la tela de su ropa improvisada empezaba a calentarse y eso la hizo sentirse sucia. Culpable por disfrutarlo. Él volvió a reírse por lo bajo, pasando la lengua por sus propios labios, estaba altamente consiente de lo que producía en ella— No puedes negar que lo sientes, Artemis. Está en ti y quiere dejarse llevar ¿porqué no te rindes...? lo disfrutarás... Thantos deslizó la mano por el muslo de Alex, subiendo al vientre siguiendo entre sus pechos, hasta anidarse en la base del hombro. Su piel a través de la tela se siente tibia y su pulso saltaba cuando él la tocaba, trazando líneas de calor que ella estaba segura que estaban quemando su piel. Con renovado valor, Thantos se acercó a ella hasta que los labios se tocaron de nuevo. La respiración de la gemela de la luna se agitó, mientras luchó por apartarse de nuevo. —¡No quiero que me toques! —Lo mira con el ceño fruncido— tus manos me ensucian y me dan asco. Eres el monstruo más horrible que existe. Él la mira con intensidad candente, mordiéndose el labio inferior y, lentamente, lo fue soltando sin relajar la presión de los dientes— ¿Qué más? No has dicho lo mucho que tu cuerpo me desea o la forma en la que tu interior palpita por recibir mi oscuridad. Tampoco has hablado de como te mueres por volver a sentir mi cuerpo sobre el tuyo. Alex resopló, irritada, dándose cuenta de que sus palabras tenían un efecto contrario y eso la aturdió aún más si era posible.— No eres más que un maldito pervertido —le escupió alejándose de nuevo, con repugnancia y las mejillas encendidas de odio. Las manos oscuras la detuvieron de su tentativa y la atrajeron a él de nuevo. Alex forcejeó desesperada, pero fue obligada a sentarse en el camastro de piedra de nuevo. Sin dejar de mirarla con ese deseo oscuro, Thantos deslizó la mano de la quemadura de la luna por su cuello mientras la otra ascendía por su cadera, y probó una vez más besándola con fuerza. Entonces Alex se sumergió en un abismo de negrura. Las sensaciones que se atiborraban en su interior no eran del todo desagradables. Thantos colocó ambas manos sobre los muslos desnudos de la joven, que la tela áspera no alcanzaba a tapar, acariciando con el mismo deseo oscuro que ya le era familiar a Alex, mientras su lengua irrumpía entre sus labios. Podía sentir como algo cambiaba en su interior, como él desbloqueaba algo en ella para que sus sentidos se agudizaran y, al apartarse apenas de ella, su mirada felina la escrutó. —Siéntelo —susurró él, demostrándole la autoridad masculina que tenía sobre ella— Siénteme, Artemis... Déjame que fluya a través de ti y te llene de placer. Y ahí, en la penumbra de la celda, Alex sintió cómo la oscuridad comenzaba a envolverla, como una marea creciente que respondía no solo a la presencia de Thantos, sino también a algo más profundo en ella. La luz que siempre había definido su magia parecía desvanecerse momentáneamente, reemplazada por sombras que serpenteaban por sus venas. Él lo había activado, había sacado a la superficie lo que ya se encontraba ahí. Thantos la observaba con detenimiento, sus ojos claros brillando con obscena satisfacción mientras veía el cambio en ella. Sabía que la estaba empujando hacia un límite que ella no sabía que existía. —Eso es, pequeña. Así. —le dijo con suavidad, sintiendo como su oscuridad la llenaba— Estas aprendiendo cómo me gusta. La presión en su frente se intensificó, el cristal quemando desde el interior de su mente, mientras las sombras en la celda se agitaban, envolviendo a Alex como si respondieran a su propio llamado. Relámpagos de fuego ardiente centelleaban entre las volutas espesas de la niebla oscura. Thantos se inclinó más cerca, sus labios rozando el borde de su cuello, apenas un toque, pero lo suficiente como para hacer que su piel se erizara. —¿Me estás sintiendo, no es verdad? —su boca cálida besando su piel sensible— Artemis... no somos tan diferentes tú y yo. Tienes más oscuridad dentro de ti de lo que crees... ¿Quieres tenerme más dentro de ti, pequeña? Porque eso se puede arreglar. Pídelo y yo te daré todo. Alex dejó escapar un pequeño suspiro, su cuerpo tensándose mientras la energía negra crecía dentro de ella. Las manos de él, físicas, volvían a retirar lentamente la tela áspera de sus ropas por encima de sus muslos y caderas. Exponiendo su desnudes al creciente calor de la celda. Sabía que ella estaba perdiendo el control, solo sería cuestión de tiempo para que se entregara por completo a él, sin contemplaciones, como él tanto quería. Alex suspiraba soltando gemidos suaves, luchando a pesar de todas las sensaciones placenteras, pero también sabía que aprender era la única forma de enfrentarse a él. Tenía que jugar su juego. Tenía que mostrarle que no era solo una víctima. Con un esfuerzo final, dejó que la oscuridad fluyera a través de ella, inundando cada rincón de su ser al tiempo en que Thantos alzaba la tela por encima de su cabeza, deshaciéndose de ella. Las sombras en la celda se arremolinaron, intensificándose, envolviendo a Thantos en su abrazo ardiente. Él, sorprendido gratamente por esa acción espontánea de parte de ella, estimulado por los toques que sentía que sabía venían de Alex, hizo un sonido parecido a un ronroneo. Thantos no se resistió, simplemente sonrió mientras observaba lo que había despertado en ella. Le encantaba, lo llenaba de un placer nuevo y adictivo verla explorando su nueva habilidad de la forma más maravillosa posible. —Así, Artemis. Eso es, pequeña —la animó en un jadeo, extasiado— Muéstrame quién eres realmente. Pero algo cambió en ese instante. Alex, ahora inmersa en la oscuridad, sintió cómo las sombras no solo la consumían, sino que también respondían a su voluntad. Y en ese momento, supo que tenía el control. Algo de luz volvió a hacer acto de presencia. Recordó que ya no era una prisionera. Ya no estaba a su merced. Con un gesto rápido, las sombras se arremolinaron alrededor de Thantos, empujándolo hacia atrás. Él, sorprendido, tropezó, sus ojos mostrando una breve chispa de confusión antes de recuperar su compostura. —Interesante —dijo mientras se erguía nuevamente, sus labios curvándose en una sonrisa torcida— Parece que te gusta jugar con brusquedad ¿es eso, Artemis? Alex lo miró fijamente, su pecho agitado, pero con una nueva determinación en sus ojos. —Yo no estoy jugando —respondió ella, su voz más firme de lo que esperaba. Las sombras a su alrededor la rodeaban como una extensión de su propio ser. Había encontrado su poder. Y Thantos lo sabía— No dejaré que ganes esta batalla, Thantos. Un atisbo de decepción cambió el semblante del hombre momentáneamente, es claro que había pensado que ella se estaba entregando por fin. Resopló con furia contenida. —Veremos, —murmuró él, sus ojos brillando de nuevo como dos pedazos de metal al rojo vivo— Veremos hasta dónde puedes llegar... Artemis, me perteneces. Lo veo en tu fuero interno, lo siento en tu interior. Me deseas como yo a ti. Eres poderosa, pero aun tienes mucho qué aprender, pequeña. Progresas a pasos agigantados, pero no sabes nada de la vida o de ti misma... Me diste todo ¿lo olvidas? ya es tiempo que cumplas tu promesa. Con esas palabras, Thantos se desvaneció en la penumbra de la celda, dejándola sola, pero con una nueva verdad ardiendo en su interior. No era solo la luz la que la definía. Ahora, tenía la oscuridad. Y la usaría a su favor.
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