Capítulo 12: Frustración
30 de diciembre de 2025, 23:20
La sala estaba sumida en un crepúsculo perpetuo, iluminada solo por las antorchas titilantes que bordeaban las paredes de piedra negra. El eco de los pasos de Thantos retumbaba en el vasto corredor, resonando como un presagio en las sombras. Las puertas imponentes de la cámara de Minerva se alzaban frente a él, como guardianes de secretos oscuros, secretos que solo ella poseía.
Sin dudar, empujó la puerta de roble macizo y entró en el santuario de su la bruja. La atmósfera en la sala era pesada, impregnada de un poder antiguo, uno que Thantos reconocía y respetaba. Los espejos colgados en las paredes mostraban reflejos distorsionados, visiones fugaces de mundos más allá del suyo, lugares oscuros donde la realidad y la pesadilla se entrelazaban.
Minerva estaba sentada en un trono tallado en piedra obsidiana, la única fuente de vida en un lugar tan lúgubre como ella misma. Sus ojos, siguieron a Thantos mientras se acercaba. La sonrisa en sus labios apenas era perceptible, pero en su mirada brillaba una mezcla de conocimiento y peligro. No era solo su cuñada, la hermana gemela de su ultima esposa; era una aliada poderosa, una hechicera cuya ambición rivalizaba con la de Thantos mismo.
—¿Vienes buscando consejo? —preguntó, su voz suave y seductora, como un veneno que se desliza lentamente por las venas—. ¿O es que finalmente has encontrado un desafío digno de ti, querido?
Thantos no respondió de inmediato. Se detuvo ante ella, sintiendo cómo las sombras parecían inclinarse hacia Minerva, como si la oscuridad misma respondiera a su llamado. No le gustaba mostrar debilidad, ni siquiera ante ella, pero había algo en Artemis, algo que no había anticipado. Su resistencia. Su fuerza.
—Nuestra sobrina —comenzó, sus palabras arrastrándose lentamente desde su garganta—. Hay algo en ella que no había visto antes.
—La pobre chica con la que te quieres acostar —qué reproche destilaban sus ojos claros.
Aunque con esfuerzo, Thantos logró esbozar una sonrisa despectiva— ¿Lo desapruebas? No es algo que tú no hayas hecho antes.
—Es tu sangre, Thantos —su respuesta traslucía más irritación de la que pretendía.
—No vine aquí por lecciones de moral, Minerva. Mi placer es solo mío y yo lo busco en la mujer que yo desee. —la terquedad de la voz denotaba infantilismo— Se ha convertido en una cosa bonita, muy agradable y útil. Pero resulta tener unas... características curiosas.
—¿Y es por eso que buscas desnudarla cada que tienes la oportunidad? —la voz de Minerva sonó tan sarcástica que hasta él se sintió incomodo— acéptalo, solo la quieres como otra concubina más. ¿Porqué has venido aquí, Thantos? ¿Por las características diferentes de Artemis, o por una forma de que ella se entregue a ti más rápido para pasar después a la siguiente chica que se preste para tus fantasías?
—No lo estás entendiendo porque una vez más juzgas sin dejarme explicar toda la historia —su voz sonó dura y asombrosamente enérgica— la noche que intenté poseerla por primera vez, soñé que la mano de ella se enredaba en la mía, sentía un pulso de poder oscuro entrelazándolos uno a otro en un vinculo invencible.
—¿Y eso significa qué...? —murmuró con voz tenue.
—Su poder... se asemeja al nuestro. —volvió a empezar su explicación— Puedo sentir la oscuridad dentro de ella, reacciona a mi y me desea con ardor. Puedo sentirla cuando le transmito mi oscuridad, ella quiere más, se deja llevar por el placer que le proporciono y, aunque disfruta mis caricias, veo su odio y su dolor culpable inmediatamente después. La luz que hay también en su interior hace que se resista a mi. Cuando le entrego más de mi, cuando intento poseerla y atraerla a mi con mi oscuridad, se apropia de ella para rechazarme. Ya lo ha hecho dos veces, y parece estar aprendiendo con mayor rapidez de la que me gustaría. Quien sabe si llegue a aprender a robarse el alma también y termine consumiéndome ella a mi antes que yo a ella... Su poder es grande, pero no está completamente despierto. La he sometido, la he torturado, la he seducido, he intentado obligarla a base de ordenes, de intimidación, de dolor y de mi dominio sobre ella... pero ella... sigue resistiendo.
Minerva arqueó una ceja, interesada, pero no sorprendida. Se levantó de su trono con una gracia felina, sus manos oscuras y elegantes acariciando el aire cargado de magia entre ellos. Las antorchas en las paredes temblaron, como si su mera presencia perturbara el espacio a su alrededor.
—Ah, Artemis —dijo lentamente, como si por fin estuviera tomando en serio la conversación, pronunció el nombre como si tuviera un sabor particular—. Siempre supe que esa niña tenía más en común conmigo de lo que su madre hubiera querido admitir.
—Perdóname, pero creo que ella tiene más de mi de lo que pueda tener de ti —escupió mirándola con desafío— Hay un poder oscuro con un potencial deliciosamente maligno en ella... No podrías concebir todo lo que hay en ella, esperando para ser tomado... pero a veces parece una niña perdida a la que le inquieta su propia belleza.
—¿Estás seguro de que no quieres solo acostarte con ella? —se soltó a reir con desprecio la mujer.
Thantos se irguió ante la mujer, pero sus ojos se negaron a mirarla— El deseo que siento por ella es completamente normal, cualquier hombre se deleitaría en gran medida con su cuerpo, si le agregamos a esto el embriagador placer que produce su energía al drenarse de su cuerpo a mi mano...
La voz anhelante que había usado sonó como si estuviese bañada en valioso aceite, aunque era imposible pasar por alto la fascinación oscura que traslucía. Minerva lo miró con atención, mientras Thantos se quedaba en momentáneo trance contemplando la quemadura de la luna en su palma. Talvez fue este el argumento que por fin convenció a la poderosa bruja de apiadarse del desesperado deseo de su aliado.
—Si nos ponemos a pensar, Artemis no solo tiene esta tendencia a la oscuridad por tu lado, sino también por el mío. —Thantos alzó la vista y la miró— es claro que ella se ganó toda esa genética poderosa, robándosela a su hermana, como pasó en tu caso con Aaron y el mío con Miranda.
—Corromperla es imprescindible —corroboró Thantos— nos servirá más de nuestro lado que como un simple juguete.
—Un juguete sexual, cabe resaltar —lo miró de soslayo ella.
Thantos no se vio afectado por ese regaño— Mia. Ella me entregó todo.
—Pues no parece muy dispuesta a dejarte usarla ¿verdad?
Thantos apretó los dientes y evitó dejarse tentar por su astuta pregunta, que busca obviamente desestabilizarlo— Lo hará o la tomaré por la fuerza.
—Mira, Thantos... —empezó ella después de un instante— Artemis es como tú o yo. Pero tiene algo de lo que tú y yo carecemos. La luz la ha atado, la ha debilitado. Pero no puede huir de su herencia. Al final, la oscuridad siempre reclama lo que es suyo.
Se detuvo frente a uno de los espejos antiguos, tocando suavemente su superficie. La imagen en el cristal comenzó a cambiar, revelando fragmentos del pasado: Alex en su celda, luchando contra la desesperación y el poder que Thantos había implantado en su frente. La vio abrazándose a si misma, presa de una profunda soledad. Minerva observó todo con una sonrisa cruel.
—¿Sabes por qué sigue resistiendo, Thantos? —preguntó, su voz ahora más firme, como si estuviera a punto de impartir una lección importante—. Porque aún cree en la luz. Aún cree en su hermana. Esa es su debilidad. El vínculo con Cam es lo que le da fuerza. Debes romper ese lazo, hacerlo añicos, y cuando lo hagas, la oscuridad la consumirá por completo. Entonces te será más sencillo crear ese vinculo con ella que quieres.
Thantos frunció el ceño, meditando sus palabras.
—¿Cómo la separo de su hermana? —preguntó, su voz cargada de frustración—. Siempre ha encontrado consuelo en ese vínculo.
Minerva rió suavemente, un sonido gélido que hizo eco en la sala.
—Es más simple de lo que piensas —dijo, como si tal cosa—. La mente es un lugar frágil, querido. Muéstrale lo que más teme. Hazla dudar de la lealtad de su hermana. Hazle creer que la luz la ha traicionado. Siembra en ella la semilla de la desconfianza. La duda es el primer paso hacia la rendición.
Con un movimiento de su mano, el espejo mostró una visión: Cam, repugnando a su hermana, culpándola por lo que había ocurrido mientras observaba a su hermana encadenada. La imagen era tan real que Thantos podía sentir el dolor y la confusión de Alex como si fuera suya. Eso lo envalentonó en gran medida.
—Haz que vea esto —dijo Minerva, sus ojos brillando con malicia—. Rompe su corazón. Hazla creer que su hermana ya no es su salvación, sino su enemigo. Que la odia por haberte rescatado de las sombras. Y cuando la luz se apague en su interior, se entregará a la oscuridad.
Thantos asintió lentamente, comprendiendo ahora el alcance del plan. No se trataba solo de controlar su cuerpo, sino de corromper su alma. La duda, el miedo y la traición serían sus armas más poderosas.
Pero Minerva no había terminado.
—Sin embargo, eso no será suficiente —continuó, regresando a su trono—. Debes tentarla, Thantos. Ofrecerle algo que no pueda resistir. Poder y un placer descomunal. Ella no es como Cam. Hay ambición en Alex, una chispa que solo necesita ser avivada. Muéstrale lo que podría ser si se entrega. Ofrécele el control que tanto anhela. Hazle ver que contigo, puede tener todo lo que ha soñado... y más.
Thantos sonrió. Las piezas del rompecabezas finalmente encajaban en su mente. Sabía cómo hacerlo. Alex no solo resistía por su vínculo con Cam; resistía porque aún no había visto la tentación real del poder. Una vez que la oscuridad despertara por completo en ella, no habría vuelta atrás.
—Se entregará —dijo, su voz llena de una confianza renovada—. Sé exactamente lo que debo hacer.
Esta vez, no solo buscaría someterla. Haría que ella misma eligiera la oscuridad, y cuando lo hiciera, su poder sería ilimitado. Minerva asintió, satisfecha.
—Si eso no funciona, siempre podrás marcarla —se encogió de hombros ella— pero eso sería lo último que podrías hacer. Porque eso la haría tuya completamente sin su consentimiento.
—Preferiría que ella se entregara primero —reiteró— la intimidad es siempre más dulce si ambos lo buscan y se entregan a la vez.
—Como quieras, —le restó importancia ella, perdiendo el interés de nuevo— Recuerda, querido, para ganar su alma, primero debes destruir su corazón. Y cuando lo hagas, será tuya para siempre.