Capítulo 14: Condiciones
30 de diciembre de 2025, 23:22
La oscuridad en la sala de Minerva parecía más espesa esta vez, como si respondiera a la creciente frustración de Thantos. Sus pasos resonaban de nuevo en el vasto corredor de piedra, pero esta vez con un ritmo más urgente. La luz tenue de las antorchas apenas iluminaba su rostro, delineando sus facciones endurecidas por la impotencia. El ofrecimiento de poder a Alex, una tentación tan meticulosamente elaborada, había fallado. Y eso, para Thantos, era inaceptable.
Al llegar a las puertas imponentes de la cámara de Minerva, las empujó con más fuerza de la necesaria. La poderosa bruja estaba nuevamente en su trono de obsidiana, observando cómo entraba su aliado con ojos astutos. Un destello de diversión cruzó su mirada, como si ya supiera por qué estaba allí.
—De vuelta tan pronto, querido —dijo Minerva, sus labios curvándose en una sonrisa peligrosa—. No me digas que la niña sigue resistiendo. Nuestra sobrina es en definitiva como nosotros, evidentemente.
Thantos cerró los puños, su ira palpable.
—Ofrecerle poder no fue suficiente —admitió con amargura, mientras su mirada recorría el cuarto lleno de espejos—. Me siente y me desea, pero aún se aferra a la luz. Algo dentro de ella sigue resistiéndome.
Minerva se levantó lentamente, moviéndose con una gracia felina mientras se acercaba a él. La atmósfera en la sala se volvió aún más pesada, como si la magia oscura de la bruja estuviera respondiendo a su creciente interés.
—Te lo advertí, Thantos —murmuró, su voz suave pero cargada de reprimenda—. La luz aún la sostiene. Y hasta que ese lazo no sea cortado, seguirás enfrentando su resistencia.
—Entonces, ¿Qué sugieres ahora? —gruñó, su paciencia colgando de un hilo—. La he torturado, la he tentado, la he seducido con todo lo que puedo ofrecer. Pero siempre, al final, algo la detiene.
Minerva lo observó detenidamente, como si estuviera evaluando cada palabra, cada gesto de su desesperación. Luego, con una sonrisa maliciosa, levantó una mano hacia el aire. El espejo más cercano a ellos comenzó a brillar, mostrando una visión de Alex, arrodillada, agotada pero aún desafiante, con la mirada perdida en algún rincón oscuro de su celda.
—Hay una solución, querido —murmuró Minerva, su voz adquiriendo un tono casi hipnótico—. Si ella no acepta el poder por su propia voluntad, entonces debes hacer que el poder forme parte de ella.
Thantos frunció el ceño, sin comprender del todo.
—¿Cómo? —preguntó, sin poder ocultar la curiosidad en su voz.
Minerva caminó a su alrededor, sus dedos rozando su hombro con una suavidad engañosa.
—Hazla tuya en cuerpo y alma —susurró, inclinándose hacia su oído—. Márcala, compártete con ella. No le des el poder desde fuera, haz que el poder fluya dentro de ella. Marca su piel con tu oscuridad, transfórmala en parte de ti. Entonces, no tendrá otra opción más que ser tuya, completamente. Lo quiera o no.
Thantos se quedó en silencio, procesando la idea. Marcarla... hacerlo de manera que sus almas, su oscuridad, estuvieran entrelazadas para siempre. No era solo una cuestión de control físico. Era algo mucho más profundo. Al compartir su oscuridad, Alex no podría resistirse más, se establecería un vinculo irrompible. Sería su reflejo, su extensión, su complemento. Sería suya, aunque no lo quisiera.
—Es un ritual antiguo —continuó Minerva, observando cómo las sombras a su alrededor se agitaban—. Peligroso, sí, pero efectivo. Al marcarla, compartirás tu oscuridad con ella. Ella ya no podrá separarse de ti, no solo en cuerpo, sino también en espíritu.
Una sonrisa lenta se dibujó en los labios de Thantos. Había algo profundamente seductor en la idea de hacer que Alex fuera parte de él de una manera tan irrevocable. Si no podía doblegarla con tentaciones externas, entonces la transformaría desde adentro. Imágenes de ello, junto con las sensaciones, los gritos de placer de ella, acudieron a su mente, y casi se desmayó ante la promesa de tal éxtasis. Thantos podía esperar para un encuentro como aquel.
—Dime cómo hacerlo —dijo finalmente, con una determinación renovada en sus palabras.
Minerva sonrió con satisfacción.
—Será una marca que le recordará a quién pertenece. Un símbolo grabado en su piel, hecho con tu oscuridad. Tú símbolo.
Él se llevó una mano al cuello y extrajo de entre la ropa su amuleto, el que siempre mantenía a resguardo contra su piel. Era una luna llena con un cristal negro en el centro y dos lunas en cuarto creciente y menguante a ambos lados. Un símbolo de maldad y oscuridad infinitos. Piedras oscuras destellaban al rojo vivo en el centro de las lunas.
—La mitad de tu poder fluirá en ella, —continuó Minerva— y la otra mitad quedará contigo. Ambos compartirán una conexión tan profunda que ningún lazo de luz podrá romperla.
—Será mía —repitió Thantos, su mente ya visualizando el momento—. Y no tendrá elección.
Minerva asintió lentamente.
—Sí, querido —dijo, con una chispa en sus ojos oscuros—. Será tuya, completamente. Pero recuerda, Thantos, que una vez que compartas tu oscuridad con ella, también compartirás una parte de ti mismo. Debes estar preparado para lo que eso significa.
Thantos la miró directamente a los ojos.
—Estoy dispuesto a hacerlo —respondió sin titubear—. Si eso significa que la tendré bajo mi control, lo haré.
Minerva inclinó la cabeza ligeramente, complacida con su determinación. Sin embargo, sus ojos se desviaron un instante a medida que una sonrisa maligna y afilada se perfilaba en su rostro agraciado. Thantos, consiente de ese leve cambio, entendió todo al instante y se sintió entonces atrapado por su propia ambiciosa obsesión.
—No me pediste nada a cambio antes. —resopló apretando los dientes— pero es evidente que lo haré. Así que habla ¿Cuáles son tus condiciones?
Minerva soltó una juguetona risa y negó un par de veces— pareces conocerme mejor cada día, Thantos. Eso me enorgullece, me hace darme cuenta de que escogí bien a mi aliado.
Él no respondió, solo apretó los labios y la oscuridad sólida que lo rodeaba empezó a relampaguear con brillos candentes, como de una tormenta de fuego oscuro. No le agradaba nada la idea de deberle algo a esta traicionera, pero debió pensarlo desde un inicio desde el momento en el que decidió consultarla, que ella siempre buscaría sacar un beneficio al respecto.
—Ella también deberá estar a mi favor. —zanjó ella con un movimiento de cabeza— su oscuridad debe ser mía también.
—Eso nunca —escupió él con desprecio— el objetivo de todo esto es poseerla al completo, para mi. Tú no entrabas en esa condición.
—Creo que no entiendes como funcionan las cosas, querido —murmuró ella con voz empalagosa— Artemis es una joya perversa que nos servirá más como arma que como un simple juguete sexual, en lo que la quieres convertir tú.
Thantos no se inmutó ante esto, no le molestaba que las cosas se dijeran como eran.
—No te la daré y lo sabes.
—Lo sé —rodó los ojos— lo que exijo es que esa oscuridad que ella adquirirá me sirva también a mi. Así como tú, yo también tengo obsesiones, placeres culpables, puedes llamarlas tú si quieres. Pero que como tú, estoy dispuesta a hacer todo lo posible por conseguirlas. Lo tuyo es placer carnal y poder, lo mío es el poder como tal. Hay dimensiones que aun no hemos alcanzado, Thantos, y mientras tú estás aquí buscando hacerte con el cuerpo de tu sobrina, yo pienso en grande.
—¿Qué quieres? —dijo al fin, perdiendo la paciencia, mirándola con el odio con el que ella lo veía a él.
—Quiero moldear a Artemis. Hacerla mi sucesora.
Thantos fijó su mirada en los ojos diabólicamente sensuales de la mujer— ¿Le enseñarás a hacer las cosas que tú haces?
—Piénsalo, Thantos. Todos ganamos. Tú podrás tener tu juguete hasta que te canses de ella. Ella es la hija de mi insufrible hermana, pero también mi sangre corre en sus venas. Lo quieras o no, su oscuridad también es la mía. Tengo derecho a ella tanto como tú...
Él lo pensó durante unos segundos largos bajo la atenta mirada de la mujer, que parecía mucho más sabia y perversa que él. Lo que ella quería realmente no entorpecía lo que Thantos quería de Artemis, y lo que él quería era algo que era prioridad en su mente. Por conseguirlo, se daría él mismo.
—Que así sea. —aceptó.
Minerva desgranó una amplia sonrisa.
—Entonces prepárate, querido. El ritual debe realizarse pronto, antes de que la luz la reclame por completo.
Mientras las antorchas parpadeaban en la penumbra, Thantos sintió que la victoria estaba al alcance de su mano.