ID de la obra: 1567

Destinada a la oscuridad

Het
NC-21
Finalizada
6
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
74 páginas, 31.704 palabras, 22 capítulos
Descripción:
Notas:
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Capítulo 16: La Marca de la oscuridad

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Notas:
Alex se encontró en la cima de una de las torres más altas del castillo de Coventry, el sol abrasador iluminando su piel expuesta y acentuando cada curva, cada sombra que se dibujaba en su figura. La brisa fresca ofrecía un alivio efímero, pero la luz del día parecía absorber su fuerza, dejándola vulnerable y a merced de Thantos. Él, como un depredador elegante, se movía con confianza, cada paso resonando con una autoridad que hacía eco en su interior. A pesar de sus intentos de resistencia, de la lucha por mantener su dignidad, Alex se encontraba expuesta. Las órdenes de Thantos habían sido claras, y los guardias no habían dudado en cumplirlas. Ahora, sus manos atadas no tenían fuerza alguna para liberarse, y la marca del cristal que ardía en su frente consumía su energía restante. La sensación de derrota la embargaba, pero también un enojo que hervía bajo la superficie, luchando por no ser apagado por la oscuridad que él representaba. —¿Sabes lo que significa esto, Artemis? —dijo, su voz un susurro grave que vibraba en el aire caliente. A medida que se acercaba, la oscuridad que lo rodeaba parecía cobrar vida, un manto en movimiento que reflejaba su voluntad. La distancia entre ambos se redujo hasta casi desaparecer, y Alex sintió la conexión oscura entre ellos palpitar con una intensidad insoportable. Era una mezcla peligrosa de miedo y algo mucho más oscuro, una curiosidad que la quemaba desde dentro. Las sombras que rodeaban a Thantos comenzaron a enroscarse en sus tobillos, trepando lentamente hacia su cintura, como si fueran conscientes de lo que él estaba a punto de hacer. —Hoy será el día en que nuestro vínculo se selle para siempre —susurró Thantos, acercándose aún más. Su mano, oscura y sólida, encontró su espalda, recorriendo las cicatrices que aún marcaban su piel, recuerdos crueles de los castigos que había soportado. El tacto de Thantos, aunque inquietante, despertaba en ella sensaciones que luchaba por ignorar. —Siempre lo has deseado así —murmuró él con voz ronca, enloquecido casi por el deseo de poseerla. El dolor y el placer se entrelazaban de una manera que la desarmaba, dejándola sin saber cómo reaccionar. —Voy a descubrir qué es lo que te hace diferente, Artemis... lo que te convierte en un reflejo de mí. —Las palabras resonaban en sus oídos como una sentencia ineludible. Sus manos firmes descendieron por sus hombros, empujándola hacia el suelo. Alex cayó de rodillas ante él, su cuerpo temblando bajo el peso de su control. Thantos se inclinó sobre ella, su aliento cálido rozando la delicada piel de su cuello mientras se ponía tras ella. Sus manos, ahora físicas, la recorrieron con un toque posesivo, pero lento, como si quisiera prolongar la agonía de la anticipación. Jugando a acariciar sus muslos, enviando un escalofrío a lo largo de su cuerpo entero cuando sus manos subían haciéndola reaccionar. Thantos comprendió, entonces, lo desesperadamente que ella lo deseaba. Nuevamente, su boca encontró su piel, besando su nuca y sus manos aferrándose a su piel. A diferencia de antes, no usaba las sombras para someterla, sino que se recreaba en su control físico sobre su cuerpo debilitado. Le había robado energía varias veces por el cristal ese día, las suficientes para que su debilidad la mantuviese en un limbo entre la realidad y la duerme vela. La mantenía al borde, haciendo uso de su dominio sobre ella no solo como enemigo, sino como alguien que disfrutaba de su poder. Con una presión controlada, Thantos la obligó a inclinarse hacia adelante, haciendo que su frente rozara el frío suelo de piedra de la torre. Cada gesto estaba calculado, diseñado para recordarle su lugar, y Alex lo sabía. Sin embargo, incluso en ese estado, ella sentía la chispa de algo dentro de sí, una conexión tenue con la oscuridad que Thantos no podía extinguir del todo. Ella podía sentir la necesidad de sus movimientos, de sus caricias y ella no podía dejar de sentirse excitada y asustada a partes iguales. Estaba sola, nadie escucharía sus gritos cuando pasara. Pero ella se alegraba de que así fuera, no quería hacer pasar por eso a sus protectores, a su hermana. Él creía percibir que ella lo deseaba con tal desesperación que apenas era capaz de controlarse, pero ella temblaba más que nada por miedo a no poder defenderse, al dolor, a la humillación. Thantos la miraba extasiado, viéndola luchar con sus pocas fuerzas. Era una criatura deliciosa, una compañera digna de un hombre como él. Su cuerpo la traicionaba con demasiada facilidad, cuando él la obligó a ponerse en esa posición tan humillante y ella ni siquiera tuvo fuerza para resistirse esta vez. Thantos lamió con ansia la comisura de los labios de Alex, cubriéndola por completo en un abrazo apretado por unos segundos, disfrutando del contacto con su piel. —Oww, Alex —la primera vez en mucho tiempo que le decía su nombre— hoy serás mía, pequeña. Tal como debía ser. Calmaré tus deseos, dulzura. Las veces que quieras, por el tiempo que quieras. Alex ni siquiera sabía en qué momento se había desvestido él, solo que al abrazarla así, sintió el calor de su piel en la espalda, fundiéndose con la suya. Esa sensación logró el efecto que Thantos deseaba, cuando la respiración de la joven se tornó entrecortada y rápida, él siguió llenándola de caricias maliciosas y besos oscuros. Le lamió el costado del cuello, por detrás de la oreja, donde los finos pelillos ofrecieron un tacto suave a su lengua. Llevando sus manos a acariciar con deliberado deseo sus pechos, oprimiéndolos y dándoles un masaje lleno de deseo. No se resistió a morder la curva de su cuello, quizá con demasiada fuerza, hundiendo sus dientes en su piel delicada. En este contacto casi total, Alex, al borde del placer y el dolor ante su propia debilidad, gimiendo y suspirando, volvió a intentar resistirse con desesperación, forcejeando con Thantos. Aunque, por el modo en que ella forcejeaba, él sabía lo mucho que se moría por él. —No sabes como me gusta eso —le jadeó él al oído, deteniéndose de morder su cuello, mientras una de sus manos volvía a desaparecer entre las piernas de la chica mientras la otra la sometía presionando su nuca, haciéndola mantenerse en esa posición— ¿Qué desafío representa una muñeca sin voluntad? una mujer que es firme en sus ideales es más divertida de doblegar. —Eres un maldito —Alex resopló con un hilo de voz, sin aliento y, con potencia sacada de su fuerza de voluntad, empezó a moverse contra él, forcejeando con fuerza, cerrando las piernas para que la mano de él no alcanzase a tocar su intimidad de nuevo. Thantos, admirado nuevamente por este estallido de actividad indómita, sonrió en gran medida. —Artemis, me perteneces. Me lo diste todo —volvió a empujarla contra el suelo, buscando aplacarla. Su mano con la quemadura de la luna volvió a pegarse otra vez a su frente y Alex, presa del dolor, se dejó caer contra el suelo cuando él la soltó, dócil nuevamente— ¿Porqué siempre tiene que ser por las malas contigo? ahora quiero que seas una sobrina dulce y obedezcas. Con un movimiento deliberado, se apartó de ella, incorporándose para colocar la mano de la quemadura de la luna sobre la piel de su espalda. Alex gimió por lo bajo al sentir el calor sobre su piel, traspasándose a la suya, quemando de la misma forma. Su toque inicialmente suave, pero cargado de una energía intensa. El calor del sol se unió al ardor del símbolo, creando un contraste abrasador que la dejaba aturdida, como si estuviera siendo marcada por fuego y deseo oscuro. En medio de eso, ella sintió el dolor intenso y terriblemente lacerante de algo más entre sus piernas y, por el gruñido de placer de Thantos al sentir su calor, supo que no solo había sido marcada su piel. —Eres... eres mía, Artemis —declaró, su voz ronca y cargada de deseo resonando como un eco en su mente, mientras el dolor y la humillación se mezclaban con una oleada de profundo placer oscuro. A medida que él empezaba a moverse contra ella, deslizándose en su interior con infinito gusto, su mano empezó a trazar con fuego las formas de un símbolo oscuro en su espalda, haciéndola suya completamente. Alex empezó a gemir acompasadamente, respirando a bocanadas, sintiendo el calor y el dolor atravesarla. Las sombras que antes la oprimían ahora parecían ofrecerle un refugio inquietante, un recordatorio de que su conexión con Thantos era más compleja de lo que había imaginado. Cada trazo del símbolo la unía a él, al igual que cada embestida, un lazo que no podía romper, una conexión que desafiaba su voluntad. En ese instante, a pesar de la desolación, sintió una chispa de poder naciendo en su interior, una promesa de que quizás, solo quizás, podría aprender a manipular esa oscuridad y usarla a su favor. —Recuerda esto —dijo Thantos, mientras sus embestidas se volvían rápidas, bruscas y su agarre en su nuca se volvía más fuerte, dominándola al completo, al terminar el símbolo en su espalda— ahora eres mía al completo, la oscuridad es tu dueño ahora. Alex apretó los dientes, disfrutando, muy a su pesar. Y volvió a odiarse mil veces más por jadear presa del deseo que él le transmitía y el goce sexual de que era objeto tan terriblemente. Inconscientemente, arqueó su espalda ante el dolor y el endiablado placer que no se detenía, que seguía fluyendo desde los puntos de conexión con Thantos. Sin saber como, o cuando, Alex se había incorporado y, aun de rodillas, con Thantos penetrándola por detrás con esa dureza, logró presionar su espalda contra el pecho de él. Sintiendo el amuleto de él caliente como su piel pegada a la suya. Suspirando en extasis, dejó caer su cabeza hacia atrás sobre el hombro de él, cerrando los ojos, abandonándose a su dueño. Eso complació enormemente a Thantos quien la tomó de la mandíbula para hacerla girar el cuello y poder verla al rostro. La besó, sin dejar de embestir, penetrándola con su lengua de igual forma entre sus labios, aumentando la velocidad cada tanto tiempo. Alex gimió al soltarse de su boca y al volver a ser puesta en la posición del principio, pero esta vez completamente tendida sobre el suelo, con él aun follándosela sin la menor piedad. Las manos de él se estiraron hasta encontrar las suyas atadas, entrelazando sus dedos, apretándose contra ella, dominándola por completo. Los dientes volvieron a descender mordisqueando su carne. El cuello de Alex le resultaba delicioso. Sabía que a ella le gustaba la sensación de sus labios y dientes en su piel. Con una dureza mayor que las anteriores, Thantos se empujó completamente dentro de ella de golpe, hundiéndose hasta lo más profundo, mordiendo más fuerte el espacio entre su cuello y hombro con fuerza mientras ella gritaba ahogadamente. A la vez, la mano de Thantos, como si no tuviera suficiente, subió hasta el cristal de su frente. La relampagueante sacudida de dolor que Alex sintió fue tan aguda que se quedó sin aliento. Presa del primer orgasmo verdadero que había tenido en su vida, todos sus músculos se tensaron. El placer desplegándose en oleadas que recorrían cada centímetro de su cuerpo. Thantos terminó entonces, recibiendo tanto placer junto, eyaculando en su interior, marcándola como suya hasta en el último sentido posible. Tanto calor los dejó jadeando por mucho rato, mientras esa paz post-coital los embargaba a los dos. Thantos gruñía, aun empujándose de vez en cuando en el interior de Alex, buscando en todo momento más de su calor aunque ya estaba saciado, derramándose en su interior en espasmos suaves, dilatándola y palpitando entre sus paredes vaginales. Tuvo que inhalar con fuerza varias veces antes de poder respirar, había sido la experiencia sexual más fuerte que había experimentado. Había sido tal como la había imaginado desde que la había visto por primera vez y, sonrió, tenía todo el tiempo del mundo para repetirlo las veces que quisiera. Alex jadeaba, angustiada, mientras el peso de todo lo que había pasado le caía encima tras salir de la niebla de tanto dolor y tan ardiente placer. —Que delicia tan intensa —Thantos jadeó apartándose ligeramente de encima de ella, sus ojos destilando un brillo oscuro mirándola hacia abajo una vez más— de haber sabido el placer que me proporcionaría cualquier acto contigo, pequeña... de verdad que te hubiera robado de tu cuna desde hace mucho tiempo. Alex sabía todo lo que este acto había significado y se reprendió enormemente por haberlo disfrutado tanto. Siempre había pensado que su primera vez sería algo muy significativo, cuando llegase. Escondió el rostro entre las manos aún atadas y sollozó desconsoladamente. Thantos, aun con las piernas entrelazadas a las de su sobrina, se retiró perezosamente de encima de ella para contemplar con lascivia toda la extensión del cuerpo femenino, y el símbolo que la acreditaba como suya en la espalda. Había quemado en su piel el símbolo de su amuleto, el calor aun resplandeciendo como brasas ardientes. El mismo símbolo pendía de su cuello, aún lanzando destellos de metal al rojo vivo y oscuridad. Entonces, él extendió su mano y en la palma, sobre las quemaduras de la media luna de Artemis, se materializó el amuleto que le había hecho esa marca a él. —Estamos a mano, pequeña —le dijo, aun la voz ronca y cansada— hace veintitrés años que me marcaste con tu magia, ahora yo hice lo mismo. Me diste todo, por fin... ahora yo te doy todo. Abrió el broche de la cadena de plata y, pasándolo por la garganta de la joven, que aun sollozaba desvalida en el suelo, la cerró en su nuca. Le sorprendió las pocas gotas de sangre que descendían de los mordiscos aparentemente cariñosos de su cuello, normalmente las mujeres tendían a sangrar más con menos. De nuevo sentía admiración por la fortaleza de su sobrina, teniendo en cuenta el breve pero vigoroso encontronazo sexual, si él hubiera querido ella hubiera resistido otra ronda. Pero Alex estaba muy débil ahora, demasiado como para resistir otra perdida considerable de energía. Era una verdadera lastima que tuviera además asuntos de importancia política esperando incluso más de lo que habría sido posible. Pero ella podía esperar, ahora era suya, hasta el último centímetro de piel tierna y suave. Su alma y su magia. —Artemis —le llamó, con ese oscuro cariño con el que lo había hecho cuando aun estaba entre las sombras, pasando las yemas de sus dedos por su cintura y cadera— fue placentero, como te dije que sería una vez te entregaras. Te escuché, sonabas como si hubieras estado esperando por esto tanto como yo... Verás que complacerme, como lo hacía Illeana, trae más beneficios de los que te puedes imaginar. Su mano, la mano de la quemadura de la luna, volvió a recorrer la espalda femenina mientras Alex se tensaba y escalofríos le recordaban las oleadas de placer anteriores. Thantos, con esa seguridad prepotente se inclinó buscando besar su mejilla y atraerla a él, ahora que estaba tan indefensa que no opondría la menor resistencia. Al estar cercanos, el amuleto de él y el de ella se entrelazaron, como lo había hecho en su momento con el de su hermana. Al tiempo en el que el calor y la oscuridad quemaban la piedra purpura del centro del amuleto de Alex. En pocos segundos, mientras las respiraciones de ambos se volvían más calmadas, ambos amuletos se habían vuelto iguales, salvo que ahora eran mitad y mitad. El de Thantos era la mitad de una luna llena con una menguante al lado y la de ella el reflejo contrario, media luna y la luna creciente al costado, logrando así encajar oscuramente como sus cuerpos hacía unos segundos. Deseaba volver a poseerla, mil veces lo habría hecho en esa misma torre sin descanso. Pero no quería matarla, no ahora, por lo menos. —La oscuridad no solo es un enemigo. Puede ser tu aliado... si aprendes a entregarte a él cuando él así lo quiere. —le dijo antes de soltarla y dejarla donde estaba, sola. Alex dejó de llorar al quedarse verdaderamente sola, lo hecho hecho estaba. Ya no tenía caso seguir sufriendo al respecto. La luz del sol seguía ardiendo sobre ella, pero en su interior, una llama de determinación comenzaba a crecer. Aunque marcada, violada y humillada, no estaba derrotada. Con cada respiración, la idea de que la oscuridad podría ser una herramienta y no solo una prisión empezaba a tomar forma en su mente. El fragmento de pergamino que le había dado Karsh seguía en su celda. Alex juró que no se dejaría vencer.
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