Capítulo 17: Un plan desesperado
30 de diciembre de 2025, 23:26
Una energía inhumana recorrió cada fibra de Alex, como un torrente imparable que la llenaba de una fuerza desconocida, inmensa, que superaba cualquier poder que hubiera sentido antes. Era como sostener el cosmos en la palma de su mano, con las estrellas y planetas girando bajo su control. Su respiración se aceleró; su cuerpo, lleno de una energía tan vasta, parecía estar al borde de desbordarse.
—Alex… despierta…
La voz resonó en su mente, calmada y susurrante, como un eco lejano. Luchando contra la pesadez que embargaba sus párpados, Alex finalmente abrió los ojos. Frente a ella, emergiendo desde las sombras, había una figura idéntica a su madre, pero sus ojos reflejaban una chispa fría y peligrosa. Era Minerva.
—¿Mamá? —susurró Alex, sintiendo una mezcla de confusión y desconcierto.
Minerva sonrió, y sus labios dibujaron una mueca enigmática.
—No, pero puedo serlo si así lo deseas —respondió, su voz tan suave como siniestra.
Todo en Alex había cambiado, su cabello suelto y liso, un nuevo vestido negro con bordados de plata, filigranas de plumas de pavorreal en detalles morados. Un maquillaje profundo y que sugería la oscuridad que ahora gobernaba cada parte de su ser. Esa nueva fuerza la hacía sentir indomable, como si cada uno de sus temores se hubiera evaporado en el aire. Parecía ser una reina de las sombras, la personificación de la oscuridad misma. En su pecho, un fuego se encendía, una necesidad urgente que no podía ignorar, un deseo que pulsaba como un tambor ensordecedor.
—Debo… debo regresar a él… —musitó, con los ojos brillando en la penumbra, sin comprender completamente la naturaleza de sus palabras.
Minerva la observó con satisfacción, sus labios curvándose en una sonrisa calculadora.
—Sí, Thantos te espera. Él siempre ha sido parte de tu destino, Artemis.
La mención de Thantos hizo que una ráfaga de emociones contradictorias recorriera a Alex: rabia, traición, deseo. Estaba allí, tan cerca que podía sentir su energía oscura como un imán que la atraía, como si fuera la mitad faltante de su propia fuerza. Los recuerdos de la traición y el dolor comenzaron a desvanecerse, ahogados bajo el peso de ese poder oscuro y envolvente que ahora latía en su interior. Ahora solo quería estar a su lado, compartir esa fuerza, entender la verdad de lo que significaba ser quien era.
Se puso de pie, guiada por una voluntad que parecía más fuerte que ella misma. A su alrededor, la oscuridad se abrió en un pasillo, como si temiera la fuerza que ella ahora portaba. Sin pensarlo dos veces, Alex avanzó hacia la puerta de su celda. Con cada paso, el metal y la piedra parecían quebrarse, desmoronándose en cenizas bajo su toque. Ya no era una prisionera; su poder la convertía en una fuerza incontenible.
Minerva la observó con curiosidad, una suave malicia teñía sus rasgos y el orgullo por ser parte del hechizo que creó esto, la embriagaba. Thantos le agradecía en gran medida, pero Minerva sentía que debía hacerlo mucho más.
—Espera, Artemis, tus nuevas heridas aun no sanan —le sonrió con malicia— ¿y vas por más?
Alex se detuvo un instante, dándose cuenta de lo que acababa de decir, y un horror enervante la atravesó como una descarga. ¿Cómo podía sentir esa atracción hacia Thantos? Intentó recomponer sus pensamientos, pero todo en su interior parecía luchar en su contra. Era como si la oscuridad la consumiera poco a poco.
Miró a Minerva, buscando alguna respuesta, alguna explicación, pero solo encontró en su rostro la seguridad cruel de quien controla todo.
—Sí, lo es… y me temo que ya está hecho —respondió Minerva, con una frialdad calculadora.
Un eco de recuerdos invadió la mente de Alex. Volvió a verse en la torre, reviviendo aquella traición, el momento en que Thantos había arrebatado una parte de su poder, dejándola vulnerable. Instintivamente, bajó la mirada al amuleto que colgaba en su cuello. Ahora lo sentía diferente: estaba incompleto, igual que ella. En su pecho, algo se desgarraba, un vacío profundo que sabía que solo podría llenar con él, con su propia oscuridad.
Un sollozo desgarrador escapó de sus labios al darse cuenta de hasta dónde había llegado esa maldición. Levantó las manos hacia su rostro, tratando de calmarse, de acallar la desesperación que crecía dentro de ella. Pero Minerva se acercó, sujetándola por los hombros, como quien consuela a un niño. La envolvió en un abrazo delicado y frío.
—Oww, cariño… —murmuró con una dulzura artificial—. Ya está, ya ha pasado. No te queda más que aceptar tu destino y disfrutar de lo que trae consigo. Ven, te llevaré a mi reino mientras la transformación se completa. Debes aun acostumbrarte a la necesidad de estar separada de él, a la abstinencia de su poder, solo entonces lo desearás con todo. Pronto, tu luz se desvanecerá, y en su lugar solo quedará él.
Alex tragó con dificultad, y una chispa de determinación intentó surgir en su interior. No podía rendirse; aún quedaba algo de luz en ella, algo que no iba a permitir que la oscuridad devorara por completo. Entonces, intentando ganar tiempo, murmuró:
—Déjame llevar mis cosas… Necesito mis pertenencias.
—¿Cosas? —preguntó Minerva, con una sonrisa despectiva—. ¿Qué cosas puedes necesitar en este lugar?
—Solo… son especiales para mí —respondió Alex, obligando su voz a mantenerse firme.
Se soltó de su agarre y caminó hacia el rincón donde guardaba un peine de madera y un saco que Illeana le había dejado. Pero mientras Minerva la miraba con desprecio, Alex aprovechó para tomar el trozo de pergamino que Karsh le había dado y lo escondió en la manga de su vestido.
—A donde irás, no necesitarás eso —replicó Minerva con una risa amarga—. Vas a entregarte a él, Artemis, a convertirte en su esposa, a ser suya eternamente. ¿Lo entiendes?
La idea retumbó en su interior como una sentencia, llenándola de una euforia contradictoria, pero también de repulsión. Sintió que su luz, la poca que quedaba, la odiaba por permitir siquiera que esa idea la entusiasmara. Pero Alex asintió, fingiendo obediencia mientras escondía el pergamino, con un plan desesperado y apenas formado en su mente. Tenía que encontrar una manera de resistir, de escapar de aquella oscuridad antes de que se apoderara de ella por completo.