Capítulo 18: Abstinencia
30 de diciembre de 2025, 23:27
Cada fibra de su ser parecía retorcerse en esa adicción silenciosa que crecía sin control, pulsando como si fuera su propio latido. La necesidad era un veneno lento, que quemaba en su sangre como un fuego que no la calentaba, sino que la vaciaba. Sintió sus manos temblar, cada respiro más agitado, más entrecortado, como si el aire a su alrededor no fuera suficiente para llenarla. Era hambre, era ansia, era una pérdida inhumana que no podía saciar, una carencia tan vasta como la oscuridad que la rodeaba.
Su poder latía con fuerza, como un tambor resonando en cada rincón de su cuerpo, acosándola con una necesidad cada vez más urgente. El susurro de su magia, como un eco persistente en el fondo de su mente, repetía incansablemente el mismo nombre: Thantos.
Era la respuesta, el alivio y la condena al mismo tiempo, y la voz de ese deseo oscuro se hacía más fuerte, más nítida, enterrándose en su conciencia.
Una fiebre la debilitaba, la desgastaba con cada instante que pasaba sin él. Se dobló sobre sí misma, presionando las manos contra su pecho, buscando contener el latido frenético, el dolor que se desbordaba dentro de ella. A pesar del lujo a su alrededor, sentía como si se ahogara en un vacío, un abismo abierto que la absorbía con la promesa de que solo Thantos podría llenarlo.
Alex intentó ignorar el impulso, pero el deseo se retorcía, mordía dentro de ella, imposible de ignorar, de resistir.
Al sentarse en el suelo, en medio de las sombras, Alex se armó de valor y extrajo el pergamino que Karsh le había dado antes de su escape. Las palabras, escritas en una tinta antigua y desvanecida, parecían tener vida propia en la penumbra. En ellas, leyó fragmentos sobre el equilibrio de la magia, sobre cómo los magos blancos que manipulaban la oscuridad se enfrentaban a sus propios deseos sombríos para alcanzar una armonía inquebrantable.
Una frase captó su atención:
"Solo en la quietud del alma, el dominio de las sombras cede a la verdadera voluntad."
Jadeó, luchando en el torbellino de esa universalidad aplastante y una vulnerabilidad que le parecía tan incongruente como lógica. Esa dualidad de poder y fragilidad la desgarraba, como si su ser fuera un campo de batalla constante, cada fibra atrapada entre la energía oscura y la luz que todavía intentaba sostener.
—Concéntrate, Alex —se regañó a sí misma en voz baja, sintiendo cómo la desesperación la ahogaba—. Maldito Thantos, maldito…
Al pronunciar su nombre, una chispa de energía recorrió su cuerpo, como una descarga eléctrica que, lejos de aliviar, intensificó el ardor en su pecho. Alex sintió el odio emerger con fuerza, como una ola que cubría su agotamiento con algo semejante al consuelo. No podía soportar esa reacción; lo que más le atormentaba era esa conexión visceral con él, como si al nombrarlo él respondiera desde la distancia, haciéndola su prisionera incluso sin estar cerca. No sentía amor por él, sentía necesidad, deseo, lujuria y carnal hambre. Una que nunca había sentido y parecía que moriría sin él. Si no repetía el acto de la marca y sus manos sobre su cuerpo.
Se aferró a lo único que sabía cierto: el amor. Amor que había vencido la oscuridad antes, cuando ella y Cam derrotaron a Thantos siendo solo bebés. ¿Por qué, entonces, el amor no parecía suficiente esta vez? Sentía un amor profundo por sus protectores, por los padres de Cam, por Dimitri, quien arriesgó su vida para salvar a su hermana, y, sobre todo, por Cam… ¡Su hermana, la otra mitad de su alma! Un amor tan potente que debería haber sido suficiente para desterrar cualquier oscuridad.
Y, sin embargo, no lo era. ¿No era suficiente el amor?
—Concéntrate… ¿Qué fue lo que dijo Karsh? —susurró, atrapada en una maraña de pensamientos. Las palabras de su protector resonaron en su mente con una claridad inusitada: "Antaño hubo magos blancos que también manipulaban la oscuridad, y ella no los controlaba a ellos. De alguna forma aceptaban su lado oscuro, sin negarlo, y eso los hacía más poderosos…"
La precisión de su recuerdo la sorprendió por un instante, pero lo atribuyó al exceso de poder que sentía reverberar en su interior, como si su mente ahora tuviera acceso a un rincón de conocimiento olvidado. Aquellas palabras de Karsh parecían una pista, una clave que había estado ignorando. Si su luz se apagaba, quizás el único camino era aceptar su oscuridad, domarla en vez de temerla. Pero, ¿cómo aceptar algo que le arrancaba su esencia, que casi la había consumido en el abismo?
Cerró los ojos, invocando cada momento en que había sentido su lado oscuro: la ira, el dolor, la traición. La vez que Thantos la había engañado, arrancándole su magia y dejándola impotente; la opresión que ahora experimentaba en su celda. Era una oscuridad que reconocía, y aunque la odiaba, también era parte de ella, una parte que había dejado crecer en las sombras sin atenderla. Quizá eso era lo que la hacía tan peligrosa.
Una idea se insinuó en su mente: hacer una introspección, enfrentar esos recuerdos dolorosos, y dejar de huir de ellos. Si deseaba salvarse y salvar a los suyos, necesitaba aprender a mirar esa oscuridad de frente, entenderla, asimilarla en lugar de reprimirla. Sabía que la línea era fina, que aceptar su oscuridad sin perder su luz sería un desafío, un juego de equilibrio en el que una distracción podría ser fatal.
Si puedo controlar esto, puedo controlar cualquier cosa, pensó con determinación. Debía ser la dueña de sus sombras, como lo era de su luz.
Podía hacerlo, tenía que hacerlo. Ella era Alex, y había atravesado más desafíos de los que muchos jamás soñarían enfrentar. Había abierto un portal que desafiaba las reglas de su propio mundo, había sobrevivido al dolor devastador de perder a su madre, y a cada decepción y rechazo que le habían arrojado. Las compañeras mezquinas, los maestros injustos, el padre ausente y los jefes despóticos… todas aquellas pruebas la habían fortalecido. No eran más que cicatrices, huellas que le recordaban su capacidad para soportar, para resistir.
Ella era hija de Aron y Miranda, dos seres que habían dejado una huella tan profunda en el mundo que su presencia aún vibraba en cada rincón de Coventry. Aunque sus padres ya no estuvieran, aunque solo quedara su memoria, Alex sabía que su esencia, su amor y sus enseñanzas fluían en sus venas. Ella era su legado, y cada día, con cada paso, lo mantenía vivo.
Suspiró, dejando que esa fuerza la llenara. Con un temblor en sus manos, sacó el pergamino que Karsh le había dado y lo desenrolló. El contenido contaba la historia de un brujo joven, que tuvo esos mismos poderes para manejar la oscuridad, el gran Ivan Marsthentrio, que se había vuelto a la luz. Había logrado aceptar su oscuridad, para así fortalecer su luz. La forma de dejar a un lado la oscuridad no es negándola y aferrándose a la luz, es entendiendo que se tiene el problema, aceptándolo, y buscando la forma de resolverlo con la luz. Había un hechizo al final, este ya no estaba en inglés como los que Karsh e Illeana le había dado para aprender.
Este era un hechizo en latín antiguo... ¿Qué pasaría si no sabía la pronunciación?
El temblor la sacudió de forma tan violenta que apenas pudo mantenerse en pie. La energía oscura, esa necesidad latente y corrosiva, se agitaba en su interior como un animal hambriento, exigiendo rendirse, ceder. Con cada segundo, el tirón invisible hacia Thantos se hacía más fuerte, más desesperado. Alex sintió que su cuerpo, traicionándola, temblaba hasta en los huesos, y el pergamino que sostenía con tanto cuidado resbaló de sus manos, cayendo al suelo.
Incapaz de evitarlo, se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo el dolor de la abstinencia crecía en espirales infinitas, devastadoras. Su respiración se entrecortó, jadeante, como si la vida misma se le escapara entre los labios. Era como si algo le arrancara el alma en pedazos, como si cada fibra de su ser estuviera siendo estirada hasta el límite, vaciada de toda voluntad.
La vista le comenzaba a nublar; el mundo a su alrededor giraba en sombras y luces oscilantes. Thantos... su nombre brotó como un susurro de sus labios, y aunque la repulsión le punzaba el pecho, el deseo inexplicable de volver a él la desarmaba. En medio de ese caos, la tentación de caer, de rendirse, de buscar en él el alivio a esa agonía, la invadió como una marea oscura.
Alex cerró los ojos, respirando entrecortadamente, mientras el dolor se transformaba en un torbellino que parecía amenazar con consumirla. Abrió los ojos, decidida a no dejar que esa fuerza la dominara, y con las manos temblorosas, se agachó para recoger el pergamino, el último vestigio de esperanza que Karsh e Illeana le habían dejado.