ID de la obra: 1567

Destinada a la oscuridad

Het
NC-21
Finalizada
6
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
74 páginas, 31.704 palabras, 22 capítulos
Descripción:
Notas:
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Capítulo 19: Rebelión

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Mientras afuera la rebelión rugía con el eco de hechizos, gritos y explosiones, el ambiente en el castillo de Coventry era una tormenta de sombras y relámpagos esporádicos. En cada rincón, los rebeldes luchaban con los seres de sombra que Thantos trajo del reino de la sombra, guerreros oscuros creados para proteger el poder. Los guardias fieles a él, fortalecidos por su magia, defendían con fiereza cada pasillo, cada entrada, resistiendo el avance de Karsh, Illeana, Dimitri y Camryn, que ahora vestida con su túnica ceremonial, se lanzaba al combate con una determinación implacable. Habían logrado quitarle el cristal de la frente, ahora era tan libre, tan poderosa como antes, incluso más. Se había unido a Dimitri, en medio de la guerra habían tenido una boda improvisada y habían logrado destruir el poder de Thantos sobre ella. Dimitri había compartido su esencia con ella y habían logrado una dualidad semejante a la de Thantos y Alex, pero a la inversa. Ellos eran luz pura. Karsh e Illeana luchaban en el frente, serios, respaldándose el uno al otro sin separarse ni un instante, estaban logrando abatir a varios y, aunque Illeana había sido alcanzada por un rayo en el hombro, seguía adelante con valor. Los pasillos oscuros y fríos parecían retorcerse mientras avanzaban, como si el castillo mismo intentara expulsarlos, con paredes que crujían y puertas que se cerraban con fuerza al paso del cuarteto. Las estatuas, antes de mármol blanco y con actitudes benignas y buenas, ahora eran horripilantes gárgolas negras que herían con sus garras. Dimitri, con un poder ahora tremendo, buscaba la forma de destruirlas mientras avanzaba junto a Cam. Ella había adquirido una nueva madurez, en base a tantos traumas ultimamente recavados, su poder era como el de Miranda, nada ni nadie la detenía. La pareja avanzaba por el castillo, buscaban a la oscuridad. Dimitri lideraba, lanzando destellos de luz y barreras protectoras mientras esquivaba las garras de las sombras, protegiendo a sus compañeros mientras avanzaban en un combate coordinado. Illeana, ágil y certera, neutralizaba a los guardianes con magia precisa y firmeza, sus ojos centelleando con la furia de alguien que había esperado mucho para enfrentarse cara a cara con Thantos. Por su parte, Karsh, aun sin su brazo, se movía con astucia en medio de las sombras, cubriendo a Illeana. Cam, ahora en sintonía con el poder que compartía con su esposo, enfrentaba cada paso con una valentía renovada. Lanzaba hechizos de luz que desgarraban las sombras, como si en cada estallido pudiera sentir la presencia de su hermana, atrapada en algún rincón de aquella fortaleza sombría. Mientras ellos luchaban, en lo alto de la torre donde había marcado a Alex, Thantos estaba solo, atrapado en una agonía que jamás había experimentado. Sentía una fuerza vacía, desgarradora, que se apoderaba de él, una abstinencia dolorosa, un hambre insaciable que lo debilitaba con cada segundo. Su poder, su vínculo oscuro con Alex, lo mantenía tan vulnerable como poderoso. La marca que le había dejado en la piel de Alex lo conectaba a ella de una forma que no había anticipado: él también sufría su ausencia. Ella, que había sido el punto central de su control, su obsesión, su ambición, ahora estaba lejos de su alcance, y eso le carcomía la mente. Cerró los ojos, concentrándose en el vínculo que había creado, intentando aferrarse a cualquier vestigio de la energía de Alex, mientras silabeaba su nombre para si mismo, anhelante, a cualquier fragmento de su esencia que pudiera calmar la tormenta que lo desgarraba desde dentro. Sin embargo, sentía que su poder se le escapaba, drenándose hacia ella, de ella a él, de él a ella, haciéndolos más vulnerables a ambos a cada instante. El control que alguna vez tuvo sobre Alex y, por extensión, sobre el destino mismo de Coventry, parecía desmoronarse. Intentó reprimir el odio que latía en él como una herida abierta; la sombra de su propio poder lo atacaba ahora, como si, al perderla, se estuviera desvaneciendo también una parte de él. Por un momento, Thantos se tambaleó, apoyándose contra la pared de la torre mientras un espasmo de dolor recorrió su cuerpo. Escuchó un retumbar distante. La batalla en los pasillos se acercaba. Dimitri y Cam estaban cada vez más cerca, desafiando a sus guardianes, abriéndose paso con una determinación que no conocía límites. Una distorsión púrpura comenzó a arremolinarse en el aire, como una herida en el espacio mismo, y de ella surgió Minerva, envuelta en un aura oscura que se derramaba como tinta sobre el suelo. Observó a Thantos desde arriba, con sus ojos llenos de desprecio y una sonrisa torcida que desbordaba malicia. Allí, frente a ella, Thantos yacía en el suelo, respirando con dificultad, su cuerpo convulsionándose mientras se aferraba a su amuleto, la mano temblorosa. La opulencia de la torre parecía ajena a su desmoronamiento; el gran mago oscuro, el temido Thantos, estaba en ese momento reducido a una figura patética, presa de su propio poder y de la pérdida. Minerva lo observó con un marcado desdén, su superioridad nunca se vio mejor que en este momento. Con satisfacción, sus labios curvándose en una sonrisa cruel. Bajó la mirada lentamente, disfrutando cada segundo de su miseria antes de hablar. —Patético. —susurró con frialdad, su voz cortando el aire como un látigo— Así es como terminas: reducido, vulnerable, arrastrándote por alguien a quien apenas puedes controlar. Sufriendo por tu sobrina a la que buscaste por todos los medios violar, hasta que lo conseguiste ¿no fue todo lo que esperabas y más? ¿No es eso lo que me dijiste? ¿Pues qué pasó ahora, querido? Porque no te ves tan glorioso como cuando la marcaste. Thantos jadeó, reuniendo fuerzas para girarse y mirarla con rabia, aunque sus ojos revelaban su desesperación. Su medallón en su pecho ardía mientras él lo sostenía y sentía que el vacío en su interior crecía a medida que Alex se alejaba más de su influencia, el dolor fisico era apabullante, tan real como cuando la torturaba, tanto como cuando la sacudía al arrancarle su poder por el cristal de la frente. Como un pozo oscuro que lo devoraba desde adentro. —Tráela aquí —le gritó, su voz rota pero cargada de un odio visceral—. ¡Haz que regrese, Minerva, antes de que esos miserables lleguen hasta mí! Minerva soltó una risa burlona, cruzándose de brazos mientras lo miraba con indiferencia. La poderosa bruja casi posando, disfrutando tanto de ver a su supuesto aliado retorcerse en el suelo. —¿Tan desesperado estás? ¿Temes por tu preciada Artemis, o simplemente temes lo que te sucederá si la pierdes? —Se inclinó lentamente hacia él, sus ojos brillando con un placer oscuro—. Esto no es una alianza, Thantos. Te avisé que manipular esa conexión te costaría caro, y ahora mírate. Destrozado por tu propia hambre de sexo y sed de poder. ¿De verdad crees que ella regresará solo porque tú lo exiges? Thantos intentó incorporarse, pero su cuerpo se negaba a responderle, debilitado por el vínculo que lo consumía. Su mano todavía temblaba sobre el amuleto, y sus dientes rechinaron mientras Minerva lo observaba con aquella mirada despectiva. —¡Maldita seas, Minerva! —gritó, la rabia coloreando sus palabras—. Esto es tu culpa. ¡Tu promesa era traerme poder, placer y diversión, no esta miseria! No me hagas perder el tiempo… tráela, ¡AHORA! Minerva inclinó la cabeza, como si considerara su súplica por un instante, pero el desdén en su rostro no se desvaneció. Se llevó una mano al cabello y luego miró distraída las uñas unos segundos. —Oh, Thantos. Todavía no has entendido nada. El poder no se entrega, se conquista. Y tú… —Se rió entre dientes— tú no has hecho nada más que encadenarte a algo que nunca fue tuyo. Alex está lejos de ti, y cada segundo que pasa, ella se va hundiendo más y más en su oscuridad… pero sin ti. Así que dime, ¿por qué habría de traértela cuando, para ese entonces, tú serás apenas un recuerdo? En breve llegará ese nuevo rey y su reina ¿sabes cuanta sed de venganza tienen ellos? Los ojos de Thantos se ensancharon, la furia más absoluta le contorsionaba el rostro, per también había un atisbo de miedo tremendo. Intentó reunir su energía, sintiendo la presión desesperada de su poder desmoronándose bajo el peso de la conexión rota, pero todo lo que consiguió fue un gemido de frustración. Minerva lo miró, y en sus ojos brilló una chispa de cruel entretenimiento, como si disfrutara ver el gran Thantos reducido a ese estado de suplicante fragilidad. —Haz lo que te digo, Minerva. ¡Antes de que lleguen! —bramó, cada palabra un golpe de pura desesperación— ¡tú también morirás! Minerva se enderezó, ajustándose con calma su manto negro, y lanzó una última mirada de desprecio. —No se te ocurra exigir nada, Thantos. Si Alex regresa, será porque ella lo decida… o porque yo así lo deseo.
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