Capítulo 20: Liberando la Sombra
30 de diciembre de 2025, 23:29
Alex apareció en medio de la oscuridad, envuelta en un estallido de luces fracturadas que distorsionaban el espacio alrededor de la torre. La magia de la luz y la oscuridad se desgarraba a su paso, dejando un rastro de sombras destellantes que llenaban la estancia con un parpadeo frenético. Era el lugar donde Thantos la había marcado, el sitio donde sus destinos se habían entrelazado en una red de poder que los unía y los destruía al mismo tiempo.
Se tambaleó al dar el primer paso, su cuerpo temblando de dolor, de una necesidad desesperada que parecía no tener fin. A cada paso que daba, sentía el vacío crecer en su interior, una abstinencia voraz que la devoraba desde lo más profundo, extendiéndose como veneno en sus venas. Al final del pasillo, en el centro de la torre, lo vio: Thantos, tan destruido como ella, su rostro demacrado y su mirada ardiendo con una mezcla de rabia y deseo.
—Artemis, —susurró él, su voz cargada de necesidad y desesperación. Estaba de pie, inmóvil, aunque cada fibra de su ser parecía implorarle que se acercara. Para ambos, el reencuentro de la visión contraria fue revitalizante y acogedoramente oscuro— Ven, ya era hora de que aparecieras, pequeña. Te he echado de menos...
Por un instante, sus palabras fueron como agua en el desierto. La sola idea de aliviar el dolor que la consumía la tentaba, la llamaba. Su medio amuleto y el de Thantos brillaron, vibrando en sus pechos, ardiendo al rojo vivo con oscuridad y calor. Alex sentía el poder de Thantos como una chispa en la piel, él sentía su pronta cercanía de una forma excitante y deliciosa. Un impulso que apenas lograban contener. Sus cuerpos, vinculados por esa oscura conexión, clamaban el uno por el otro.
Alex sentía el símbolo de su espalda arder como si él lo estuviera aun haciendo en su espalda, sintió además el placer oscuro de tenerlo cerca, aunque aun los separaban muchos metros.
Por un instante, Alex cerró los ojos, dejando que el calor abrasador en su espalda la envolviera, un eco del poder oscuro de Thantos que resonaba en lo más profundo de su ser. El dolor y el placer se entrelazaban, formando un círculo vicioso del cual no podía escapar, y al abrir los ojos de nuevo, la figura de Thantos parecía más cercana, sus ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que la estremeció.
—Ven aquí, Artemis, amor mío —repitió Thantos, esta vez en un susurro más bajo, más oscuro, que vibró en el aire entre ellos. El tono de su voz era una mezcla de súplica y demanda, cada palabra impregnada de la fuerza que compartían— No resistas lo inevitable. Te necesito… y tú me necesitas a mí.
La lucha en su interior era feroz. Parte de ella ansiaba rendirse, acabar con esa abstinencia que parecía corroerla desde dentro, cerrar la distancia que los separaba y sumergirse en la oscuridad familiar y tentadora que él ofrecía. Y, sin embargo, otra parte, una que apenas lograba distinguir entre el torbellino de emociones y deseos, le advertía que acercarse era entregarse por completo.
Thantos, al ver su reticencia, se impacientó porque él parecía estar más mal que ella y le era imposible ir y tomarla como ya lo había hecho— Sabes que ambos lo necesitamos.
Alex recordó la forma en que él la había marcado, cómo había invadido su mente, su espíritu, hasta robarle algo que jamás podría recuperar: su pureza. Su individualidad. Su magia. Su libertad. Su hermana. A sus padres. Sintió que cada palabra era como una herida nueva, como si cada negativa la despojara de una capa de piel. La conexión entre ellos tiraba de ella con fuerza, reclamándola, pero se obligó a mantener la distancia.
—No voy a acercarme, Thantos. No voy a ser tuya otra vez.
Una sombra de furia y decepción pasó por el rostro de Thantos, como un relámpago en la oscuridad. Sus ojos destellaron con una mezcla de rabia y frustración mientras apretaba los puños, tratando de controlar el impulso de reclamar lo que consideraba suyo.
—Eres mía, Alex. Lo sabes. Lo sientes. —Buscó incorporarse para acercarse a ella, en un gesto desesperado. Él no era tan joven como ella, el dolor y los espasmos de la abstinencia eran demasiado para él y su cuerpo con solo la mitad de su oscuridad— Desde que naciste, desde que heredaste esa parte de mi en tu sangre por tu padre… esa parte de ti me pertenece. Jamás podrás escapar de eso. La oscuridad se abre paso...
El corazón de Alex latía con fuerza, su respiración se volvió superficial, y sentía que el aire a su alrededor se volvía espeso, como si la torre misma reconociera la presencia de su amo y los empujara a encontrarse. Podía sentir el símbolo en su espalda arder con mayor intensidad, su amuleto empezó a flotar en el aire, como el de él, como si respondieran a las palabras de Thantos, recordatorios constantes del vínculo que él había forjado entre ellos.
Pero, a pesar del tormento, Alex apretó los puños y levantó la cabeza con una determinación renovada. Una parte de ella sabía que aunque su cuerpo lo deseara, no debía acercarse. Él volvería a absorber su energía por el cristal de su frente, le arrancaría su fuerza si lo dejaba y buscaría destruirla por completo. Absorberla, volver a mancillarla. Había pasado demasiado tiempo en la sombra de Thantos, atrapada en sus hilos de poder y manipulación. Había una chispa dentro de ella que se negaba a morir, una voluntad que ni siquiera él había podido romper.
—No importa cuánto me hayas marcado. —Su voz se volvió un susurro tembloroso pero firme, una pequeña resistencia en medio de la inmensa oscuridad que los rodeaba— Voy a luchar contra esto. No voy a ser tuya… no completamente.
Retrocedió, las manos temblando, la respiración entrecortada por el esfuerzo de resistir— No voy a darte lo que quieres.
El rostro de Thantos se contrajo, como si hubiera recibido una herida profunda. Sin embargo, su expresión pronto se transformó en una máscara de furia— Eres tan débil, Alex, —escupió, sus ojos oscuros relampagueando con una e calor oscuro del fuego de su poder— ¿No te das cuenta? Lo que compartimos no puede ser negado. Te lastima a ti tanto como a mi, pequeña. Ven a mi, no prolongues este dolor y este ardor por volver a ser mía... Tarde o temprano, volverás a mí.
Alex apretó los puños, tratando de reunir fuerzas para mantenerse firme. Sentía que su cuerpo le traicionaba, que cada célula la empujaba hacia él, pero se negó.
—No soy tuya, Thantos, —dijo con voz trémula, aunque sus ojos reflejaban la desesperación que le costaba ocultar— Nunca lo fui. Lo que hiciste... fue tu elección. Y yo decido no ceder. Acepto mi oscuridad. Es parte de mi y no me define.
Los amuletos quemaban al igual que su mirada, en eso, a la escena irrumpieron Camryn y Dimitri, tras ellos Karsh e Illeana y varios revolucionarios más. Pero si bien habían logrado consumar su rebelión abajo, si bien el castillo de Coventry estaba de nuevo vacío de adversarios, faltaba Thantos... y también Alex.
—¡Alex!
El grito de su hermana la sacó de su trance, por un momento, su fuerza de voluntad flaqueó en un nuevo espasmo de dolor que los arremetió a ambos. Thantos volvió a caer al suelo y Alex cayó de rodillas. La oscuridad se removía sólida alrededor de ambos como una marejada de arena negra, espesa, casi ingrávida, moviéndose con ellos, a través de ellos.
Alex levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de Camryn, quien la miraba con una mezcla de alivio y terror. Su hermana había llegado, trayendo consigo una chispa de esperanza que Alex había temido perder. Pero, en su interior, el conflicto seguía siendo desgarrador. La presencia de Thantos se entrelazaba con la suya, cada segundo separada de él un dolor insoportable, y cada segundo más cerca, una trampa que la arrastraba hacia la oscuridad.
—Alex, Hemos venido por ti, —exclamó Camryn, acercándose y extendiendo una mano hacia ella, ignorando el remolino de oscuridad que rodeaba a Thantos y a su hermana. Dimitri avanzó a su lado, listo para cualquier movimiento amenazante— y vamos a acabar con esto.
La figura de Thantos, maltrecha y vencida, aún emanaba un aura de poder oscuro y amenazante, una fuerza insidiosa que se aferraba al espacio como una niebla que nadie más podía disipar.
—¿Acaso no entienden? —espetó, su voz quebrada y llena de odio, pero con un fervor que solo la desesperación podía alimentar— Alex y yo estamos unidos de una manera que jamás podrían comprender. Ella me pertenece, tanto como… —dudó en decir algo tan vulnerable, pero al final optó por soltarlo— tanto como yo le pertenezco a ella.
Las palabras penetraron a Alex como un veneno lento. Sin pensarlo, ella completó su sentencia, su voz emergiendo como un susurro atrapado entre su deseo y su razón— Así es. Esa conexión es más fuerte que cualquier fuerza que puedan invocar.
Al oírla, Thantos esbozó una sonrisa que destilaba orgullo y una oscura esperanza. Aquella chispa de debilidad en Alex, ese instante en que se permitió reconocer su vínculo, alimentó en él la certeza de que, con el tiempo, ella cedería. La sola idea de que Alex compartía, aunque fuese un fragmento de su anhelo, avivó en él el deseo de atraparla para siempre, de hacerla sucumbir ante esa oscuridad compartida. De repetir el acto de la marca eternamente.
Alex intentó ponerse de pie, sus piernas temblorosas bajo el peso de aquella revelación. Las palabras de Thantos y las suyas propias rebotaban en su mente, como un eco inescapable, mientras las sombras en el entorno se contraían, abrazándola, queriendo absorberla. En lo profundo de su ser, sabía que un solo paso hacia él sellaría su destino. Y sin embargo, al bajar la mirada hacia el amuleto que pendía de su cuello, sintió su peso como reconfortante y familiar. Al levantar la vista, encontró la mano extendida de Camryn, cálida y repleta de amor, una fuerza que le recordaba tiempos mejores, que encendía algo en su interior, algo que las sombras nunca podrían apagar.
El amor de Camryn y de quienes la rodeaban era como un escudo, invisible pero impenetrable, un recordatorio de que ella tenía un camino distinto al que Thantos le ofrecía. El vínculo que los demás compartían con ella ardía con una luz que parecía quemar la misma oscuridad que intentaba reclamarla.
—Thantos, la oscuridad en mí… —murmuró, su voz apenas un susurro cargado de convicción— Es parte de mí, sí. Pero también es algo que elijo no dejarme consumir. Yo decido quién soy, y decido ahora liberarme de esto.
Camryn la miró con lágrimas en los ojos, comprendiendo sin necesidad de palabras. Alex debía enfrentar sola esta batalla, pues solo ella podía sellar aquel abismo que Thantos había sembrado en su alma. Su hermana soltó su mano y retrocedió hasta quedar junto a Dimitri, quien la abrazó, proporcionando un consuelo silencioso.
Con un esfuerzo final, Alex sostuvo el amuleto con fuerza, apartando la mirada de Thantos. La oscuridad reaccionó como una bestia herida, retorciéndose y enloqueciendo, mientras Thantos, tambaleante, trataba de arrastrarse hacia ella, extendiendo una mano temblorosa. La desesperación teñía sus ojos cuando exclamó, con una voz casi irreconocible.
—Alex… por favor… te amo…
Las palabras, cargadas de un amor distorsionado, evidenciaban que no se trataba de otra cosa que sucia necesidad. Fueron las últimas que Thantos logró pronunciar antes de que Alex cerrara los ojos y se entregara a la luz que crepitaba en su amuleto. La energía a su alrededor se solidificó, transformándose en mil dagas de pura esencia oscura, afiladas y definitivas. La oscuridad comenzó a moverse a su favor, partiéndose en fragmentos minúsculos que, al contacto con esas dagas, estallaban en destellos de calor y justicia.
Había roto el vínculo, se había liberado. Había elegido quién era, y esa elección la había salvado de la oscuridad eterna.
Thantos soltó un grito desgarrador, el sonido reverberando en el aire como un eco agonizante. Su figura comenzó a desintegrarse, fragmento a fragmento, hasta que solo quedó la esencia de lo que había sido, desvaneciéndose en un último suspiro. La oscuridad que había sido su vida, su poder y su condena, fue destruida en una explosión de luz.
Alex cayó al adoquinado del suelo, agotada, mientras el amuleto finalmente se apagaba y el silencio llenaba el lugar.