O miseras hominum mentis
16 de febrero de 2026, 15:09
Llegó 1980, Buer había vuelto a desaparecer y ahora su presencia era todo lo que Agustín anhelaba. El trabajo continuaba y la universidad comenzaba la segunda semana de ese primer mes. El pacto aún no había sido formalizado.
—Agustín, lo noto algo distraído —le comentó su padre un día mientras preparaban un cuerpo en su ataúd.
—¿Yo? No, no, no es nada, sólo estoy cansado.
—Hm, eso es lo que nos dice siempre. ¿Se ha quedado despierto hasta muy tarde? Debería ir al médico a verse eso, junto con los mareos.
—No, no es nada pa, de verdad. Creo que sólo estoy aburrido.
—Ya… ¿Es porque quiere entrar a clases?
—Sí, puede ser.
—Hace tiempo no veo a sus amigos.
—No, bueno, Dagoberto tiene novia, ya casi no salimos. Ahora que lo pienso, no me ha devuelto los libros que le presté en diciembre.
—¿Y las muchachas?
—Ahí están, pa, casi no las vi el último semestre, no coincidimos en ninguna materia.
Un templo para él solo; para quien fue luz y descendió hasta la noche, para posarse junto a las estrellas que habían nacido de su mano prodigiosa. Buer no pudo evitar recordar su descenso hasta la posición que portaba ahora con tanto orgullo. Entender a los humanos era su oficio, pero incluso un doctor sabe que el dolor y el daño son parte de la labor.
Siempre aspiró hacia el progreso humano, el que tantos intentos y fallos tomaba. Los mortales eran criaturas fascinantes para él; no se cansaba de ellos aún después de todos esos siglos.
Llegó a la tierra y se quedó por años como un sabio incomprendido, casi irreal. Enseñó a héroes, fue herido y él mismo hirió a muchos otros antes de siquiera considerar sanarlos. Uno solo de esos mortales fue suficiente para causar su exilio; y cuando Agaliareth lo adoptó y nombró presidente, sabía muy bien que su poder se concentraba en su conocimiento estratégico más que en maniobras violentas. Le quiso dar una estructura a ese impulso tan inmenso, suficientemente poderoso como para apagar el firmamento con una orden en voz alta.
¿Cuándo fue la última vez? ¿Cuánto tiempo había pasado desde alguien así? Desde que, más allá de los talentos, las riquezas, el conocimiento prohibido y las promesas de un futuro infinitamente mejor, un humano lo escogía sólo a él. Sólo un tacto, una voz y una presencia.
De verdad, había pasado muchísimo tiempo.
—Mi señor… El Gran General Agaliareth desea verlo.
—Dígale que voy para allá.
El día que el demonio finalmente regresó, lo hizo apareciéndose en el cuarto de Agustín, cuando este estaba estudiando. Agustín lo vio a través del espejo, sentado a orillas de la cama sin interrumpir.
—Buenas noches —le dijo cuando Agustín se volteó.
—Hola Buer, buenas noches. ¿Dónde se había metido?
—Algunos asuntos —dijo sonriente—, pero ya no más. ¿Me extrañó?
Agustín asintió con la cabeza, dejando ir una risa y mordiéndose la uña del pulgar.
—Muchísimo.
Buer se levantó de la cama y caminó hasta Agustín, sus manos corrieron lentamente por los hombros del joven, y seguido de eso le plantó un beso en la mejilla.
—¿Estudiando tan pronto? Acaba de empezar el semestre.
—Sí, sinceramente sólo estaba aburrido.
—¿Quiere que lo ayude?
La rutina comenzó a dibujarse con acciones que Agustín jamás había imaginado posibles provenientes de Buer. Caminatas, caricias, un calor compartido bajo las sábanas a primeras horas de la mañana… Gestos diminutos para alguien que se decía inventor de constelaciones. Sintió que ya había encontrado a alguien con quien compartir su vida, un deseo genuino para formalizar el pacto.
Sus amigos notaron los cambios de inmediato, en especial Mayté y Marley.
—Gus, ¿cómo va ese inicio de año, mae? Lo veo como más vivo desde hace días.
—No es nada importante.
—Sí, es cierto, yo lo veo más animado —comentó Mayté.
—¿Verdad que sí? —Infirió Marley— le hizo bien distanciarse de Dago, de por sí, todos saben que es medio mujeriego.
Ese día habían quedado de iniciar un proyecto los tres en el apartamento de Mayté. Estaban comenzando a trabajar en varias maquetas de propuesta para un lote que necesitaba nivelaciones, rellenos y plataformado.
Habiendo iniciado el proyecto, se dieron un descanso para fumar, mientras Mayté preparaba el puro, como era costumbre, Agustín finalmente decidió confesar —parte— de la verdad.
—Estoy… ehm… digamos que estoy saliendo con alguien.
Las dos se volvieron a ver anonadadas, Marley con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Hágame el favor, Agustín Vinicio! ¿Y por qué no nos había contado? ¿Quién es? ¿cómo se llama?
—Bueno… En realidad, ya lo conocieron, más o menos. —mencionó Agustín bajando la mirada.
Mayté ladeó la cabeza, Marley tomó el puro para encenderlo.
—¿Cómo? —preguntó Marley— ¿es de la universidad?
—No, no… ¿Se acuerdan del muchacho de las consultorías al que Dago le dio ride en Hone Creek?
Ambas asintieron con la cabeza.
—Bueno, él... me dejó una tarjeta. Y mi papá lo contactó para unas cuestiones ahí de la funeraria.
—¿Y cuánto tiempo llevan saliendo?
—N-no mucho… Apenas desde que inició el año. —Agustín respondió con una sonrisa.
—¿¡Y su papá no lo sabe!?
—No, ni mi mamá. Él pasa muy ocupado, tiene mucho trabajo y como viaja tanto, sólo lo veo de vez en cuando.
Mayté se mordió los labios y Marley se acercó para abrazarlo.
—Estoy muy feliz, Gus, qué dicha por usted, sólo tenga mucho cuidado, ¿me oyó sweetheart?
Mayté se le unió y lo abrazó también.
Ese día dejó a Agustín con una alegría amarga. Le resultaba dulce que sus amigas estuvieran tan felices por él, aunque se sentía mal por no decirles toda la verdad.
Pero es que, ¿cómo explicarles algo así? Que, desde el inicio, el pacto no sólo había sido aceptado por una entidad, sino que, además, no había sido cerrado aún.
Había llegado a un acuerdo con Buer y le había prometido mantener el secreto.
Agustín se encontró a Buer cuando caminaba de vuelta a casa, y esta vez, en vez de correr a esconderse para perderlo de vista, fue corriendo hacia él para abrazarlo.
Buer lo recibió con una sonrisa y con cierta sorpresa, de brazos abiertos.
—¿Pasó algo de lo que no me enteré, Agustín?
—No, sólo estoy feliz de verlo…
Se fueron caminando hasta llegar a la funeraria.
—¿Ha tenido tiempo de pensar en el deseo, Vinicio?
—No, la verdad no. Estoy feliz con lo que tengo ahora—le confesó mientras entraba a su casa y Buer desaparecía de su vista.
—No hay prisa. —Le susurró.
En la casa, su mamá terminaba la cena y ponía la mesa mientras su padre terminaba de registrar unos papeles en la recepción de la funeraria.
Los tres se sentaron a comer con el televisor encendido en la sala, presentando un show de variedades.
—Me contó Trinitario que el hijo mayor se casa, Martín.
—¿En serio? —preguntó Lourdes, Agustín se servía ensalada en el plato.
—Sí, se casa en abril me dijo, con una muchacha de Guanacaste y se va para allá.
—Bastante largo, sí. Me imagino que Douglas es el que se va a quedar con la imprenta cuando Trinitario se pensione.
—Yo me imagino que sí, es lo más seguro. Douglas conoce bien el teje y maneje de ese lugar, le va a ir bien; es un buen negocio.
—A mí me contó Doña Ana toda preocupada que a uno de los sobrinos lo encontraron con otro muchacho. Lo van a echar de la casa y ella quiere traerlo para acá para Trinidad.
—¿Y ella para qué le ayuda?
—Diay, es que imagínese amor, lo dejaron en la calle prácticamente, y parece que el novio que tenía tampoco le había dicho nada a la familia.
—A esos deberían meterlos en un psiquiátrico, y ella alcahueteando a ese enfermo…
Lourdes frunció el ceño y disintió con la cabeza, pero no respondió.
—Yo jamás lo hubiera permitido, para tener un hijo así, es mejor no tener nada. Imagínese, encontrarlo en una de esas playadas, ojalá los vecinos se den cuenta también, prefiero hacer un hueco y enterrarme; yo hubiera hecho lo mismo, yo también lo echaba a la calle. Ese lo que necesita es encontrar a Dios.
Agustín no hizo ningún comentario, sólo se quedó observando el plato un minuto.
—¿Qué pasa, amor? ¿No tiene hambre?
—No, ma…
—Esas amigas suyas a mí no me gustan, Gus, yo creo que ellas en algo raro andan, usted las ve y nunca están acompañadas de nadie, sólo andan ellas dos juntas, nunca les han conocido un novio o algo, ni a la negra que es la más bonita. —comentó Reinaldo.
—Ellas sólo son amigas y ya.
—¿Y viven juntas? —insistió su padre.
—Alquilan el apartamento juntas, ya está. Yo tenía planes con Dagoberto de algo así al inicio, pero no salió.
—¿Qué ha pasado con Dagoberto, por cierto? Hace días que no viene, desde que fueron a la playa. Tampoco fue al último partido —interrumpió Lourdes, tratando de cambiar el tema.
—Está saliendo con una muchacha desde el año pasado. No lo he vuelto a ver.
—¿Y usted para cuándo? —preguntó su padre— tampoco le he conocido ni una.
Agustín torció los ojos.
—No tengo tiempo para eso.
—Es mejor que se enfoque en la universidad por ahora, es cierto —rescató su madre.
—Más le vale que sea por eso.
Agustín se sirvió otro vaso de refresco, el pulso le temblaba un poco. El resto de la cena se le hizo eterna y cada vez que se llevaba la cuchara a la boca sentía que iba a regurgitar la comida de la ansiedad. Cuando logró terminar la mitad del plato, se levantó para llevárselo a la cocina a limpiarlo.