O pectora caeca
16 de febrero de 2026, 23:51
—General Agaliareth, ¿quería verme?
—Buer, sí.
Agaliareth observó a Buer mientras se acercaba en su forma tradicional de centauro.
—¿Hace cuántos años no lo veía así? Todavía no había caído el imperio romano…
Buer soltó una risa.
—Me he sentido nostálgico últimamente, debe ser eso.
—¿Ah, sí? ¿Y a qué se debe?
Hubo un silencio breve.
—Inicié un trato nuevo hace poco.
—Lo sé, Haborym me lo contó; por eso lo cité.
Buer ladeó la cabeza.
—Haborym fue quien ofreció dientes de león a su ofrenda. Me comentó que vio a este joven con su sello, de unos veinte años, que se le veía retraído, pero que la intención era clara.
—Es un joven incomprendido, lo estimo mucho.
Agaliareth comenzó a reír con suavidad.
—Usted siempre fue un ángel “incomprendido”. Aún cuando lo hirieron, siempre continuaba buscando a los humanos. Ellos son como las estrellas; brillan, se apagan después de un tiempo, nacen más. Y a usted le fascinan. Lo más gracioso es que la atracción es mutua una vez más.
—¿Puedo preguntar si sigue siendo mal visto? Sé que en el otro lado aún está prohibido.
—Así es arriba como es abajo, Buer. No hay reglas estrictas, sólo límites. No nos importa el consumo, pero no toleramos la domesticación.
—¿A usted personalmente le molesta lo que estoy haciendo?
—Me es difícil entenderlo, pero no me molesta, tengo que ser franco, esa fijación fue precisamente lo que me permitió darle el lugar que tiene hoy.
—Gracias.
—¿Sí está consciente de que cuando el trato se formalice usted terminará consumiéndolo?, como la última vez.
—Lo entiendo.
Agalarieth asintió.
—¿Quería verme para algo más, Señor?
—No, puede retirarse. Fue agradable verlo.
—Lo mismo digo. Permiso.
Cuando Agustín entró al cuarto, apenas pudo ponerle seguro a la puerta antes de caer sentado a punto de llorar de la rabia. Se agarraba el pelo de la raíz, intentando contener un grito y lanzar un golpe al aire. Buer estaba sentado una vez más a la orilla de la cama.
—Lo siento mucho, Vinicio.
Agustín subió la mirada, posando la cabeza contra las rodillas y respirando profundo para calmarse; admiró a Buer un momento. El cabello ondulado le bajaba en forma de cascada detrás de la nuca, como melena, los ojos amarillos que lo miraban eran de depredador en asecho pero, no con deseo, más bien con preocupación.
—No me gusta cuando llora.
—¿Qué otra opción tengo?
Buer le dio unas palmadas al colchón para invitar a Agustín a la cama.
—Varias, tenemos varias.
Agustín se levantó del suelo para sentarse al lado de Buer, quien lo capturó en un abrazo para reconfortarlo.
—Podemos ir a otro lugar si quiere.
—Lo agradecería.
Buer se llevó a Agustín hasta el puente ferroviario donde habían ido la primera vez. Ya había oscurecido y la brisa nocturna silbaba al pasar entre las ramas de los árboles.
—¿Esto está mejor?
—Gracias, Buer.
—No hay de qué. ¿Quiere hablar sobre la cena?
—No, prefiero no hacerlo —respondió Agustín limpiándose un par de lágrimas con el cuello de la camisa.
—¿Quiere hablar sobre el deseo? Hay algo de lo que—
—No quiero hablar, Buer…
—Está bien, lo entiendo.
Agustín tomó las manos de Buer, comparándolas con las suyas. Eran delicadas pero fuertes, manos de sanador, de taumaturgo que vio todo lo bello y lo malo. Con anillos en el dedo índice y el anular con su sello y su constelación. El joven se llevó las manos del demonio hasta su cintura y llevó las suyas hacia arriba para rodearlo del cuello; se besaron, comenzaron besándose de pie y luego Buer lo alzó como lo había hecho el día de la fiesta de fin de año. Agustín se aferraba a él de una forma casi reverencial. El viento continuaba soplando entre la estructura metálica del puente. Escucharon un retumbar; eco del río Olivos, que, aunque nadie lo sabe, tiene vida propia.
Se separaron cuando Agustín sintió que Buer lo estrujaba. Hicieron contacto visual por unos minutos y fueron agachándose hasta encontrar las bases de madera que sostenían los rieles, con un ritmo de cortejo mutuo. Buer dejó a Agustín sentarse sobre él, se acariciaron y se volvieron a besar. De repente, los rieles del puente comenzaron a temblar, anunciando que el último tren en ruta se acercaba. Antes de que la luz los cegara, Buer jaló a Agustín, llevándolo en un movimiento brusco hasta el templo.
Agustín abrió los ojos para encontrarse por segunda vez en aquel palacio grecorromano que las cincuenta legiones habían construido para Buer.
—Necesitamos hablar, Agustín —reiteró Buer, buscando continuar la idea que estaba por expresar en el puente.
—¿Por qué ahora? ¿No podemos conversar luego? Sobre el contrato o lo que sea.
Buer rompió el abrazo, dándole la media vuelta al joven para verlo de frente.
—Lo que está por ocurrir, y lo que ocurrirá eventualmente, Agustín…
—¿Sí?
—Yo no soy como ustedes, me precisa que eso quede claro.
—Ya lo sé.
—Esta tampoco es mi verdadera forma. Cuando yo descendí a la tierra, me veía diferente.
Agustín asintió, acariciando el torso de Buer encima de la tela y desabotonando la camisa con impaciencia.
—Agustín, por favor, estoy haciendo un gran esfuerzo…
—No hay lugar para mí en este mundo, Buer.
—¿Qué? —preguntó Buer confundido, con el aliento entrecortado— eso no es cierto, Agustín.
—Ya nada va a ser lo mismo, ni siquiera puedo estar completamente seguro de lo que veo o siento desde que nos conocimos —susurró el joven, quien con un gesto de devoción y lujuria paseaba la mano por el pecho y abdomen de Buer, cada átomo de su presencia perfectamente calculado.
—Agustín, hagamos una pausa, por favor, después de esto no hay vuelta atrás.
—Y si usted se va cuando el trato termine, ¿qué cree que va a pasar cuando yo vuelva a escuchar un clavecín? ¿o cuando vuelva a preparar un cuerpo que se parezca al suyo? ¿¡Qué mierda voy a hacer cuando pase por los puestos del mercado y vuelva a sentir el olor de las caléndulas y las amapolas!?
Agustín sostenía la cinturilla del pantalón que Buer llevaba puesto. Se volvieron a observar con inquietud, Buer le agarró la mano.
—Necesito ese deseo antes de que…
—Podrá usted no ser un hombre, mi señor Buer. Pero se ve cómo uno, se infiltra entre nosotros, me busca y me desea como uno, ¿y yo?, yo me le entrego como uno también.
Hubo un silencio corto; la luz se filtraba entre las columnas como en ocasiones anteriores. Buer le soltó la mano y desabrochó sus pantalones dejándolos caer y dando un paso hacia adelante.
Entonces, el deseo se convirtió en misa y el juego previo en cátedra, Agustín se dejó llevar por la didáctica de Buer, quien lo empezó a desnudar con delicadeza.
Se observaron por otro momento, y luego Buer pronunció la oración que formalizaría el pacto:
—Por el espacio de las dos décadas por venir, su cuerpo, alma y mente me pertenecerán como señal de este pacto, al cual ofrezco darle… todo aquello que los mortales le negaron.
—Lo acepto y me entrego.
—Que así sea. —contestó Buer sosteniendo su rostro con cariño y marcando a Agustín con su sello, el cual desapareció al instante de la vista común.
Buer se lo llevó en brazos hasta el interior del templo, a una cámara acondicionada con telas y cojines, el techo decorado con mosaicos que parecían pintados con oro.
—Hagámoslo aquí —pronunció Buer— es más acogedor y ciertamente más ecléctico que el salón principal.
La consumación fue indolora y atemporal, no hubo prisa porque todo se había detenido excepto ellos. Un intercambio de ideas, deseos, murmullos, fluidos y energía. Podrían haber pasado días y ninguno de los dos se hubiera percatado. Las cincuenta legiones los observaban con cautela, atentos a cualquier comando de Buer, pero buscando no interrumpir. Todo seguía teniendo un aire demasiado ritualista por más carnales que fueran sus actos; la marca vibraba y le dejaba a Agustín una sensación electrizante. Entendió que esta llevaba mucho más tiempo en él de lo que creía, desde que selló el pacto con la sangre de su dedo índice e intercambió miradas con el extraño en la carretera; extraño al que ahora le había entregado el alma.
Cuando Agustín despertó en su cuarto envuelto en su cobija, estaba adolorido y cansado, exhausto. Se fijó en el reloj justo antes de que su mamá entrara después de tocar la puerta.
—¿Agustín? Ya me tenía preocupada, ¿no va a ir a clases? Le va a agarrar tarde, venga, desayune rápido.
—¿Clases? No, yo nunca tengo clases los domingos.
—Hoy no es domingo, amor, es lunes. Yo pensé que estaba enfermo, como no salió en todo el día ayer excepto para comer, pensé que tenía gripe o algo. ¿No quiere ir a la clínica?
Agustín se levantó de un brinco después de escuchar eso, alistando el salveque con un par de libros que ocupaba y moviéndose hasta el baño para ducharse.
“¿Hoy es lunes…?”