El eterno dolor: Un jardín que nunca se marchita

Slash
R
Finalizada
4
Emparejamientos y personajes:
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60 páginas, 25.065 palabras, 15 capítulos
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Éxodo

Ajustes
Veinte años. Cuarenta años. Veinte años para irme. Cuarenta años vagando en esta tierra para encontrarme en la escalinata que lleva a su templo. —Agustín, la facultad de letras queda en el edificio de allá —le susurró el profesor Guido, de Álgebra, cuando lo vio distraído mientras los demás tomaban nota de la pizarra. —Perdón, profe, me agarró en un lagunazo. No lo hizo con mala intención ni con mala cara, más bien con ánimos de vacilar, sabía que, de todas formas, era buena ficha. Después de Álgebra, le tocó la clase del siguiente curso de Legislación Catastral con el profe Martínez. El proyecto para ese semestre consistía en brindar asesoría en legislación para un proyecto benéfico en la comunidad. Había escuchado de su padre que en la junta de vecinos se había considerado la idea de un salón de usos múltiples y, además, un centro de actividades variadas para adultos mayores. El profesor lo llamó para hablarle al final de la clase, cuando ya todos los estudiantes, incluido Dagoberto, se habían ido. —Agustín, venga un toque, tome asiento. —¿Pasa algo, profe? —No es nada malo, Agustín, sólo estaba revisando las propuestas de proyecto que me completaron hoy, las suyas específicamente. La del salón de eventos y la del centro para adultos mayores. —¿Ajá? He estado pensando y es lo mejorcito que hay, pero creo que prefiero el centro para adultos mayores. —Buena idea. ¿Cómo se ha sentido con el curso? —Bien, sí. —Bueno, cualquier cosa, el límite para la entrega de la propuesta es el próximo viernes. ¿Va a hacer el proyecto solo o va a irse con Dagoberto? —Solo, es que Dago se fue para Guadalupe desde que empezó la carrera. —Entiendo. Igualmente, usted es muy buen estudiante, lo haga solo o acompañado, le va a ir bien. Yo sé que es posible que no, pero si necesita ayuda o cualquier cosa, yo estoy para servirle. El profesor en un gesto medio disimulado bajó la mano, posándola en la pierna de Agustín y moviéndola de arriba hacia abajo en una caricia que al joven le causó un escalofrío y lo hizo levantarse de un brinco. Otra vez el diálogo de miradas. “No te hagas el ruso, Agustín, medio salón lo sabe” “Tenés anillo de matrimonio y tenés hijos, carebarro” “¿Y qué si los tengo?” —Sólo es una invitación, Agustín, confío en que podemos mantener la invitación abierta de la forma más discreta posible, que esta no sea una grieta en nuestra relación profesional, de alumno y profesor. —No tengo interés —respondió en voz baja, entrecortada y con el corazón palpitando en el esófago. —No te hagás, baboso. —¡Tengo novio! Sí, tengo novio. “No le creo”, contestó el profesor con otra mirada. —Tengo novio, no me interesa. Ya me voy. —¿Cómo se llama? —Bruno. —Ja, ¿Bruno qué? —Bruno Stein. —¿En serio? ¿Cuántos años tiene? —Veintisiete. —¿Qué estudia? ¿Trabaja? —Estudió, no aquí, en Europa. Sí trabaja. —¿Ajá? ¿En qué trabaja? —Es un consultor legal. —¿Dónde vive? —Viaja mucho. —Eso no fue lo que le pregunté. —A usted qué le importa. —Insolente. —Metiche, asqueroso, ¡su esposa debería saber! —Y sus papás. —¿Cómo sabe que ellos no saben? —¿Usted cree que yo soy idiota? ¿Que yo no me doy cuenta de que usted es un playazo reprimido? Muy bonito escuchar de ese noviecito de mentiras, usted y yo podríamos tener algo bonito si se deja amansar. —¡No, no quiero, no me interesa! El profesor se levantó cuando Agustín caminaba en reversa para abrir la puerta, lo agarró de la cintura con una mano y de la barbilla con la otra, plantándole un beso que al joven le causó asco. —Seguí haciéndote del rogar, Agustín, ¡cómo me gusta! Agustín se le escurrió como una salamandra y salió despavorido del salón, buscando en los pasillos de música el sonido del clavecín y el consuelo de Buer. —Agustín, ¿qué pasó? Buer lo vio llegar al salón de música con los ojos rojos y la cara pálida, limpiándose la boca con la manga de la camisa. El demonio no insistió, sólo se levantó para recibirlo en un abrazo. —Por mí fuera, mi niño, le regalo el cielo. Venga conmigo. Se abrazaron como para convertirse en uno solo, tal vez porque en parte ya casi lo eran. Si le regalo el cielo, ¿me promete que lo cuida? ¿Seguirá siendo cielo o se volverá algo más? Si no lo regalo, nos cae encima a ambos, estoy seguro. Pasó una semana. Agustín se había decidido a brindar asesoría en el proyecto del centro diurno para adultos mayores. Iba con miedo camino a la U, incluso Dagoberto lo notó, preguntándole si todo estaba bien. —Martínez se me insinuó el viernes pasado, que me quedé después de que terminara la clase. Dagoberto volvió a ver a Agustín, luego dirigió la mirada a la calle. —Idiay, ¿qué le pasa a ese corriente? ¿No que estaba casado? Agustín se encogió de hombros, visiblemente incómodo. Dagoberto no tenía muchas herramientas respecto a esas situaciones, pero por lo menos hacía el intento de reconfortar a Agustín después de ese intento del profesor por aprovecharse de su amigo. —¿Se lo podrá echar uno al pico con el jefe de carrera o algo? —No sé… Pero mejor repito el curso. —No, no, ¿cómo se le ocurre? ¿Ya le contó a Bruno? Él podría saber si esas situaciones se pueden reportar con algún superior. —Sí, yo le conté ese mismo día. —¿Se vieron el viernes? ¿O cómo? Agustín no quiso dar detalles, sólo asintió. Se llevaron tremenda sorpresa ese mismo día después del almuerzo cuando los recibió un profesor sustituto, avisándoles que Martínez ya no iba a darles clases más y que él continuaría por el resto del semestre y de forma indefinida. Fue un alivio y una fisura. ¿Qué se había hecho? Una conversación que Agustín escuchó a medias en la sala de profesores le confirmó que todo había sido más extraño de lo aparente, y que, si por Martínez hubiera sido, seguiría dando clases como si nada. “¿Qué fue lo que le pasó a Martínez, el de Legislación Catastral?” Preguntó uno de los profesores de dibujo técnico. “Hoy llegó a saludarme el que lo va a sustituir, bastante joven”. “Tuvo un accidente, ¿Vos sabés que él tenía una finca en Barva? Dicen que un peón que le chapeaba la finca le llegó a avisar que desde el fin de semana pasado se le había metido un caballo al terreno. Pensaban que seguro se había metido por las yeguas que tiene él ahí. Tiene dos, muy bonitas y un pura sangre. Ese que apareció no estaba marcado y era de otra raza, un Percheron.” “Ajá” “La cuestión es que se fue Martínez para Barva antier, a ver al animal y ver si lo marcaban, nada tonto. Estando allá intentó ensillar al animal, y el condenado lo agarró seguro en mala posición, el caballo lo pateó durísimo en el pecho, le provocó paro cardiorrespiratorio y ahí mismo tuvieron que ir a juntarlo los de la Cruz Roja, en paz descanse.” “¿Y qué pasó con el caballo?” “Así como llegó, se fue el animal” “Que Dios lo tenga en su gloria. Nunca me han gustado los caballos; son muy peligrosos, menos esos que ni dueño tienen, quién sabe a qué pobre diablo se le escapó” “Diay si, eso le pasó por buchón, dicen que era lindo el hijueputa, como color caramelo.” “Caro, me imagino.” “Por supuesto.” De regreso, Dagoberto le ofreció ride a Agustín, pero él le dijo que no, que iba en bus porque tenía un par de pendientes. En realidad, llegó hasta el mercado, buscando entre los puestos que aún estaban abiertos las mismas flores que había comprado la vez anterior. La antigua floristería parecía estar abierta, y atendiéndola, una muchacha de menos de treinta, que se sostenía las quijadas sobre el mostrador. Tenía el pelo rubio, casi blanco, con ojos afilados y claros como los de un gato. La boca se le alargaba en esa posición, entonces parecía que tenía hocico y que lo llevaba pintado de rosado. —Buenas tardes, casi noches, creo. —Buenas, joven. —¿Cómo está? Mire, vine hace unos días a comprar flores, no hace mucho, la señora mayor que atiende me alistó un ramo, y quería comprar otro igual, por favor. —Listo; caléndula, amapola, manzanilla y diente de león —respondió la joven, alistando el ramo con papel decorativo. —Eh, sí, gracias… —dijo Agustín, sacando la billetera algo sorprendido por la memoria de ella. Pasó cerca de un minuto. —¿Algo más? —N-no, muchas gracias, es que… son para mi mam— —Él es un caballero. —¿Ah? —Topó con suerte. Él es un caballero. —¿Po-por qué lo dice? —No todos son tan amigables o tan cariñosos como él. —¿Usted sabe quién…? —se atrevió a preguntar, señalando el ramo. —Sí, el centauro. Aunque no le gusta que le digan por ese otro nombre, ahora sólo Buer. Agustín titubeó. —Cómo lo envidio, me encantaría que me trajeran flores… El joven recibió el ramo y le pagó a la dependiente. —...Muchísimas gracias. —Que tenga una bonita noche. —Usted también y… que le traigan muchas flores. La mujer dejó salir una risa suave y rítmica que pareció un ronroneo, Agustín se fue y ella se quedó un minuto riendo y otro par más agitando la mano para despedirse. Agustín tomó el bus hasta Trinidad y llegó al parque. No se detuvo en la iglesia como la primera vez y continuó caminando más allá de la ermita, de la laguna, de su casa y del pueblo. Llegó hasta el puente ferroviario, sólo guiándose con la luz de la luna y el sonido que hacían sus zapatos al chocar con el riel o pisar hojas secas. En medio de los árboles se asomó Buer, ahora en su forma de centauro en lugar de lo usual. —Vinicio, buenas noches. Era el Percheron color caramelo por el que debatían los profesores en la sala de reuniones, ya lo sabía, sólo quería reafirmarlo. —Le traje estas, Señor… —le respondió Agustín levantando el ramo a la altura de Buer. —Mil gracias. No me diga señor; creo que a estas alturas ya nos tenemos suficiente confianza para llamarnos por nombres y no por honoríficos. —Tiene razón. Agustín dejó a Buer tomar el ramo, el joven no le quitaba los ojos de encima a pesar de las limitaciones de luz. —Hmm. ¿Qué pasa? Lo veo raro. —Usted… usted mató a Martínez por lo que me hizo. Buer resopló, sin quitarle la vista a Agustín. —Sí. —¿Por qué? —Porque no voy a permitirle a ningún mortal jamás una obscenidad de esas, no hacia usted. —Creo que se le pasó un poco la mano. —Tonterías. Ambos caminaron en dirección al puente, donde los recibió la luz de luna, luz que iluminó el cuerpo completo de Buer, majestuoso, erguido y desnudo. Pelaje caramelo en la parte baja y un torso esculpido con cuidado, melena larga que llegaba hasta el final del torso. —¿Por qué decidió… presentarse así hoy? —Esta es mi forma original, Agustín. ¿No le molesta? —Para nada, mi señor… Buer. —Nada de señor, por favor. —Discúlpeme. —¿Está asustado? ¿Lo asusté otra vez? —No, de verdad, es sólo que… Nadie hubiera hecho algo así por mí y no sé si eso está bien o mal. —¿La devoción está mal? Esa noche terminaron en el templo nuevamente, Agustín volvió en sí, envuelto en los brazos de Buer, que estaba posado como esfinge alrededor suyo, acicalándolo igual que a una cría o una presa. Lo había conocido como hombre, como centauro y ahora como león, con las flores decorando su melena, hocico rosado como la ayudante de la anciana del mercado. —¿Quién es ella, la mujer del puesto de flores que trabaja con la viejita? —Haborym. Ese es su nombre. —Me dijo que estaba triste porque nadie le llevaba flores. —Conociéndola, aunque alguien se las llevara, igual las deshojaría. —Me dijo que usted tenía otro nombre. Buer suspiró. —No es mentira. —¿Cuál es? —No importa. —Buer… —Bueno, ehm, ella se refiere a Chirón. Una de mis primeras apariciones en el mundo humano. —¿Una? —Sí. ¿Recuerda que le mencioné que puedo estar en varios lugares al mismo tiempo? —Por supuesto. —Bueno, así fue como inició. Mi historia, al igual que la de muchos, no ha sido lineal, así que no tiene caso organizar todos los eventos en una línea temporal única. —Entiendo… ¿Y por qué es tan importante comparado con otras apariciones suyas? —Porque como Chirón amé por primera vez. —¿Qué le pasó a Chirón? —Me hirieron y les dije que renunciaría a mi inmortalidad. —Pero eso nunca pasó. —De forma figurativa, jamás volví a Grecia, luego de años, cayó el imperio. —¿Usted tuvo un amante allá? —Varios. Agustín se sentó para “escucharlo mejor” o, más bien, para interrogarlo mejor. —¿Varios? ¿Varias personas? —Sí. —¿Qué pasó con esas personas? —Hubo amoríos varios, me casé, tuve hijos también. Ya no están, no importa. Buer cambiaba de forma como las luces a través de los atrapasoles que decoraban la habitación, al final, el cuerpo de hombre con el que lo había conocido, completamente expuesto, acostado en los cojines. Esa parecía ser la imagen final de la intimidad entre esos dos mundos que representaban ambos. Agustín quiso responderle, pero no supo qué decir. —La historia ya está lo suficientemente fragmentada, Vinicio. No tiene caso ponerse a atar cabos a estas alturas. —¿Le mintió a todos ellos? ¿Y les hizo creer que había renunciado a la inmortalidad para desaparecer? —La mentira es el menor de mis pecados. Les prometí que regresaría a las estrellas, pero la verdad es que siempre fui parte de ellas, yo era quien las pintaba a fin de cuentas. El exilio me fragmentó; es un tipo de liberación que ocurre de forma exponencial. Ya no puedo volver a mi hogar original, pero puedo hacer lo que me plazca. —Supongo que suena razonable desde esa perspectiva. —Aprecio que exista esa compasión de su parte. —¿Los recuerda a todos? ¿Inclusive a su primer amor? —Ese no lo olvidaría jamás, ni a ninguno de mis consortes. —¿Tampoco a mí? Buer se rió, ambos chocaron frente con frente en un gesto de cariño.
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