El ojo en el cielo
19 de febrero de 2026, 17:10
Agustín se despertó con el ruido del motor apagándose cuando llegaron a Santísima Trinidad; aunque, para ser francos, no lograba discernir si estaba en un auto real o no. Buer se lo llevó en brazos hasta la casa, después de cuidarlo durante todo el trayecto. Lo dejó en camiseta y boxer, acostándolo en la cama y cubriéndolo con la cobija.
A la mañana siguiente, se sentía cansado, pero la resaca no era tan fuerte. Había partido de fútbol en la tarde y posiblemente se encontraría a Dagoberto si se había levantado con ganas y no tenía otros planes.
Dagoberto llegó al centro de Trinidad media hora antes del partido y estacionó el vehículo en el parqueo de la imprenta, pasó a la recepción y compró una tarjeta telefónica en la caja y volvió a salir. Justo afuera de la entrada había dos estaciones de teléfonos públicos.
Una vez que confirmó que el teléfono daba tono, sacó una libreta de contactos de la bolsa de la camisa y marcó un número.
—¿Aló?
—¿Hola? Buenas, sí, ¿está Melisa?
—¿Melisa?
—Sí, bueno, Ámbar.
—Ah, ok, sí, ya se la paso. ¿De parte de quién?
—Dago, un…eh, conocido.
Dagoberto se quedó en la línea un rato.
—¿Aló?
—¿Meli? ¿Ámbar?
—Sí, ¿Dago?
—¡Sí! ¿Cómo está? Tanto tiempo…
—Bien Dago, no me quejo. ¿Y usted? ¡Qué sorpresa escucharlo!
—Lo mismo digo, yo bien, gracias. Vieras que quería molestarla, qué pena.
—Dígame, mientras no sea para pedirme cacao.
—Jajaja no, no, ¿cómo cree? Es que tengo una situación y creo que usted es la única que puede ayudarme. Vea, para no hacerle el cuento muy largo, ¿se acuerda de Agustín? El amigo mío con el que fuimos a tomar cuando estábamos empezando a salir.
—Creo, ¿el que jugaba fútbol con usted? ¿Flaco y de pelo marrón? ¿De ojos como dormidos?
—Ajá, sí, ese mismo. La cosa es que ayer estuvimos en una fiesta y me hizo un comentario raro, él llegó con alguien a la fiesta y cuando ya se iba estaba medio tomado y lo llamó por un nombre completamente diferente.
—Ajá.
—Yo sé que suena raro, pero es que el nombre me trajo un recuerdo, no sé si fue en uno de sus libros que lo leí, y puede ser que sólo esté paranoico porque todavía ando engomado. Tal vez el mae hizo las mismas que usted con “Ámbar".
—Ah, ok ok, entiendo. ¿Y sabe cómo se deletrea?
—Ni idea, dijo algo como Boer, Puer...
—¿Buer?
—¡Ese! ¡Sí! ¿De dónde es ese nombre?
—Diay, por origen o significado no sabría decirle; Buer es un demonio.
—¿Un demonio?
—Sí, bueno, hasta donde yo sé. Aparece en varios grimorios, creo que es griego.
Dagoberto suspiró.
—Ok ok, entiendo.
—¿Y por qué se le hace raro o qué?
—Diay, no sé, me pareció extraño que nos lo presentara con un nombre y luego saliera con ese otro. El muchacho también le hizo una mueca. ¿Será que está metido en algún grupo como esos amigos suyos? Yo sé que Agustín es ateo, pero ese muchacho no sé.
—Hmm, no sé. En todo caso no sería igual, porque mi grupo no se mete en esas cosas. Sí, conozco sobre los pactos, hay gente que pacta con ellos o podría ser que le guste mucho la demonología y ese sea algún seudónimo. En ese mundillo se mueven mucho con anonimato o con nombres artísticos para que no los identifiquen fuera del gremio, digamos.
—Gracias por la info, sí.
—¿Y a qué venía todo eso? Digamos, aparte de que le sonó familiar el nombre.
—No bueno, es que… vea, si le cuento, ¿no le diga a nadie, oyó?
—Sí, sí.
—Fuimos a la playa en diciembre, junto con un par de amigas. No quiero alargarme mucho porque voy para mejenga y tengo que ir a cambiarme, pero mae uno de esos días en la noche Gus—
A Dagoberto se le cortó la llamada, de inmediato pensó que se le había acabado el saldo de la tarjeta, pero cuando volvió a colocar el teléfono en la base y levantarlo, ya no había tono.
—¿Qué es esta mierda?
Dagoberto se pasó al otro teléfono, pero tampoco daba tono. Se fijó en el reloj y ya era tarde, así que tuvo que agarrar las cosas e irse para la cancha.
En los cambiadores de hombres, Agustín se topó con Buer y, al igual que en la ocasión anterior, el tiempo parecía haberse detenido.
—¿Cómo se siente mi niño hoy para el partido?
—Eeh, bien, creo. Gracias por lo del taxi, pensé que sólo iba a dejar que Dagoberto me llevara hasta la casa.
—No pude. Dagoberto lo escuchó a usted decir mi nombre.
A Agustín le bajó un escalofrío por la espalda.
—¿D-de verdad?
Buer asintió.
—Hay que tener más cuidado, Vinicio.
—Perdón, Buer.
—Está bien, no es su culpa, estaba pasado de tragos y era un riesgo real.
—¿Y qué hago ahora si él me pregunta?
—Él cree que es un seudónimo por ahora, pero también sospecha por el pacto. Siga la corriente.
Agustín dejó salir un resoplido.
—¿Ellos no pueden saberlo…?
—No. Es un secreto.
—¿Qué pasaría si ellos se dieran cuenta?
Buer no respondió, sólo lo miró con severidad y negó con la cabeza; Agustín entendió lo peor.
—No quiero que les pase nada malo a ellos.
—Yo sé que no.
Agustín inhaló y exhaló un par de veces, la mente a mil por hora buscando mentiras nuevas para tapar la identidad real del demonio.
Cuando inició el partido, Dagoberto se quedó en banca y desde ahí pudo ver a Buer sentado en la gradería, observando el partido.
Decidió aprovechar para ir, sentarse al lado y preguntarle por lo del día anterior.
—Bruno, ¡hola! ¿Cómo le va? No esperaba verlo hoy.
—Dagoberto, hola. Sí, nos quedamos en un motel en la madrugada, Vinicio estaba muy ebrio.
Dagoberto volvió a ver hacia la cancha, evitando el contacto visual.
—Sí… sobre eso, tenía curiosidad. Yo escuché a Agustín llamarlo a usted por otro nombre ayer, cuando se estaba quedando dormido en su regazo, me pareció familiar porque tuve una ex que—
—Buer.
Dagoberto se quedó con la palabra en la boca.
—Sí…
Hubo un silencio incómodo, más incómodo para Dago que para Buer.
—Es un… ¿Seudónimo?
Buer se comenzó a reír, andaba la misma ropa del día anterior, y sentado con una pierna cruzada con la vista en el partido parecía más cazador de talentos que espectador.
—Se supone que es un alias —le explicó Buer—, estoy en un grupo, en el hace poco inicié a Agustín. Ese es el nombre que tengo en la jerarquía, y el público que no es parte del grupo no tiene por qué saberlo.
Dagoberto levantó las cejas, procesando lo que Buer le explicaba.
—¿Por qué no se puede? ¿Son como una logia?
—Algo así. Dos palabras: pánico satánico. La gente interpreta todo lo que no entiende como una amenaza o una conspiración, tratar de explicar costumbres extranjeras sólo lleva a histeria colectiva, que en este país no es infrecuente.
—Sí, me imagino… Entonces, si su alias es Buer, me imagino que también se identifica o lo relacionan a usted con el ¿demonio?
—Precisamente. Buer es el maestro de la lógica, la moral, la filosofía y la medicina natural. Mis papás son dueños de una farmacéutica y yo soy consultor legal. Entenderá la correlación ahora, y aprecio que tenga el pensamiento crítico para haber venido a aclarar la duda. Eso es refrescante.
—Claro, sí, es la primera vez que escucho sobre un grupo así, suena más interesante de lo que imaginaba. ¿Por qué les hace tan feo la gente entonces?
—Bueno, la mayoría no se toma la molestia de ponerlo en perspectiva. Véalo así, si usted y yo tuviéramos una cinta e iniciáramos desde el mismo punto caminando en direcciones opuestas hasta darle la vuelta al mundo terminaríamos encontrándonos tarde o temprano, ¿no cree?
—Sí, es cierto.
—Bueno, ahí está. Que su dirección sea distinta a la mía no significa que no estemos persiguiendo el mismo fin.
Dagoberto relajó los hombros, como soltando toda la carga de la llamada con Ámbar.
—Oiga, Bruno, ¿y Agustín le contó sobre el pacto que hizo en la playa? El que mencionó Mayté en la fiesta.
—Sí, encantador y muy valiente de su parte.
Dagoberto soltó una risa, volviendo a verse las puntas de los tacos.
—Gracias por no tomárselo mal, me pudo más la curiosidad.
—¿Creyó que yo era el demonio que Agustín había invocado?
Dagoberto volvió a reírse, negando con la cabeza.
—Mi primera teoría era la correcta, aunque pensé que más bien era un artista con un nombre falso.
—Entendible.
—¿Puedo hacerle otra pregunta?
—Como quiera.
—¿Qué fue lo que le atrajo tanto de Agustín?
Buer dejó salir una risa suave.
—Agustín es un muchachito especial. No me buscó por beneficios, que es lo que la vasta mayoría hace, se me acercó por interés genuino y eso me cautivó. Tenía mucho amor que dar y estaba muy desanimado por no poder expresarlo abiertamente. De nuevo, es muy valiente, me siento afortunado de haberlo conocido.
Dagoberto sonrió de lado, conmovido con la sinceridad de las palabras.
—He escuchado que le dice niño y muchachito, ¿tienen mucha diferencia de edad?
Buer intentó contener otra risa.
—Bueno, sí, no sé qué le dijo Gus al respecto, tal vez le mencionó un número menor, pero tengo treinta.
—¿Y Buer cuántos tendría?
—Varios miles más.
Se quedaron callados después de eso y luego de un par de minutos, el entrenador llamó a Dagoberto para hacer un cambio antes del final del primer tiempo.
Cuando el partido terminó, Agustín fue a cambiarse y a despedirse de Dago y de Douglas, que se fueron cada uno por su lado. Buer se quedó esperándolo en la gradería.
—¿Ningún esguince hoy?
—No, lastimosamente no —respondió Agustín riéndose.
—Qué bueno, sí.
Ambos compartieron un silencio; el cielo comenzaba a teñirse de tonos naranja.
—Buer…
—¿Sí?
—¿Qué pasa con el trato ahora?
—Ya lo formalizamos, ¿por qué?
—Sí, pero… eso significa que después de los veinte años, ¿usted se va a ir?
Buer sonrió.
—El trato ya está pagado, digamos. Sólo… hay un detalle.
—¿Me explica?
—Sí, claro. En el contrato inicial, ya se cumplieron tanto las cláusulas suyas como las mías; su obediencia, reconocimiento en virtud del deseo, romper con el escepticismo, etcétera. Lo que pasó el último fin de semana fue… una reestructuración del contrato. Yo le ofrecí algo como deseo a cumplir, y usted me entregó algo como pago. El trato ya se cerró, o, más bien, está a punto de cerrarse.
—¿Porque yo me entregué?
—Exacto.
—O sea que… ¿Me voy a morir?
—No es la forma correcta de ilustrarlo, no es así.
—¿Entonces?
—Usted viene conmigo, nos vamos juntos…
—¿Por veinte años?
—No, no, al revés, le quedan veinte años acá, hasta que nos tengamos que ir.
—Eso sería en el 2000, cuando cumpla 40.
—Correcto.
—¿Eso era lo que me quería advertir?
—Sí, Agustín. Discúlpeme si no fui lo suficientemente insistente, no quería que tomara una decisión tan impulsiva.
Agustín giró la cabeza hacia los lados para corroborar que no había nadie cerca y luego se abalanzó sobre Buer para besarlo, gesto que tomó al demonio por sorpresa.