Bajo el cielo de Willow Creek

NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
105 páginas, 56.366 palabras, 19 capítulos
Descripción:
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De vuelta

Ajustes
Cuando llego al departamento, Mimi no está. Seguramente ya se fue al trabajo. En la puerta de mi habitación encuentro una nota pegada con cinta adhesiva, escrita con su letra redonda y apurada: “¡LO VAS A CONSEGUIR, LO SÉ!” Sonrío. Amo que sea así, que confíe en mí más de lo que yo misma lo hago a veces. Me quedo unos segundos mirando la nota, sintiendo cómo algo dentro de mí se acomoda. Tal vez no soy la misma Caroline que llegó temblando a esta ciudad ocho años atrás. Aunque debo admitir que me siento… diferente. Casi como una nueva persona. Sé que me fue bien en la entrevista —al menos, eso creo—, pero los nervios siguen ahí, cosquilleando en el pecho. Estoy ansiosa de ambos escenarios: que me lo den o que no. El señor Reggin fue amable, demasiado incluso. Dijo algo sobre “hacer algunos ajustes” después de escuchar mi historia, pero no quise preguntar más. No sé si eso es bueno o malo. Y aunque no quiero emocionarme demasiado, no puedo evitar pensar en cómo cambiaría todo. Si me dieran el trabajo, ¿debería quedarme aquí? ¿O regresar a casa… con mamá, con Albert? Suspiro, me cambio de ropa y decido preparar algo para comer. Abro la caja de cereales que siempre compraba antes del trabajo, me sirvo un tazón y me dejo caer en el sofá frente a la ventana. Justo cuando voy a llamar a mamá, la pantalla de mi teléfono se ilumina: videollamada entrante de Albert. Sonrío automáticamente y contesto el teléfono. —Hola —digo rápido, tratando de sonar relajada. —¡Hola! —responde él, con esa sonrisa suya tan grande que parece iluminarlo todo—. ¿Cómo te fue? ¿No era hace como tres horas la entrevista? —pregunta, con una mezcla de emoción y nervios. —Woah, woah, relajate, vaquero —digo riendo—. Tenía otras cosas que hacer. Iba a llamarte, lo prometo. —Perdona, no fue mi intención apurarte… —responde, bajando un poco la voz. —Tranquilo, estoy bromeando —le sonrío y acomodo el celular sobre la mesa de centro—. Creo que me fue bien. El jefe —sí, el mismísimo jefe— me hizo la entrevista, y fue muy amable. Le cuento cada detalle: cómo me sentí al entrar, lo que me preguntaron, la mirada del señor Reggin cuando mencioné Willow Creek. Mientras hablo, veo en su rostro orgullo, ternura… y una pequeña lágrima que intenta disimular. —Pero te extraño —digo al final, con la voz más suave. Albert me mira con esos ojos llenos de cariño, tan sinceros que siento un nudo en la garganta. —Yo también te extraño —responde—. Pero ya resolveremos esto, te lo prometo. No pienso rendirme tan fácilmente. Y si tenemos que vivir un tiempo por pantalla… pues que así sea. Su forma de decirlo me hace reír, aunque también me derrite un poco el corazón. Qué suerte tengo de haberlo encontrado. Qué miedo también, porque no quiero perderlo. —Albert… —digo en voz baja—. Yo… Pero justo en ese momento entra otra llamada. Me quedo un poco congelada mientras veoel número. Finalmente logro hablar.  —Albert, me están llamando del lugar donde hice la entrevista. ¿Te puedo hablar luego?— sueno sin duda,  ansiona y muy nerviosa.  —Claro, amor. Contestá. ¡Suerte! Cuelga antes de que pueda responderle, y yo respiro hondo antes de aceptar la nueva llamada. —Hola —digo, intentando sonar profesional aunque el corazón me late con fuerza. —Buenos días, ¿tengo el gusto de hablar con la señorita Whitmore? —dice una voz femenina y amable. —Sí, con ella habla. —Le llamamos para informarle que, después de revisar su entrevista y el informe del señor Reggin, queremos ofrecerle el puesto. —La mujer hace una pequeña pausa, y casi puedo oír mi corazón dejar de latir—. Además, queríamos comentarle que el trabajo será completamente remoto, por lo tanto, podrá desempeñarse desde cualquier parte del país. Me quedo en silencio. ¿Acabo de oir lo que acabo de oir?. —Solo se le solicitará asistir a las reuniones generales dos veces al año —continúa la reclutadora—. Por supuesto, le enviaremos las fechas con anticipación y cubriremos los gastos de traslado. En su correo recibirá toda la información sobre el contrato, los beneficios y el equipo de trabajo que le estaremos entregando durante estos dias. La escucho, pero mi mente apenas puede procesar lo que acaba de decir. ¿Remoto? ¿Desde cualquier parte? ¿Podré seguir viviendo en el pueblo, con mamá, con Albert… con mi vida? Siento que vuelo. Literalmente. No sé si es el cereal o el destino, pero todo parece brillar de pronto. —Por supuesto —respondo finalmente, tratando de mantener la compostura—. ¿Cuándo debo pasar por la oficina? —Lo antes posible, si puede —responde ella—. Tenemos que firmar algunos documentos y entregarle su equipo. —Perfecto. Muchas gracias. Hoy mismo en la tarde ire.  —Gracias a usted, señorita Whitmore. Bienvenida al equipo. La llamada termina antes de que pueda siquiera decir “adiós”. Pero ya no importa. Me quedo mirando la pantalla del teléfono por un segundo, incrédula. Y de pronto, grito. —¡NO LO PUEDO CREER! —salto del sofá, el tazón de cereal vuela por los aires y Mimi no está aquí para verme bailar como loca, pero igual lo hago—. ¡LO CONSEGUÍ! ¡LO CONSEGUÍ! Me cubro la boca con las manos, riendo, llorando, todo a la vez. Tomo el teléfono otra vez y marco el número de mamá.  —¡Mamá! —grito cuando contesta—. ¡Me dieron el trabajo! ¡Y puedo hacerlo desde Willow Creek! ¡ES REMOTO!  ¡ES REMOTO!. Escucho su voz emocionada, mezclada con esa risa cálida que solo una madre tiene. —Ay, mi amor, lo sabía. Te dije que el universo tiene su manera de ponerte donde debés estar. Estoy tan orgullosa de ti, Caroline. Cierro los ojos, dejando que sus palabras me envuelven. Por primera vez en mucho tiempo, siento que todo —la ciudad, el campo, Albert, mi madre, incluso yo misma— empieza a encajar en el mismo lugar. Estoy tan feliz que apenas puedo respirar. ¡Voy a poder volver! A casa, a los establos, con mamá… con Albert. Le digo a mi madre que no e diga nada a Albert quiro que sea sorpresa. Cuando terminó de hablar con ella le escribo un mensaje rápido a Albert:  “Los de la oficina me pidieron que fuera hoy mismo, necesitan hablar conmigo de nuevo luego te cuento qué pasa 💛” No quiero decirle nada aún. Quiero verle la cara cuando aparezca en persona, cuando esté de nuevo en casa. Y por primera vez, cuando pienso en casa, siento un alivio que me recorre por dentro. La sola idea me hace sonreír. Tomo rápido mi bolso y salgo rumbo a la oficina. No quiero esperar más. Quiero tener todo lo que necesito para volver. En el metro, el traqueteo metálico me arrulla mientras leo el correo de la empresa: comenzaremos el entrenamiento la próxima semana, y los días restantes de esta serán para firmar documentos, recoger el equipo y ultimar detalles. Perfecto. Exactamente lo que necesitaba. Sin pensarlo demasiado, compro un vuelo para la mañana siguiente. Le escribo un mensaje rápido a Mimi: “¡Conseguí el trabajo! Te cuento todo en la noche, pero prepará el vino 🍷💛” Llego a la oficina y me reciben con sonrisas y carpetas llenas de papeles. Firmo, escucho instrucciones, me entregan mi computadora, mi tarjeta de acceso y una libreta con el logo de la empresa. Patrick Reggin no está esta vez, pero su asistente me explica con calma los proyectos iniciales. La reunión se extiende por más de dos horas. Cuando finalmente salgo, el cielo ya está oscuro. Nueva York brilla con una belleza fría y eléctrica. El viento huele a café, humo y pretzels recién horneados. Los taxis amarillos cruzan la avenida como luciérnagas urbanas. Las luces de los rascacielos iluminan las calles como si el cielo hubiera caído a la tierra. Es una ciudad viva, frenética, majestuosa… Y sin embargo, mientras camino entre el ruido de los autos y las risas lejanas, me doy cuenta de que mi corazón ya no late al mismo ritmo que esta ciudad. La Caroline de hace ocho años me mataría si me oyera pensar que prefiero Willow Creek a la Gran Manzana. Pero ya no soy la misma. Mi corazón ha crecido. He aprendido que la vida no se trata solo de brillar, sino de sentirse en paz. Y yo encontré esa paz en un pequeño pueblo, entre establos, montañas y una sonrisa de un vaquero. Cuando llego al departamento, Mimi está en el salón con una botella de vino y dos copas esperándome. —¡A celebrar! —grita apenas me ve entrar, levantando la botella como un trofeo. Me río y dejo mi bolso en el sofá. —Sabía que ibas a hacer algo así. Nos sentamos juntas. Las luces de la ciudad se filtran por la ventana y bañan la sala con reflejos dorados. Pongo una lista de música suave, y brindamos. Le cuento como me fue en la entrevista y todos los detalles. Mas tarde seguimos en el sillon  ya con la botella vacia. —Gracias por dejarme quedarme aquí —le digo, sincera—. Y por no dejar que me derrumbara cuando todo se vino abajo. —Ay, por favor —responde con una sonrisa—. Tú solo necesitabas un lugar para recordar quién eras. La miro, conmovida. —Creo que tenía que irme de Nueva York para darme cuenta de que no necesito demostrarle nada a nadie. Ni siquiera a mí misma. —Eso suena a crecimiento emocional —dice con picardía—. Cuidado, te estás volviendo sabia. Reímos las dos. —¿Y ese vaquero? —pregunta, dándole un sorbo a su copa—. ¿Cómo era que se llamaba? —Albert. —Ajá, Albert. El que te hace sonreír cada vez que lo menciono. Me río, sintiendo el calor en las mejillas. —Sí. Es… diferente. Me hace sentir tranquila. No tengo que ser “la mejor versión de mí” todo el tiempo. Con él soy solo yo. —Entonces ya sabés lo que tienes que hacer —dice Mimi, mirándome con ternura—. Volver a donde tu corazón esté en paz. La miro en silencio, sintiendo un nudo dulce en la garganta. No se si es el vino tomando control de mi pero quiero llorar de la emoción.  —Gracias por todo, Mimi. Por ser mi familia cuando me olvidé de que tenía una. —No me agradezcas. Solo prométeme que vas a hacer lo que te haga feliz. Brindamos una vez más. El vino sabe a despedida, pero también a comienzo.  —Promete que iras a visitarme algun dia al rancho  Hace una mueca con su cara, pero por fin responde.  —Ufff esta bien ire pero ni creas que voy a subirme a uno de esos animales gigantes — ¿A un caballo quieres decir? — Si, esos animales me dan mucho miedo. Nos reimos un poco mas y seguimos hablando de cosas de la vida. Mas tarde ella se queda dormida en el sillón poco después de las dos de la mañana después de hablar toda la charla que tuvimos sobre millones de temas, esta con la copa vacía en la mano y el cabello cayéndole sobre la cara. Yo recojo las copas y apago las luces. Me acerco a la ventana. Manhattan brilla ante mí, inmensa, deslumbrante. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo decir adiós. Mañana volveré a casa. Me despierto a las once de la mañana con el sonido del tráfico filtrándose por la ventana. Es un murmullo constante, como si la ciudad respirara con vida propia. Mimi está en la cocina, despeinada, con una taza de café en la mano y los ojos hinchados de sueño. Se que se acaba de levantar pero tambien se que podria perfectamente levantarse a las tres de la tarde. Se ha despertado temprano para despedirse.  —Buenos días, futura mujer de negocios —dice con una sonrisa perezosa. —Buenos días, dormilona. Nos reímos. Es agradable tener una copañera de cuarto pero sin duda ya extraño a Albert y nuestras mañanas lentas y con el sonido de los aves al fondo.  Mientras desayuno, Mimi me observa desde el marco de la puerta. —¿A que hora es el vuelo? — Sale a las tres, en unas horas me ire al aeropuerto —Bajo la mirada hacia mi taza—. Sabes que puedes ir a visitarme cuando quieras ¿verdad?. Lo decia enserio.  —¿Estás segura? —Por supuesto, siempre serás bienvenida. —Me encantaría ir a conocer a tu vaquero y a tu hermoso pueblo. —De verdad me encantaría que vayas a visitarnos. Ambas nos miramos con una expresión de cariño, creo que nunca habíamos abierto tanto y me doy cuenta que tuve mucha suerte en vivir con Mimi, y me gustaria que pudieramos tener una relación más unida a pesar de que voy a estar más alejada de ella. —¿Ya Albert sabe que vas de regreso?—me pregunta —Le escribí un mensaje rápido. Le dije que los de la oficina me llamaron, que tenía que pasar unos días aqui y que luego le contaría todo. No quise darle muchos detalles. Mimi sonríe con complicidad. —Así que lo vas a sorprender. —Eso espero —respondo, sonriendo también, aunque una parte de mí siente un nudo en el pecho—. Quiero verlo sin que lo espere. Quiero que me vea llegar, que sepa que me voy a quedar con él.  —Mucha suerte amiga. — Sale de la cocina y se que esa fue su despedida.  Mimi nunca ha sido de despedidas dramaticas,  solo un suerte y listo y esta bien creo que muchas veces las personas deberian ser asi. Sin tanto drama solo la verdad y listo. La voy a extrañar pero no me rendire hasta que vaya a visitarme.  Una vez en el aeropuerto me arrepiento de haber llegado un poco tarde, voy con prisa y corriendo el aeropuerto está lleno, parece que todo el mundo quiso salir hoy a la misma hora pero me muevo como en piloto automático. Reviso los documentos, paso el control, y corro a mi puerta de abordaje,  estoy feliz de haber encontrado unos vuelos directos y con un buen asiento, me siento junto a la ventana. Cuando el avión despega, una mezcla de nostalgia y alivio me llena el pecho. Veo cómo la ciudad se hace pequeña, los edificios se desvanecen y el cielo se abre frente a mí. Pienso en Albert. En sus manos, en su voz baja cuando decía mi nombre. En cómo me mira, como si yo fuera la única persona en el mundo. Y pienso también en mi madre, esperándome. En el olor del campo, en el sonido del viento entre los árboles, en esa paz que solo existe allá. Se que me fui dos dias solamente, pero nunca habia extrañado tando volver a casa, Siento que es mi lugar donde pertenezco al lado de Albert y mi madre. El vuelo pasa rápido, algo que agradezco mucho. Apenas aterrizo, siento esa mezcla de emoción y nerviosismo en el estómago. Aún no le he dicho nada a Albert lo deje en visto desde ayer en la mañana y aún asi me ha dado mi espacio, espero que esta sopresa no arruine lo que siente por mi. Salgo del avión y camino por el pasillo con el corazón latiendo fuerte. Ya quiero llegar verlos a todos. Y ahí está. Mi madre, esperándome con una sonrisa amplia, como si el tiempo no hubiera pasado pero al mismo tiempo como si me hubiera ido por ocho años de nuevo. Tiene los ojos húmedos y las manos apretadas frente al pecho. —Hola, mamá —digo, con la voz temblorosa. —Ay, mi niña. —Me abraza con fuerza—. Por fin en casa. El olor de su perfume, la calidez de su abrazo, el sonido de los pájaros afuera… todo me envuelve como una manta suave. Respiro hondo. Estoy de vuelta. Ahora necesito ir a ver a Albert.
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