Bajo el cielo de Willow Creek

NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
105 páginas, 56.366 palabras, 19 capítulos
Descripción:
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Empezar de nuevo

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Nuestro aeropuerto es pequeño, casi doméstico. Tiene más aspecto de terminal de autobuses que de salida internacional. Aun así, cuando cruzamos la puerta principal, no puedo evitar que mi mirada lo busque… y ahí está, sabia que estaría ahí, lo conozco tan bien que lo sabia. Albert con su hermoso sombrero blanco. De pie cerca del área de abordaje, justo antes de seguridad, como si llevara horas esperándome. Conociéndolo, probablemente así fue. Me sonríe apenas me ve, esa sonrisa que tanto amo, y camino hacia él con el corazón en la garganta. —Albert —digo, deteniéndome frente a él—. ¿Qué hacés aquí? —Hola amor, hola señora Whitmore,—dice con una leve inclinación, saludando a mamá. —Hola, hijo. ¿Cómo estás? —responde ella con dulzura. Albert se encoge de hombros, intentando parecer tranquilo, pero no le sale. —Pues… aquí. Llevándola como puedo. —Albert —repito, esta vez con más firmeza, para que me mire a los ojos—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Bueno… Esta mañana no nos despedimos. Y no podía dejar que te fueras sin decir adiós. —Voy a volver. Lo sabés, ¿no? Me sonríe, pero hay algo en sus ojos que me parte el alma. Una tristeza que no puede esconder. —Sí… pero, en realidad, no creo que vuelvas. —Albert, no digás eso —le reprocho en un susurro. Suspira, y da un paso hacia mí. Me toma de las manos, como si necesitara aferrarse a algo para no quebrarse del todo. —Lo siento. No quiero hacerte sentir mal —dice con voz temblorosa—. Solo… te voy a extrañar muchísimo. —Yo también —respondo, conteniendo las lágrimas. Entonces me besa. Un beso suave, profundo, lleno de despedida. No es como los otros. Tiene algo de principio… y algo de final. Como si intentara memorizarme, guardarme con él. —Te amo —dice, aún con la frente apoyada en la mía. —También te amo —respondo, cerrando los ojos, deseando que este momento no se termine nunca. Nos separamos lentamente. Albert me suelta las manos con la misma delicadeza con la que alguien dejaría caer una flor marchita. Quiero decirle tantas cosas, pero ninguna suena bien en mi cabeza. Así que solo lo miro. Con los ojos llenos de todo lo que no me animo a prometer. —Señora Whitmore —dice Albert, volviéndose hacia mamá, buscando algún apoyo. Ella lo abraza con fuerza, como si lo conociera desde siempre, y en parte así es. Lo acaricia en la espalda con ternura y le susurra algo que no alcanzo a oír. Cuando se separan, Albert asiente con los ojos vidriosos. Entonces me vuelvo hacia ella. Mi mamá. Mi ancla. —¿Estás segura que no quieres venir conmigo al menos unos días? —pregunto, sabiendo la respuesta. —Estoy segura, mi amor. Mi lugar está acá, en este momento. Y el tuyo… está allá. Por ahora. Me abraza como si quisiera grabarse mi olor, como si el roce de nuestras mejillas pudiera guardar lo que las palabras no alcanzan. —Estoy tan orgullosa de ti —me dice, con la voz algo quebrada—. No por lo que estás logrando, sino por la mujer que te estás permitiendo ser. Se me forma un nudo en la garganta. Trago saliva y asiento, apretando los ojos para no dejar caer las lágrimas. No ahora. No todavía. —Te voy a extrañar —le digo al oído. —Y yo a ti. Pero vas a estar bien. Y si no lo estás, me llamás. ¿Sí? Recuerda. Siempre vas a tener un lugar acá. Le doy un último abrazo. Uno largo. Uno que me duele, no es la primera vez que me despido de mi mamá, pero hay algo diferente en esta despedida, me siento diferente y en parte es porque soy una persona diferente. Camino hacia el control de seguridad, siento cada pizada tan dificil que me hace pensar que no es una buena idea, pero necesito intentarlo. Cuando me doy vuelta, Albert aún sigue ahí, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en mí. Levanto una mano y la agito despacito. Él me lanza un beso al aire. Yo finjo atraparlo y lo guardo en el bolsillo de mi abrigo. Que tan cursis, nunca antes había hecho este tipo de cosas con nadie,  nunca nadie me había hecho sentir cursi y segura al mismo  tiempo para hacer esto, pero bueno asi somos. Una parte de mí se queda con ellos. En ese pasillo del aeropuerto donde todo parece tan simple y tan complicado al mismo tiempo. Cuando llego a Nueva York, todo se siente distinto. Las voces son más altas, los pasos más apresurados, los rostros menos atentos. La ciudad se mueve como una gran maquinaria perfectamente aceitada, pero sin espacio para detenerse a mirar las cosas pequeñas. Todo es rápido. Todo es automático. Y sin embargo, mi cuerpo sabe moverse en este mundo. Mi cerebro recuerda cómo fluir entre las multitudes, cómo tomar el subway sin leer los carteles, cómo caminar con prisa sin rumbo. Mientras me sostengo del pasamanos del vagón, pienso en cómo alguna vez todo esto me resultó intimidante. Recuerdo la primera vez que llegué a la ciudad, con una maleta más grande que yo y un corazón lleno de miedo. Tenía apenas veintidós años, y venía con la promesa de un trabajo algo que me llenara como persona y el nombre de una compañera de apartamento a la que no conocía. Mimi. Nos conocimos en una cafetería cercana, para poder hablar de como era el departamento, se suponía que solo íbamos a compartir piso por tres meses. Recuerdo que ella me compro un té chai en lugar de café porque “el café amarga el alma si no lo sabés tomar bien”, me dijo y luego se sentó a explicarme cómo funcionaban las rutas del metro, elbanco, el supermercado y muchas otras cosas que si me ayudaron muchisimo, como si fuera una hermana mayor. Ahora en el subway miro mi teléfono. Un par de mensajes entran casi al mismo tiempo.                          Albert: Gracias por avisarme de que llegaste bien. Me alegra que estés bien. Cuídate mucho, por favor. Ya te extraño.                         Mamá: Me alegra que llegaste bien, amor. No olvides comer algo y descansar. Te quiero. Sonrío, aunque el corazón me tira hacia atrás. Les respondo a ambos con cariño, asegurándoles que estoy bien, aunque no estoy segura de si es verdad. Cuando llego al edificio, todo está tal como lo recuerdo: el portero en la entrada que solo asiente con la cabeza, las paredes que necesitan pintura, el ascensor que tarda una eternidad en llevarme a mi antigua vida. Al llegar toco el timbre. Mimi no me hace esperar. La puerta del apartamento se abre de inmediato. —¡Caroline Whitmore! —dice con los brazos abiertos. Su abrazo es firme y cálido. Huele a especias dulces, como siempre. —¡Pasa, pasa! —me dice, dejándome entrar sin soltarme del todo. Mimi es india, de cabello larguísimo y ojos almendrados que siempre brillan con una mezcla de ternura y sarcasmo. Tiene un cuerpo pequeño, pero una presencia que llena cualquier habitación. Siempre va con ropa cómoda, pero elegante, como si cada día pudiera encontrarse con el amor de su vida en el pasillo del supermercado. —¿Cómo has estado, Mimi? —pregunto, dejando mi maleta en el pasillo con un suspiro. —Te extrañé como no tenés idea. La miró con una ceja levantada. —¿En serio? No me llamaste ni una vez. Ni un mensaje. Se ríe. —Bueno, tú tampoco me escribiste. Nuestra amistad siempre ha sido así, ¿no? Nos perdemos un tiempo, pero cuando volvemos… es como si nunca nos hubiéramos ido. Tiene razón. Siempre estábamos ocupadas. Cada una en su mundo. Pero los viernes a veces coincidimos con una copa de vino, los pies descalzos en el sofá y una serie mala de fondo. En el fondo, siempre supimos que estábamos ahí, incluso en el silencio. —Yo también te extrañé —le digo finalmente, y por un momento siento que todo va a estar bien. —¿Y qué me cuentas? —pregunta Mimi mientras saca dos tazas grandes y vierte el té chai con exactitud milimétrica, justo como a mí me gusta, con canela extra y sin endulzante, nos sentamos en la salita con el delicioso aroma a espacias y continua —. ¿Cómo te fue en los graneros? Lo dice con ese tonito entre burla y lástima, como si hubiera pasado unos mese atrapada en una prisión rural. Y supongo que así lo pinté yo cada vez que hablaba del pueblo con ella. Pero ahora, con un poco de distancia y algo distinto latiendo en el pecho, los graneros ya no me parecen tan horribles. —Pues... llenos de animales. Y de personas con un corazón muy hermoso, a decir verdad. Mimi me observa como si acabara de anunciar que me uniré a una secta. —¿En serio?— Me mira con escepticismo.  —Sí. Tambien perdí a mi perra. Murió de vieja... fue muy triste, la verdad. Su rostro se suaviza de inmediato. Se acerca y me pone la mano sobre la rodilla. —Ay, amiga... Lo siento muchísimo. —Gracias. Hacemos una pausa. Ella toma un sorbo del té, pero no aparta los ojos de mí. Sé lo que viene. Mimi siempre sabe cuándo hay algo más. —Pero hay algo más que no me estás contando —dice al fin, con una ceja levantada. —¿Qué?— digo con un poco de miedo a ser juzgada.  —Caroline, yo sé cuándo tuviste sexo. Y esa cara... esa cara me dice que fue hace menos de veinticuatro horas. La miro, entre risa y espanto. —¡¿Cómo hacés eso?! De verdad me asusta. Ella se ríe y se deja caer en el sillón con una gracia exagerada, como una actriz en una comedia romántica. —Soltá la sopa, nena. ¡Dale! Quiero todos los detalles. Suspiro, al fin no se le puede ocultar nada a esta chica. —Bueno... hay un chico. —¡Lo sabía! Ay, que si lo sabía. ¡Me alegra tanto por ti, nena! —se agita como si estuviera celebrando un gol—. A ver... —se toca el menton como si estuviera pensando— ¿cuándo fue la última vez que lo hiciste? —¡¿Que? ¿Con Albert? —Albert —dice con voz pícara—. Pero no, no hablo de ahora. Hablo de la última que te "enamoraste"  antes de esto. Fue con Roger,¿no? el aullador. Pongo los ojos en blanco. —Ugh, sí... Roger. Qué horror. Todavía no me explico cómo terminé con él. Pero no estaba enamorada de Roger. —Era un espanto. Te hacía sentir como si estuvieras compitiendo por su atención todo el tiempo. Y tenía esas uñas largas que me daban cosa... Nos reímos las dos, pero el recuerdo no deja de ser incómodo. Roger fue una de esas decisiones que una toma cuando está cansada de estar sola y aún más cansada de sentir que nadie te ve. —Pero cuentame —dice Mimi, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes—. ¿Quién es Albert? ¿Cómo es? ¿De dónde salió? Respiro hondo. No sé por dónde empezar. —Es... El hijo menor de la familia Green es una familia muy importante en el pueblo a decir verdad. ¿Te acuerdas de los establos? De los que siempre te mencione —Mimi asiente—Bueno, él es el dueño de uno de esos establos. También es cinco años menor que yo.—digo un poco apenada. —¡Menor! Me encanta y más por que tiene dinero, amo los giros inesperados. ¿Y? —Y... es dulce, muy dulce. Pero también es seguro de sí mismo, especialmente cuando estamos solos. Me hace sentir vista, Mimi. Como si... como si realmente me conociera, incluso más de lo que yo me permito conocerme a mí misma. Ella me mira con una mezcla de ternura y asombro, como si estuviera viendo a alguien nuevo frente a ella. —Caroline... te estás empezando a enamorar. Pero en serio.  —No —respondo rápido, casi por instinto—. Solo fue una conexión. Algo inesperado. Un momento.—le miento. —Ajá —dice ella, escéptica—. Y ese “momento” se te nota en la piel. Literalmente brillás. Me echo a reír. Mimi siempre tiene una forma de devolverme a la verdad, incluso cuando no quiero mirarla de frente. Hablamos un par de horas más, hasta que el cansancio comienza a pesarme en los hombros. Antes de irse a su cuarto, me dice que el mío sigue como lo dejé, lo que básicamente significa que está vacío. Sé que guarda algunas sábanas limpias en el armario del pasillo, así que las coloco rápidamente y me acuesto. Mi mente sigue vagando por los caminos polvorientos de los establos y las calles tranquilas de Willow Creek. Estoy nerviosa por la entrevista de mañana, pero el día ha sido largo y agotador, así que termino durmiéndome después de unos quince minutos de dar vueltas. A la mañana siguiente me despierto antes de que amanezca, con la ansiedad haciéndome cosquillas en el estómago. Agradezco que la entrevista sea temprano: mejor sacármela de encima cuanto antes. Sé que soy capaz, sé que estoy lista. Pero mi cuerpo no lo entiende, y actúa como si tuviera que enfrentar una sala llena de tiburones vestidos con trajes oscuros y sonrisas cortantes. Salgo de la cama con cuidado y entro al baño sin hacer ruido. Mimi entra tarde al trabajo y no hay nada que odie más que ser despertada antes de tiempo. Me miro al espejo. Hace semanas que no uso base ni delineador, y sin embargo, mi rostro no se ve mal. Se ve… más sereno. Más real. Como si alguien me hubiese quitado una capa pesada que llevaba puesta sin darme cuenta. Pero hoy necesito volver a ponerme parte de esa armadura. Abro la maleta y saco una blusa blanca impecable, la única que no se arrugó como acordeón. La combino con un pantalón negro de pinzas que milagrosamente aún me queda. Me plancho el cabello, lo recojo en una coleta baja y me aplico un poco de rubor y brillo en los labios. Nada exagerado. Lo justo para invocar a la "Caroline de Nueva York", esa versión de mí que todavía sabe cómo caminar con seguridad entre rascacielos. Mientras me termino de vestir, Mimi se asoma, medio dormida, desde la puerta. —¿Te desperté? —pregunto, algo nerviosa. —No, solo quería desearte suerte. Mirate… toda ejecutiva. Parecés sacada de la Vogue, edición otoño corporativo. Sonrío. —Es raro volver a este uniforme —digo mientras me ajusto la blusa. —¿Estás nerviosa? —Mucho. —¿De verdad quieres hacerlo? La pregunta me toma por sorpresa. Me quedo callada, abotonando los últimos botones con lentitud. ¿Quiero? ¿De verdad quiero ese trabajo? ¿Volver a la ciudad, al ruido, a los plazos, a los objetivos mensuales que se sienten como ladrillos sobre el pecho? —No lo sé —respondo con honestidad—. Una parte de mí sí. Pero otra… otra no está tan segura. —Entonces haz la entrevista. Escuchá lo que tienen para ofrecerte. Después puedes decidir. No te comprometas con nada hasta que estés segura. Asiento. Mimi se acerca, me da un apretón fuerte en la mano y vuelve a su habitación. Respiro hondo una vez más y salgo rumbo a la oficina. Cuando llego, una recepcionista me recibe amablemente y me entrega una ficha con mi nombre. Me indica que espere en una sala junto a otros postulantes. El lugar huele a café recién hecho y aire acondicionado. Hay revistas de negocios apiladas en una mesa central. Observo a las otras personas, todas bien vestidas, con currículums impecables, seguramente con más experiencia que yo. Me tranquiliza un poco pensar que, al haber tantos candidatos, probablemente no me elijan… pero al mismo tiempo me invade el miedo: ¿y si no consigo este trabajo? ¿Podría volver a los establos? ¿Albert me permitiría regresar? ¿Querría hacerlo siquiera? Suspiro. No tiene sentido preocuparme por eso ahora. —Caroline Whitmore —llama una voz masculina desde la puerta de una oficina. Me levanto con una sonrisa algo forzada y sigo al hombre, que parece tener unos treinta y pocos años. Me hace pasar a una sala de reuniones elegante, con una mesa rectangular de madera clara y tres personas sentadas al fondo. Hay una silla frente a ellos. Me acomodo con cuidado. —Buenos días, señorita Whitmore —dice un hombre pelirrojo con una sonrisa amable que me hace sentir mas tranquila. Debo admitir que es… atractivo muy atractivo. Tiene una presencia que impone, pero sin arrogancia. —Buenos días —respondo, manteniendo el contacto visual. Revisan mi currículum. Supongo que lo hacen otra vez, porque si no lo hubieran leído antes, no estaría aquí. —Mi nombre es Patrick Reggin. Soy el cofundador de esta compañía —dice finalmente. Lo reconozco al instante. Patrick Reggin y su esposa, Sofía Rodríguez, son conocidos por ser una de las parejas empresariales más influyentes de los últimos años. Han creado varias empresas con un enfoque social y ético, priorizando la colaboración internacional y el respeto por las culturas locales. Y ahora, él está aquí, entrevistándome. Uno de los dueños esta entevistandome. —Mucho gusto, señor Reggin —digo, un poco nerviosa. Nunca antes había sido entrevistada por el dueño de la empresa. —Como podrá imaginar, no es común que yo realice las entrevistas —explica con una sonrisa—, pero la señorita Bertoglio no pudo asistir hoy, así que decidí asumir el proceso de selección. —Entiendo. No hay ningún problema.—digo intentando sonar calmada y comprensible. —Nos llamó mucho la atención tu perfil. Veo que trabajaste en coordinación de campañas con impacto social y también en análisis de mercado. Podrias decirnos ¿Qué te llevó a dejar la empresa? Me acomodo un poco en la silla, sabiendo que esta es la verdadera prueba. —Fue… una mezcla de cosas la verdad. Como meimagino que saben me despidieron, pero también sentí que era el momento de replantearme mi vida. Nueva York me dio muchas oportunidades, pero también me desgastó. Quise buscar algo más genuino. Algo que tuviera sentido para mí. Él asiente, como si entendiera perfectamente. —¿Y qué encontraste?- suena como si de verdad quisiera saber mi respuesta. —Un pueblo pequeño. Personas con un gran corazón. Y una versión de mí misma que tenía olvidada. Patrick intercambia una mirada rápida con las otras personas en la sala, quienes también toman algunas notas. —Es interesante que lo digas —añade—. Este nuevo proyecto busca justamente eso: conectar lo empresarial con lo humano. Queremos personas que hayan vivido más allá de las oficinas. Y en ese momento, por primera vez en toda la mañana, me siento… cómoda. Como si, quizás, esta entrevista no fuera solo una prueba. Quizás sea también una señal.
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