Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 88 páginas, 48.019 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

La Charla

Ajustes
A la mañana siguiente me despierto con la cabeza retumbando como un tambor en medio de una fiesta. Me cuesta recordar con claridad cómo volví a casa. Sé que Albert me llevó, pero más allá del beso… todo se vuelve brumoso. ¿De verdad pasó? Estoy un noventa por ciento segura… ¿o fue un sueño? ¿Una fantasía?. No, estoy segura que si pasó. Me levanto tambaleándome, en busca de una pastilla y algo de agua. Hoy, aunque debería ir a trabajar, decido darme el día libre. Le mando un mensaje rápido a Roberto explicándole que estoy un poco mal después de mi primera fiesta oficial en el rancho. Me responde con un emoji de carita triste y un simple: “Recupérate, te veo mañana”. Supongo que él también está igual o peor… solo que sí tiene que ir. Pobre Roberto. Sé que me tratan con más delicadeza solo por ser mujer, y aunque normalmente eso me molesta… hoy me viene bien jugar esa carta. Cuando bajo a la cocina, mamá ya está despierta y revoloteando entre sartenes. Como imaginaba, medio pueblo debe estar en modo recuperación esta mañana. —Hola, ma. Buenos días. —Hola, hermosa. ¿Cómo amaneciste? ¿Quieres café?— dice con una sonria radiante y una espatula en su mano. —Por favor. Lo necesito como un salvavidas. Ella saca dos tazas del estante y sirve el café caliente. Me ofrece una sonrisa mientras se pone a preparar el desayuno. Intento ayudarla, pero me lo impide con un gesto maternal. —Déjame mimarte un poco —dice—. Hace mucho que no te cuido así. Al parecer esta haciendo mi desayuno favorito. Pancakes con miel de maple. —Gracias, ma —respondo, envolviendo la taza entre mis manos. El calor me reconforta… y me distrae. Me quedo mirándola en silencio un rato más de lo normal. —¿Estás bien? —pregunta, sin mirarme del todo, pero atenta como siempre. —¿Ah? Sí… sí, todo bien —respondo con rapidez. —Mmmm —levanta una ceja—. No te creo nada. Tienes cara de mujer desconcertada. Y esta mañana encontré el abrigo de Albert tirado en medio del pasillo. ¿Qué? no recuerdo que me lo quitara o que se le devolviera. ¿Tanto tome?. Nunca he sido buena mintiéndole a mi mamá y se que siempre ha estado ahí, en lo bueno y en lo malo. Así que decido contarle. —Bueno… es que…—dudo un poco. Se que puedo hablar con ella de lo que sea, pero siento que lo pasó anoche fue algo muy intimo y no se si estoy lista para decirlo en voz alta. —¿Es que? —Anoche… después de que te fuiste… —murmuró sin levantar la vista del café—. Anoche, Albert y yo… creo que nos besamos. Levantó la mirada con cautela. Sé que ya soy una mujer adulta, que esto no debería darme vergüenza, pero sigue siendo mi madre. Y Albert… Albert ha estado presente desde que éramos niños. Es diferente. Su expresión no cambia. No se sorprende. Más bien sonríe con calidez, como si ya lo supiera. Le da vuelta a otro pancake como si no la perturbara nada.  —¿Y por qué “crees”? ¿Lo soñaste o estás segura? —Creo que sí… —suspiro—. Ambos habíamos tomado un poco y… dijo cosas que me hicieron sentir bien. No sé si lo malinterpreté. No sé si solo fue el momento. No me lo esperaba. Mi mamá asiente. —¿Y fue él quien te besó? ¿O tú lo besaste a él? Cierro los ojos un segundo. Ahora que mi mente está más clara, lo veo. Fue él. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó como si no hubiera un mañana. —Fue él —digo, sintiendo el calor subir a mis mejillas. —¿Y te gustó? ¿O te sientes incómoda? No puedo creer que esté teniendo esta conversación con mi madre. —Pues…—no digo nada, quiero pensarlo un poco más, mi mamá pone su atención en mí —¿Qué? —Nada, solo estoy muy interesada en ver tú reacción —dice, con un tono divertido. —¡Mamá! Ella se echa a reír, encantada de tenerme de vuelta en casa. Frunzo el ceño, divertida a pesar de mí misma. —Ya, ya. Escuchame, Caroline. Albert es un buen chico. No creo que te esté usando ni que el alcohol haya sido un truco. Tal vez le gustás de verdad. Tal vez el alcohol solo le dio el coraje para hacer algo que quería hace tiempo. Y si a ti no te molestó… quizás no se, sientes algo también. —No lo sé… No creo que sea lo correcto. Hemos pasado mucho tiempo juntos últimamente. ¿Y si es solo el efecto de la cercanía? —Puede ser —admite—. Pero tú no eres de las que se enreda emocionalmente con cualquiera por pasar tiempo con él. Has tenido compañeros de trabajo, hasta compañeros de casa. Y nunca te pasó esto. —Sí, bueno… mis compañeros no se veían como se ve Albert. Y mi compañero de casa era gay, mamá. Nos reímos las dos. —Entonces, ¿sí te gusta? Te atrae quiero decir. —Ma, ¿y a quién no?, ya lo has visto. Albert es el tipico hombre que le gustaria a cualquier mujer, es alto, musculoso pero sin ser muy musculoso, es honesto, simpatico, caballeroso, humilde y  tiene unos ojos que debes estar loca si no caes rendida ante ese azul cielo tan hermoso que tiene.  —Lo sé, lo sé, él no es un muchacho como los que has estado, él es un hombre… si sabés a lo que me refiero. —¡Mamá! Por favor, no sigas. Ella se ríe otra vez, y yo solo puedo cubrirme la cara con las manos. Durante el día, recibo varias llamadas de Albert. Dejo que el teléfono suene. Creo que necesito un poco de tiempo. Al sexto intento, deja de llamar. Sé que podría aparecer por la casa —lo ha hecho antes—, pero esta vez no pasa. Por la tarde, decido salir a dar una vuelta por el centro. Mi mamá y yo vamos a hacer una cena y necesitamos algunos ingredientes. En la tienda, mientras pago en la caja, la chica detrás de la registradora me sonríe con entusiasmo. —¡Caroline Whitmore! ¿Cómo estás? Miro su gafete: Becca. ¿Becca? No recuerdo a ninguna Becca de la escuela o del colegio. Pero finjo que sí la conozco. Seguro que deberías acordarme de ella. es una chica muy bella tiene el pelo rubio cenizo recogido en una trenza despeinada, pestañas largas sin maquillaje y una piel dorada por el sol. Lleva una camiseta ajustada con el logo del supermercado, jeans de tiro alto y botas de vaquero gastadas. Tiene ese estilo natural de las chicas del pueblo: saludable, segura, y con esa belleza fresca que no necesita filtros. Es fácil imaginarla riéndose con Albert en una fogata o montando a caballo al atardecer. Se ve más hecha para este estilo de vida que yo. Un momento ¿me estoy enfadando, o poniendo celosa? por que estoy pensando en Albert con otras mujeres, me estoy saboteando a mi misma. Debo parar de una vez. —¡Becca! ¿Cómo estás? —mi tono suena falso incluso para mí. Ella entrecierra los ojos, divertida. —No te acuerdas de mí, ¿verdad? Me atrapó. Entre mi pésima memoria para los rostros y mi habilidad nula para mentir, estoy perdida. Ninguna de esas cosas me va a ayudar cuando tenga que enfrentarme a Albert mañana. —Perdón… soy malísima con los nombres y las caras. De verdad, lo siento. —Ay, no te preocupes, eso pasa. Pero fuimos compañeras en tercero. Estábamos en química juntas. Hicimos un proyecto sobre las moléculas del agua… y llevamos vinagre en lugar de agua, ¿te acuerdas? Claro que lo recuerdo. Fue un desastre. Nuestro “experimento” explotó en medio de la clase, el olor era horrible y una gota cayó en el escritorio del profesor Henley. Él se pasó semanas llamándonos “las alquimistas del vinagre”. —¡Claro, Becca! Ya me acordé —me río, sincera esta vez—. Por supuesto que sí. ¿Cómo has estado? —Bien, aquí trabajando… y sacando la universidad. —Qué alegría, me alegra muchísimo por ti. —¡Muchas gracias! Hace una pausa, y luego suelta con tono casual: —Oye, ayer te vi en la fiesta del Rancho Green. No sabía que habías vuelto. Eso sí que no me lo creo. En un pueblo como Willow Creek, la noticia de mi regreso probablemente fue el chisme del mes. Pero finjo no notarlo. —Ah, pues sí… aquí estoy de nuevo. —¿Estás trabajando en el rancho Green? —Sí, por el momento. —Qué bien. ¿Un respiro de la ciudad? —Sí, la verdad es que sí —intentó sonar animada, como si hubiera sido una decisión propia… y no porque me echaron. Becca asiente con una sonrisa encantadora. —Oye, ¿qué tal si salimos un fin de semana? Me encantaría ponernos al día, contar historias… ya sabés, pasar un buen rato. —Claro —digo, sacando mi celular—. ¿Me das tu número? Becca me dicta su número y lo anoto. Prometemos vernos pronto. Cuando vuelvo a casa, veo tres llamadas más de Albert. Tampoco las contesto. Solo le mando un mensaje a Becca para que tenga el mío. Mi madre y yo pasamos la tarde cocinando para la cena. Luego vemos una película, y aunque no hicimos mucho en el día, nos vamos a dormir temprano. Cuando suena la alarma a la mañana siguiente, no quiero moverme de la cama. Aún no me siento preparada para ver a Albert. Debería haber contestado, ¿y si era algo urgente?. No,no puede ser por que si no hubiera venido a buscarme.  Me alisto igual, agarro a Lulu y salgo hacia el rancho. Cuando llego, Roberto y Juan me saludan con un gesto de la mano. Tom, como siempre, levanta apenas el sombrero. Ese gesto suyo todavía me pone incómoda. Pero intento ignorarlo, hoy no es el dia para estar pensando en cosas que me invento por una mirada.  Mas tarde me dirijo a limpiar los establos cuando escucho una voz firme y grave detrás de mí. —Señorita Whitmore, ¿me regala un momento de su tiempo? —Es el señor Green. —Claro, señor —respondo, un poco sorprendida. Lo sigo hasta su despacho. Deja la puerta abierta, pero eso no hace que me sienta menos nerviosa. No sé si es por el recuerdo de cuando tuve que pasar por Recursos Humanos o simplemente por la figura imponente que tiene. A pesar de ser amable, su presencia me intimida. Me ofrece asiento y obedezco, cruzando las manos sobre el regazo. Siento las palmas sudadas y la respiración un poco acelerada. —Mi niña, por favor, no estés tan nerviosa. Todo está bien. Debió notar mi ansiedad por el constante movimiento de mi rodilla, que no deja de rebotar y mi cara de panico. Me obligo a detenerla. —Perdón, es que tengo muchas cosas en la cabeza. —Me imagino. Solo quería hablar contigo desde ayer, pero Roberto me comentó que no te sentías bien. ¿Fue demasiado para ti la primera fiesta del rancho? —ríe con simpatía. No tienes idea, pienso. —Sí, un poco. Creo que no me esperaba todo eso —ni que su hijo me besara como si nunca fuera a volver a hacerlo—. Me prepararé mejor para la próxima. —Eso espero —dice con una sonrisa cálida—. Bueno, lo que quería comentarte… Siento cómo mi pecho se va calmando poco a poco, aunque sigo alerta. —Dígame, señor. —Solo quería saber cómo estás. Sé que has pasado mucho tiempo con los chicos, y todos me han hablado muy bien de ti. Pero hablé con Albert y… ¿Y qué? ¿Le dijo que lo rechacé? ¿Que lo ilusioné? ¿Que fue un error?¿Que fue el peor beso de su vida y espera  no vovler a verme nunca más? —¿Y qué?—necesito que me diga que piensa de mi. —Y me dijo que has estado lastimada estas últimas semanas. —a por mis moretones — Quiero disculparme, mi niña. Hemos sido muy bruscos contigo. Eres la primera mujer que trabaja con nosotros, y no creo que te hayamos tratado como mereces. Ah, eso era.  —No, no se preocupe, de verdad —levantó las manos, intentando sonar tranquila—. Soy yo la que ha intentado cargar más peso del que debería. Y Albert me dio una pomada que me ha servido muchísimo. Le sonrío para que vea que estoy bien, aunque por dentro la mención de Albert me acelera el corazón. —Eso me alegra. —dice en un tono más calmado—Pero… también hay otra cosa de la que quería hablar contigo. Y aquí viene el principal motivo por el cual me llamo, pienso. —Adelante —le digo, manteniendo el tono sereno. —No sé si lo sabías, pero hace unos años Albert estuvo comprometido. Su prometida… bueno, lo dejó de una manera muy fea. Muy dolorosa. Mi hijo es… —hace una pausa, como buscando las palabras correctas—. No lo digo porque sea su padre, pero Albert es de esas personas que aman con todo el corazón. Que entregan sin condiciones. Y no soy nada tonto. Yo he visto cómo te mira, Caroline.—Trago saliva.—No estoy diciendo que debas corresponderle —aclara, con una seriedad que no se le había notado antes—. No es mi intención interferir en lo que tú sientes, especialmente por mi hijo. Pero si no hay nada en tu corazón por él, si no hay una posibilidad… te pido, por favor, que no lo lastimes. Sé que esto es temporal para ti. Que no planeas quedarte aquí para siempre. Solo te pido que seas honesta. No juegues con su corazón. Porque créeme… ya ha tenido suficiente dolor. Asiento en silencio. Las palabras del señor Green me pesan más de lo que esperaba. No sabía que Albert había estado comprometido. Nadie me lo había dicho. Ni mi madre, ni Roberto o Juan y Albert, por supuesto, tampoco. Me remuevo en la silla, sintiendo cómo una especie de nudo se instala en mi estómago. El recuerdo de su beso, de su intensidad, de ese gruñido que dejó escapar justo antes de separarse de mí, se mezcla con esta nueva información. Como alguien podria haberlo dejado, ¿por que alguien haria eso?. —Entiendo —digo por fin, acomodándome el cabello detrás de la oreja, para ganar tiempo y ordenar mis ideas—. Quiero ser sincera con usted, señor Green. Su hijo me agrada mucho. No sé si podríamos llegar a ser algo más que compañeros de trabajo… o amigos, que creo que es lo que somos ahora. O al menos, eso espero ser. Pero prometo ser honesta con lo que siento. Respiro profundo. Esta conversación se siente más íntima de lo que creí posible, y sin embargo, me siento segura. —Yo también he pasado por relaciones horribles —continúo—. No digo que haya vivido lo mismo que él, porque no conozco los detalles, pero entiendo lo que es tener el corazón hecho pedazos. Y quiero ser clara: también me da miedo sentir algo por su hijo. Albert es… un gran chico, pero mi instinto de mujer siempre está alerta. Nunca conocí a alguien como él. Es bueno, amable, atento… y eso asusta. Me da miedo confiar. Me da miedo que él también pueda romperme el corazón. El señor Green me observa con atención, sin interrumpirme. Sus ojos, a pesar de su seriedad, son cálidos. —No sé cuánto tiempo me voy a quedar aquí. No sé si esto será solo una etapa o algo más. Pero estoy disfrutando cada día. Esta experiencia, este rancho, la calma… son cosas que nunca imaginé que me harían bien. Espero encontrar un lugar donde sentirme en paz. Y si ese lugar resulta estar al lado de Albert… entonces espero que él también esté dispuesto. Me sorprendo al decirlo. No es algo que haya planeado, ni siquiera había logrado admitirlo ante mí misma. Pero en su presencia, frente a este hombre que claramente quiere a su hijo, siento que puedo ser honesta. Él sonríe, y es una sonrisa genuina, de esas que dan ganas de quedarse un rato más en la misma habitación. —Mi niña —dice, con un tono cálido, casi paternal—. Como te dije, no sé lo que pasa por la cabeza de mi hijo. Pero sí sé cómo te mira. Y quiero que sepas algo: si él no hace todo lo posible por ganarse tu corazón… es un completo idiota. Y no sabria decirte quien lo crió, porque yo, claramente, no fui. Río. No puedo evitarlo. Es tan espontáneo que aligera el peso de la conversación. Pero también me remueve algo. —Muchas gracias, señor Green —respondo, con una sonrisa que intenta ser amable, aunque mi garganta se siente un poco apretada. No me siento especial. No me siento como alguien que debería provocar toda esta preocupación. Si me dejo llevar por mi cabeza, soy solo una mujer que ha sido reemplazada antes. Una que podría serlo otra vez. Una que no tiene idea de qué está construyendo, ni con quién. Pero algo en las palabras del señor Green me hace sentir vista. Escuchada. Y, quizás por primera vez en mucho tiempo, valorada.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección