Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 88 páginas, 48.019 palabras, 15 capítulos
Descripción:
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HUYE

Ajustes
“Advertencia de contenido: Este capítulo contiene escenas de violencia física y psicológica que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores. Se recomienda discreción.” Cuando nuestra conversación termina, salgo del despacho del señor Green despidiéndome con la mano. En el camino a los establos voy pensando en todo lo que hablamos, o más bien, en lo que yo me atreví a decir. Fui sincera, más de lo que esperaba ser. Pero como le dije… no sé lo que piensa Albert. Nos besamos, sí, y fue un beso que me estremeció por dentro, fue un beso realmente increible. Pero ¿y si solo fue eso para él? ¿Un impulso? ¿Un momento? No puede ser. No quiero que lo sea. Fue mucho más. Al llegar a la bodega, descubro que está vacía. Necesito unas riendas para los caballos, así que camino hacia el fondo para buscarlas. Justo cuando las tengo en la mano, escucho que la puerta se cierra de golpe. Yo la había dejado abierta. Me doy vuelta y ahí está él. Tomás. Está junto a la puerta, su mano aún en el pomo. El corazón me da un salto, una alarma interna que no puedo ignorar. No debería estar aquí sola con él. Algo dentro de mí lo sabe con certeza. Debo intentar salir. —Señorita —dice con una sonrisa torcida—, la extrañamos muchísimo ayer. Mi cuerpo se tensa. Trago saliva con dificultad. Intento mantener la calma. Automaticamente empiezo a sudar frio. —Ah… es que no me sentía bien. De hecho, aún no me siento del todo bien. Creo que pronto volveré a casa —río, intentando sonar casual, intentando ocultar el temblor en mi voz. Como si estuviera frente a un animal salvaje, sé que no debe oler mi miedo. —Pero por favor, no se vaya —dice mientras gira el seguro de la puerta con un clic sordo, su cuerpo cubre toda la entrada—. Aquí no es igual sin usted. Empieza a avanzar hacia mí. El pánico me sube por la garganta como bilis. —Ah, ¿sí?—Necesito salir. Retrocedo, tratando de poner distancia entre nosotros. Tengo que evitar que me toque. —Sí. Usted da una buena vista. No sabe lo que yo disfruto viéndola. Su mirada es obscena, las palabras salen de su boca como veneno. No hay halago en su tono, solo amenaza. Me da miedo saber que estoy sola con este hombre, es muchísimo más grande que yo y él lo sabe yo lo sé. —No se acerque —le advierto, alzando la voz por primera vez, busco algo en el cuarto que pueda usar como arma si es necesario—. Le juro que voy a gritar si me pone una mano encima. —No pasa nada —responde, con una calma escalofriante mientras se acerca mas y mas—. Acabo de poner las lavadoras con las mantas de los caballos. Nadie podría escucharla ahora. Solo estamos los dos aquí. Mierda. Tiene razón. Cuando las lavadoras están en marcha, incluso desde afuera es difícil oír algo. Estoy atrapada. —¿Qué pretende hacer? —le pregunto con la voz quebrada. Ya está a solo dos pasos. Me siento como un animal acorralado. —Lo que el señorito Green no se atreve a hacer —murmura, con una sonrisa repugnante.— Solo te debes quedar callada y no te pasara nada malo. Se que también lo quieres. Estoy acorralada en la esquina de la bodega. Sus brazos se apoyan a los lados de mi cabeza, encerrándome. Sus ojos recorren mi cuerpo. Pasa la lengua por sus labios. Levanta una mano y me toca la mandibula y acerca su cara a la mia, puedo oler el cigarro y la cerveza agria que debe tomar por desayuno. Mi instinto reacciona antes que yo. Levanto la pierna con toda la fuerza que me permite el miedo y le doy una patada directa entre las piernas. Gime y se dobla sobre sí mismo, cayendo al suelo con un quejido gutural. Paso por encima de él para escapar, pero me toma del tobillo con fuerza. Caigo, golpeándome el brazo y el hombro contra el suelo de madera. Siento un punzón por el brazo y un grito se me escapa por el dolor. Me revuelvo, y sin pensarlo, le lanzó otra patada, esta vez directo a la cara. Escucho el crujido de su nariz. Suelta mi tobillo de inmediato y se lleva las manos al rostro. Automáticamente la sangre le brota entre los dedos. —Maldita perra. —dice con un gruñido.— me las vas a pagar. Me pongo de pie de un salto. El corazón me retumba en los oídos, los latidos son tan fuertes que parece que todo mi cuerpo vibra con ellos. Salgo de la bodega y corro. Corro como si mi vida dependiera de ello. Porque así es. Acabo de golpear a un hombre tres veces mas grande y fuerte que yo, esta furioso, estoy sola, viene detras de mi y no se donde estan los demas, necesito huir. Salgo de la bodega sin mirar atrás, con el cuerpo temblando, el alma hecha nudos y una mezcla de furia y terror incendiándose por dentro. No sé si viene detrás de mí. No sé si intentará detenerme. Pero no quiero estar aquí un segundo más. Corro en dirección a mi carro, desesperada por escapar, pero al doblar en la esquina me estrello contra un pecho firme y grande. Casi caigo hacia atrás del impacto, pero unos brazos fuertes me sostienen los biceps. —Caroline —dice Albert, con el ceño fruncido y la voz cargada de alarma me examina el rostro sabe que algo no esta bien—. ¿Estás bien? Intento hablar, pero no puedo. Mi respiración es entrecortada, irregular, como si cada bocanada de aire fuera un grito ahogado. Me está mirando con atención, escaneando mi rostro. Luego aparta la mano izquierda de mi brazo... veo una mancha roja en sus dedos. Sangre. Me toco instintivamente el brazo donde me había sujetado y también mis dedos se tiñen de rojo. Me debí haber cortado con algo mientras escapaba, cuando caí. —¿Qué te pasó? —pregunta, esta vez más preocupado, más serio. Y entonces no puedo más. Rompo en llanto. Un sollozo me sacude el pecho y me aferro a él con desesperación, como si fuera el único refugio seguro en el mundo. Me sostiene con cuidado, con fuerza, como si entendiera que estoy al borde de romperme aunque no sepa que acaba de pasar, me sostiene. —Caroline, ¿qué te pasó? —repite, pero no puedo responder. Las palabras se atragantan en mi garganta. Solo lloro. Y entonces, como una pesadilla que se rehúsa a terminar, escuchamos pasos apresurados y Tomás aparece al doblar la esquina. Se queda inmóvil al vernos abrazados. —Señor Green —dice agitado. Esa voz. Ese tono falso, educado, como si nada hubiera pasado. Me estremezco al escucharlo. Un grito ahogado se escapa de mi boca sin que lo pueda evitar, y me aferro más a Albert, escondiendo el rostro en su pecho. No quiero verlo, sineto que me voy a vomitar si lo veo. Albert se tensa. Sus músculos se endurecen bajo mis brazos. Mira a Tomás y nota la sangre en su camisa. —¿Tomás, qué te pasó? —pregunta, ya no con simple curiosidad. Hay algo peligroso en su voz. Algo contenido. —Ah, señor —responde Tomás, puedo escuchar su sonrisa forzada y me dan ganas de golpearlo de nuevo—. Fue un accidente en la bodega. La señorita Caroline y yo tropezamos. Nada grave. ¿No es así, señorita? Levantó la mirada. Su camisa está manchada de sangre, su nariz visiblemente lastimada aunque ya se la limpió como pudo. Pronto tendrá un moretón. Pero solo miente. Miente sin pudor. Albert me abraza con más firmeza. Instintivamente quiere protegerme aunque aún no sabe de que. —Necesito llevar a Caroline adentro, está sangrando y necesito el botiquín —dice Albert.— luego vendre por usted que veo claramente que también esta lastimado. —No se preocupe por mi. Permítame. Yo la llevo —responde Tomás, empezando a moverse en nuestra dirección. —¡NO! ¡No se atreva a volver a tocarme! —grito—. ¡Asqueroso! Vuelvo a llorar. Esta vez es un llanto de rabia, de impotencia. Y es entonces cuando Albert lo entiende. Todo en él cambia. El brillo de sus ojos se vuelve más oscuro. Su mandíbula se aprieta. Su respiración se vuelve pesada. Ya no es el Albert dulce y sonriente que todos conocen. No. Este es otro hombre. Uno que está furioso. Uno que, por mí, sería capaz de matar. —Caroline, ¿qué pasó? —pregunta de nuevo, mirandome a los ojos. Se ve más serio, más decidido. Intento hablar, pero no puedo decirlo. No sé cómo. No me hizo nada... pero iba a hacerlo. Sus intenciones eran tan claras como el sudor frío que aún me recorre la espalda. —Él... él... —susurro, con la voz rota—. No llegó a hacerme nada, pero... lo vi. Lo vi en sus ojos...—intento respirar y hablar pero me cuesta. —Señorita Whitmore —interrumpe Tomás, dando un paso hacia nosotros—. Creo que me ha malinterpretado... —¡NO! —grito, aferrándome aún más a Albert. Albert me suelta, da un paso al frente, y se coloca enfrente de mi interponiéndose entre Tomás y yo. Me aferro a su espalda a su camisa como si fuera un salvavidas y yo estoy en medio del oceano. —Vete —dice, su voz grave, sin temblor—. Vete ya mismo. —Señor... —¡LÁRGATE! —grita Albert con una furia que hace eco en las paredes—. Si no quieres morir hoy, será mejor que desaparezcas. El silencio que sigue es absoluto. Tomás retrocede. No dice una palabra más. Solo se gira y se aleja. Yo me quedo temblando, llorando sin parar. No puedo moverme. No quiero. No sé si mis piernas podrán sostenerme siquiera. Albert se da la vuelta y me abraza más fuerte, y entonces murmura: —Tenemos que ir adentro. Asiento contra su pecho, pero no me muevo. Mi cuerpo sigue en shock. Entonces, con una delicadeza infinita, como si sostuviera algo frágil, Albert me alza en brazos. Sin decir una palabra, me lleva al interior de su oficina. Sigo llorando, pero ya no es sólo por miedo. Es incredulidad, rabia, tristeza. ¿Cómo pudo pasarme esto aquí, en Willow Creek? Siempre estuve alerta en Nueva York, una ciudad llena de caos y de gente impredecible. Pero aquí, en mi pueblo, en el lugar donde crecí… jamás lo vi venir. Cuando entramos, Albert me deposita con cuidado en un catre que está en la esquina de su oficina. El colchón es firme, el aire huele a cuero, a heno seco, a él. —Voy por el botiquín —dice con suavidad. Solo puedo asentir. Cuando regresa, tiene la mandíbula apretada y los ojos cargados de una mezcla devastadora de tristeza, decepción y enojo. No creo que esté enojado conmigo, pero sí con la situación… y tal vez consigo mismo. Nos quedamos en silencio. Busco un punto en la pared que esta enfrente de nosostros y me quedo mirandolo. Sólo se escuchan mis sollozos, como pequeños espasmos de aire atorado. Albert saca el agua oxigenada, gasas y vendas, todo lo necesario para limpiarme la herida. Mi brazo está cubierto de sangre, aunque la cortada no es profunda. Apenas arde. El verdadero dolor está en otro lado. —Lo siento —dice por fin, sin levantar la mirada—. Esto fue mi culpa. Me toma por sorpresa que diga algo asi. Mi mirada busca la suya y al fin, Albert alza los ojos. Su mirada es tan honesta que me parte el alma. —No fue tu culpa —respondo enseguida—. Si hay alguien a quien culpar, es a mí. No debí... —Ni se te ocurra —me interrumpe con firmeza—. No digas eso. Yo te expuse a trabajar con un hombre como él. Yo lo contraté. Confié en él. —Albert... —No debí haberlo hecho. No debí dejarte sola con él. Niega con furia, enojado de sí mismo. —¿Cómo ibas a saberlo? Él aprieta los dientes. —Aun así, me siento fatal. No puedo dejar de pensar en lo que pudo haber pasado si no hubieras salido corriendo. Si no te hubieras defendido. Levanto mi mano, la que no está herida, y la apoyó en su mejilla. Está tensa, como su mandíbula. —Por favor... —le susurro. Su mirada es tan triste. Él está tan preocupado como yo, o tal vez más. Aun con el miedo latiendo dentro de mí, sé que debemos calmarnos. Ambos. —Respiremos —digo, tratando de que mi voz no tiemble—. Creo que ninguno de los dos sabe cómo procesar esto. No todavía. Él asiente apenas, y cuando siente mi mano temblar sobre su rostro, la toma con la suya y deposita un beso suave en mi palma. Cierro los ojos, intentando anclarme a esa ternura. —Si no quieres volver a los establos, lo entenderé —dice en voz baja. ¿No volver? No es eso. Me gusta estar aquí. Lo que pasó hoy es algo que voy a tener que trabajar con mi psicóloga, claro. Pero no quiero irme. No si él está aquí. —Si tú estás, sé que me cuidarás —respondo. Albert cierra los ojos y asiente. Una lágrima se le escapa por la mejilla. Lo examinó con cuidado. Cuando por fin vuelve a abrir los ojos, me dice con voz firme, como una promesa sagrada: —Te juro que voy a protegerte, Caroline. Siempre. No digo nada. Sólo asiento. Nos quedamos así, en silencio, todavía temblando por lo que ha ocurrido. No hay prisa. Ya habrá tiempo para entender. Ahora sólo necesito esto: su calor, su protección… y este espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, no me siento sola.
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