Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 88 páginas, 48.019 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Atardecer

Ajustes
Han pasado varios días desde lo ocurrido. Don Roberto y Juan han sido especialmente protectores conmigo. Me preguntan constantemente cómo me siento y no dejan de recordarme que estoy segura a su lado. Lo que pasó nos dejó a todos conmocionados. Incluso ellos se han culpado por no haber notado antes la actitud de Tomás. He intentado tranquilizarlos, asegurándoles que me siento mucho mejor y que mi brazo ya puede volver a las tareas pesadas. Aun así, no me permiten alzar nada que pese demasiado. Son todos unos protectores. Albert ha vuelto cada día para ayudarnos con las labores que antes eran responsabilidad de Tomás. Se rehúsan a contratar a alguien nuevo, al menos por ahora. El padre de Albert también se ha pasado todos los días por el rancho, preguntándome con cariño cómo estoy, no solo del brazo… sino del corazón.  Lo cierto es que, aunque el incidente no pasó a más, nos sacudió profundamente. Pero me reconforta saber que no estoy sola, que tengo el apoyo de todos aquí.Me hacen sentir muy segura y querida. Albert y yo no hemos vuelto a hablar, ni sobre lo que pasó… ni sobre nuestro beso. Es como si hubiéramos abierto una puerta que ninguno de los dos sabe cómo cruzar. Lo iniciamos todo, pero ahora el silencio se ha instalado entre nosotros, flotando entre las miradas que se esquivan y los momentos que no terminan de pasar. Me frustra mucho que tengamos esta tensión entre nosotros. Es jueves por la mañana. Estoy trabajando arduamente, limpiando los establos. El sudor me corre por la frente, me arremango la blusa y echó los restos de heno a un costado. Estoy dentro del establo de Max cuando escucho a alguien aclararse la garganta, suavemente. Me doy vuelta. Albert está de pie en la puerta. —Hola —saludo, pasándome la manga por la frente para secarme el sudor. Estoy segura de que debo tener la cara llena de tierra y polvo pero no me avergüenza estar así frente a Albert. —Hola —responde, con una sonrisa tenue—. ¿Cómo estás?— pregunta con un tono un poco preocupado y triste. —Bien. Con mucho trabajo, pero bien. —Me alegra. Se hace un pequeño silencio. —¿Necesitabas algo? —pregunto, al ver que no dice más. —Ah, sí… —se toca la nuca, un poco incómodo, como si no supiera por dónde empezar—. Es que… pensé que hace días no hemos retomado tus clases de monta, y quería saber si te gustaría practicar hoy con Chester. Lo miro, y por un segundo todo se siente como antes. Antes del miedo, antes del beso. —Ah… pues, si no estás ocupado… me encantaría —respondo, sincera. —Perfecto —dice, metiendo las manos en los bolsillos traseros de sus jeans, —. Entonces, ¿nos vemos por la tarde? Yo puedo preparar a los caballos. —Sí, suena bien. —Nos vemos entonces. —Nos vemos. Se va sin mirar atrás, y yo me quedo un instante quieta, con el rastrillo en la mano y el corazón un poco más ligero. Me gusta que volvamos a las clases, me hace feliz y pasar tiempo con ALbert mucho más. Se que talvez no sea una buena idea, pero creo que ya podremos hablar de nuestro beso y lo que sentimos el uno por el otro.  Por la tarde, cuando termino mi jornada, me limpiop un poco y ya estoy lista para la clase, camino hacia el lugar donde están Chester, Max… y Albert. Los caballos ya están ensillados y amarrados, listos para montar. —¿Tú también cabalgas hoy? —preguntó con una sonrisa mientras me acerco. Albert se da la vuelta al oírme y, por primera vez en días, lo veo sonreír con esa luz en los ojos que me había hecho falta. Hay alegría en su mirada. En su boca. En él. —Sí. Es una tarde hermosa. Ya se siente el otoño, ¿lo notas? —dice mientras mira el cielo entre las ramas. Luego me vuelve a mirar con calidez—. Pensé que sería lindo dar un paseo. Ya sabes caminar, dar una vuelta y, lo más importante, no caerte de Chester… así que creo que podemos salir a los senderos, si te parece. —Me parece, pero si me caigo… espero que no te burles. —No te vas a caer. Lo sé. Yo te enseñé a montar —responde con seguridad. Me río. Me encanta cómo confía en mí, en lo que aprendí de él. —Muy bien, profesor… vamos. Doy un paso más a donde se encuentran, Albert coloca a Chester cerca de las gradas para yo poder subir. Me extiende una mano y la tomo, sentir su calor en la palma de mi mano me hace estremecer, es tan grande y calida que me envuelve por copleto. Es solo un gesto de ayuda pero lo siento hasta la punta de los pies. Pongo mi pie izquierdo en el estribo paso el otro por encima del caballo y ya estoy listo. Observo como Albert me mira desde abajo y yo intento no pensar demasiado en lo que su cercanía me provoca o como me mira y como me hace sentir. Luego, él monta a Max con un solo salto, con una agilidad que parece tan natural en su cuerpo. Les damos la señal a los caballos para comenzar a andar. Y empezamos. —Sígueme —dice, tomando la delantera. Aprieto suavemente con las piernas, y Chester empieza a seguir a Max sin problema. Nos dirigimos a uno de los senderos bordeados por árboles que ya se tiñen de naranjas, dorados y amarillos. Es como una postal de otoño, de esas que uno manda a sus amigos lejanos. Como el fondo de pantalla que tendría alguien atrapado en una oficina, soñando con escapar. Avanzamos en silencio, y no es incómodo. Al contrario, hay algo profundamente cómodo en el silencio que comparto con Albert. Sin darme cuenta, dejo que Chester me lleve a su ritmo, concentrada en observar la belleza del paisaje... y la de Albert que desde espaldas y montado a caballo se ve increible. Miro su espalda firme moverse con el vaivén de Max. Hay algo hipnótico en la forma en que cabalga, con tanta seguridad, con tanta calma. Después de unos diez minutos por el sendero, llegamos a un claro. A lo lejos, distingo una manta extendida y varios objetos. Parece como si alguien hubiera dejado cosas olvidadas en medio del bosque. Frunzo el ceño con curiosidad, justo cuando Albert y, por consecuencia, Chester, se dirigen directamente hacia ahí. —¿Qué es eso? —pregunto, sin entender del todo. Pero al acercarnos, veo que no hay nada abandonado. Es un picnic completo, perfectamente dispuesto, como si nos estuvieran esperando desde hace horas. —¿Eso es…?— digo mas para mi misma que para Albert.  Albert gira la cabeza hacia mí, y sonríe. Una sonrisa que parece traviesa, como si lo hubiera descubierto en pleno secreto. —Bueno… Es algo que planeé. Espero que te guste —dice ya junto a la manta, deteniendo su caballo. Salta de Max con soltura, lo amarra a un tronco, y luego hace lo mismo con Chester. Después, se acerca a mí para ayudarme a bajar. Pone sus manos en mi cintura, y yo apoyo las mías en sus hombros. Cuando me alza ligeramente para bajarme, no lo hace de inmediato. Por un instante, me mantiene suspendida, más cerca de su rostro, de sus ojos que me miran como si el tiempo se hubiera detenido. Al bajar, mi pecho roza el suyo y mi rostro queda a centimetros del suyo, es un movimiento lento y controlado. Ambos contenemos la respiración. El aire entre nosotros parece cargado, como si el bosque entero contuviera el aliento también. Cuando finalmente estoy de pie, con los pies en la tierra, tengo que mirar hacia arriba para verlo, mis manos aun siguen en sus hombros y sus manos en mi cintura. Su mirada sigue fija en mí. Después de unos segundos pregunta. —¿Tienes hambre? —dice con voz suave. Parpadeo, tardando un segundo en procesar sus palabras. —Ah… sí. Mucha —respondo, intentando no quedarme atrapada otra vez en sus ojos. —Muy bien, porque empaque unos buenos snacks. Albert sonríe y se separa apenas para entrelazar sus dedos con los míos y asi guiarnos a donde esta el picnic. Su piel está cálida, firme. Me guía hasta la manta extendida bajo la sombra de un roble. Todo está preparado con un cuidado que me deja sin aliento: frutas cortadas, panecillos envueltos en una servilleta de tela, un termo de café caliente… y en el centro, una pequeña flor silvestre en un florero improvisado de una vieja botella de vidrio, delicada, como si fuera lo más importante. Me quedo sin palabras. Y esta vez, no por el paisaje. Nos sentamos sobre la manta, y Albert comienza a sacar las cosas con gesto tranquilo. Sirve el café con manos seguras, me pasa una taza de metal. El aroma reconfortante sube con el vapor, y me obliga a volver al presente. —Gracias por el detalle. Es hermoso —digo, un poco nerviosa. No entiendo por qué me siento así. No hay razón para estarlo… ¿o sí? —Con mucho gusto —responde, sentándose frente a mí—. Después de todo lo que ha pasado estas últimas semanas, pensé que necesitábamos un respiro. Yo también lo necesito. Así que… no hay nada mejor que tomarlo juntos. —Me parece bien —respondo, con una sonrisa tímida. Comemos y hablamos. Del clima, del pueblo, de cómo han florecido los campos después de las últimas lluvias. Nada íntimo, nada demasiado real. Solo una conversación suave que se mueve como el viento entre los árboles. Pero hay algo en sus ojos, un brillo contenido, una duda rondando en sus gestos. Sé que quiere decir algo. Lo siente. Y no se atreve. Así que lo hago yo. —Albert… —¿Sí? —pregunta justo cuando le da un mordisco a una manzana. —Siento que querés preguntarme algo —digo, bajando la taza con cuidado—. Adelante. Preguntá. Hace una pausa incómoda. Mastica lentamente, como si de pronto tragar se hubiera vuelto una tarea imposible. Lo observo, y lo veo tomar aire, recomponerse. —Muy bien —exhala, más fuerte de lo necesario—. Creo… que deberíamos hablar del beso. Y… de lo que pasó esa noche. Asiento. Yo también quería hablarlo. Después de la conversación con su padre me sentí más clara. Después de lo que pasó con Tomás… supe que cuando estuve en los brazos de Albert, me sentí segura. Como en casa. —Está bien. ¿Qué quieres decir? Albert clava la vista en la taza entre sus manos. Después levanta la mirada, con decisión. —No quiero culpar al alcohol, porque no fue algo que no quería hacer. Quiero que sepas eso. Yo sí quería besarte. Siento que mis mejillas se calientan. Mi mente viaja de inmediato a ese momento, su boca en la mía, la forma en que el mundo pareció detenerse. La intensidad en sus ojos ahora es la misma. Me observa como si esperara que en cualquier momento me levantara y saliera corriendo. No lo hago. —Muy bien —digo, intentando sonar más serena de lo que me siento. —Pero… —hace una pausa, mira al suelo y luego vuelve a encontrar mi mirada—. Siento que nuestra amistad puede llegar a romperse si…— se queda en silencio. —¿Si qué?—digo  sonando casi un poco desesperada.  —Me caes muy bien, Caroline. Y aunque es verdad que de niño estaba muy enamorado de ti… —dice con una sonrisa nostálgica. Estaba, dijo estaba. La palabra me pesa más de lo que debería. —Mi amistad contigo es mucho más importante —continúa—. Y no quiero arruinarla. Tú no vas a quedarte aquí mucho tiempo, lo sé. Eres increíble, y muy pronto vas a conseguir un nuevo trabajo. Así que… no tiene sentido, ¿verdad?—levanta sus hombros como restandole importancia como si yo tambien estuviera pensado eso. Quisiera decirle que no lo sé, que no estoy tan segura de nada últimamente. Pero me quedo callada. Porque tiene razón. Nuestra amistad es algo valioso, y si mañana me voy y le rompo el corazón, no me lo perdonaría. Albert se merece a alguien que esté dispuesta a quedarse. A construir aquí, con él una familia o algo. Y yo… yo no estoy segura de ser esa persona. —Sí. Lo entiendo —respondo, forzando una sonrisa—. Yo también creo que sería lo mejor. Me encantas como amigo, —muchísimo más de lo que debería— Y no quiero arruinarlo tampoco. Albert asiente, bajando un poco la mirada. —Entonces… ¿hacemos como si el beso no pasó? —pregunta, y en su voz hay una nota amarga, como si le doliera decirlo. —Pues… si eso es lo que tú quieres.—NO es lo que yo quiero, eso es lo que quiero decir, es lo que quiero gritar.  Hace una pausa. —¿Es lo que tú quieres? Su mirada se cruza con la mía, y por un segundo siento que todo se detiene. No. No quiero olvidarlo. No quiero fingir que ese beso no sucedió. Quiero repetirlo. Quiero que me bese aquí mismo, sobre esta manta, entre estas flores. Pero no debo. Y eso duele más que cualquier otra cosa. —Sí… —miento suavemente—. Creo que debemos pretender que nunca pasó. Albert asiente otra vez, esta vez con un suspiro que parece llevarse algo de su energía. No se ve molesto. Tal vez triste. Pero no enojado. Cuando por fin vuelve a mirarme, le regalo una sonrisa verdadera. Él me la devuelve, y por un momento, es como si estuviéramos bien. Como si todo pudiera seguir siendo igual. Pero dentro de mi se que nunca volvera a ser igual. Los sentimientos que tengo por Albert son reales, nunca alguien me habia echo sentir así, pero si debemos fijir que nada paso para que nuestros corazones esten a salvo, pues nada paso.  —Bueno… si ya estamos claros —dice, con una sonrisa más ligera—. ¿Quieres un pedazo de ese pastelito? Asiento y su rostro se ilumina, y las arrugas junto a sus ojos se marcan con esa sonrisa suya que siempre me ha parecido tan reconfortante. Parte el pastelito en dos, me ofrece la mitad y se queda con la otra. Lo comemos en silencio, bromeando con pequeños comentarios sobre las hormigas que ya se acercan, decididas a invadirnos. —Van a llevarse todo… —comento entre risas. —Incluyéndonos si nos descuidamos —responde él, levantándose de un salto exagerado que me hace reír un poco más fuerte. Empieza a recoger las cosas, y yo lo ayudo. El sol ya comienza a bajar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Cuando todo está empacado, Albert me ofrece su mano para ayudarme a levantarme. La aceptó, y por un instante sujeta la mía un poco más de lo necesario... Me gustaria que lo hubieramos intentado pero como dijo Don Marc, Albert tiene un corazón sencible y yo tambie asi que ambos saldriamos lastimados. Cuando volvemos ydejamos a los caballos en los establos. Caminamos juntos, pero más callados. Ya no hay tensión, pero sí una especie de vacío. Como si los dos estuviéramos intentando convencernos de que lo dicho fue lo correcto. Nos separamos cada uno para su lugar, Albert para su casa y yo para mi carro y justo antes de que llegue a mi carro, Albert me llama. —Oye… Me giro para mirarlo. —Gracias por hoy —dice. Sus palabras suenan sencillas, pero sus ojos dicen más—. Por quedarte un rato conmigo. —Gracias a ti —respondo—. Por compartir tu pastelito… y tu tiempo. Albert sonríe, pero esta vez no responde. Solo se rasca la nuca y se aleja hacia los caballos, dejándome sola por un momento junto a mi carro. Me quedo ahí, mirando cómo se aleja. Y me pregunto cuántas veces más podré seguir fingiendo que todo está bien. En ese momento recibo un mensaje de texto de Becca.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección