Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 88 páginas, 48.019 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Es hoy

Ajustes
Hoy no tenía que venir a trabajar, pero olvidé mi bolso en la oficina de Albert y esta con las medicinas de Lulu, así que salí temprano y vine al establo a recogerlas. Aun no he hablado con Albert de lo que pasó la noche del bar. Siempre que pasa algo desaparece por días y luego soy yo la que no deja de darle vueltas al asunto. Cuando llegó al rancho Green, las lluvias de octubre ya han comenzado a caer, son esas lluvias frías y fuertes que empiezan desde muy temprano en la mañana y en la tarde siguen hasta qeu anochece. Me enojo conmigo misma por olvidar siempre la sombrilla, aunque venga en carro debo recordarme a mi misma siempre llevar una conmigo. Aparco lo más cerca que puedo del picadero, pero sé que me voy a mojar, está lloviendo perros y gatos. Por suerte, en mi bolso de emergencia llevó la llave de la oficina de Albert asi que solo llegare corriendo. Tengo una llave de emergencia que él mismo me dio, por si algún día necesitaba entrar, me dijo que después de lo que paso con Tomas nunca se está precavido si necesito buscar un lugar en donde solo yo pueda estar por ese he empezado a dejar mi bolso en su oficina. Y como hoy es lunes, y los lunes el establo está cerrado, sé que no hay nadie. Bajo corriendo. La lluvia es intensa y, cuando entro al picadero, estoy tan mojada que si hubiera saltado a una ducha, habría quedado más seca que ahora. Estoy empapada. Siento cómo mi ropa se pega al cuerpo, marcando cada curva, cada rincón de mi piel. Sé que en la oficina hay una caja con ropa de repuesto por lo que puedo cambiarme rapidamente antes de salir, tambien puedo esperar un poco para que aminorice la lluvia no voy a volver a mojarme con la ropa de Albert. Me alegra saber que Albert siempre lo tiene todo bajo control aunque siniquiera este aqui. En parte, todo lo que necesito está ahí. Saco las llaves, abro la puerta, y aunque apenas son las nueve de la mañana, el interior está oscuro. Enciendo la lámpara del escritorio. La luz cálida ilumina el espacio con una intimidad inesperada. Me acerco a la repisa donde está la caja con ropa seca, debe haber algo que esté mucho mejor que lo que llevo ahora mismo. La caja está en la repisa más alta Ya que todos en la familia Green son altos de seguro no tienen problema en alcanzarla. Levantó los brazos, estiró mi cuerpo, pero no llegó. Estoy mojada, temblando un poco. Intento dar un salto, pero entonces recuerdo que hay una silla... es de ruedas. Puede que no sea la mejor opción para subirme pero si lo hago con cuidado y con equilibrio puede que no me caiga. Y de pronto, siento algo detrás de mí. Me sobrasalto un poco. Un muro. Grande, firme, cálido. Un cuerpo. Mi respiración se detiene justo cuando veo la caja frente a mí, sostenida a la altura de mi cara. Me doy vuelta, sobresaltada, y ahí está Albert. Sosteniendo la caja con ropa seca lista para mi. —¿Es esto lo que intentabas alcanzar? —pregunta con su voz grave y tranquila. —Ah… sí. Gracias —digo, tomando la caja. Él da unos pasos hacia atrás y me da espacio. La colocó en el escritorio, intentando sonar natural—. Pensé que no había nadie hoy. Miro al rincón oscuro de la oficina. Justo donde esta el catre. Veo que tiene una sábana y una almohada revueltas, como si alguien hubiera estado durmiendo o recostado allí hace apenas unos minutos. —No hay nadie —responde él, con la misma calma. —Sí, bueno... pero tú estás aquí.— digo mientras siento las gotas de lluvia recorrermi espalda y mis muslo. —Ah, sí. Bueno… yo no soy empleado. Así que…—se encoge de hombros —Claro. Disculpa que entrara, es que olvidé mi bolso en la oficina…y no sabia que estabas aquí. Si no no hubiera entrado así.  —Está bien. Por algo te di la llave. —Gracias... Nos quedamos en silencio. El aire se vuelve más denso, más caliente. La ropa empapada ya no es lo que me incomoda. Es su presencia. Su mirada. Su cercanía. Cada gota de agua en mi piel parece hervir. Después de la otra anoche cuando estábamos bailando y pronunció mi nombre y se fue, no sé, siento como que todo ha cambiado, haberlo escuchado hablar con Becca sobre mi, sobre lo que siente por mi hace que mi corazón empiece a latir con mucha fuerza. —Bueno… debería irme —digo, intentando moverme hacia la puerta. —¿No deberías cambiarte? Estás completamente mojada. Me mira de arriba abajo. Su mirada es intensa. Demasiado. —Ahh... Sí, es verdad. ¿Te molesta si…? —hago un gesto con los dedos, pidiéndole que se dé vuelta. —Por supuesto —responde, girándose. Coloco la caja en el escritorio, veo una blusa y unos pantalones de chandal que me pueden servir. Deslizó mi blusa mojada por los brazos, la dejó sobre la silla. Me deshago también de los pantalones. La tela fría se desliza por mis piernas, dejándome en ropa interior. Pero no es la lluvia lo que me estremece ahora, es saber que Albert esta aquí, que me estoy cambiando y no hace ningun intento por voltear a mirarme, puedo ver sus manos como se flexionan para controlarse pero no se da vuelta. Lo miro. De espaldas. Alto. Fuerte. Solo. Doy un paso adelante donde esta él quieto. Me acerco. Quiero estar con él, sé sobre sus sentimientos y yo quiero que él sepa sobre los míos. Colocó suavemente mi mano sobre su hombro para que pueda darse vuelta. Él se gira. Me observa. Estoy frente a él, vulnerable… pero segura. Clara. —Ah… ¿Caroline? —dice, desconcertado. —Podemos… Si quieres… Yo quiero. —mi respiración empieza a ser un poco entrecortada y aun ni siquiera lo he tocado o él a mi.. Sus pupilas se dilatan. Su mandíbula se tensa. Su mirada me recorre completa. —Yo… —niega con la cabeza. No puede ser, sí lo malinterprete, pero lo escuche decir… siento como mis mejillas se enrojecen de la vergüenza. —Ah. Entiendo —respondo, sintiéndome torpe, desnuda en más de un sentido. Me doy vuelta para volver a la caja, pero entonces, siento su mano en mi nuca… y un segundo después, su boca sobre la mía. Firme. Hambrienta. Sincera. Su lengua encuentra la mía, y todo mi cuerpo se enciende. Me levanta con facilidad; mis piernas se enroscan en su cintura como si siempre hubieran pertenecido allí. Ya no hay gravedad, solo el calor de sus brazos, la presión de su pecho contra el mío, y ese deseo que llevaba tiempo dormido entre nosotros. Lo besó con urgencia, con un hambre que no sabía que tenía. Cuando me separo apenas para tomar aire, sus ojos me atraviesan. No solo hay deseo en ellos. Hay algo más profundo. ¿Amor? —Albert… —susurro, jadeando. —No digas nada —responde con voz baja, apenas controlada. —¿Tú… quieres?—digo un poco nerviosa. —Te he esperado por veinte años, cariño… ¿cómo crees que no voy a querer? Me besa de nuevo. Más fuerte. Más profundo. Me deja sin aliento y me reconstruye al mismo tiempo. Nos sentamos en el catre, yo a horcajadas sobre sus caderas. Él aún está vestido. Una de sus manos encuentra el broche de mi sujetador. No lo fuerza, solo lo roza. se aleja del beso y me mira, pidiendo permiso con los ojos. Asiento suavemente, mis labios aún rozando los suyos. Él lo desabrocha con facilidad, y el sujetador cae al suelo o más bien Albert lo lanza al suelo. El aire fresco choca contra el calor palpitante de mi piel desnuda. Vuelvo a besarlo. Mis manos suben por debajo de su camisa, urgentes. Para que se la quite, quiero verlo, quiero tocarlo, quiero que sea mio. Cuando por fin su pecho queda al descubierto, paso mis dedos por su piel, cubierta por una fina capa de vello que acentúa su masculinidad, su fuerza. Es cálido. Real. Mis dedos bajan hacia su pantalón. Y desabrocho su cinturon y su pantalón. —¿Tienes… algún preservativo? —pregunto entre besos, sin dejar de mirarlo. —Sí —responde, y sin soltarme, estira el brazo hacia su escritorio. Abre el primer cajón y saca una tira monumental de preservativos. Parpadeo. ¿Cuántos necesita? —Ahhh... ¿ok?—digo un poco preocupada de cuantos necesita o cuantos usa.  —Walter los dejó ahí el día después de conocerte —explica, divertido—. Dijo que… por si acaso.— Me sonríe, esa mezcla suya entre ternura y descaro que me derrite—Pero nunca pensé que los usaría contigo… así. Su dulzura me arranca una risa. —Póntelo —le ordenó, sintiendo cómo la electricidad sube por mi espalda. No hay nada más excitante que ver a un hombre tres veces más grande que tú obedecer sin dudar. Albert no aparta su vista de la mía. Con mucho cuidado rompe el preservativo con su boca y con una habilidad pasmosa, sin moverme de su regazo, se baja los pantalones y se coloca el preservativo sobre su miembro, ya duro, firme, palpitante, esperando por mi. Coloco mis manos en sus hombros, temblando, preparandome para lo qeu de verdad deseo. Él, cuando está listo, posa su manos en mis caderas. Aún no decimos nada. Nos estudiamos. Nos sentimos. Nos besamos un poco más. Con algo de torpeza, deslizo mi ropa interior hacia abajo y la dejo caer. —Nunca lo he hecho así —confieso en un susurro—. Pero quiero intentarlo contigo. Albert no aparta la mirada de la mía cuando su boca se posa sobre uno de mis pechos. Lo chupa, lo muerde suavemente, lo adora con besos largos y húmedos. Cierro los ojos, la sensación me abruma. Un calor punzante se instala en mi vientre, como una llama que no deja de crecer. Gimo por la sensación de su boca recorriendome completa. Pasa al otro pecho, repitiendo la misma devoción. Gimo sin contenerme. No me importa que alguien escuche —aunque sé que no hay nadie cerca, y la lluvia golpeando el techo se ha vuelto tan intensa que ni un grito podría atravesarla. Con delicadeza, Albert me levanta por la cintura. Su fuerza es natural, como si mi cuerpo pesara lo mismo que una flor. Me acomoda sobre él y me ayuda a empezar a introducirse en mí. Cuando lo siento completo siento como su miembro es más grande de lo que estoy acostumbrada, y mi rostro refleja el dolor leve, inevitable, que viene con la apertura. —Es muy grande. — digo entre jadeos. —Tranquila… —susurra, con voz grave—. Cabálgame como te enseñé. ¿Sí?. Despacio. Suave. Asiento. Poco a poco comienzo a moverme, guiando mis caderas con los movimientos que me enseñó en las clases de monta: arriba y abajo, adelante y atrás. La fricción me estremece. Albert entierra su rostro en mi hombro y deja escapar un gruñido animal que me enciende aún más. —Muy bien, Caroline… Lo estás haciendo muy bien…—dice con la respiración entrecortada y sus manos aferrandose más a mis caderas. Me aferro a sus hombros. El placer me empuja a ir más rápido. Lo quiero todo. Lo quiero a él entero. —Albert… —gimo. —Vamos, amor… No pares. Enséñame qué buena estudiante eres…—gruñe. Nuestros gemidos se vuelven más intensos. Busco su boca y lo beso con una necesidad salvaje. Su mano en mi cadera guía mis movimientos; la otra recorre mi cuerpo: mi espalda, mis pechos, mis caderas. Todo en él me reclama, me envuelve, me llena. Siento que estoy a punto de venirme, y él también. Apoyo mi frente contra la suya y cierro los ojos con fuerza, jadeando. El orgasmo llega como una ola caliente que me sacude por completo. Mis músculos se tensan y luego se rinden bajo su abrazo. Lo siento gruñir, estremecerse dentro de mí, alcanzando también el clímax. Me aferro con más fuerza a su espalda, como si no pudiera sostenerme por mí misma. Cuando por fin abro los ojos, Albert me observa con ternura, con una adoración que me deja sin palabras. —Lo hiciste increíble… —murmura, aún jadeando, antes de besarme con dulzura—. Quiero probarte —añade con una chispa traviesa en la mirada. Nos ponemos de pie… o más bien, Albert se levanta conmigo aún aferrada a él, todavía unidos. Mis piernas tiemblan y cuelgan a sus costados. Me carga sin esfuerzo y, cuando por fin nos separa, me recuesta sobre el catre. El colchón cruje bajo mi peso. La almohada huele a él: a leña, a lluvia, a hogar. Lo veo quitarse el preservativo y tirarlo en la papelera junto a su escritorio. Luego vuelve a mí. —¿Puedo? —pregunta, subiendo conmigo al catre. Solo puedo asentir. Lo deseo. Lo quiero todo de él. La luz gris de la mañana entra por la ventana, delineando su cuerpo mojado, pero no por la lluvia, sino por nuestro sudor. Cada músculo se tensa con el deseo. Lo quiero más cerca. Quiero que me devore. Me besa justo en el hueco de mi calvicula y me estremezco.  —Estás temblando —susurra y su respiración choca con mi piel. —No es por frío…—digo mietras mis manos buscan su torso. Su risa ronca vibra contra mi piel.  —Quiero tu mirada en mi, todo el tiempo.— dice empieza a bajar hasta mi vientre, lo besa, lo chupa y siento que voy a volar. Cierro mis ojos por la sensación. —Abrelos por favor. Quiero verte, quiero ver como te hago venir.  Me deja sin respiración pero los abro y mantengo mi mirada en la suya. Sigue bajando y dejando besos por todo mi piel sin apartar la mirada ni un momento. Cuando llega hasta abajo abro las piernas lentamente y contengo el aliento. Albert baja más, me besa justo donde hace un momento estuvo dentro de mí. Al principio es suave, casi tímido. Luego su boca se vuelve precisa, decidida. Me abre con los dedos y su lengua me alcanza… y ahí se rompe todo. Nuestras miradas estan conectadas y yo solo quiero decirle cuanto lo amo y amo todo esto entre nosotros.  Me arqueo, jadeo, lo busco con mis caderas. Mis manos se enredan en su cabello, mi cuerpo responde solo, cada célula grita su nombre. Me explora como si supiera exactamente cómo reacciono antes de que yo misma lo entienda. Como si me hubiera leído desde siempre. Su otra mano me acaricia el muslo, sube hasta mi pecho y lo aprieta con la presión justa. Estoy al borde de venirme otra vez. Tan cerca. —Albert… yo… Me aferro a su cabello, a la sábana, a todo lo que tengo a mano. Siento que me voy a romper. —Aguanta… —dice, separándose apenas—. Solo un minuto más. Sé que puedes. Hazlo por mí. Intento pensar en otra cosa, en no sentirlo por todo mi cuerpo, en alargar este momento, hacerlo eterno. Pienso en Lulu, en el rancho, en cualquier cosa que me distraiga…pero su mirada es tan intensa y entonces hace algo con su lengua, con sus dedos, algo que me desarma. No sabría describirlo con palabras, solo sé que en un momento escuchaba la lluvia y al siguiente vi una constelación de estrellas estallar detrás de mis párpados. Grito. Grito tan fuerte que es imposible que nadie me escuche. Cuando al fin logro abrir los ojos, y busco el aire para poder seguir viviendo Albert sigue allí, besándome suavemente los muslos, el vientre. Mi respiración es tan agitada como la suya. Parece que el aire se nos escapa, pero ninguno se atreve a moverse. Busco su mirada. Él ya me observa de nuevo creo que nunca aparto la vista, me mira con ternura, con ese cariño que no se puede fingir. Me acaricia las piernas como si fueran frágiles, como si después de lo que acabamos de compartir, yo fuera sagrada. —Ven —le susurro, extendiendo mi mano para guiarlo hacia mí. —Debería limpiarme primero… —No me importa —respondo sin dudar. Sube automáticamente y me besa, fuerte, con la misma intensidad de antes. Yo me siento como si hubiera corrido un maratón, pero no se lo diré. No quiero que esto termine. No todavía. —No quiero que termine —murmura, como si pudiera leer mi mente. Sus labios descienden otra vez por mi cuello, se detienen en mis clavículas, luego continúan su camino hasta mis pechos. Su boca, su lengua, juegan con mis pezones. Yo me arqueo hacia él, gimiendo suavemente, pidiéndole más sin palabras. —Yo tampoco quiero que termine —susurro. Me besa de nuevo, esta vez más profundo, más salvaje. Más suyo. Se aparta un momento y me mira. —Dios, Caroline… no tienes idea de cuánto tiempo he soñado con esto —dice en voz baja, ronca, mientras sus manos bajan por mi abdomen—. Mi corazón es tuyo..... Por favor, no lo rompas. Su mirada es vulnerable. Asustada. Y honesta. Levanto una mano y la coloco en su mejilla. Cierra los ojos al sentirme, como si estuviera confirmando que esto es real… y aún así, temiera despertar. Pero yo también tengo miedo. ¿Y si esto es solo deseo? ¿Y si es como esos anhelos que arden tan fuerte, que una vez cumplidos, se apagan? —Mi corazón es tuyo, Albert… No me lo rompas tú a mí. Albert exhala como si esas palabras sellaran un pacto sagrado. Se aparta una vez más y saca otro preservativo del cajón de su escritorio. Lo rasga con los dientes, se lo pone con destreza, sin dejar de mirarme. Su mirada está cargada de deseo, sí, pero también de cuidado. De una urgencia reverente. Se acomoda entre mis piernas. No hay vuelta atrás. Me acaricia la mejilla con ternura, y con una lentitud casi devota, vuelve a entrar en mí. Mi cuerpo lo recibe con un gemido ahogado. Nos quedamos inmóviles por un instante, conectados de una forma que trasciende lo físico. Y entonces empezamos a movernos juntos de nuevo. Lento al principio, como si estuviéramos descubriéndonos, luego con más ritmo, con más hambre. Cada embestida es un latido, un roce de almas. Lo tomo entre mis brazos, aferrándome a él como si fuera mi única certeza. —Albert… —susurró, temblando. — Más, quiero más. —Estoy contigo… siempre —dice, bajando la frente hasta apoyar la suya contra la mía. Y juntos, nos dejamos ir. Gimo por el placer que recorre todo mi cuerpo y el gruñe como bestia en mi hombro. Como si no existiera nada más. Como si el mundo pudiera acabarse y no importara mientras estuviéramos así: piel con piel, corazón con corazón. Cuando todo termina, no hay palabras. Solo el sonido de nuestras respiraciones mezclándose en la habitación, la lluvia cayendo suave allá afuera, el calor compartido entre las sábanas desordenadas. Albert se deja caer a mi lado, y sin decir nada me envuelve en sus brazos. Me acurruco contra su pecho, sintiendo su corazón aún agitado. Él no me suelta. Me acaricia la espalda con los dedos, despacio, como si trazara un mapa invisible de mi piel. Y sin darme cuenta me quedo dormida.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección