La despedida
29 de abril de 2026, 0:10
Estoy durmiendo tan cómoda… pero cuando me muevo me doy cuenta que algo no encaja. No estoy en mi cama y estoy desnuda.
Abro los ojos poco a poco, con la mente todavía envuelta en la niebla del sueño y de la excitación. Entonces lo recuerdo, lo recuerdo todo: dónde estoy… y con quién estuve.
El catre cruje levemente bajo mi cuerpo cuando me muevo. Ya no suena la lluvia. Debió de parar hace rato. Muevo las manos en busca de Albert y me doy cuenta de que estoy sola, cubierta apenas con una sábana delgada pero reconfortante.
Cuando abro mis ojos por completo veo a Albert completamente vestido, está sentado en la silla del escritorio, observándome como si fuera una obra de arte en un museo. Su mirada es suave, como si estuviera viendo algo sagrado.
—¿Descansaste? —pregunta con una voz tranquila, casi reverente.
Asiento, aún desorientada.
—¿Cuánto tiempo dormí?— pregunto y mi voz suena adormilada.
—Bueno… son las once y media. Así que un rato —responde, esbozando una sonrisa.
—¿Once y media? —me incorporo de golpe, sin pensar, dejando al descubierto mi pecho.
Albert desvía la mirada por respeto, pero no puede evitar sonrojarse. Vuelve su mirada a mi como si quisiera recordarlo todo. Sus ojos estudian mi cuerpo.
—Te lastimé —dice con un tono culpable, mirando fugazmente las marcas que dejó en mi piel.
Bajo la vista y noto los pequeños moretones en mis pechos y abdomen, besos demasiado intensos. Sin embargo, no siento dolor, solo una especie de calor interno. Me sonrío. Es un receurdo muy hermoso que noquiero borrar.
—No pasa nada… es solo la prueba de que estuve aquí —bromeó.
Albert se arrodilla a mi lado, con un vaso de agua en la mano. Me lo ofrece sin decir nada. Sus ojos reflejan preocupación.
—No quería ser tan… intenso. Lo siento.
—De verdad, Albert… no me molesta —le aseguro, tocándole el brazo suavemente.
Tomó el vaso y bebo de un solo trago. Ni siquiera me había dado cuenta de lo sedienta que estaba.
—Tu mamá llamó. Contesté no queria que se preocupara. Solo me preguntó dónde estabas… Le dije que estabas conmigo. Espero que no te moleste.— suena un poco procupado como si fuera a reprimirlo por habernos delatado.
Suelto una carcajada. Conociéndola, seguro está emocionada como una niña.
—No pasa nada. Está bien. Es la verdad… y no deberíamos mentirle a los padres, ¿cierto?
—Cierto —dice, y coloca una mano sobre la mía con ternura. —Caroline. Lo que te dije antes… fue verdad. Todo.
Mi corazón se acelera de nuevo.
Albert me mira con una intensidad que me estremece. Yo intento aligerar el momento.
—Entonces… dime la verdad. ¿sí soy una buena estudiante? o ¿necesito practicar más?.
Él niega con la cabeza, divertido, y ambos soltamos una risa ligera. Me inclino hacia él, para poder hablar mas cerca comoun susurro como una promesa.
—Yo también fui honesta contigo. Todo fue verdad.
Albert se inclina rompiendo la distancia y me da un beso suave, apenas un roce de labios, pero me hace temblar por dentro.
—Deberíamos… ir a limpiarnos —digo con una sonrisa traviesa, dejando caer la sugerencia en el aire.
Pero justo en ese momento, mi teléfono vuelve a sonar.
Albert se pone de pie y me lo alcanza.
Es mi madre. Otra vez.
Contestó con voz alegre, aún enredada en la calidez de Albert.
—Hola, ma...
—Caroline —me interrumpe ,su voz suena distinta. Preocupada.
Mi sonrisa se borra de inmediato.
—Ma, estoy bien, yo…
—Lulu… Lulu no está reaccionando.
No.
No. No. No. Lulu no.
Albert se acerca, alarmado. Debió notar el cambio en mi rostro.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Lo miro con los ojos abiertos por el miedo. Mi garganta se cierra.
—Voy para allá —cuelgo y salto del catre.
—¿Qué pasó, Caroline?
—Lulu… mi mamá dice que no responde. Es mi culpa, yo tenía que darle la medicina.
Me visto lo más rápido que puedo. Mi ropa ya está seca, pero aún así tomo un abrigo de la caja de repuestos y me lo pongo por encima.
—Déjame acompañarte —dice Albert. Él esta muco más alerta que yo puede que tal vez no se haya dormido en ningún momento, como yo.
Tomamos mi carro y salimos a toda velocidad. El trayecto a mi casa dura unos cinco minutos, pero son los cinco minutos más largos de mi vida. Albert va manejando porque yo necesito ir llamando al veterinario.
Sé que Lulu ya es viejita. Sé que esto podía pasar en cualquier momento, pero no... aún no. Ya perdí a mi papá, y Lulu es lo último que me queda de él. No recuerdo mi vida sin ella ha sido mi primer y unico perro así que no se como es vivir sin ella. Ella siempre ha estado ahí: cuando me fracturé la mano, cuando estudiaba hasta tarde, cuando lloraba por las noches tras la muerte de papá. Ella es mi compañera. Somos una. No puede pasarme esto otra vez. Aún no estoy lista para perderla.
Cuando llegamos a la casa, el veterinario me dice que llegará en tres minutos. Pero yo no puedo soportar ni uno más.
Salto del carro y entro corriendo a la casa. Mi madre está en el sillón, con Lulu en su regazo. Aún respira… lento, pero respira.
—Lulu —susurró, arrodillándome frente a ella y sujetándola con todas mis fuerzas—. No me dejes, Lulu… ya viene Frank, ¿sabés? Frank, el que te da premios de los que te gustan...
Ella mueve su colita, muy despacio. Casi imperceptible. Pero la mueve.
Mis ojos se llenan de lágrimas. Sé que no va a servir de nada que Frank llegue. En el fondo lo sé. Solo… no quiero admitirlo. Se que ya es mayor y en cualqueir momento irira a pasar pero no estoy lista. No lo estoy ni hoy ni nunca.
—Te amo, Lulu te amo mucho—le digo por fin, la beso fuerte en la cabeza, se que lo mejor en este momento es ayudarla a que este lista, que vea que estoy lista —. Gracias… gracias por todo. Gracias por ser mi mejor amiga. Ve con papá, ¿sí? Acompáñalo como me acompañaste a mi. Dile que lo amo.
Y así, sin más, Lulu se va.
Sus ojitos se cierran con suavidad y su cuerpo se queda quieto. Me aferro a ella, escondiendo el rostro en su pecho. Ya no escucho su respiración. Ni su corazón. Un nudo de dolor me atraviesa el pecho y rompo en llanto. Siento la mano de mi madre en mi cabeza. Ella también llora.
Escucho a lo lejos que Frank está hablando con Albert. Ambos se acercan, pero yo no puedo soltar a Lulu. No quiero. Es parte de mi alma. Mi mejor amiga. Así que lloro, no quiero parar solo quiero llorar, como hace menos de una hora todo estaba distinto, estaba tan feliz, tan contenta que no cabia en mi, y ahora solo me siento sola, perdida.
Después de un rato —no sé cuánto—, finalmente logro aflojar el abrazo. Su cuerpito ya está frío, pero sigue siendo mi bebé hermosa y no la quiero dejar.
Albert me ayuda a incorporarme. Me sostiene con fuerza. Sé que él entiende lo que es perder a un animal. Me abrazo a él con desesperación, y vuelvo a llorar. Él me envuelve con ternura, con una paciencia que me sostiene.
—Lo siento —susurra en mi coronilla y me abraza más fuerte.
Frank se acerca con delicadeza y me dice que debe llevarse el cuerpo de Lulu para prepararla para su entierro. Solo puedo asentir. No me salen las palabras. Mamá le ayuda a llevarla, se va con Lulu envuelta en una manta blanca. Verla cruzar esa puerta es como perderla por segunda vez. Me quedo de pie en medio de la sala, en lso brazos de Albert, sintiendo que el mundo se ha vaciado.
Cuando mi madre vuelve a la casa, aún con los ojos húmedos, me toma la mano.
—Voy a prepararte algo de café, ¿sí? —dice con voz queda, como si también necesitará hacer algo para no romperse.
Solo asiento. Albert me ayuda a dejarme caer en el sofá donde Lulu estuvo minutos atrás. Su aroma aún está en el aire. Acaricio el cojín con la yema de los dedos, como si pudiera quedarme con un pedazo de ella. Un suspiro tembloroso se me escapa.
Albert se sienta a mi lado en silencio. No dice nada. Solo está ahí.
Me inclino hacia él hasta que mi cabeza descansa en su pecho. No me empuja. No me consuela con palabras. Solo pasa un brazo fuerte alrededor de mí y me abraza. Su calor me calma. Su presencia me contiene.
—Nunca pensé que doliera tanto —murmuró, con la voz ronca. Es lo unico que logro decir.
—Es porque la amabas con todo tu corazón —responde él, acariciándome el pelo con delicadeza—. Y ella lo sabía, Caroline. Cada día lo supo.
Cierro los ojos, dejando que las lágrimas sigan cayendo, pero ya no con desesperación, sino con gratitud. Porque Lulu tuvo una vida buena. Porque me eligió. Porque se quedó conmigo hasta el final.
Albert me besa la frente. Un beso lento, tierno. Como si me dijera que no estoy sola. Como si me prometiera quedarse, incluso en este tipo de días.
—Gracias por estar aquí —le susurro, buscando su mano y entrelazando mis dedos con los suyos.
—Siempre —responde él sin dudar—. En todo. Para lo que necesités.
Nos quedamos así, en silencio. El café humea en la cocina. Afuera cae la tarde. Y aunque algo dentro de mí se ha roto, también siento que, en medio de todo, algo se ha reconstruido. Que no todo se ha perdido.
Porque ahora está Albert.
Y por primera vez en mucho tiempo… dejo que alguien me sostenga.
Al día siguiente, no fui a trabajar. No tenía fuerzas para salir de casa. Fui rapido al mercado pero volvi una vez termine mis compras.
Sé que deberíai ir a trabajar, pero simplemente... no puedo hoy no puedo.
Albert se quedó conmigo todo el día de ayer, en silencio, sentándose junto a mí mientras lloraba. Y cuando se fue, tarde en la noche, me prometió que volvería hoy.
Mi mamá salió temprano al trabajo. La casa se siente enorme. Vacía. Sin Lulu... no sé cómo voy a aprender a vivir así.
Los chicos del rancho lo entendieron. Albert les informo a todos y me mandaron flores y muchos mensajes de amor. Ellos tambien querian mucho a Lulu y me hace feliz saber que sus ultimos dias estuvieron llenos de amor y muchos premios.
Una parte de mí agradece haber estado aquí cuando se fue. Si hubiese estado a kilómetros de distancia, creo que nunca me lo habría perdonado.
Esa tarde, escuchó la puerta abrirse. Le dije a Albert que no tenía que tocar, que la dejaba abierta para él. así que supongo que es él.
Estoy en mi cuarto, acostada bajo las sabanas, sin moverme. Cierro los ojos y casi puedo imaginar el peso de Lulu sobre mis pies. Se que solo ha pasado un día pero la extraño desde el minuto de su partida. Y entonces me dan ganas de llorar otra vez.
—Hola —dice Albert con voz suave, casi como si no quisiera romper la quietud del ambiente—. ¿Puedo pasar?
Está de pie en el marco de la puerta, con una caja de donas en una mano y un café grande en la otra.
—Pasa —le digo, apenas levantando la cabeza para mirarlo.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
—Sí... me lo imaginé.
Coloca las donas y el café en mi mesa de noche. Luego se sienta en el borde de la cama y me da un beso en la sien. Ese gesto me calma más que cualquier palabra.
—Solo quiero echarme aquí y fundirme con la cama —murmuro.
—Pues serías la cama más linda del mundo. Yo la compraría.
Me río. Poco, pero me río.
—Albert...
—¿Sí? —responde, mientras acaricia mi brazo con dulzura.
—¿Cuánto tiempo debe durar este dolor?
—Amor mío... —dice con devoción— este dolor no se va —tiene los ojos un poco más apagados—. Solo aprendes a vivir con él. Como con tu papá, es dificil pero luego empiezas a ver los momentos buenos que tuviste con Lulu o tu padre y solo son piezas de tu corazón que nunca te abandonan, solo hacen que aprendas a amar más y con más intensidad.
Me mira con una mezcla de tristeza y cuidado, como si no quisiera herirme más pero tampoco quiere mentirme.
—Yo aún siento el dolor de perder a mi madre. —continua— Todos los días. Y eso que solo la conocí cinco años.
Recuerdo esa historia. Su mamá murió de cáncer cuando él tenía cinco años. Fue una noticia terrible en el pueblo. Ella era cariñosa y dulce... siempre nos regalaba queso y salchichas hechas por ella. A veces, cuando paso por la antigua tienda de los Green, casi puedo escuchar su risa. Era de las mujeres mas lindas que algun dia habia visto.
—Lo siento —le digo, sintiendo cómo mis ojos se vuelven a llenar de lágrimas.
—No te preocupes. La recuerdo con amor. Igual que a todos mis otros perros. Uno nunca deja de amar lo que pierde, solo encuentra nuevas formas de llevarlo consigo.
Le aprieto la mano. Luego me muevo un poco hacia el centro de la cama para hacerle espacio.
—Entra.—le digo mientras levanto las sábanas.
Y sin pensarlo dos veces, se quita los zapatos y se mete bajo las cobijas. Como si mi cama ya fuera también su lugar seguro.
Me atrae hacia él y me abraza como si no me hubiera visto ayer. Yo hundo la cabeza en su pecho y respiro su olor. A limpio. A él.
Es agradable. Es paz. Podria quedarme así por el resto de mi vida.
Me encanta que ahora podamos tocarnos sin miedo, sin excusas.
Me acaricia la espalda con ternura, con paciencia. Sus manos son calientes me llenan de una luz que necesito ahora mas que nunca. Levanto la mirada y lo veo. Sus ojos me hablan y me buscan como si quisiera que yo solo estuviera con él para siempre, por que con él nunca vovleria a tener dolor. Entonce lo beso.
Esta vez no dudo. No tengo que esconderme, ni justificarme. Ya puedo besarlo. Ya puedo quererlo.
Él me responde igual: suave, lento, como si supiera exactamente lo que necesito.
Y a pesar del dolor de ayer, a pesar de la tristeza que aún cuelga en el aire…
Tuvimos nuestra primera vez juntos.
Y fue una de las cosas más hermosas de mi vida.
He estado con otros chicos antes. Algunos tan grises que apenas los recuerdo. Eran momentos vacíos, impulsivos. Chicos que me conocían por encima, pero nunca realmente.
Albert… es distinto.
Nos conocemos de toda la vida. Y aunque apenas hablamos por años, él sí me ve. Como realmente soy. Como si siempre lo hubiera sabido.
Cuando me aparto un poco del beso, mordiéndole suavemente el labio inferior, le susurro:
—Gracias. Lo necesitaba.
Él sonríe, con esa mezcla de ternura y picardía que tanto me gusta.
—Debo admitir —dice mientras su mano sube y baja en mi espalda— que es un placer para mí poder satisfacer todas tus necesidades.
Me río. Otra vez. Lleva menos de quince minutos aquí y ya ha conseguido hacerme reír dos veces.
—Traje café y donas —agrega—, pero no sé si quieres algo más. Lo que pidas te lo dare.
Suspiro, estirándome como un gato sobre la cama mientras me quedo mirando el techo. Estoy tratando de entender qué necesito. ¿Tengo hambre? ¿Ganas de salir? ¿Quiero seguir aquí con él hasta que el mundo se acabe?
Lo vuelvo a mirar. Está impaciente, lo noto en sus ojos. Me hace sonreír.
—En esa caja de donas… —digo intentando sonar graciosa— no trajiste un preservativo, ¿verdad?
Su cara se pone roja al instante, como si lo hubiera atrapado pensando algo indebido. Me echo a reír, encantada de lo fácil que es sonrojarlo.
—Ah… eh… —tartamudea— no pensé que…
—Es broma —le digo riendo, volviendome a su lado y entrelazando nuestros pies bajo las sábanas—. Podemos ver una película o hacer algo, si quieres.
—No me gusta ese “o algo” —responde alzando una ceja.
—Está bien, vamos a preparar la cena. Mi mamá ya casi llega y no quiero que nos vea así, en la cama. Va a pensar mal.
—No hace falta que lo digan —interrumpe mi mamá desde el marco de la puerta, como si la hubiéramos invocado—. Ya pienso mal de todas maneras.
Me incorporo de golpe, y Albert salta de la cama como si lo hubiera picado algo.
—Señora Whitmore, —dice Albert desde el otro lado del cuarto, tan asustado —por favor, no… no estábamos haciendo nada. Bueno, sí, besé a su hija, pero…
Mi mamá se ríe, levantando las manos en señal de paz.
—Tranquilo, niño. Aquí todos somos adultos.
—Sí, pero esta es su casa…—dice agobiado.
—Y tú eres bienvenido. Siempre has estado enamorado de mi hija así que no te preocupes. Estoy feliz por ti.
—¡Mamá! ¡No digas esas cosas!
—Pero si es verdad. Siempre me lo decía cuando iba a comprar queso al rancho de su hermano y él estaba por ahí. Se le iluminaba la cara cada vez que te mencionaba.
Vuelvo a ver a Albert, parece que va a derretirse en el suelo de la pena. Está tan rojo que me da ternura.
—Mamá… —repito con una mezcla de vergüenza y risa.— No lo molestes.
—Déjalo, Albert, mi niño —dice mi madre, ya con un tono más dulce para tranquilizarlo—. No te preocupes, sé que eres un buen chico. Esta también es tu casa. Me voy a cambiar y leugo pueden ir a hacer la cena no me molesta que me ayuden, nos vemos al rato.
Se gira para irse pero antes hace una pausa, gira sobre sus talones para salir y agrega con una sonrisa traviesa:
—Pero si van a hacer cositas... por favor, cierren la puerta y me avisan para poner la radio a todo volumen.
—¡MAMÁ! —grito, mientras ella ya va bajando las escaleras, riéndose como si acabara de ganar un premio.
Miro a Albert. Está completamente rojo, paralizado como si alguien lo hubiera atrapado robando galletas.
—No le hagas caso —le digo, aún entre risas—. Le encanta molestarme.
Él solo asiente, con la mirada fija en el suelo.
Me bajo de la cama, me acerco y me paro frente a él. Su mirada sigue esquivandome, así que le rodeo la cintura con los brazos y apoyo mi barbilla en su pecho para mirarlo desde abajo.
—Gracias de nuevo. Me siento mucho mejor.
Me pongo de puntillas y le doy un beso suave. Cuando intento apartarme, Albert toma mi rostro entre sus manos y me besa, fuerte y con pasión. Un beso que no se atreve a fingir moderación. Me derrite.
Bajamos a preparar la cena. Mi madre nos acompaña y vuelve con sus chistes, como si no hubiera límite para su deseo de incomodar a Albert. Él ríe, aunque se nota que está nervioso y avergonzado. Después mi mamá se va a dormir temprano, dejándonos solos en la sala.
Estamos viendo una película en el sillon de la sala, o bueno… él la está viendo. Yo, desde hace media hora, solo estoy concentrada en la sensación de estar entre sus brazos. Hace tantos años que no siento esta tranquilidad con nadie, una pequeña parte de mi esta en un poco de miedo por que es muy bueno para ser real pero si es así debo disfrutarlo mientras dure. Quiero tenerlopor más tiempo, por lo que le pregunto.
—Albert, sé que no es una buena idea —digo finalmente—, pero… ¿te gustaría quedarte a dormir?
Me alejo apenas de su pecho para poder ver su cara. Parece sorprendido. Supongo que no se lo esperaba.
—No tienes que aceptar si no quieres. —digo al ver que no responde —Es solo que… siempre dormía con Lulu, y ahora la cama se siente muy vacía sin ella. No es que quiera suplantarla con tigo o que piense que tú eres un perro o algo así. Si prefieres irte...
—Me encantaría.
—¿De verdad? No tienes que hacerlo por compromiso.
—No te imaginas cuánto quiero hacerlo —responde con una sonrisa sincera.
—Está bien —digo, poniéndome de pie y caminando hacia la alacena dejandolo en el sillon solo—. Creo que tenemos algunos cepillos de dientes cerrados. Puedes usar uno. Y si quieres, te lo puedes llevar o… lo puedes dejar aquí, por si… ya sabes, vuelves.
Él sonríe, y yo me sorprendo de lo natural que suena todo eso. Pero apenas cierro la alacena, una sensación extraña me invade. Algo que no había querido decir en voz alta.
No sé por qué me hace sentir así. Es raro… según entiendo, en este pueblo todos menos yo sabían que él estaba enamorado de mí. Pero soy yo la que se siente enamorada. Como si en cualquier momento él fuera a despertar, a arrepentirse, a darse cuenta de que no soy la chica perfecta que piensa que soy.
Albert se pone de pie, se acerca a mi y cuando me vuelvo para darle el cepillo, él lo recibe. Sonríe.
—Caroline Whitmore —dice con un aire travieso.
—¿Por qué siempre me llamas por mi nombre completo? Suena como si estuvieras nombrando a una celebridad. Como cuando dicen Olivia Rodrigo o Taylor Swift.
Albert se queda pensativo un momento.
—Para mí tú eres como una celebridad —dice al fin—. La chica que logró salir de Willow Creek, la que hizo tantas cosas, la que se robó mi corazón.
Desvío la mirada. Ahí esta justo lo que temía. Él no sabe quién soy de verdad. No sabe que estoy rota, confundida, que volvi a este pueblo porque no tenía otro lugar donde ir. No sabe que soy un fracaso. Una vez conozca la verdadera Caroline Whitmore se ira, se dara cuenta que no soy lo que él esperaba y se marchara.
—¿Qué pasa? —pregunta suavemente, tomándome las manos.
—No… no lo sé.— no se como expicarle esta triste historia, creo que deberia decirle todo de una vez, no es sano retenerlo por más tiempo, decirle la verdad que no puedo serlo que él imagina que soy.
—Dime lo que piensas, hablame. —suena preocupado.
—La verdad es que yo no soy la chica de la que estás enamorado. —digo mirando nuestras manos entralazadas, no puedo verlo a la cara mientras le cuento la verdad. —Soy un fracaso. Volví a Willow Creek sin nada. No tengo un trabajo que complemente mis estudios, y aunque agradezco trabajar en el rancho y me encanta, de verdad no tengo nada. No tengo casa propia, mi carro es de segunda, no tengo un buen cuerpo, nadie me llama para un puesto en la ciudad y no tengo ni idea de qué voy a hacer el próximo año. No soy esa chica extraordinaria de la que tú estas enamorado, yo... yo no soy ella.—Trago saliva, sintiendo que cada palabra me desgarra. —Tú estás enamorado de una chica que no existe. De alguien increíble, de una mujer valiente… de una ficción. Yo no soy esa chica. Lo siento, Albert. No quiero romper tu corazón, pero es mejor que lo sepas ya. Es mejor si dejamos todo en claro antes de que pase mas tiempo y luego tú...— no puedo continuar el aire ya no llega amis pulmones,solo quiero llorar ahí mismo y si Albert decide irse creo que este es el momento.
Él se queda en silencio. Me suelta las manos y da un paso atrás. Casi puedo oír mi corazón cayéndose en pedazos. Pero entonces habla. Aún tengo la vista en el suelo no puedo mirarlo si se va.
—Caroline…—dice suavemente—Mirame, mirame por favor.
Levanto la mirada aunque tengo los ojos vidriosos de las lagrimas que aún no caen pero estan apunto de hacerlo.
—Tú no me enamoraste con un currículum. — continua aún vez que lo veo a la cara— No me enamoré de tu carro, ni de tu cuenta bancaria, ni de un cuerpo perfecto o una carrera exitosa. Desde el principio me enamoré de cómo cuidas a los animales, de cómo te ríes a carcajadas, de cómo miras el cielo como si te hablara. Me enamoré de la chica que defiende a los niños más temerosos, la que llora cuando extraña a su perrita, la que cocina con su madre y pelea por lo que cree justo. Esa eres tú. No eres una ficción. Eres la persona más real que he conocido en mi vida.
Me quedo muda. Con un nudo en la garganta. Una lágrima cae sin que la note, pero Albert la ve. Levanta la mano con ternura y la limpia con su pulgar. Deja su mano en mi mejilla y con su pulgar me acaricia el rostro.
—El que debería estar nervioso soy yo —dice con una sonrisa triste, encogiéndose de hombros—. No tengo mucho que ofrecer, la verdad.
—¿De qué hablas? Eres maravilloso. Eres leal, honesto, luchás por lo que es justo… Yo creo que eres fantástico.
Albert baja la mirada y suelta mi rostro. Su expresión cambia. Algo dentro de él parece quebrarse.
—No puedo tener hijos —dice en un susurro apenas audible.
—¿Qué? —preguntó, con la voz baja, como si el aire se hubiera congelado.
—No puedo tener hijos —repite, ahora más claro, aunque sin levantar la mirada.
Me quedo en silencio. No esperaba ese tipo de confesión. La habitación se siente de pronto más pequeña, como si el aire se hubiera vuelto denso.
—Albert…
—Cuando tenía siete años tuve un caso muy serio de paperas —comienza, con la voz tensa—. Mis padre se asusto muchísimo, penso que iba a morir. Fue uno de esos secretos que nadie cuenta en el pueblo. Recuerdo que me llevaron a doctores fuera de Willow Creek. Estuve muy mal, muy enfermo. Después de muchos tratamientos, logré sobrevivir, pero el médico fue claro: no podría tener hijos me dijo aun cuando era muy pequeño.
Hace una pausa larga, como buscando fuerzas.
—Pensé que con el tiempo no me importaría. Sobre todo cuando tú te fuiste de la ciudad... no me preocupé más por formar una familia. Para mí, tú siempre ibas a ser la mujer con la que me iba a casar —dice con una risa nerviosa—. Pero entonces conocí a Maggie. Era buena, me trataba bien, y nos queríamos. Estuvimos juntos tres años. Así que le propuse matrimonio y aceptó. Todo estaba listo, pero el sacerdote nos pidió que fuéramos completamente honestos el uno con el otro antes de casarnos.
Traga saliva. Sus ojos siguen evitando los míos.
—No es que yo le ocultara nada, no es algo que me avergüence. Solo... no estaba en mis planes ser papá ya lo habia asimilado por años. No lo estaba entonces, y no lo está ahora. Pero cuando Maggie supo que no podía tener hijos, todo cambió. Supongo que ese era su sueño. Nunca lo habíamos hablado tan profundo. Le supliqué que se quedara. Le dije que podíamos adoptar. que yo podria aceptar o que podriamos intentar invitro. Pero ella sabía que yo no quería, que no podía… y se fue.— Suspira, sacudiendo la cabeza.—Después de eso, fui a más médicos, intenté encontrar soluciones. Pensé que tal vez, algún día... tú… — por fin su mirada vuelve a la mia.
—¿Yo qué?— digocasi comoun susurro para que continue con su historia.
—Que en un mundo perfecto… tú me aceptarías así....—no quire decir lo que siente en verdad, veo como lucha para poder decir la palabra que puede que lo caracterize en su parecer— Incompleto.
Se me rompe el alma. Las palabras se me clavan como agujas. No puedo creer que él se sienta así. No puede ser que piense que no es suficiente por algo que nunca fue su culpa.
—Albert,—me acerco a él y tomo sus manos de nuevo— no digas eso. No fue tu culpa. No estás incompleto. No eres menos por eso.
—Pero si te quedas conmigo no puedo darte una familia.
—¿Y quién dice que quiero una familia tradicional? ¿Quién dice que eso me importa?
—Caroline… —susurra mi nombre como si no pudiera creer lo que acaba de oír.
—Estoy aquí, contigo, ahora. Y no me importa lo que no puedas darme. Porque lo que me das… ya lo es todo.
Albert se acerca. Me mira como si estuviera viendo algo sagrado, y entonces me besa. Es un beso cálido, profundo, lleno de ternura y dolor, pero también de amor. De aceptación. De verdad.
Yo me aferro a su camisa, como si necesitara sostenerme en algo para no desmoronarme. Creo que nunca había sentido tantas emociones juntas en tan poco tiempo.