Bajo el cielo de Willow Creek

Het
NC-17
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 88 páginas, 48.019 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

DOS SON UNO

Ajustes
Con cuidado, casi en silencio y de puntillas caminamos hacia mi cuarto. Por dicha está al otro extremo de la casa, lejos del dormitorio de mi madre. Estoy nerviosa como si fuera la primera vez que hacemos esto, pero siento que mucho a cambiado en ambos y me siento mucho mas cercana a Albert como si quisiera tenerlo más cerca, más mio. Así que me aferro a su mano con mucha mas fuerza.  Una vez arriba, cierro la puerta detrás de nosotros. Enciendo la luz de las lamparas de noche y el ambiente es mucho más acogedor mucho mas nuestro. Albert se queda de pie, quieto, en medio del cuarto, como si no supiera qué hacer. —¿Qué piensas hacer? —pregunta con una mezcla de nervios y deseo. —Creo que lo necesitamos más que nada ahora mismo.— digo junto a mi cama.  —¿Y tu mamá?—Albert parece buscar a mi madre en mi habitación.  —Mi mamá es peor que un tronco cuando duerme. Puede pasar un tornado encima y no se despierta. Además, es muy probable que crea que vamos a hacerlo... así que mejor hacerlo, ¿no crees? así al menos tiene razón. Albert suelta una carcajada suave. Por primera vez en horas, sonríe de verdad. Me acerco a él, lo abrazo y me pongo de puntillas, le susurro: —Quiero que me des lo que necesito... o voy a desfallecer —pongo una mano en la frente, dramática como una damicella en apuros. —Bueno, señorita, no pienso dejar que desfallezca —dice con una sonrisa amplia. Mientras sostiene mi cadera. Nos reímos. y nos miramos con una intensidad que puedo setirlo hasta las puntas de mis pies. Estar con Albert se siente tan natural, tan correcto, como si todo lo complicado del día se disipara en el calor de su presencia. —Pero... no tengo nada —murmura, bajando la mirada. —Yo sí —respondo mientras me separo de él, abro la mesita de noche y sacó una tira de preservativos. Albert me mira, confundido. Ahora mismo es él quien debe estar preguntandose por que tengo tantisimos. Así que le digo. —Los dejó Walter la última vez… —bromeo, imitando su tono del día anterior, pero apenas digo las palabras me doy cuenta de lo mal que suena, coo si el mismisio Walter los hubiera dejado aqui en mi cuarto—. ¡No, no! No quise decir eso... —sacudo las manos rápido, intentando explicarme—. Lo compré hoy en la mañana. Cuando fui al mercado. Pensé que... aunque estaba triste... quizás los necesitaría un día. Y quise hacer un chiste, pero salió horrible. Albert se ríe.  —Sí, fue un chiste pésimo.— dice con calma y cariño. —Lo sé —murmuro, sonrojada. —Ven para acá —dice, con esa voz baja que me enciende la piel. Me acerca y me besa, me da un beso largo, como si quisiera borrar el mal chiste y dejar solo su boca y la mía. Se aparta un poco para poder hablar. —Mi hermano no tiene ni puta idea de que lo mencionamos cada vez que tenemos sexo. No voy a poder volver a verlo igual —murmura entre risas. Vuelvo a besarlo, y esta vez él me tira a la cama con una sonrisa traviesa. Subiendo conmigo en la cama. Se vuelve a apartar un poco, para poder mirarme con calma. —Quiero volverte a probar —dice mientras se inclina sobre mí, besándome y desabrochando mi ropa con desesperación contenida. —Sí que eres un vicioso —susurro con una risa baja. —Un vicio que tengo desde los ocho años.—dice mientras me quita con cuidado la blusa. —Información perturbadora, la verdad. —Tú me haces volverme loco —dice, ya deslizándose por mi piel como si fuera territorio conocido. Cuando quedo completamente desnuda sobre la cama gracias a sus habiles manos y él sigue vestido, su boca va directo a mi sexo. Pero lo detengo, apoyando una mano en su hombro. Me incorporo sobre los antebrazos, mirándolo con una sonrisa atrevida. —No, señor. Estás vestido. Yo también quiero verte… y probarte.— digo un poco nerviosa pero intentando sonar lo más natural posible, siento mi corazón a mil por hora, como si se fuera a salir de mi pecho. —Pero… —empieza a decir. Me miracon unos ojos de cahorro perdido, como si lo hubieran dejado bajo la lluvia toda la noche.  —Nada de peros. Desvístete… o lo hago yo. Frunce el ceño, como si le hubiera quitado un dulce, y empieza a desvestirse lentamente. Cada prenda cae al suelo con una deliberación que me deja sin aire. No aparta la mirada de la mía ni por un segundo, y en ese silencio cargado, siento cómo la tensión se va apretando entre nosotros. Ver su cuerpo desnudo es todo un regalo para mi. Saber que por este instante me pertenece y yo le pertenezco me hace sentir viva, me hace olvidar cualquier tristeza, solo  quiero tenerlo, abrazarlo, besarlo y que ambos seamos uno, aunque sea por un momento.  Cuando queda completamente desnudo, levanta las cejas con una media sonrisa. —Lista. ¿Feliz? —Mucho. Pero ahora ven —digo mientras me acomodo en la cama, deslizando la sábana hacia un lado para dejar espacio—. Tengo planes para ti. Albert se sube con cuidado, pero antes de que pueda tomar el control, lo empujo con suavidad hacia el colchón. Dejando su espalda enderezada en el respaldo de la cama.  —Tú dijiste que no ibas a dejarme desfallecer… Ahora es mi turno. Me coloco encima de él, a horcajadas, y le planto un beso lento en la boca, uno que promete más de lo que entrega. Luego me deslizo por su cuello, su fuerte pecho, su abdomen marcado que me hace volverme loca, hasta quedar entre sus piernas. Siento cómo su miembro se tensa apenas lo rozó con los labios. Lo tomo con una mano y le sonrío desde abajo. —¿Así está bien? —pregunto en un susurro cargado de intención. —Está… increíble —responde con la voz más ronca que le he oído. Empiezo a darle sexo oral, lento, provocador, saboreándolo como si no hubiera prisa, como si fuera la única tarea importante del mundo. Albert gime y se arquea ligeramente, sus dedos se enredan en las sábanas, luego en mi cabello. — Caroline… voy a.— gruñe y hace que quiera más, quiero que pierda el control por mi, que yo sea la unica que pueda verlo asi.  Lo siento rendirse a cada movimiento de mi lengua, a cada gemido que escapa de mi garganta mientras lo tengo dentro de mi boca. Es grande y debo empujar pero quiero tenerlo todo, todo dentro de mi. Pero de pronto, me aparta con delicadeza, veo que su respiración está agitada pero hace el mayor esfuerzo para que yo le haga caso. Mi cara ahora está fruncida. Sus manos me guían con delicadeza hacia arriba, como si supiera exactamente lo que quiero antes de decirlo. —Quiero probarte también —murmura contra mi piel. Y sin pensarlo más, me acomoda sobre él, girándome para que quedemos en una posición íntima y explosiva: el uno sobre el otro, conectados, entregados. —Siéntate en mi cara, quiero todo tu peso en mi.—dice con voz ronca. Me toma totalmente desapercibida, he tenido sexo con varios chicos antes, no puedo decir que con muchos, pero si he estado con algunos y debo decir que nunca un hombre me había echo sentir tan segura y tan deseada como lo hace Albert.  Nunca alguien me había dicho esas cosas, con tanta seguridad y confianza. Me hace sentir deseada, poderosa y amada. Me hace darme cuenta que Albert está hecho para mi y yo para él.  Una vez sentada  sobre él, me coloco para seguir en mi tarea de darle placer a Albert. Él tambien se encarga de su trabajo y luego su lengua comienza a explorarme con una precisión que me hace estremecer y, entre gemidos y jadeos compartidos, cada uno se concentra en darle placer al otro. El mundo desaparece. No hay pasado, no hay dolor, solo esta sincronía salvaje, húmeda y deliciosa. Sus manos se aferran a mis caderas mientras me vuelve loca con la boca. Yo no puedo dejar de gemir, de moverme contra él, de devolverle el favor con cada caricia de mi lengua. Nos devoramos como si nos lo debiéramos desde siempre, como si el tiempo nos estuviera alcanzando y esto fuera un punto sin retorno. Los movimientos se vuelven más desesperados. Cada uno busca el límite del otro, con una mezcla de ternura y lujuria que me hace sentir viva de una forma que no recordaba. En esta posición, todo es más íntimo. Escucho sus gemidos vibrar en mi piel, lo siento estremecerse con cada movimiento de mi boca, igual que yo me derrito bajo el dominio de su lengua. —Albert… —susurró, temblando, aferrándome a las sábanas a sus muslos a lo que encuentro. Paro de darle placer, no puedo continuar si él sigue así. Me ederezco y quedó totalmente sentada en su cara pero él no se detiene, al contrario, intensifica cada caricia, cada succión, cada roce. Mi cuerpo se tensa, no puedo parar de gemir y en segundos me sacude una oleada eléctrica que me parte en dos. Gimo su nombre entre jadeos, completamente abierta, deshecha, temblando sobre su boca. Cuando al fin me suelta, me aparto para que se incorpore. Tiene una expresión de triunfo y ternura a la vez. Me cuesta recuperar el aliento, pero aún así sonrío. —No puedo ni moverme —le digo, medio riendo, medio exhausta. —Eso me gusta —murmura, sentándose enfrente de mí. —Pero yo aun no he terminado contigo —digo intentando respirar normal y un poco avergonzada ya que siento que no pude terminar mi tarea. —Yo tampoco.— me muestra una sonrisa de orgullo y emoción que me derrite por completo.  Lo direcciono para que quede sentado en la cama con la espalda pegando cabezal de nuevo, no me vooy a renddir tan facilmente, quiero que pierda el control quiero verlo caer ante mi, como él ya me ha visto varias veces, quiero saber que puedo hacerlo llegar al climax. Me vuelvo a sentar encima de él. Tomo su rostro entre mis manos y lo beso con deseo. —Déjame continuar— digo intentando respirar con normalidad, le hablo en modo de suplica me siento desesperada a este punto. Luego, sin aviso, me deslizo hasta su entrepierna, tomo su miembro de nuevo con firmeza y empiezo a besarlo, lamerlo, chuparlo y gemir en su piel. Quiero ver como se derrite ante mi. Él lanza un gruñido suave, arqueándose con el primer contacto de mi boca. —Caroline... —gime, cerrando los ojos, entregándose por un momento. Sigo, con lentitud y profundidad, saboreándolo, sintiendo cómo se tensa en mi boca. Sus manos se enredan en mi cabello, sus caderas tiemblan, pero justo cuando sé que está a punto de correrse, me aparta con suavidad, jadeando. —No. No, por favor. Quiero terminar dentro de ti —dice con voz grave, mirándome con los ojos cargados de deseo—. Quiero sentirte. —Pero... —susurro. —Por favor, —me interrumpe, se que le cuesta respirar — he estado pensando en esto todo el día. Déjame verte cuando te corres por mi. Vuelco los ojos, tengo las de perder con él, pero es que como le voy a decir que no ante esta petición. —Muy bien como quiera el señor. — digo con un poco de sarcasmo y volcando los ojos. Albert se aparta solo por un momento. Lo veo levantarse, buscar con manos temblorosas uno de los preservativos que dejé sobre la mesita. Rasga el envoltorio con cuidado y se lo pone con rapidez. —Bien hecho —le digo con una sonrisa traviesa. —Soy responsable, señorita. —Y sexy —añado, mordiéndome el labio. Vuelve a la cama me toma y me coloca debajo de él, se acomoda entre mis piernas. Me mira por última vez como si pidiera permiso, como si me confirmara que esto es real, y yo asiento, acariciando su rostro. —Hazlo. Se desliza dentro de mí con lentitud, llenándome por completo. Ambos jadeamos al contacto. Ya estoy más maleable, pero su tamaño aún me sorprende. Se detiene un segundo, apoyando la frente en la mía. —Eres perfecta,—jadea y respira por un segundo— toma lo que es tuyo, toma lo que te pertenece —susurra, y yo casi lloro de lo intenso que se siente todo. —Eres mío —respondo jadeando también. Y entonces nos movemos. Primero lento, como si quisiéramos memorizar cada segundo, y luego más rápido, más profundo, más urgente. Lo beso con hambre, con necesidad, y él me toma con fuerza, con cuidado, con amor. Lo beso, profundo y suave, mientras nuestros cuerpos se funden. Subo el ritmo un poco, y sus manos me guían, me sostienen, me piden más. Siento cómo su respiración se descontrola, cómo sus caderas se arquean para ir más hondo. Yo también estoy al límite. Cada roce, cada movimiento, cada mirada, me empuja más cerca del abismo. —Albert... —susurro contra su cuello, temblando. —Lo sé. Yo también —responde con un jadeo. Y juntos, como si fuéramos uno solo, nos dejamos ir. El clímax nos sacude con fuerza, como una ola que se quiebra en la orilla y lo arrastra todo. Queda tendido sobre mi pecho, sin aliento, siento todo el peso de Albert encima mio. Es increíble, es tan grande, tan completo, pongo mis manos en su espalda y la acarició con movimientos lentos, casi reverentes. Subiendo y bajando mis dedos por cada músculo. Nos quedamos así, en silencio, con los cuerpos aún entrelazados y el corazón latiendo tan fuerte que casi puedo escucharlo. —¿Estás bien? —pregunta, rompiendo el silencio con una dulzura que me hace sonreír. —Mejor que nunca. Albert me besa la frente y luego me envuelve con sus brazos, como si temiera que me fuera a desvanecer.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección