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Capítulo II Mi nombre es Anna, y lo último que recuerdo es el enorme campo de lirios blancos y el rostro del sanador. Creo que su nombre era Luco. Pero antes de él, mis memorias previas son borrosas. En ellas, hay un niño pequeño con pelo rubio cenizo y ojos avellana, que me mira preocupado mientras me da una infusión de hierbas rojas como la sangre. En ese momento me sentí ligeramente mareada y cansada. No comprendo el motivo, si se supone que el curandero me había dado de sus hierbas medicinales para sanar mi resfriado. Todo mundo decía que él era el mejor y que podía curar cualquier cosa. Yo simplemente me confié, dado que en ese lugar no había muchos galenos y la población en general recurría a los curanderos. Tuve la mala suerte de enfermarme justo cuando estaba visitando a mi abuela que vive en esa isla. No quise esperar el tiempo de reposo necesario para recuperarme, así que, como muchos otros, fui a la plaza central del pueblo. Ese día el sanador Luco estaba de visita, ofreciendo consultas gratuitas. Él tenía una presencia inquietante. No comprendo por qué los demás no lo notaban. Quizás porque siendo habitantes locales, no les daba desconfianza. Pero incluso a los extranjeros parecía no importarles ese halo misterioso que lo rodeaba, a pesar de su afable sonrisa. Todos lo adoraban como a un mesías. Ahora lo recuerdo un poco mejor, el chiquillo de pelo cenizo estaba a su lado, ayudándolo en sus consultas. Probablemente era su aprendiz y lo apoyaba facilitándole los frascos con hojas y flores extrañas. Aquel sanador era extraordinario, sólo le bastaba con dar una breve mirada al enfermo para saber qué tenía y cómo curarlo. Sin embargo, eso era para desconfiar. Ni los mejores médicos de Europa se manejaban con tanta soberbia. Pero, por extraño que parezca, el hombre curaba a todos los aquejados, sin importar cuales fuesen sus dolencias. Así se tratase de un dolor estomacal, una gangrena en la piel, o una simple gripe, únicamente bastaba con hacerlos oler, comer o beber aquellos llamativos lirios blancos. En menos de un minuto, se aliviaban por completo. Yo misma lo comprobé. A los pocos segundos, después de beber un extracto de sus milagrosas flores, mi resfriado desapareció, devolviéndome la salud. Y lo mismo sucedió con todos los que se acercaron a él para pedir su ayuda. No obstante, una hora después, el niño que acompañaba a Luco me visitó en la casa de mi abuela. —Señorita, por favor beba esta otra infusión, es para prevenir más molestias del resfriado… son órdenes de mi maestro— dijo en ese momento. Advertí la vacilación en sus palabras finales, el pequeño estaba diciendo una mentira. Pero no pude desconfiar, y menos cuando mi abuela me dijo que aceptara la bebida, que no tenía nada que temer, porque todos los sanadores de la isla sabían lo que hacían. Así que bebí el nuevo brebaje que me ofrecía. Ahora comprendo que dicha sustancia, extraída de alguna planta de corolas escarlata, era para intentar detener algún efecto de la medicina previa que Luco me había dado. La mirada preocupada del niño no la puedo olvidar. Él sabía lo que trataba de hacer, pero en ese momento no lo comprendí. Rato después, un fuerte dolor estomacal me desgarró, provocándome un intenso vómito, y la fiebre que siguió, me hizo caer en cama. Lamentablemente, hasta ese instante, es lo más nítido que puedo evocar. La noche llegó y vagamente me recuerdo acostada. Mi abuela dormía en otra habitación y afuera el viento nocturno soplaba… llamándome con insistencia. De pronto, me veo caminando hacia un campo de lirios blancos. Hay más personas, hombres y mujeres, en la misma dirección. No alcanzo a distinguir si estoy soñando o es la realidad. En medio del prado, se vislumbra un hombre vestido con una toga blanca de diseños azules y con largo cabello castaño. Sonríe tenebrosamente, al mismo tiempo que parece ir contando a los aldeanos que van llegando. Soy la última que se acerca a ese lugar. Y antes de entrar al campo y olvidar todo, alcanzo a distinguir detrás de unos árboles apartados, la silueta del chiquillo de ojos avellana. Está encaramado, en silencio, ocultándose y llorando. Es como si lamentase vernos caminar hacia los lirios blancos… hacia su maestro. Algo no estaba bien. El hombre me mira a detalle, me toma de la barbilla y hace que gire el rostro de un lado a otro. Parece que no está del todo convencido. —De nuevo la transformación se ha retrasado— murmura molesto. —Parece que debo aumentar la dosis, pero estos Espectros ya están casi listos. — Entonces, siento un mareo y luego un terrible ardor en todo el cuerpo. Mi vista se clava en las estrellas de la noche y después, todo se vuelve oscuridad. . . No sé qué sucedió después. No puedo recordar nada. Pero de lo que sí me percataba, era de las órdenes que me daban. No estaba consciente del todo, pero sabía que mi obediencia era absoluta. Barre y limpia allá. Entrega esto en las barracas de los Espectros. Prepara lo necesario para el baño de tal o cual persona. Ve a la Corte del Silencio y atiende las solicitudes de quien mora ahí. Únicamente sumisión, tareas simples y repetitivas a lo largo de todo el día. Y por las noches, dormir con otras como yo, en un sueño vacío y oscuro, sin la capacidad de razonar lo que sucedía. Calculo que mi inesperada esclavitud ha durado aproximadamente tres semanas, desde lo sucedido en el campo de lirios. Era completamente consciente del paso del tiempo, pero no podía hablar, cuestionar, opinar, ni decir algo más que unas cuantas palabras o un simple “sí señor”. Era como estar adormilada. Por extraño que parezca, cuando me “despabilé” de tan extraña situación, comprendí que una impronta había sido colocada en mi cabeza. Probablemente a consecuencia de los lirios blancos que el curandero me dio. Dicha impresión me dejaba en claro lo que era ahora: Un Espectro menor. Dónde me encontraba: En el inframundo. Lo que debía hacer: Obedecer cualquier orden de los Espectros de mayor rango o de la señorita Pandora. Y finalmente: Comprender que ahora formaba parte de las filas de Hades. Sin una explicación o justificación. Sin la posibilidad de razonar o de resistirme. Como un títere sin voluntad. Hasta que sucedió algo que empezó a cambiarlo todo. Los Espectros superiores, de imponentes y tenebrosas armaduras negras, murmuraban cosas sin prudencia alguna. No les preocupaba que alguien de bajo rango los escuchase soltar la lengua en los pasillos, las barracas o en sus zonas de vigilancia. —La Estrella Celeste de la Ascensión ha caído. — —Eso significa que ya no habrá más Espectros de servicio. — —¿Quién venció a Luco de Dríades?, era el único que sabía cómo usar los lirios del inframundo para transformar a los humanos. — —Eso ya no importa, el señor Hades ya tiene listo al resto de su ejército de Estrellas Malignas. — —Tienes razón, ya no se necesitan más sirvientes, además, los últimos que Luco creó, estaban presentando defectos y fue necesario deshacernos de ellos. — No podía entender del todo lo que hablaban aquellos sujetos, pero comprendí que, cuando mencionaban Espectros de servicio, se referían a los soldados rasos Skeleton y a nosotras, las monjas oscuras. Y es precisamente en ese instante, que la bruma de mi mente comenzó a despejarse. Porque yo era uno de aquellos Espectros defectuosos. Días atrás, ya había comenzado a tener sutiles destellos de lucidez, como si estuviera “recuperándome” de algo. Se trataba de la claridad mental que necesitaba para preguntarme qué estaba sucediendo. Pero luego de escuchar sus comentarios, el letargo en el que me encontraba terminó por dispersarse en su totalidad. Entonces fui consciente de que yo no estaba ahí por voluntad propia, y probablemente los demás soldados y monjas tampoco. Habíamos sido esclavizados por el sanador Luco, y luego entregados al infierno como la casta más baja al servicio del dios Hades. A partir de ese momento, decidí que buscaría la manera de salir de ahí. De escapar de tan extraño destino. . . Proseguí con mi rutina de obediencia, sin hablar con nadie. Al principio lo intenté con otras monjas oscuras, pero ellas no me contestaron más allá de un par de palabras sin sentido o monosílabos repetitivos. No tenían libre razonamiento, no podían expresarse como yo. En cambio, los soldados Skeleton, sí tenían más libertad de pensamiento. Pero se notaba que lo predominante en su cabeza, era la orden implantada de vigilancia y obediencia al rey del inframundo. Concluí que debía tener mucho cuidado. No quería que los otros Espectros se dieran cuenta de que algo no estaba bien conmigo. . . Un par de días después, se me ordenó ir a la Corte del Silencio y hacer aseo general. El Espectro Lune de Balrog era quien más tiempo pasaba ahí, pero en ese momento él no estaba, y creí que el sitio permanecía completamente solo. Me equivoqué. Limpiaba las escaleras exteriores de aquel insólito y enorme lugar, donde se juzga a los muertos. Mi monótona tarea se repetía una y otra vez al ir avanzando por los múltiples peldaños. Una vez que entré a la estancia principal, continué con mis labores de barrido en silencio por un rato más. Terminé con esa zona y de reojo giré el rostro hacia la escalinata que llevaba al lugar de trabajo del juez principal. La puerta del fondo parecía estar cerrada, era el almacén donde se recopilaban los registros de las almas juzgadas. Miré de un lado a otro, buscando a alguien, pero no había señales aparentes. Entonces avancé en mi recorrido, limpiando las escaleras por completo para finalmente llegar frente al escritorio. De repente, tuve la sensación de estar siendo observada. Giré despacio y de nuevo recorrí el área con la mirada. El velo que cubría mi cara me permitía distinguir todo, pero no encontré nada extraño. Quizás los nervios comenzaban a traicionarme. Proseguí con mi tarea, aseando la superficie del escritorio y luego el trono. Al concluir, decidí tomarme un momento, así que me senté en el último peldaño de las escalinatas. Dejé mis artilugios de trabajo a un lado y me arranqué la tela del rostro, buscando un poco de aire. Es difícil explicar lo que se siente ser un Espectro menor. No te cansas, pero eso no quiere decir que no necesites reposo. A final de cuentas, todavía somos humanos. Me tomo un par de minutos, en los cuales empiezo a distraerme mirando mis manos, pasando por la tela de mi extraña vestimenta, para luego desviarme hacia otro lado. Volteo despacio y los finos acabados del escritorio llaman demasiado mi atención. Me entretengo observando todos sus relieves, cuando de repente, percibo de nuevo la mirada sobre mí… y escucho el tintineo del metal. El corazón me brinca del susto y rápidamente me cubro la cara con el velo. Con lentitud me pongo de pie y recojo mi herramienta de trabajo, intentando disimular, como si solamente estuviese limpiando el piso. Dirijo la mirada hacia la parte posterior, las enormes puertas están abiertas y el sonido proviene de los pasos del juez. Minos de Grifo. El imponente Espectro sale caminando con parsimoniosa calma. Sus ojos están posados sobre mí y su expresión parece demostrar cierta curiosidad. No porta el casco de su armadura, permitiendo que pueda ver la expresión completa de su rostro, enmarcado por su largo cabello plateado. No deja de observarme mientras cierra las puertas detrás de él. Trago con dificultad, temiendo que pudiese haberse dado cuenta de mi “raro” comportamiento. Me inclino hacia él, saludándolo con una reverencia. —¿Qué estás haciendo? — pregunta indiferente. Sin levantar el rostro, contesto con unas cuantas palabras. —Aseo general, mi señor. — Puedo sentir su mirada insistente, está evaluándome. Yo contengo la respiración y me resisto a levantar la cara, esperando a que me dé una orden, la cual me permitirá marcharme o me indicará si requiere algo más. El Grifo libera un suspiro de aburrimiento y empieza a caminar hacia el pasadizo en el muro que lleva a los pasillos posteriores. Quiero creer que le ha resultado indiferente verme ahí, así como en otras ocasiones que he venido para realizar la limpieza, sola o acompañada por otras monjas. —Retírate— lo escucho pronunciar antes de desaparecer detrás de la pared de piedra. Mi corazón vuelve a latir. Eso fue una estupidez, un descuido que no debe repetirse. . . Al día siguiente, vuelvo a recibir la orden de ir al Tribunal del Silencio, acompañada por otras monjas oscuras. Las instrucciones son recoger el desastre del juez interino. Lune de Balrog no es muy paciente cuando los muertos hacen demasiado ruido, y su látigo de fuego siempre deja muchos restos sangrientos. Tenemos que hacer el trabajo sucio. Si no fuese por la impronta de saber lo que soy ahora, probablemente ya habría enloquecido de ver cosas tan siniestras en el inframundo. Al paso de los días, uno se acostumbra y luego resulta indiferente después de un tiempo. Pero eso no quita que la piel se me erice cada vez que veo demostraciones del poder de los Espectros más fuertes. El trabajo se desempeña en silencio, nosotras en las escaleras y Lune sentado en el trono, hojeando los libros de los muertos. Rato después, cuando casi hemos terminado, la puerta principal del edificio se abre, y yo siento un escalofrío al escuchar el sonido metálico de su armadura. El Grifo ha llegado. Nos apresuramos a saludar con una reverencia, mientras el juez camina indiferente hacia su lugar, sin prestarnos la más mínima atención. —Es suficiente, retírense ya— ordena Lune, poniéndose de pie. Obedecemos de inmediato, encaminándonos a la salida. —Oye tú, la última— llama de repente. La suerte no está de mi lado, soy a la que escoge. —La puerta del exterior necesita limpieza, así que encárgate. — —Sí señor— contesto con solemnidad y me apresuro a salir. . . He terminado el trabajo, la puerta luce mucho mejor. Me dispongo a recoger mis herramientas, cuando escucho que alguien sale. El juez interino ya se retira, concentrado en su libro, sin prestar atención a nada más. Baja los escalones y se aleja por el sendero de piedra. Yo libero un pequeño suspiro de alivio, decidiendo que es hora de irme también. Sin voltear atrás, inicio el camino de regreso. Quizás ese fue mi error, no haberme asegurado de que el Grifo estuviese en el interior del edificio. El inframundo tiene colores extraños que no se comparan con el sol, pero la tonalidad rojiza del “cielo” es suficiente para recorrer el sendero sin tropezar. Sigo andando con pasos rápidos y me alejo hasta llegar a una colina árida. Decido parar sólo un momento. No sé por qué me siento tan nerviosa. Quizás porque de nuevo aquella sensación me invade, la de que alguien está observándome desde hace unos momentos. Intento no hacer algo extraño y busco un sitio para sentarme, necesito ordenar mis pensamientos. Me quito la cubierta del cabello en un sólo movimiento sin importarme demasiado, pues el lugar está desierto. El velo también se retrae y me permite sentir el ambiente extrañamente sereno. Tomo asiento en el borde de una roca plana y cierro los ojos por unos segundos, añorando encontrar la manera de escapar de éste lugar. Inhalo y exhalo despacio, intentando calmar mi aprensión, pero ésta no desaparece. Y ahí está de nuevo, esa mirada intensa sobre mí, que me hace sentir como una presa ante un depredador. No quiero voltear, porque el gesto de miedo en mi rostro podría delatarme. Sin embargo, ya es demasiado tarde. Los pasos del Grifo son inconfundibles, acompañados por el sonido de sus alas metálicas que se balancean curiosamente mientras anda. Mi cuerpo se paraliza por completo y me quedo estupefacta. Él está detrás de mí, observándome y sonriendo de forma extraña. No necesito verlo para saberlo, ya que puedo sentirlo en mi nuca, aquel escalofrío que se arrastra por mi espalda. —¿Qué haces aquí? — pregunta con voz neutral. La respiración se me atora en la garganta y la saliva no pasa. Mi primera reacción es levantarme precipitadamente, pero el miedo me mantiene quieta. No te muevas. No respondas. No lo hagas. No hables de más. Con lentitud y torpeza, me levanto de la roca, bajando la cabeza de inmediato, permitiendo que el largo de mi cabello me cubra el rostro. Giro hacia él y hago otra pronunciada reverencia, mientras intento buscar la respuesta correcta. —Mi señor— murmuro despacio. —Nada mi señor— me inclino un poco más y recojo mi velo completo. Mis movimientos son lentos y precavidos, con el único objetivo de no llamar su atención. Coloco la tela encima de mi cabeza y bajo la redecilla sobre mi cara. Por fin puedo tragar saliva, pero me quedo en silencio, irguiéndome sólo un poco. El juez sigue mirándome, pero ahora sus ojos violáceos tienen un brillo suspicaz. Él no debería estar aquí, siguiéndome los pasos y preguntándome algo tan trivial. Lo sé, y es por eso que empiezo a temblar. No dice nada, únicamente sonríe y eso me asusta incluso más. Quiero correr, pero eso sería fatal. Así que vuelvo a inclinarme con sumisión, para luego tomar mis herramientas y comenzar a retroceder hacia el camino de las barracas, sin darle la espalda. Los ojos del Espectro siguen sobre mí y sus labios se han torcido en una mueca ladina. —Dime tu nombre. — Me sobresalto visiblemente al escucharlo y los nervios terminan por traicionarme, ocasionando que una respuesta involuntaria escape de mis labios. —Anna… — contesto casi en un susurro. El Grifo alza las cejas y en su cara se refleja una ligera sorpresa. Su sonrisa se amplía todavía más y casi puedo escucharlo emitir una risita siniestra. No dice nada más, simplemente gira sobre sus talones y se marcha de regreso a la Corte del Silencio. Tengo el corazón en la garganta. La reacción del juez ha sido muy inquietante para mí. Y es en ese preciso instante que lo comprendo, algo ha cambiado. Los Espectros de bajo rango nunca responden a un nombre, y mucho menos dan el que llevaron como humanos… porque lo han olvidado. Estoy condenada.***
Continuará… Gracias por leer mis locuras.