Anna y el Grifo

Het
NC-21
En progreso
2
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planificada Maxi, escritos 125 páginas, 52.181 palabras, 10 capítulos
Descripción:
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Capítulo III

Ajustes
Buenas noches: Tercer capítulo listo, es un poco más largo porque originalmente estaba dividido en dos. Pero como no deseo alargar las actualizaciones, decidí juntarlos para reducir la cantidad. Aquí nuevamente me tomo la libertad de usar algunos diálogos del especial “La Marioneta y el Rey” para esta parte de la historia. Sólo que no son fieles, pues algunas palabras fueron cambiadas u omitidas, por conveniencia de la narración. De preferencia, tengan a la mano el especial y los capítulos del anime donde sale Minos, dado que tomo referencias del entorno de los personajes y de las expresiones del juez. Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso.

***

Capítulo III Han pasado tres días desde mi descuido, y aún sigo con vida. Nadie se ha percatado de que una monja oscura con defectos de creación anda caminando de un lado a otro por el inframundo. Nadie, excepto el juez Minos. Sin embargo, el Grifo no ha dicho nada, de lo contrario, ya me habrían ejecutado. Quisiera creer que no se ha percatado de mi libre albedrío. Pero sería un error pensar eso, y más cuando le dije mi nombre con suma claridad. Únicamente algunos de los soldados Skeleton pueden responder a un alias. En cambio, las monjas oscuras, no. Suficiente motivo para andar nerviosa todo el tiempo. Mis tareas de servidumbre continúan como si nada, no es difícil fingir ante los demás. Y dado que no me han llamado para trabajar en el castillo de la señorita Pandora, mis posibilidades de buscar una salida se ven muy reducidas. Cualquier intento que haga para investigar alguna alternativa, podría verse sospechoso a los ojos de las Estrellas Malignas, que siempre andan de un lado a otro, vigilando y esperando. Ahora más que nunca quisiera encontrar la manera de huir, porque el movimiento en el inframundo comienza a ser estresante. Las almas de los muertos van en aumento y los Espectros de alto rango empiezan a inquietarse en busca de sangre. Pero el dios Hades todavía no ha dado la orden para la guerra, quizás esperando el momento oportuno. Y para empeorar mis circunstancias, un evento desafortunado ha provocado que todo cambie, dando paso a que mis temores se vuelvan realidad. Lune de Balrog ha solicitado que se asigne un grupo permanente de servicio para el Tribunal del Silencio. Quizás los cadáveres se han apilado más de lo normal, o simplemente, es un capricho del juez interino. No lo sé, y no tendría importancia alguna para mí, si no fuera porque también he sido elegida para ir. Eso es tener mala suerte. … Tan pronto llegamos las cinco monjas designadas, Minos de Grifo es quien nos recibe. El juez parece indiferente a nuestra presencia, así que solamente nos asigna a las diferentes áreas del enorme lugar. Dos son enviadas al ala Oriente, y las otras dos, a la Occidental. A mí me toca la zona del centro, el área del tribunal donde se juzga a los muertos. El sitio donde el Grifo suele estar. Maldigo para mis adentros, pero no puedo protestar. Así que sólo me queda rezar para que sea el Espectro Lune el que se quede la mayor parte del tiempo a vigilar. No me importa si tengo que recoger todos los restos que su látigo de fuego deja. Al menos sé que con él, no sentiré ese macabro escalofrío en mi nuca. . . Han pasado dos días sin señales del Grifo. Lamentablemente, eso cambia a la tercera noche. Me encontraba puliendo las enormes puertas del archivo cuando, sin querer, una de las hojas de madera cedió ante mi empuje. Los nervios me invadieron, no era correcto que yo me acercara a ese lugar, y menos si no estaba presente alguno de los jueces. Pero la curiosidad fue más fuerte que mi recelo. Me acerqué sólo un poco, y a través de la hendidura, pude ver los altos estantes que iban del piso al techo sin fin. Todos repletos de libros blancos, grises y negros, pulcramente ordenados. Por un segundo me pregunté si mis pecados podrían estar escritos en alguna de esas hojas. Sin embargo, eso no era posible, porque yo aún no moría. —Vaya, vaya, ¿Qué tenemos aquí? — la voz del juez hizo que el corazón se me contrajera. —¿Lune te dijo que limpiaras el interior? — De inmediato me alejé de la puerta e hice una reverencia, intentando no temblar demasiado. El Espectro permanecía cerca de su escritorio. No escuché su llegada ni sus pasos. Quizás sus enormes alas no eran sólo un adorno, y cual ave de presa, se deslizó por el aire para atraparme. —Sí… mi señor. — Desconozco porqué dije esa mentira, pero pude notar que el Grifo volvía a sonreír con malicia. Él estaba razonando mi respuesta, complaciéndose de ella. Quizás supo que eran falsas mis palabras. —Bien, entonces hazlo, pero no toques ningún libro— advirtió, para después desviarse al pasadizo de piedra y desaparecer en los pasillos traseros. La sensación de condena cae una vez más sobre mí. Pero en ese momento, no soy capaz de darme cuenta de cuál fue el motivo para ello. Suspiro lentamente y continúo con mi trabajo. No entro a donde están almacenados los libros. Prefiero no arriesgarme, así que, desde la puerta, limpio sólo hasta donde alcanzo. Luego cierro y me alejo. . . El Grifo ha regresado. Me encontraba terminando de barrer la estancia inferior cuando escuché, ahora sí, el tintineo de su armadura. Levanté la vista un poco para verlo, iba saliendo del pasadizo en el muro, sosteniendo un envoltorio oscuro entre sus manos. Seguí con mi tarea disimuladamente, tratando de acercarme a la puerta del exterior para escabullirme con rapidez. —Anna, ven aquí. — Me ha llamado por mi nombre. Un espasmo me atenaza el estómago bruscamente, mientras aprieto con nervios el palo de la escoba. No sé qué hacer ante su petición. Él no debería ni siquiera dirigirme la palabra, y mucho menos, pronunciar mi nombre. De nuevo alzo el rostro para mirarlo, está de pie junto a su escritorio. Su expresión es seria, observándome fijamente, evaluando mi comportamiento de respuesta. No tengo alternativa, debo obedecer y fingir demencia. O quizás deba rezar para que no me ejecute dolorosamente. Subo los peldaños a paso normal, mientras la respiración se me hace lenta. La tela reticulada sobre mi cara me impide respirar bien, pero intento hacer mi mejor esfuerzo para mantenerme serena. El Grifo sonríe sutilmente, mientras retrocede un par de pasos y toma asiento en su trono. Sus alas negras se mecen y acomodan en su espalda de una manera que no alcanzo a comprender. Hacen sonidos metálicos, pero su adaptabilidad a la postura de su dueño, es por demás sobrenatural. Trago saliva despacio, no debo concentrarme en esos detalles tan extraños. —Ordene, mi señor— me quedo quieta frente a su escritorio. El juez amplía su inquietante sonrisa y extiende el envoltorio hacia mí. Es pequeño, y la tela negra se asemeja al terciopelo. —Tómalo— solicita con un tono de voz ansioso. —Quiero verte jugar. — Al principio no entiendo sus palabras, pero puedo notar que su mirada violácea se ha vuelto más intensa en su escrutinio hacia mí. El Grifo está valorándome, como si fuera una mascota a la que desea comprar, pero antes quiere ver los trucos que puede hacer. No sé por qué pienso eso, pero es lo que me hace sentir. Con una mano levanto el envoltorio, y con la otra, empiezo a desdoblar las esquinas. Mi expresión es de sorpresa al descubrir una pequeña marioneta blanca. No puedo identificar el material del que está hecha, pero sí logro distinguir todas las articulaciones que tiene, incluyendo las dos cruces que controlan sus hilos. ¿Marioneta? ¿Hilos? Trago de nuevo con fuerza y mi recelo sigue creciendo. Algo no está bien, pero desconozco qué es. ¿Por qué me dio éste títere?, ¿Por qué quiere verme jugar con él? No lo comprendería hasta muy tarde, ya que precisamente hacer eso, aceptar el juguete, fue mi gran error. Coloco la tela sobre el escritorio mientras sostengo una de las cruces, de lo que parece ser, madera tallada. Levanto la segunda y comienzo a mover los hilos, siguiendo un impulso de curiosidad infantil por ver cómo funciona. La pequeña figura humana alza los brazos y luego las piernas. Su torso oscila erráticamente y la cabeza va de un lado a otro. Jamás tuve un juguete de éste tipo, así que mi destreza es nula. El Grifo libera una risita complacida que me hace detenerme y regresar bruscamente a la realidad. —Sigue practicando— ordena, para luego ponerse de pie y caminar hacia mí. El corazón se me detiene al tenerlo tan cerca. Su altura es impresionante y su porte demasiado soberbio. Me siento tan pequeña a su lado, que casi temo desmayarme en cualquier momento. Los ojos del juez tienen un brillo macabro y su sonrisa continúa inquietándome. Entonces lo noto, su mano derecha se ha aproximado a mi rostro cubierto. Me toma de la barbilla y me hace levantar la cara para mirarlo. Yo puedo verlo perfectamente, pero él no logra distinguir mi expresión aterrada gracias al velo. —De ahora en adelante, quiero verte jugar con la marioneta— su gesto se torna serio y su mirada se clava con insistencia, recalcando su extraña orden. —¿Entendiste, Anna? — Me sobresalto un poco más y temo que él lo pueda notar. Mi respuesta es mecánica y pausada. —S-Sí… mi… señor. — El Grifo me libera y se aparta, para luego empezar a descender por las escaleras. Lo sigo con la mirada hasta que llega a la enorme puerta y desaparece tras ella. Me quedo temblando incluso después de que se ha marchado. . . Se rumorea que el dios Hades ha comenzado a mover las piezas de su juego, iniciando con la destrucción de su antiguo pueblo. De igual forma, los Espectros han empezado a visitar el mundo de los vivos, enviados por el rey del inframundo para que pregonen su palabra de muerte. Pero no todos asisten, no todos quieren obedecer. El marionetista es uno de ellos. Minos de Grifo parece molesto. Los archivos de los muertos se han incrementado abruptamente y eso representa más trabajo para él. Por esto mismo, su presencia en la Corte del Silencio ha sido constante. Lo que significa un aumento de tensión para mí, dejándome sin más opción que continuar disimulando. Sin embargo, la situación es por demás extraña. Hace dos días que me dio el títere, y a cada rato me llama para que me siente a su lado y lo entretenga con mi jugueteo. Desconozco qué es lo que le divierte, pero al parecer, disfruta verme manipular la pequeña marioneta mientras desempeña su trabajo. Solamente lo hace cuando el juez Lune no se encuentra y las otras monjas oscuras están concentradas en sus labores. Quizás no tiene la intención de exponerme ante los demás Espectros. Pero no sé si eso es bueno o malo. Las almas de los muertos desfilan constantemente y el juez las sentencia con crueldad. En los momentos libres, toma un respiro y hace sus anotaciones en los grandes libros, mientras me observa de reojo. Yo permanezco sentada en el suelo, cerca de él, moviendo las cruces, tensando los hilos, intentando controlar las extremidades del juguete. Ignoro por completo cómo se maneja el Grifo ante los demás. Pero en estos dos días, he notado que no es tan silencioso como yo creía. Su indiferencia para con las otras monjas permanece invariable, pero a mí, me ha dedicado más atención de la que yo quisiera. Eso no puede ser buena señal. —Hazlo despacio, no tenses tanto las cuerdas— dijo la primera vez que me llamó a su lado. —Primero practica controlando los brazos, luego las piernas— sus explicaciones, aunque esporádicas, continuaron al otro día. —Ahora haz que camine, haz que se siente, y vuelve a empezar. — Seguí obedeciendo, manipulando el títere una y otra vez, asintiendo siempre a sus palabras. Aquel extraño escenario me tenía desconcertada porque, sin proponérmelo, poco a poco mejoré mi control sobre el juguete. Y eso, parecía satisfacerlo demasiado. . . Al tercer día, sucedió algo inesperado que terminó por condenarme. El Grifo de nuevo me llamó para sentarme a su lado, como la mascota que debe obedecer cada vez que se le antojase. Ni siquiera le importó que mis deberes de aseo quedasen incompletos. —Diviérteme Anna— solicita con indiferencia. Se sienta en su trono, cruza una pierna sobre la otra y abre su libro en alguna página. Yo solamente suspiro con resignación, mientras desenredo los hilos del títere, que ahora debo cargar todo el tiempo y a todas horas conmigo. Me aproximo despacio y dudo por un instante al ver sus enormes alas semi desplegadas a su alrededor. Son atemorizantes y parecen moverse por voluntad propia. El juez nota mi pausa y me dirige una sonrisa socarrona. —Siéntate— ordena, al mismo tiempo que su ala izquierda se retrae un poco para darme espacio. Sostengo la respiración y me acerco, arrodillándome en el suelo, notando que las plumas finales me rodean disimuladamente. No quiero delatarme, así que intento no prestar atención y comienzo a jugar con la pequeña figura humana, haciéndola bailar a un ritmo gracioso para distraerme de mi propio temor. —Bien, has mejorado bastante. — Yo sólo confirmo con el movimiento de mi cabeza y continúo manipulando los hilos. Pasan los minutos y de reojo puedo ver que el juez está leyendo y anotando algo con su pluma entintada. Por un breve instante me relajo, distrayéndome con la marioneta. Mi concentración se queda fija en lo que hago, al grado de perderme por un rato. Entonces lo consigo. El títere ejecuta una simpática danza, con movimientos fluidos y muy pocos errores de coordinación. Sonrío encantada sin comprender la razón. No obstante, mi mueca desaparece súbitamente cuando siento el escalofrío bajando por mi nuca y espalda. De reojo puedo notar que el Grifo está observándome con sus intensos ojos violetas. Su mirada es tan penetrante, que casi puedo asegurar que mi desempeño con la marioneta lo satisface de una manera muy retorcida. Mi inquietud aumenta y los nervios terminan por traicionarme una vez más. No logro controlar mi reacción y las palabras se me escapan de la boca sin control. —Mire señor Minos… lo hago bien, ¿Verdad? — Todavía me pregunto por qué diablos dije eso. De soslayo alcanzo a percibir su blanca sonrisa y una inquietante expresión deformando su rostro. Es como si él hubiera estado esperando éste momento. Un nuevo estremecimiento me hace intuir un peligro que todavía no soy capaz de discernir. Pero eso no evita que vuelva a hablar. —¿Cree que… sea capaz de convertirme en su ayudante, señor Minos? — Quisiera haberme mordido la lengua antes de decir semejantes palabras. Mi reacción solamente puedo atribuirla al recelo que me provoca su contemplación depredadora. Sin embargo, ya es demasiado tarde. El Espectro no deja de observarme mientras coloca la pluma en el tintero, para luego dirigir su mano hacia mí. —Hmm, eso requiere que lo piense, Anna. — Su palma se posa despacio sobre mi mejilla. Puedo sentir el ligero calor que emana, parcialmente atenuado por el guantelete de su armadura. Es la segunda vez que me toca, y quedo completamente petrificada al notar el sutil roce de sus dedos sobre el delgado velo. No hace nada más, pero aquella simple caricia insinúa otra intención, y eso es suficiente para inquietarme. —Los muertos que yo manejo son violentos— dice con lentitud, sin apartar su mano. —¿Crees que puedas controlarlos? — Trago con dificultad y claramente siento que algo vibra en el aire. Delgadas hebras semitransparentes danzan alrededor. El Grifo está haciendo una demostración de poder, y soy incapaz de distinguir si lo hace por diversión, debido a mis comentarios, o tal vez con el propósito de intimidarme. Con su mano me hace voltear la cara para mirarlo, encontrándome con la expresión que ya presentía decoraba su rostro: Una sonrisa perversa, con sus ojos clavados en mí. Él no puede ver el temor en mis pupilas, pero vislumbro su intención de querer arrancar la tela para comprobarlo. Súbitamente, su mueca se deforma en una de seriedad total, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose bruscamente, resuena por todo el lugar. El juez rechina los dientes en un gesto de furia. Retira su mano de mi mejilla y sus alas negras se abren para dejarme el paso libre. Comienza a ponerse de pie, y yo hago lo mismo de inmediato. —Por ejemplo… — masculla, mientras mueve los dedos, provocando que los hilos desplegados se dirijan hacia una dirección. No puedo dejar de mirarlo. Su breve enojo ha sido sustituido por una expresión cruel, lo que significa una sentencia de muerte para el pobre soldado Skeleton que entró a la estancia gritando. Extrañas tonalidades violáceas emanan de las infernales hebras cuando enredan a su desafortunada presa. Retrocedo algunos pasos, asustada y atónita, mirando cómo el Espectro de bajo rango implora por su vida. A Minos de Grifo tampoco le gusta el ruido excesivo, y probablemente, tampoco le agrada que interrumpan su diversión. El crujido de los huesos es perturbador, pero lo es más la sádica sonrisa en su rostro. Exhala sereno después de que el cuerpo inerte y deformado del soldado se estrella contra los escalones. Su atención se enfoca en la entrada principal, alguien más ha llegado. Entonces me mira de nuevo para darme otra orden. —Bueno, Anna, tengo cosas que hacer, por hoy es suficiente, vuelve en un rato más. — Tengo pausada la respiración, pero, aun así, consigo hacer una reverencia y contestar. —A sus órdenes… señor Minos. — Me doy la media vuelta, y sin soltar la pequeña marioneta, me alejo hacia el pasadizo en el muro. Éste se abre con facilidad para dejarme pasar a los corredores posteriores. Todavía siento su mirada siguiéndome a cada paso, y no es hasta que la pared se cierra, que por fin me siento libre de volver a respirar. No pude ver quién llegó, pero le agradezco la interrupción. . . Me alejo lo suficiente hacia el ala Oeste. Las monjas designadas a ese sitio continúan barriendo y limpiando como si ninguna otra cosa importara. No hay nadie más en el enorme edificio y el juez interino no ha venido para nada. Probablemente se encuentra en alguna misión. Quiero tomarme un respiro para poder pensar, así que llego al salón de termas y me acerco a la pequeña fuente de agua que se encuentra incrustada en la esquina más cercana a la entrada. Las cabezas de cerbero, talladas en fino mármol blanco, parecen burlarse al mismo tiempo que vomitan el frío líquido. A pesar de ser el inframundo, los edificios que ocupan los Espectros no carecen de comodidades. Me quito el velo y la cubierta, sacudiendo mi cabello en el aire. Todavía estoy temblando y tengo la sensación de que algo malo va a suceder. Levanto la marioneta frente a mí y la observo con aprensión. Algo no está bien. El juguete no tiene rostro, pero es como si pudiera verme y decirme: “Cometiste un error al aceptarme”. Suspiro cansadamente y dejo el títere sobre la tela, en el borde de la fuente. Con ambas manos recojo un poco de agua y la llevo a mi cara para refrescarme. Respiro despacio, tratando de calmarme. —¿Cómo podría salir de aquí? — me pregunto en voz baja. —Los otros Espectros pueden ir al exterior cuando son llamados por la señorita Pandora. Pero no creo poder acercarme de nuevo al castillo si no tengo un motivo. — Maldigo haber sido elegida para trabajar en el Tribunal del Silencio. Sin embargo, no tengo tiempo para seguir divagando, porque en ese momento, la puerta del salón se abre y el Grifo entra caminando despacio. Me quedo petrificada y el corazón me da un vuelco espantosamente doloroso. No alcanzo a comprender cómo supo dónde estaba. Me ha atrapado en completo descuido y ya no puedo hacer absolutamente nada. Volteo a mirarlo con la estupefacción deformando mi rostro, al mismo tiempo que el pánico me revuelve el estómago. El juez voltea hacia la esquina y sus ojos se encuentran con los míos. Alza las cejas despacio en un gesto de sorpresa, al mismo tiempo que sus labios dibujan una malévola sonrisa. Sus ojos viajan a lo largo de mi rostro, descienden por mi cabello y luego se arrastran sobre el resto de mi cuerpo. No necesito interpretar aquella mirada, todos los hombres la tienen cuando encuentran algo que ha llamado demasiado su atención. Él empieza a caminar en mi dirección, y con cada paso que da, el sonido metálico de su Sapuri me eriza toda la piel. Me quedo inmóvil y no puedo dejar de mirar sus iris violáceos, así como la expresión lobuna de su rostro. Me siento como un ciervo paralizado por el miedo. —Anna… — su voz tiene un matiz afilado. —Te dije que regresaras, ¿Por qué no has obedecido? — Se detiene ante mí y lo único que puedo hacer es temblar atemorizada. Sus enormes alas se mueven de forma inquietante en su espalda, desplegando los bordes finales hacia el frente para rodearme e impedir cualquier escape. Estoy acorralada contra la fuente, tengo la garganta seca, y siento que en cualquier momento romperé a llorar. ¡No quiero morir! Sin embargo, el Grifo se queda quieto. Me mira detenidamente, percibiendo el miedo y todas las expresiones que se forman en mi rostro descubierto. —Háblame Anna— su mano derecha se acerca y toma mi mentón, inmovilizándome. —S-Señor… M-Minos… — susurro en un hilo de voz. —A… sus… órdenes… — El juez entorna la mirada y por un segundo parece molestarse con mi respuesta. Su mano se desliza hacia mi cuello y sus dedos se cierran sobre mi pulso descontrolado. Una sacudida brutal araña mi espalda al creer que, en ese preciso instante, me asesinará. Y eso hubiera sido lo mejor, y no lo que sucedió después. —Deja de fingir mujer— su rostro se acerca intimidante y su voz se vuelve más afilada. —No eres una monja común sin voluntad— sonríe de forma inquietante. —Me has dado suficientes pruebas para confirmarlo, ¿Quieres saber cómo lo sé? — Él no me lastima con su agarre, pero claramente percibo que está disfrutando mi aterrada reacción. Me tiemblan los labios, tengo la mirada cristalizada, la respiración alterada, y el rostro completamente lívido. No puedo darle una respuesta, pero sé que tampoco la espera, dado que continúa hablando. —Los Espectros de bajo rango no recuerdan su nombre. Pero tú sí puedes, Anna. — La convulsión en mi estómago empeora. —No pueden mentir, porque ya no tienen la capacidad para hacerlo. Pero tú confirmaste que Lune te mandó a limpiar el archivo de libros, pequeña mentirosa. — Su expresión es burlona, haciéndome comprender que yo misma me delaté sin darme cuenta. —Por último, no pueden jugar con una marioneta, porque su mente está completamente anulada. No son capaces de reconocer un juguete— su otra mano se desliza y toma el títere para luego acercarlo a mí. —Pero tú sí puedes hacerlo, y lo mejor de todo, es que has aprendido a controlarla y divertirme. — Una trampa. Todo fue una trampa para que el Grifo pudiera confirmar mi condición. Ahora su sonrisa blanca es espeluznante, sus pupilas están completamente dilatadas, y su intención es demasiado clara: Él no tiene planeado asesinarme. Su atención sigue sobre mí. No ha liberado el agarre sobre mi cuello, pero sé que no tiene el deseo de lastimarme. Por ahora. Sus ojos violetas recorren mis facciones una y otra vez. Su mano suelta la marioneta para luego dirigirse a mi cabello y tomarlo en pequeños mechones que acaricia con cierta curiosidad. Soy incapaz de hacer algo más que parpadear. No quiero ni siquiera respirar, pero es inevitable que el corazón me retumbe frenético en el pecho, al grado de pensar que él lo puede escuchar. —Entonces, Anna— vuelve a hablar. —¿No dirás nada al respecto? — Mis labios tiemblan y no puedo pronunciar ningún sonido. El juez continúa sonriendo de forma inquietante, a la vez que retira despacio su mano de mi garganta, para luego sujetar más de mi cabello y llevarlo a su nariz. Aspira profundo, deleitándose con su aroma. Es como un animal olfateando lo que le excita. —Eres una de las últimas monjas oscuras que creó Luco de Dríades— su rostro adquiere una expresión seria de repente. —Pero es probable que algo fallara en tu transformación completa, por eso recuperaste tu libre albedrío— suelta mi cabello, al mismo tiempo que se aparta de mí. —Me sorprende que no te descubrieran los demás Espectros y se deshicieran de ti. — Empieza a caminar rumbo a la salida, pero antes de irse, me sentencia. —No te delataré, pero… — su mirada destila malicia. —De ahora en adelante, serás mi sierva personal, a menos que tengas algo que decir acerca de eso. — Su amenaza es clara, o le sirvo, o me entrega para que me asesinen. Mis piernas no pueden sostenerme por más tiempo y caigo de rodillas al suelo. Agacho el rostro y confirmo con un débil susurro. —C-Como… usted… ordene… — El sonido de la puerta cerrándose anuncia que me encuentro sola nuevamente.

***

Continuará… ¿Qué les pareció?, por favor déjenme saber sus comentarios, eso me ayuda mucho. En el próximo capítulo comienza el Lemon.
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