Anna y el Grifo

Het
NC-21
En progreso
2
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 125 páginas, 52.181 palabras, 10 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo IV

Ajustes
Hola a todos: Aquí está el 4to capítulo y debo advertirles: Hay tensión sexual, Lemon explícito, y les aviso de una vez que, a partir de aquí, mi narración y descripciones podrían ser algo lascivas. Así que ya saben. Otra cosa, por lo regular yo escribo Lemon en tercera persona y la única vez que redacté en primera, fue una sola escena en uno de mis anteriores fanfics, y eso ya tiene tiempo. Así que tendrán que perdonarme si por ahí aparece algún detalle o errorcillo. También se darán cuenta que éste capítulo conecta con el primero, cuando vemos a Anna huyendo del Grifo, es aquí donde se enlaza la trama. De antemano agradezco su tiempo de lectura y sus comentarios, me alegran mucho. Pasen a leer y háganme saber su opinión. Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso.

***

Capítulo IV Esa noche no pude dormir. El Grifo se marchó del Tribunal y no supe nada más de él. Estoy perdida, si no obedezco sus órdenes, me asesinará como a los demás Espectros defectuosos. No sé qué es lo que sucederá, pero no es difícil de imaginar. ¿Qué pecado habré cometido para recibir éste castigo? Quizás ninguno, simplemente estaba en el lugar y el momento equivocados. . . Al día siguiente, me doy cuenta que el Espectro Lune ha regresado a sus tareas de juez interino. Así que continúo fingiendo, volviendo a mis labores de aseo. Las almas siguen llegando en cantidades moderadas, y él es bastante eficiente juzgándolas con prontitud. Llega el medio día y todas las monjas estamos en la estancia principal, limpiando los restos de aquellos incautos que irritaron al Balrog. Todo está tranquilo y el ruido de nuestras labores es mínimo. Hasta que el Grifo hace acto de presencia en el Tribunal. Las puertas principales se abren y el temible Espectro entra caminando con aire relajado. Atraviesa la estancia, ignorándonos por completo. Sube las escaleras y se pone a conversar con Lune. Revisan los nuevos registros y luego entran al almacén de libros. Las puertas están abiertas y puedo distinguir que ambos platican y hacen anotaciones. Me apresuro a terminar y luego salgo con las otras monjas al exterior. … Rato después, hemos finalizado la limpieza de las escaleras principales y nos disponemos a regresar a nuestra área de descanso. Y es precisamente en ese instante, que el juez Minos sale del lugar. Puedo sentir su mirada de nuevo, conforme desciende los peldaños. Las demás monjas mantienen una fila al lado del camino y hacen una reverencia a su paso. Yo imito sus acciones y contengo la respiración cuando va pasando frente a mí. —Tú vienes conmigo— es lo único que dice, al mismo tiempo que sujeta mi brazo y me arrastra con él. La sorpresa me paraliza y no alcanzo a reaccionar. Me quedo muda y con torpeza intento seguir sus pasos. Por inercia volteo hacia atrás. Las demás monjas oscuras ya van subiendo las escaleras, sin inmutarse siquiera ante lo que acaba de suceder. Son incapaces de razonarlo y mucho menos entenderlo. —No te preocupes, a Lune no le importará tu ausencia— se ríe burlón sin detener su marcha. —Él ya sabe que he decidido tener una sirvienta personal. — No sé cómo tomar eso, pero comprendo que nada me salvará de esto. . . La imponente Ptolomea se levanta majestuosa ante mí. Su color es blanco grisáceo y su diseño se asemeja a la Corte del Silencio. Los enormes grifos de piedra nos miran subir la escalinata como tenebrosos centinelas. Todavía no consigo salir del shock y ver esas figuras sólo incrementa mi temor. Ahora estoy más lejos de cualquier vía de escape. El Grifo no ha dicho palabra alguna, pero eso cambia tan pronto ingresamos al lugar. —De ahora en adelante permanecerás aquí— me suelta y dirige su mano al velo que me cubre. —Y ya no es necesario que sigas usando esto, aquí nadie te verá— toma la tela y la arroja al suelo. Bajo el rostro de inmediato y confirmo en silencio. Estoy temblando demasiado. —Ve a buscar una habitación para ti, y familiarízate con el lugar para que sigas con tus actividades— señala hacia su derecha un largo pasillo, bien iluminado por antorchas. —Aún tengo asuntos que atender, pero… — su mano se acerca a mi cabello para juguetear con un par de mechones, al mismo tiempo que alcanzo a notar su leve sonrisa. —Volveré más tarde, y te quiero completamente disponible, ¿Entendiste? — Su tono es una orden clara y una advertencia vedada al mismo tiempo. No necesita ser explícito con sus intenciones, y sería una estupidez de mi parte no comprender lo que en verdad desea. —S-Sí, señor… — El juez da media vuelta y sale por la puerta de nuevo. El rechinido es inquietante y el golpe de cierre suena a condena. Por alguna razón, presiento que ha bloqueado la salida. Pasan varios segundos antes de que me anime a caminar con precaución para acercarme a la hoja de madera. No puedo empujarla ni jalarla, está completamente cerrada. Exhalo con cansancio, sintiendo la inquietud en el estómago, mientras recojo el velo y me dirijo a la zona indicada. La primera puerta que encuentro pertenece a una habitación grande, que es todo un lujo, comparada con las barracas donde dormía en un principio. Entro en ella y la recorro, tiene todo lo necesario para estar cómoda, por lo que me quedaré aquí. Miro a mi alrededor otra vez y no puedo evitar recordar el hogar al que tal vez nunca volveré. . . Han pasado unas tres horas y ya he recorrido varios pasillos de la solitaria mansión. La arquitectura es hermosa, fría y tétrica en algunos rincones oscuros. Posee varias alcobas elegantes, salones amplios para el esparcimiento y una biblioteca de tamaño regular. La zona del comedor, la cocina y otras áreas son igual de espaciosas. Un lugar enorme, que permanece en absoluta soledad. Ptolomea no tiene personal de servicio, porque Minos casi no está aquí. La mayor parte del tiempo deambula entre el castillo de Hades y la Corte del Silencio. Entonces, eso significa que mi situación de esclavismo continuará, pero ahora en solitario. . . Llega la noche, y para ese momento, casi me he resignado a mi destino. Si el juez Minos me permite vivir, obviamente es para su beneficio, así que no puedo negarme a sus deseos. No tiene caso echarse a llorar ni suplicar. Quizás tenga una oportunidad si me mantengo servicial, así, no me ejecutará. He terminado de trapear la estancia principal y me encamino al salón de baño más cercano. Me aseo un poco y me refresco la cara con el agua fría que brota de la escultura empotrada en la pared, la figura de un pequeño grifo que deja caer el líquido desde su pico. Lo miro fijamente y no puedo evitar pensar en que todo esto me resulta demasiado irónico. De pronto, se escucha el rechinido de la puerta principal. Segundos después, logro distinguir el eco de sus pasos rebotando en el mármol del pasillo. El Grifo ya viene, y claramente noto un escalofrío bajar por mi columna vertebral. Trago con nervios, empezando a respirar con dificultad. Me acerco a la puerta y la abro para escuchar. —Anna, ven aquí— su voz resuena alta y extrañamente neutral. Inhalo y exhalo despacio, queriendo lograr el control de mi aprensión. Me coloco nuevamente el velo y la cubierta sobre la cabeza, para luego salir al pasillo. Puedo ver al juez caminando rumbo a la biblioteca. Ni siquiera espera mi contestación o me busca con la mirada, él ya sabe que lo seguiré. —Dioses, ¿Dónde están cuando se les necesita? — murmuro por lo bajo. Llego ante la puerta entreabierta y vuelvo a pasar saliva con dificultad. Ingreso a la habitación y puedo ver al Grifo sentado cómodamente en un sillón, observando los altos estantes de libros. Sus ojos se desvían hacia mí tan pronto entro en su campo de visión. —Siéntate a mi lado— su gesto es impasible. Respiro despacio y me mantengo concentrada en obedecer. Me acerco silenciosa, percibiendo su mirada detallar mi silueta a cada paso. Finalmente me arrodillo cerca de él, y por costumbre, empiezo a desdoblar la tela que guarda la marioneta blanca. No he podido dejarla en ningún lado, así que siempre la llevo atada a mi cintura. De pronto, el Espectro posa su mano sobre mi cabeza, provocando que se me erice la nuca. —Hoy no quiero verte jugar. — Levanto el rostro y puedo ver una traviesa sonrisa delinear sus labios. Dejo el títere a un lado, quedándome pasmada e inquieta. —Háblame Anna, deseo escuchar tu voz. — Tiemblo un poco, pero intento complacerlo, a pesar de que los nervios me cosquillean en el estómago. Mi voz se escucha suave, pero débil. No sé qué decirle, por lo que únicamente expreso lo que creo, quiere escuchar. —Sí… señor Minos… estoy a sus órdenes… — Su mano se desliza por mi mejilla, sobre el material reticulado, haciéndome sentir el cálido tacto de sus dedos. Su interés en mí va creciendo y su mirada lo delata por completo. —Te dije que ya no uses esto— toma el velo y de paso sujeta la cubierta de mi cabeza. Dejo de respirar cuando siento el tirón que quita toda la tela. Lo veo desgarrar el material fácilmente con ambas manos, para luego arrojar los pedazos al suelo. Permanezco inmóvil, con la mirada clavada en el piso, pero sin bajar el rostro. Su tacto se acerca de nuevo y empieza a juguetear con las hebras de mi pelo. —Me gusta tu cabello, Anna— sonríe un poco más y su mirada se intensifica. En un instante, su toque se desvía a mi rostro y puedo notar las yemas de sus dedos arrastrándose con finura a lo largo de mi mejilla. Permanezco quieta, sin saber cómo reaccionar. —Tienes una piel muy suave— su caricia avanza un poco más. —Tus labios también lo son— el pulgar de su otra mano se acerca para rozar con sutil interés mi boca. —Creo que ya sé lo que quiero en éste momento— un destello de lujuria nace en sus ojos violetas, y la expresión de su rostro se torna libidinosa. —Deseo sentir tus labios sobre mí… — Me quedo estupefacta al verlo reclinarse contra el respaldo del sillón. Retira sus manos de mí y las coloca sobre los reposabrazos, al mismo tiempo que separa las piernas con descaro. El movimiento provoca el sonido metálico del Sapuri, haciendo que la piel se me erice con fuerza una vez más. Su postura y sus palabras no dejan lugar a dudas del obsceno capricho que está solicitando. En un segundo, y sin que pueda impedirlo, un golpe de adrenalina y pánico toma el control de mí. Y de pronto, me veo corriendo fuera de la habitación. El miedo me ha hecho huir precipitadamente, arriesgándome a desatar la furia del Espectro. Escucho sus pasos. El Grifo viene detrás de mí, avanzando con calma y sin prisa. . Sus infernales hilos me atrapan cual indefensa presa. Su inquietante respiración delata su excitación, él disfruta con mi persecución. Sus alas negras me envuelven para recordarme que ahora soy su sierva. Sus inquietantes palabras son mi última advertencia. . La biblioteca se muestra de nuevo ante mí. El juez Minos permanece a mis espaldas, empujándome con suavidad hasta donde quiere estar. Al parecer, no tiene la intención de portarse como un barbaján, a pesar de que me está obligando a complacerlo. Sin embargo, no debo probar mi suerte otra vez. Lo que menos quiero es sentir sus mortales hilos cortando mi piel. Antes de tomar asiento, el tintineo de su armadura se escucha de nuevo y con más fuerza. El Sapuri ha comprendido la orden implícita de su dueño, por lo que todas las piezas vibran al mismo tiempo. Se retiran de su cuerpo, volando con sobrenatural movimiento, y en una esquina apartada, se ensamblan en su imponente forma mitológica. Parpadeo nerviosa y fascinada por tan curioso espectáculo. Pero mi aprensión sigue presente, y empeora cuando regreso a mirarlo. El Grifo tiene el torso desnudo. No puedo evitar dejar escapar un aliento de sorpresa al ver su imponente cuerpo, y por un breve instante, mi mente se queda en blanco. Es imposible no admirarlo. Sus músculos están esculpidos a detalle, ondulando majestuosamente con el movimiento de su respiración. Su piel clara es tersa y demasiado llamativa. Su abdomen, fuerte y detallado, posee algunas cicatrices viejas, que sólo aumentan su atractivo masculino. Jamás había visto a un hombre como él. Mis pensamientos de pronto se estancan y no sé qué hacer. Trago saliva despacio cuando me encuentro de nuevo con la mirada del juez, la cual se ha vuelto más perversa que antes. Parece complacido al ver mi reacción. Se sienta despacio, apoyándose contra el respaldo del sillón. Sus ademanes altivos y ese aire arrogante que emana, dejan en claro porqué es uno de los líderes del inframundo. —Acércate Anna— ordena, con la lujuria impregnada en la voz. Siento un latigazo de nervios en la espalda que me hace regresar a la realidad. Respiro con dificultad, al mismo tiempo que comienzo a caminar. Inevitablemente, mis ojos de nuevo se posan sobre él, arrastrándose contra mi voluntad sobre su definido torso. Me es imposible detener mi recorrido hasta que ya es demasiado tarde. La oscura vestimenta que porta en la parte inferior es ajustada. Demasiado ajustada. Y lo que se oculta debajo, a la altura de sus caderas, no tiene empacho alguno en delinearse con descaro. Su abultada entrepierna sólo hace que mis pensamientos se encaminen a lo peor. Minos tuerce su sonrisa un poco más y la perversión se refleja en sus siguientes palabras. —Espero que sepas cómo complacerme, Anna— su codo izquierdo se apoya en el reposabrazos, y su mejilla descansa sobre los nudillos de su mano, en una postura soberbia y arrogante. —Porque no tengo la paciencia necesaria para enseñarte. — Su lengua emerge sutilmente, humedeciendo sus labios con lentitud en un gesto casi hambriento. Me quedo congelada, sin poder quitar los ojos de semejante imagen. Mi temor crece y mi turbación se mantiene. Él guarda muchas ideas en la mente, y esta es sólo la primera que desea hacer realidad, sin importarle en lo más mínimo si tengo o no experiencia sexual. En verdad me asusta su perversa franqueza, pero… Supongo que, el no ser una señorita virginal, es una ventaja en esta tenebrosa situación. Estoy casada con un hombre amable, que se gana la vida como mercader. Pero hace poco más de un mes, se embarcó hacia el otro continente, dejándome sola por algunas semanas. No tengo hijos, así que, para distraerme, decidí visitar al único pariente que me queda, mi abuela, en la isla de los curanderos. Pero el infortunio me puso una trampa, y ahora estoy aquí, ante uno de los jueces del inframundo… a punto de darle placer oral. No hay nada que hacer al respecto, y no tendré otra oportunidad para sobrevivir. Resignación es lo que susurra mi mente. Libero el aire retenido en mi pecho y por fin llego ante él. Me arrodillo despacio, mientras siento el temblor de mis manos. El Grifo se acomoda de nuevo contra el respaldo del mueble y sus rodillas se distancian un poco más, no quiere perder la perspectiva de lo que verá y disfrutará. El corazón se me detiene al distinguir perfectamente el definido contorno de su longitud palpitante. —Creo que no podré con esto…— me quejo para mis adentros. Mis manos no dejan de temblar cuando se posan sobre sus muslos para luego avanzar despacio. Su fuerza se puede notar con tan sólo tocar. Es un ejemplar masculino que emana una perversa sensualidad por cada poro de la piel. Lo tengo que reconocer, aun en contra de mi voluntad. El nerviosismo no me ayuda a respirar, así que vuelvo a pasar saliva, e intento pensar. Debo hacer esto a como dé lugar. Mis dedos se deslizan sobre su ingle hasta llegar al borde de la tela. Con lentitud empiezo a retraerla hacia abajo, distrayéndome sin querer con el sutil y pálido vello abdominal. La humedad, señal inequívoca de su excitación, queda impregnada en el material con un lascivo hilo transparente, haciendo que me estremezca un poco más. Quisiera cerrar los ojos, pero no debo hacerlo, porque él está mirando y disfrutando. Alterar su maliciosa diversión no es algo que deba hacer. De nuevo, la respiración se me detiene bruscamente cuando lo libero en su totalidad. —¡Por todos los dioses! — susurro con inquietud. El juez Minos de Grifo… está obscenamente dotado. Me quedo sin aliento conforme lo contemplo en todo su satírico esplendor. Él se ríe por lo bajo, al parecer, siente un malsano placer al ver mis reacciones cohibidas. Y una vez más, la maldad se puede apreciar en sus nuevas palabras. —Hazlo despacio, muy despacio— sus ojos me miran fijamente. —Quiero sentir tu lengua por completo. — Tiene las pupilas muy dilatadas, y el color violeta de sus iris se ha intensificado. Su sonrisa es malévola, y en general, toda la expresión de su rostro es una máscara de lujuria. Ahora sí, parece un demonio de los bajos avernos. Quiero escapar una vez más. —Sí… señor… Minos… — arrastro las palabras mecánicamente. El aire regresa a mis pulmones con torpeza, logrando que por fin las manos me obedezcan. Aparto la tela un poco más y me dispongo a comenzar. Tengo poca práctica en esto. Son escasas las veces que mi marido me pide complacerlo de esta manera. Los dedos de mi mano se deslizan con precaución, tocando su cálida piel. Lo rodeo poco a poco, y mis nervios se tensan al notar que no puedo abarcar todo su contorno. Mi otra palma también lo abraza, y comienzo a estrujar con suavidad, tratando de ignorar sus obscenas dimensiones. Me acerco un poco más, e intento no mirar fijamente aquella transparente humedad que se desliza con hipnótica facilidad. Humedezco mis labios con la lengua y me obligo a no pensar en las posibles arcadas que me quieran traicionar. Inhalo y exhalo despacio sobre él, provocando que se agite con el calor de mi aliento. Mis palmas empiezan a recorrer su endurecido miembro. La vacilación dura un par de segundos cuando acerco mi boca. Ya no puedo dudar, y cuando lo escucho gruñir por lo bajo, comprendo que no hay marcha atrás. Cierro los ojos brevemente para poder soportar el primer roce, confiando en que mi instinto me ayudará. Porque los malditos dioses no lo harán. Mi lengua emerge y se posa con una suave lamida sobre su palpitante carne. La sensación que me invade es algo que no puedo describir. Su aroma es fuerte, e inquietantemente varonil. Su sabor es semisalado, y perversamente cálido. No estoy segura si lo hago bien, pero permito que mis labios lo envuelvan, dejándome llevar por puro reflejo. Empiezo a ejecutar un dócil movimiento, y casi de inmediato, lo siento temblar. El Grifo ha comenzado a jadear. Su poderoso cuerpo se estremece y su sonrisa ladina crece. Lo puedo notar por el rabillo del ojo, ya que me es imposible mantener los párpados juntos por más tiempo. Tengo que mirar y escuchar, debo sentir y tolerar, para poder complacerlo hasta el final. Las palmas de mis manos ahora están más que tibias. El calor que desprende su dura carne no hace sino aumentar. Deslizo una y otra vez mi tacto, abarcando toda su longitud. De arriba hacia abajo, delineando cada vena palpitante. Y por fin, encuentro el ritmo adecuado que lo hace clamar un poco más. Me aparto un poco y sólo mi lengua se encarga de libar su sensible corona. El juez resopla con intensidad, lo está gozando en verdad. Puedo notar que reposa su nuca contra la mullida cabecera. Ha dejado de verme por un instante, permitiendo que su mirada se pierda en la nada, mientras el placer le nubla la mente. No sé qué pensar, no sé si debo continuar. Me da pavor el equivocarme y lastimarlo. Él podría castigarme por semejante atentado. Pero… tengo más miedo de que pueda agradarle lo que hago. Continúo con la fricción carnal, incitando sus reacciones físicas y sus exclamaciones guturales. —¡Tu lengua… es muy placentera! — masculla entre dientes. Un escalofrío me acaricia la nuca, sus palabras me inquietan. Pero no puedo detenerme ahora, así que mantengo la húmeda caricia. Tomo un poco de aire y mi boca abraza su grosor inicial por completo. Empiezo a libar con más avidez, asustándome de mi propio comportamiento. Lo único que deseo es que esto termine sin consecuencias. ¿Quién puede juzgarme? Soy la esclava, y sé muy bien que el Grifo podría retorcer mi cuello con un sólo hilo y el movimiento de su dedo. No quiero morir, y haré lo que sea necesario para sobrevivir. De nuevo, su cuerpo se estremece, su miembro pulsa y su saco seminal se contrae. Mi atención se desvía rápido, todos los hombres son increíblemente sensibles en ese lugar. No lo pienso demasiado y una de mis manos abandona su tallo, para descender hacia abajo. —¡Anna! — gruñe sonoramente excitado. —¡Cuidado con lo que haces, pequeña sierva! — amenaza con un siseo. Mi temor aumenta, pero no puedo parar. Manoseo con suavidad, indicándole que no me atrevería a hacer algo más. Toco su piel, hurgo en sus contornos y estrujo con sutileza. El juez deforma su mueca en concupiscencia. Ya no dice nada, sólo se entrega a las sensaciones, y con claridad puedo notar que empieza a delirar. Es un Espectro de Hades, pero sus apetitos no dejan de ser puramente humanos. Puede comer, beber, sentir, sufrir y gozar. No requiere saciar necesidades básicas para sobrevivir, pero lo puede hacer por puro placer. El sonido resbaladizo de mi actividad provoca que mis pensamientos me traicionen. El efecto lúbrico escurre entre mis dedos con terrible morbosidad. El calor de su miembro y su fascinante latido me hacen sentir un deleite que no alcanzo a comprender. La felación continúa sin pausas, más rápida y más fuerte. Quiero que esto termine pronto, pero por más que me esfuerzo, no lo consigo. Mi falta de experiencia pesa demasiado, pero también me queda en claro que la resistencia del juez, es sobrehumana. Entonces lo percibo, su perturbación va en aumento. Su virilidad pulsa entre mis labios y su gemido se vuelve más gutural. El Grifo está a punto de culminar. Mi mente se queda en blanco una vez más, pues no sé cómo actuar. Apartarme sería lo más lógico, pero también podría ser la peor equivocación. Levanto la vista para intuir su deseo, sin dejar de estrujar ni lamer un sólo momento. Sus ojos enturbiados de lujuria me miran fijamente. No parece verme del todo, pero tampoco me ignora por completo. Sé que el éxtasis comienza a golpearlo cuando noto su mano posándose en mi cabeza. Él no quiere liberarme, y comprendo que debo someterme a su capricho, así que cierro los ojos y me resigno. Su salvaje gruñido resuena por todo el lugar. Puedo sentirlo convulsionar y explotar. Su semen se derrama con fuerza contra mi lengua. No logro evitar gemir ante la sensación. La respiración se me detiene de nuevo, y lo único que consigo hacer, es tragar y después retroceder. Lasciva, cálida y nívea humedad, escurre por las comisuras de mis labios sin parar, mientras mantengo los párpados cerrados y continúo acariciando. —¡Mi… pequeña… Anna! — masculla en un jadeo extasiado. Lentamente abro los ojos. Minos mantiene su nuca contra el respaldo, mirando el techo fijamente. Su pecho sube y baja al ritmo de su incesante respiración. Su enorme cuerpo todavía está asimilando las consecuencias del clímax. Mis manos lo abandonan despacio, y no puedo evitar darle un último vistazo a tan soberbio ejemplar. Es inquietante mirarlo, parcialmente firme todavía, manando su pálida semilla y pulsando con suavidad. Ya no debo mirar, ya no puedo continuar. Así que intento alejarme a gatas, sin importar que la huella húmeda siga deslizándose por mi rostro. Su sabor inquieta mis papilas, y la sensación viscosa me hace cosquillas. Lo escucho exhalar despacio, a la vez que siento su pesada mirada sobre mí. Quisiera escapar con rapidez, sin embargo, dicen que no debes huir de esa manera. Porque a las criaturas sobrenaturales, el miedo las atrae. Lento, más lento. No quiero provocar su interés. Sigo arrastrándome lejos de sus manos, cuando de repente, algo vibra en el aire. Al principio no logro verlo, pero sí puedo sentirlo en mi piel erizada. Me rodea por completo, dejándome en claro que debo detenerme. Sus hilos emanan el resplandor violáceo casi como una advertencia. Si me muevo, me atraparán. —Anna… — pronuncia mi nombre con filo en la voz. —¿A dónde vas? — Se me contrae el estómago dolorosamente, pero intento conservar la calma y fingir una vez más. —D-Debo continuar con mis deberes… señor— me quedo arrodillada, dándole la espalda. —¿P-Puedo retirarme, señor? — Minos de Grifo no responde. El silencio es sumamente estresante, y eso no es buen augurio. Él no dice palabra alguna, pero puedo sentir su lasciva mirada sobre mí. Casi estoy segura de que quiere desnudarme en éste preciso momento. Tengo que voltear para confirmar mi sospecha. Pero antes de poder hacerlo, sus hebras infernales se aferran a mi torso, rodeándome en un instante y levantándome en el aire como una simple muñeca. La fuerza es tremenda, y aunque no me lastima, sí logra dejarme sin aliento. Cuando abro de nuevo los ojos, me doy cuenta de que estoy sentada en su regazo, dándole la espalda. Los hilos desaparecen y sus marcados brazos me rodean con posesividad. Uno de ellos sujeta mi cintura, y el otro se desliza sobre mis pechos para tomarme del mentón. El abrazo me estruja contra su cuerpo, haciéndome sentir los músculos de su torso, el calor de su piel, y su todavía pulsante virilidad rozando contra mi trasero. Me obliga a ladear el rostro para mirarlo de soslayo, mientras respira contra mi nuca. Su mirada es diabólica y sus labios forman una sonrisa sádica. —Tengo que reconocerlo, Anna… — se acerca a mi oído, al mismo tiempo que uno de sus dedos acaricia mi labio inferior. —En verdad disfruté lo que hiciste… así que no te mataré— un estremecimiento me sacude por completo al escucharlo. —Pero debes hacerte a la idea de que esto, es sólo el principio… — su lengua emerge de entre sus labios y humedece el contorno de mi oreja con morbosa lentitud. El pecho me duele y siento que se detiene mi corazón. El pánico me comprime el estómago y casi presiento que voy a desmayarme. No puedo evitar que los ojos se me humedezcan y que el cuerpo me tiemble. No estoy lista para complacerlo en éste momento, no podría soportarlo. Pero, para mi retorcida buena suerte, él me libera casi de inmediato. Sus brazos dejan de estrujarme y quedan colgando a los lados. —Retírate, por hoy es suficiente… — masculla aletargado. Retengo el aire y me levanto de su regazo con precaución. Una vez de pie, comienzo a caminar torpemente hacia la puerta. Su depredadora mirada aún me recorre con descaro. No quiero voltear, no debo hacerlo, porque sé que, si contemplo su diabólico rostro en éste instante, no podré volver a dormir jamás. . . Me alejo por el pasillo, doy un par de vueltas en las esquinas, y por fin llego a la habitación que escogí. Cierro la puerta y atravieso la estancia hasta llegar al cuarto de baño. Todavía estoy temblando y el corazón me brinca en el pecho. Lo que acaba de suceder ha sido inquietante, provocando que mis peores temores revoloteen en mi mente. El Grifo no se anda por las ramas, y me queda en claro que me usará para saciar sus apetitos carnales hasta donde lo desee. Algo que no podré evitar si quiero sobrevivir. Me dirijo a la pequeña fuente de agua, y después de quitarme las vestiduras, procedo a lavarme. Me tomo los minutos necesarios, a la vez que medito mi oscuro destino. —Debieron ser muchas mis ofensas hacia los dioses para haber terminado aquí, con un demonio de mirada desquiciada castigándome por ello. — Suspiro con cansancio y termino de asearme. Me siento agotada por el estrés, así que intentaré dormir. Y quizás deba rezar para que el juez no venga a buscarme.

***

Continuará… Y bien, ¿Que les pareció?, porque apenas estoy empezando. Quizás el próximo capítulo tarde más de una semana, por cuestiones de redacción y revisión. Gracias por leer.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección