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Capítulo V Al día siguiente, me despierto con lentitud, pues una extraña sensación me hace sentir incómoda. Me incorporo sobre la cama y doy un vistazo a mí alrededor. Estoy sola en la habitación, no hay nadie más, pero tengo la impresión de que algo me vigila. Me dispongo a levantarme y retiro la sábana que me cubre, cuando, de repente, mi mano toca algo que no había notado. Palidezco visiblemente al descubrir que la pequeña marioneta blanca permanece a mi lado, con sus hilos sueltos y las cruces que los controlan. Todo tendido sobre su respectivo envoltorio negro. En ningún momento la llevé conmigo después de que el juez me dejara ir. El títere se quedó en la biblioteca, y el hecho de que estuviese aquí, sólo podía significar que el Grifo vino en la noche. Siento un espasmo de nervios, y de nuevo busco con la mirada por toda la habitación. —Debo controlarme— me repito a mí misma, levantándome de una vez. —Él vendrá en cualquier momento y me tomará, quiera o no. Así que, para que preocuparse por lo inevitable— suspiro desganada. Decido comenzar con mi rutina sin darle más importancia a mis temores. Me coloco el hábito y luego envuelvo la marioneta en su aterciopelada tela para sujetarla a mi cintura. Camino al espejo del tocador, y por primera vez en semanas, puedo ver mi cara por completo. Sin velo y sin cubierta en la cabeza, me percato de que sigo teniendo la misma apariencia de siempre. Es extraño verme vestida de esta manera, pero lo es más llevar el rostro descubierto. El Grifo no quiere que me cubra, pero, ¿Y si alguien llegase a venir y me viera así? Exhalo despacio, tratando de no preocuparme. Después de todo, Ptolomea está apartada de las otras residencias, y el Cocytos no es un lugar muy transitado. Así que estaré sola todo el tiempo con el temible juez. . . Parece que el Grifo no se encuentra en Ptolomea. No sé a dónde fue y no me importa, ya que su ausencia es un alivio para mis nervios. Al menos temporalmente, en lo que me resigno por completo a mi negra suerte. Llego a la biblioteca para continuar con mis labores de limpieza. De repente, un escalofrío baja por mi espalda cuando veo que el Sapuri del juez permanece en la misma esquina, con su mítica forma. Un Espectro no puede andar por ahí sin su armadura. Eso significa que Minos está aquí, en algún lugar del edificio. Respiro lentamente y decido continuar. Recojo los restos del velo y la cubierta, limpio el sillón y alrededor. Posteriormente, sigo con el escritorio, y en ese momento, algo llama mi atención. Hay un libro de pastas cafés con letras que no reconozco del todo. A veces no puedo controlar mi curiosidad, así que decido revisar. Abro una página cualquiera, encontrándome con imágenes de paisajes y letras extrañas. Algunas son latinas, y otras no puedo identificarlas. Mi nivel cultural se puede considerar medio, por suerte sé leer y escribir. Así que logro identificar que dicho idioma, probablemente es de Europa del norte. Muy del norte. Entonces el juez Minos tiene un origen nórdico, lo que explicaría su llamativo porte y plateado cabello. Dejo el libro en su lugar y me dispongo a salir de la biblioteca. Pero, tan pronto me doy la vuelta, el estómago se me constriñe al percatarme de que el Grifo está reclinado en el marco de la puerta. Como si se tratase de un lobo sigiloso, permanece con los brazos cruzados en una posición pretenciosa, con la mirada clavada en mí. Sus labios están ligeramente ladeados, casi burlándose de mi expresión asustada. Está descalzo, por eso no lo escuché acercarse. Lleva la misma vestimenta de ayer, sólo dejando al descubierto su impresionante torso y marcada musculatura. Mis ojos resultan ser unos traidores inesperados, ya que a pesar de la sorpresa que me ha provocado, no puedo evitar recorrerlo con descaro. Quizás involuntario, tal vez intencional, no lo sé. —Así que te gusta curiosear, Anna— su sonrisa se amplía, pues le encanta ver cómo me delato más y más. Yo niego automáticamente con el rostro, agachándome en una reverencia rápida. —N-No señor Minos, disculpe mi atrevimiento— contengo la respiración. —Sólo hacía la limpieza. — Entonces noto su presencia acercándose, y cuando alzo el rostro, él ya está frente a mí. Su estatura me asusta demasiado. El Grifo me rebasa por mucho, siendo apenas capaz de alcanzar sus hombros. Por lo que me siento muy intimidada cuando me acorrala contra el escritorio. —No deberías decir mentiras— sus brazos me rodean y sus manos se arrastran hacia mis caderas. —Sabes que puedo darme cuenta de ellas, ¿Verdad? — de repente, me sujeta con firmeza, levantándome del suelo, haciendo que me siente en el borde del mueble. Me quedo estupefacta, al mismo tiempo que noto en su mirada el brillo de la malicia. Un terrible escalofrío baja por mi espalda cuando empieza a levantar los bordes de la falda. La tela se recorre fácilmente y sus caderas se abren paso, obligándome a separar las piernas. Lo hace tan rápido y fluido, que no me da tiempo de pensar. El corazón se me detiene cuando siento su entrepierna restregándose descaradamente contra mí. El aliento me abandona en un gemido bajo, mientras una punzada se retuerce en mi feminidad. La barrera de tela interior no es suficiente para evitar percibir el abultamiento de su sexo, y mi desasosiego escala incluso más cuando percibo su palpitante despertar. —Tal vez debería castigarte por husmear en donde no debes— su sonrisa se vuelve más inquietante, lo que me hace temblar. —O quizás podría olvidarme de tu desliz y continuar donde nos quedamos ayer— se humedece los labios con sugerente lentitud. Súbitamente, un jadeo brusco escapa de mi boca. El juez ha comenzado a oscilar sus caderas contra mi cuerpo. Puedo sentir su hombría creciendo y friccionando sobre mi intimidad, en un movimiento completamente obsceno. El estómago se me contrae un poco más y mi reacción se vuelve instintiva, empujando mis manos contra su pecho en un gesto de evidente rechazo. —¡E-Espere señor Minos… p-por favor! — No pude impedir que las palabras escapasen otra vez de mi boca. Fue por inercia y por nerviosismo, al sentir aquella pulsante sensación entre mis piernas. Sé que me estoy arriesgando, pero es muy difícil no sentirse intimidada por su comportamiento depredador. El Grifo sonríe con perversión. Su cuerpo se cierne por completo sobre mí. Sus manos inmovilizan mis muñecas contra la superficie del escritorio en un segundo, a la vez que percibo parte de su peso asfixiándome. Su hermoso rostro se aproxima al mío, y no puedo dejar de mirar sus ojos violáceos. Aquella mirada es angelicalmente diabólica, y me deja en claro que nunca debería llevarle la contraria. Su amenaza queda recalcada con un matiz siniestro en la voz. —Anna, escucha con atención— su mirada recorre mis facciones una y otra vez, para luego clavarse en mis pupilas. —Contrario a lo que pudiera parecer, no soy una bestia en celo que busque saciarse rápidamente— sus labios se acercan a la comisura de mi boca, y la suave sensación que percibo, hace que me estremezca tanto o más que sus palabras. —Sin embargo, no deberías provocarme. No me gusta que mis marionetas especiales se resistan, porque podría quebrarlas sin querer— su lengua emerge y puedo sentir su lento recorrido por mi mejilla. Estoy petrificada, he dejado de respirar y comienzo a temblar notoriamente. El Grifo es mortalmente claro con lo que está esperando de mí. No hay mentiras ni promesas, sólo una fría advertencia. Y su tono de voz me indica que, ahora sí, es el último aviso que tendré. Detiene su lamida y puedo sentir la humedad sobre mi piel, como una marca que permanecerá indeleble. Mi respuesta inmediata definirá mi destino ante el juez. Pero tengo la garganta seca, y lo único que puedo hacer, es sostenerle la mirada. Entonces, hago todo lo posible por quedarme quieta, consiguiendo que mi cuerpo se afloje parcialmente. Dejo de resistirme a su agarre. Esa es mi contestación. Minos sonríe complacido. —Que inteligente eres, Anna— sus manos me liberan y las coloca a mis costados. —Ahora, déjame decidir con qué empezaremos primero— una vez más se relame los labios con morbosa avidez. Cierro los ojos y empiezo a contar para no mirarlo más. 1, 2, 3… De pronto, percibo la calidez de su palma posándose sobre mi muslo desnudo. No es un toque brusco, sino meramente superficial, como si primero deseara comprobar qué es lo que se oculta debajo de la tela. Me estremezco cuando empieza a subir, y no logro diferenciar si es por el nerviosismo, o por las cosquillas que me hace sentir. 4, 5, 6… Su objetivo es claro, y yo sólo continúo enumerando. Para el juez no será difícil llegar a la pampanilla interior y desgarrarla con facilidad. 7, 8, 9… Ahora siento que puedo respirar un poco más, ya que su cuerpo se aparta de mí. Entonces, otro jadeo precipitado surge de mis labios. Sus dedos alcanzan la tela que cubre mi intimidad. En ese instante, pierdo el conteo, pues su toque preliminar, resulta inesperadamente suave. Sus largos dedos rozan de arriba hacia abajo, por encima del material, delineando con lentitud la forma de mi sexo. La punzada en mi carne no se hace esperar, la sensibilidad de dicha zona es imposible de ignorar. Y el juez Minos lo puede notar con claridad. —Muy bien, comencemos con algo sencillo— murmura, acercando de nuevo el rostro. —Abre los ojos Anna, quiero disfrutar de tus muecas. — La lujuria en sus palabras me deja desconcertada. El comportamiento del Grifo es impredecible, y no sé qué esperar de él. Por lo tanto, no estoy segura de cómo reaccionar. En verdad no quiero incitar su lado siniestro, pero tampoco imaginé semejante comienzo. De cualquier forma, debo obedecer y tratar de no prestar atención a las involuntarias sensaciones que se han manifestado en mi entrepierna. Separo los párpados por un instante, y los cierro de golpe cuando siento sus dedos presionando un poco más. De nuevo, una punzada me sacude con fuerza, y algo se retuerce en mis pliegues conforme libero otro gemido. Mi respuesta no debería ser así. No obstante, el actuar del juez tampoco es el que yo esperaba. Intento mirarlo una vez más. Sus pupilas están dilatadas y tienen aquel brillo inquietante. Supongo que mi expresión revela con claridad lo que me hace sentir, y eso le provoca algún tipo de placer. De repente, mis ojos se abren demasiado al percatarme que sus dedos se deslizan hasta el borde de la pampanilla… y comienzan a bajarla. El miedo me tira una zancadilla y mis muslos están a punto de cerrarse involuntariamente. Eso podría ser el error más grande. Sin embargo, antes de siquiera terminar de pensarlo, Minos se detiene. Deja de observarme y voltea hacia arriba, como si buscase algo. Entonces, su rostro cambia a una expresión colérica. —¡Maldita sea! — gruñe molesto. Detiene su toque y se aparta de mí con evidente furia. Algo lo ha interrumpido y no disimula para nada su irritación. Se queda un par de segundos observando el techo, para luego torcer la boca con fastidio. —Ese estúpido muchacho, ¿Qué rayos tendrá en mente ahora? — masculla, encaminándose a la puerta. No es difícil imaginar lo que está sucediendo, ya que puedo notar en el aire un llamado de cosmoenergía. Los Espectros de bajo nivel no somos capaces de usar el cosmos como lo hacen las Estrellas Malignas, pero podemos percibirlo. Así que sólo puedo intuir que, quizás el dios Hades ha convocado a sus generales a través de dicha habilidad. Por lo tanto, Minos de Grifo queda sumamente frustrado. Me incorporo sobre el borde del escritorio, bajando rápido mi falda. Lo observo chasquear los dedos en el aire, y luego, el tintineo de su Sapuri se oye con fuerza. Desvío la mirada para ver que la imponente armadura vibra con intensidad. Un segundo después, todas las partes que la componen salen volando en dirección del juez. En un parpadeo, las piezas se amoldan a su cuerpo con sobrenatural perfección. Por último, sus enormes alas ejecutan un sutil aleteo que despliega una brisa alrededor. Trago con dificultad cuando se detiene en el umbral de la puerta y ladea el rostro para mirarme. —Tengo trabajo que hacer, pero cuando regrese… — entorna la mirada, remarcando su nueva orden. —Te quiero esperándome en mis aposentos, ¿Entendiste, Anna? — Confirmo despacio y susurro por lo bajo. —Sí… señor… — El Espectro desaparece tras la puerta. Instantes después, escucho el golpe de cierre en la entrada principal. Minos de Grifo se ha marchado. Por fin el alma me regresa al cuerpo. . . El tiempo avanza despacio, haciéndome sentir asfixiada en éste lugar. Estar sola es un poco desconcertante. No es que extrañe a las otras monjas oscuras, o que desee ver a los soldados rasos. Pero en verdad, es complicado soportar todo esto. Mi lucidez mental es completa ahora, y mis recuerdos han retornado en su mayoría. Prácticamente, soy yo de nuevo. Y eso mismo me hace sentir preocupada. Mi única familia son mi marido y mi abuela, pero a estas alturas de la situación, es probable que ya me consideren muerta. Es decir, desaparecer una noche de repente, es algo que estaba sucediendo cotidianamente en la isla de los curanderos. La población general lo sabía, la guerra santa acarrea consecuencias fatales para muchos. Pobre de mi abuela, sólo espero que no sufra demasiado. Y respecto a mi marido, en verdad deseo que ya esté al tanto de mi desaparición. Él ya debió haber regresado a Grecia de su viaje. Probablemente ya se enteró de la visita a mi pariente. Quizás fue a buscarme, y ya supo la trágica noticia. Lo siento tanto por él, después de todo, es un buen hombre. No es que fuera el mejor esposo del mundo, pero logró ganarse mi cariño, a pesar de que la unión matrimonial fue arreglada por mis difuntos padres. Es una persona amable, y sé que podrá encontrar a otra mujer pronto. Porque obviamente, yo no podré regresar con él. Mi meditación se queda en silencio de pronto. Mis pensamientos son extraños, debería sentirme consternada y triste. No obstante, el sentimiento parece adormilado, quizás como consecuencia de lo que me ha sucedido al ser convertida en esto. Y es que ciertamente, no he tenido tiempo para sufrir por mi desgracia. Si algún Espectro de alto rango me hubiese escuchado o visto llorar, me habría degollado en un instante. En el infierno, es imprescindible mantener las apariencias. Maldita sea mi suerte. Malditos sean los estúpidos dioses que desataron esta guerra. . . He terminado de limpiar las áreas que considero más importantes. No tengo ganas de ponerme a revisar todas las esquinas de éste tenebroso lugar. Sé que estoy completamente sola, pero eso no significa que me sienta tranquila al rondar por los silenciosos pasillos. Ahora estoy recorriendo otra zona de Ptolomea. Debo encontrar los aposentos de Minos y familiarizarme con su ubicación. Inevitablemente, deberé acostumbrarme a estar ahí, cuando el juez lo desee. Camino un poco más y por fin llego a un espacio amplio, donde una elegante estancia permanece decorada con bellos muebles. Más allá, se puede distinguir una puerta con relieves finamente tallados. Tiene toda la pinta de ser la habitación principal. Trago saliva con lentitud y me dirijo hacia ella. Las hojas de madera no están aseguradas con llave. Era de esperarse. Entro con paso precavido, sorprendiéndome con el lujo y la opulencia del lugar. En verdad parece la habitación de alguien que pertenece a la nobleza. Tal vez el Grifo tiene ascendencia de ese tipo y por eso es dueño de semejante residencia. Doy un rápido vistazo para descubrir que hay más muebles detallados, finos cojines, elegantes cortinas, un gran espejo y algunos baúles. Más allá, se distingue otra puerta, quizás la habitación de baño. Y por supuesto, el lecho del juez. Una enorme cama con dosel se ubica al fondo de la habitación. Está decorada con elegantes acabados y pomposos cortinajes, esponjosos almohadones y delicadas sábanas. Todo en colores semi claros, que contrastan con lo serio que es Ptolomea. Nadie pensaría que los Espectros pueden llegar a tener semejantes comodidades. O tal vez esto es sólo para los líderes del inframundo. No lo sé. Me acerco, notando el revoltijo de cubiertas encima de la cama. Mi mente no quiere imaginar lo que me espera aquí, pero es imposible dejar de pensar en ello. Inhalo y exhalo pausadamente, no es tiempo de inquietarse todavía. Y como las órdenes son continuar con mis labores de sirvienta, opto por recoger y arreglar. . . La tarde ha llegado. Me encuentro en la estancia que precede a la habitación del Grifo, esperando como me lo ordenó. Para no aburrirme demasiado, decidí seguir practicando con la marioneta blanca. Realmente me sorprende la habilidad que he adquirido con el juguete, es casi como si estuviese vivo. Puedo hacerlo caminar, brincar, sentarse y otras gesticulaciones más. Es divertido hasta cierto punto, y quizás esto me da un sutil vistazo de la satisfacción que le provoca a Minos hacer lo mismo con un ser vivo. A lo lejos, me parece escuchar un sonido, pero las gruesas paredes no me permiten distinguir de qué se trata. No le presto demasiada atención y me enfoco en seguir jugando con el títere, que baila al ritmo que le he impuesto. Pasan varios segundos, y de pronto, el rechinido de las puertas de acceso a la sala me sobresalta con brusquedad. Antes de siquiera levantar la mirada, el gélido estremecimiento ya me araña la espalda. Minos de Grifo ha regresado. Me observa desde la entrada y sonríe complacido, como si supiera que justo aquí me iba a encontrar. —Hola Anna— cierra las puertas detrás de él. —Veo que sabes obedecer bastante bien, a pesar de tu libre albedrío— sus ojos se desvían hacia el títere. —Y mira nada más, sigues mejorando con la marioneta. — Se acerca con paso firme hasta donde estoy sentada e inmóvil. No puedo dejar de mirarlo, sus inquietantes ojos violáceos parecen enturbiarse con algún extraño pensamiento, y el sonido tintineante de su armadura hace que la piel se me erice de nuevo. Se agacha un poco sobre mí, a la vez que su mano derecha sujeta mi barbilla con posesividad, haciendo que levante la cara. —Esa mirada asustada que tienes, es divertida— sonríe incluso más. —Me gustan las expresiones de tu rostro, son deliciosas. — Algo no está bien, dichas palabras tienen un trasfondo que no alcanzo a comprender todavía. Sólo puedo atinar a quedarme en silencio y parpadear nerviosa. Mis manos tiritan un poco, pero no pienso soltar la marioneta, no quiero arriesgarme. El juez me libera y empieza a caminar rumbo a sus aposentos. —Sígueme— dice sin voltear. El corazón me brinca a la garganta. No me queda otra opción, así que me levanto y lo sigo al interior de la habitación. Cierro las puertas con lentitud, y antes de voltear, escucho el sonido del metal. El Sapuri se ha separado de su cuerpo una vez más, para luego ensamblarse en una esquina. Él permanece de espaldas, mientras su largo cabello platinado cae libremente por debajo de sus caderas. Por un breve instante, me quedo mirando aquel movimiento, elegante y poco natural. Entonces… él comienza a desnudarse. Mis ojos no quieren ver, y hago todo lo posible por desviar la vista hacia otro lugar. Pero inevitablemente, su voz me hace temblar. —Anna, ven aquí. — Cuando volteo por completo, me doy cuenta que está ingresando a la habitación de aguas termales, probablemente quiere bañarse. Aspiro más aire y trato de mentalizarme, no puedo volver a arriesgarme. Preparo los hilos de la marioneta por si las dudas, mientras empiezo a caminar. Justo cuando cruzo el umbral, distingo al juez Minos descendiendo por las escaleras de mármol hacia el interior de una enorme piscina. A cada paso que da, el agua va cubriendo su cuerpo, hasta que finalmente toma asiento en una grada a desnivel, quedando apoyado contra uno de los bordes redondeados. Desde donde estoy, puedo notar que el líquido le llega a medio pecho, sin embargo… el agua es cristalina. De nuevo comienzo a temblar. Casi puedo adivinar el juego que quiere jugar. —¿Qué estás esperando? — me mira con una ceja levantada. —Diviérteme. — —Sí, señor— me apresuro a contestar. Camino con precaución y me acerco por el lado izquierdo. Antes de alcanzar el borde de la piscina, me descalzo para sentarme con más comodidad. Avanzo hasta quedar a un metro de distancia de donde está. Me arrodillo y rápidamente preparo las cruces para manipular los hilos. El títere comienza a bailar. Mantengo el rostro agachado y me enfoco en sus movimientos, logrando que se mueva con cierta facilidad. Sin embargo, no puedo evitar escuchar el chapoteo del agua. Cerca de la otra orilla, hay una mesita con artilugios de limpieza, paños de fibras suaves y aceites especiales. El juez toma un par de cosas e inicia su aseo personal, sin importarle en lo más mínimo mi presencia. Eso tiene una explicación: Su intensa mirada no ha dejado de observar fijamente la marioneta blanca. ¿Qué le atrae de mi desempeño con el juguete? Lo desconozco y no tengo tiempo de prestar atención a esa idea, pues sólo me provocaría más inquietud. Decido seguir con la mirada baja, manipulando la pequeña figura humana por algunos minutos para su entretenimiento. De pronto, se sumerge en el agua. La tentación de mirarlo es demasiada. Mi razonamiento es extraño. Tengo miedo de sus intenciones, pero es inevitable que mis ojos sientan curiosidad por querer admirar su esculpido cuerpo. Su platinado cabello es hermoso, a pesar de que no es común ver eso en un hombre. Sus facciones son masculinas y a la vez detalladas. Su piel es clara y probablemente suave al tacto. Me doy cuenta de que algo no está bien conmigo cuando lo veo emerger. Sin poder evitarlo, observo fijamente la humedad empañándole el rostro, escurriendo por su melena, deslizándose a lo largo de su marcado torso. No, esto no está bien. Mi percepción susurra que tenga cuidado, aquella sensualidad es demasiado peligrosa. Estoy loca, lo sé. Minos de Grifo es un mortífero Espectro al que no debería dirigirle mis pensamientos, así que de inmediato desvío la mirada hacia los hilos de la marioneta. Él retira con lentitud el agua de su rostro y prosigue con el tallado de su piel, al mismo tiempo que sus ojos violáceos retornan a mi jugueteo. Los movimientos continúan, las cruces van y vienen, los hilos se tensan y aflojan, consiguiendo por fin que el títere camine de un lado a otro, con pasos lentos y concisos. Luego se detiene y baila un poco más, alzando los brazos, flexionando sus articulaciones como si saludara. Esto me hace sonreír sutilmente, porque al menos puedo comprobar que sigo siendo yo misma, y no una muñeca sin voluntad. Triste suerte la mía. Precisamente aquel libre albedrío, fue lo que me condenó. Me pregunto si seré la única que queda de todos aquellos Espectros defectuosos. Tal vez lo sea, porque después de enterarme de la derrota del sanador Luco, también me di cuenta de que el número de monjas oscuras y soldados Skeleton con los que llegué, disminuyó en buena parte. Probablemente, como su transformación no se completó, debieron haberse delatado peor que yo, y ahora están muertos. ¿Yo debería estarlo? Quizás sí, pero lamentablemente, los estúpidos dioses tejieron otros planes. De pronto, el gélido escalofrío acaricia mi nuca. La mirada del juez es más penetrante que antes. No me percaté del tiempo que perdí en mis pensamientos, ni cuánto duré haciendo el baile de la marioneta. Pero sé que fue el suficiente como para que el Grifo terminara su actividad y depositara toda su atención sobre mí. Trago con nervios y no puedo controlar mis ojos, tengo que dar un vistazo. Minos permanece contra la orilla de la piscina, con un brazo apoyado en el borde. Sus nudillos doblados soportan su barbilla y el gesto de su cara parece momentáneamente relajado. Su vista se clava en el títere, siguiendo los movimientos, sonriendo de manera extraña. No puedo detener la pantomima, y el miedo empieza a reptar por todo mi cuerpo cuando lo veo relamerse los labios despacio. Sus pensamientos deben ser turbios, pues claramente lo veo hacer un lento y felino parpadeo, reflejándose una intención en sus pupilas, las cuales se alzan del juguete hacia mí. —Quiero verte bailar— su sonrisa se tuerce con malicia. Levanta la otra mano del agua, y el terror me invade al notar que sus dedos han comenzado a ondular, desplegando sus hilos en el aire. Las cruces de madera caen de mis manos, y al chocar contra el suelo, hacen un sonido seco. La marioneta se ha quedado sin movimiento, y ahora, yo he tomado su lugar. Las hebras me sujetan los brazos y las muñecas por detrás de la espalda. Una fuerza invisible me levanta del piso hasta ponerme de pie, haciendo que separe las piernas para no perder el equilibrio. —¡S-Señor Minos, no lo haga!, ¡Por favor! — suplico asustada, temiendo que desee dislocarme alguna parte del cuerpo. —Acércate. — Su dedo índice se dobla con lentitud. La misma fuerza que ejercen sus hilos me empuja a caminar hacia el agua. Con un par de pasos, desciendo los escalones, sintiendo la temperatura fresca. Un erizamiento me recorre al notar que el hábito se va humedeciendo, para luego adherirse a mi cuerpo. Me obliga a detenerme frente a él, mientras noto que el aliento abandona mi pecho. —Arrodíllate— vuelve a ordenar. No me resisto en absoluto. Y en verdad no podría hacerlo, la fuerza que ejerce es suficiente para hacerme sentir como un pobre títere. Me inclino despacio, mientras la humedad va cubriéndome hasta llegar al cuello. La tela se pega por completo a mi piel, y la temperatura hace que mi cuerpo empiece a reaccionar más allá de los jadeos de incomodidad y miedo. Contengo la respiración al ver que sus dedos ejecutan otro movimiento. El control que ejerce sobre mí, hace que me levante de nuevo, resintiendo todo el peso de la vestimenta mojada. El Grifo mantiene su sonrisa torcida y sus ojos me recorren con descaro. Sé por qué lo ha hecho, y no puedo evitar sentir un dejo de vergüenza ante su lascivo comportamiento. El material de la tela facilita que se amolde a mi figura, permitiendo que se note el contorno de mis pechos y caderas. No sé qué pensar, y ni siquiera tengo tiempo para hacerlo. Ya no importa el pudor en éste momento, así que, cuando libera mis brazos y manos, sé que mi castigo ha dado comienzo. —Desnúdate— sus iris violáceos destilan deseo. El corazón se me contrae, a la vez que siento el miedo retorcerse en mi estómago. Cierro los ojos por un momento y me obligo a recordar que, de esto, depende mi vida. Mi determinación ya no puede vacilar ahora. No tiene caso negarse, y no vale la pena tantear la impredecible reacción de una bestia mitológica. —Esto no tiene por qué ser tan difícil— susurro en mi interior, en un vano intento de no perder el control. —¡Maldita sea, sólo se servicial!— Suelto el aire pausadamente, al mismo tiempo que abro los ojos, enfocando la mirada en la pared ubicada detrás de él. Sin poder disimular mi aprensión, comienzo a soltar los cordeles traseros del hábito, y posteriormente las tiras que afianzan la falda. Quisiera empezar a contar de nuevo para distraer mis pensamientos, pero de pronto, no puedo recordar el orden de los números. Inhalo una vez más, mientras que la tela se afloja un poco a pesar de la humedad. Suelto el par de botones que afianzan las mangas de mis muñecas y luego los del cuello posterior. Comienzo a jalar todo en un sólo movimiento. La parte superior del hábito se levanta con facilidad para retirarlo por encima de mi cabeza. Lo enredo un poco y después lo arrojo a la orilla. El camisón blanco se me pega todavía más debido a la humedad, haciendo que se me erice la piel y los pezones. Tratando de ignorar dicha situación, mis manos se dirigen al ceñidor de la falda y comienzan a bajarla. Continúo mirando hacia la pared, escuchando cómo la respiración del Grifo se va incrementando. No quiero ver, pero sé que su cuerpo ha comenzado a reaccionar. No bajes los ojos, no lo hagas. La parte inferior del hábito se desliza. Alzo un pie primero y luego el otro, pero en un descuido, la prenda escapa de mis dedos, hundiéndose en el agua. Instintivamente me abrazo a mí misma, debido a la sensación de frío que me recorre. Trago de nuevo con dificultad, no sé si pueda continuar. Pero antes de siquiera preocuparme por ello, el juez vuelve a ordenar. —Ven aquí, Anna. — Se relame los labios con hambre, y yo siento cómo mi corazón inicia una loca carrera. Empiezo a caminar hacia él, obligada todavía por sus peligrosas hebras, e irremediablemente, termino por verlo. El agua se agita con mis pasos, deformando la imagen de su cuerpo sumergido. Pero eso no es suficiente para disimular el despertar de su virilidad. Mi nerviosismo comienza a escalar. Los pensamientos en mi cabeza se pausan y voy perdiendo el poco control que me queda, cuando el último tirón de sus hilos, me obliga a sentarme sobre su regazo, frente a frente. Sentir su poderoso cuerpo debajo de mí, hace que me estremezca por completo. La sensación del agua alrededor de mi intimidad se vuelve una extraña tortura, y más cuando percibo su miembro palpitando contra mi vientre. De pronto, el chapoteo del líquido se me antoja perturbador, incitando los delirios de mi mente, haciendo que tema lo peor. Mi respiración se vuelve dolorosamente discontinua, y no estoy segura de la expresión que tengo en la cara, pero a Minos de Grifo parece fascinarle. Me quedo quieta, con los brazos colgando a los lados, mientras mis ojos se encuentran con los de él sin poder evitarlo. Su inquietante color parece intensificarse, como si fuera una medición para el aumento de su lujuria. Uno de sus brazos me estruja por la cintura, pegándome contra su pecho. Respingo sin querer al sentir que la tela húmeda se frota contra mi piel, permitiendo que también sienta la dureza de sus pectorales. El jadeo involuntario empieza a traicionarme cuando me percato de su mano arrastrándose hacia mi trasero. Trago con más fuerza y cierro los ojos. —Mira nada más, estás temblando— su voz es cínica, al mismo tiempo que me sujeta por el cabello de la nuca. —No deberías ponerte tan nerviosa— tira un poco para exponer mi cuello. —Si sabes complacerme, no te haré daño— percibo su tibia lengua humedeciendo con lascivo deseo. Mi reacción a las cosquillas cutáneas se expresa con un gemido entrecortado. Es vergonzoso notar que mi cuerpo parece traicionarme, sin embargo, no me importa en éste momento. Después de todo, a mí no me gusta el dolor, así que debería considerar su propuesta. Su mano libera mi cabello y empieza a bajar por la espalda con avidez. Su lengua no deja de lamer, acercándose al lóbulo de mi oreja, para luego mordisquear con vehemencia. Al menos debo agradecer que el juez Minos no tiene colmillos como otros Espectros de aspecto más salvaje, eso sería demasiado doloroso. Su tacto recorre mis costados con una extraña calma, y a pesar del agua, puedo notar el estremecimiento que me provoca. Pretender mantener mi temple no serviría de mucho, el resistirme a sus estímulos resultaría contraproducente. —Permite que haga lo que quiera, no lo podrás evitar— me vuelvo a recordar. Inesperadamente, sus manos se deslizan por mi cintura y caderas, llegando a los bordes del camisón. El sonido de la tela rasgándose provoca que el estómago se me constriña de dolor. Abro los ojos de golpe para comprobar que el Grifo ha destrozado con aterradora facilidad dicha prenda. Ni siquiera tengo tiempo de parpadear, la tela se aparta de mí con brusquedad, y atónita, la veo perderse en el agua. Mi piel lo reciente bastante, ahora estoy prácticamente desnuda, excepto por la pampanilla que cubre mi intimidad. La saliva se me atora en la garganta cuando lo miro a la cara. Su mueca es perversa y se le nota el regocijo que le provoca hacerme temblar. —Tranquila, todavía no he comenzado— sonríe ladino, al mismo tiempo que sus ojos se arrastran sobre mis senos descubiertos. Entonces, sus manos se aferran a mis caderas y empieza a ponerse de pie. Me levanta como si no pesara nada, así que no puedo evitar aferrarme a sus hombros por miedo e inercia. Sigo temblando y los nervios aguijonean por toda mi columna vertebral. No puedo dejar de pensar que en cualquier momento deseará lastimarme. Camina unos cuantos pasos hacia otra orilla de la piscina, donde la altura del borde llega a sus caderas. Sin avisar, me deposita sobre el frío suelo, haciendo que me recueste por completo. Aprieto los párpados y vuelvo a jadear torpemente, sobresaltada por la incómoda temperatura. Puedo sentir al Grifo acercándose a mí. Separa mis piernas con su propio torso, pegándose intencionalmente a mi cuerpo, rozando con obscenidad su miembro sobre mi vientre, mientras que sus manos empiezan a tocarme con avidez. Mi razonamiento se queda estancado. Solamente escucho los gemidos intermitentes que escapan de mis labios. En parte por las sensaciones cutáneas que me recorren, y en parte por el miedo que el Grifo me inspira. No obstante, al paso de los segundos, su toque se vuelve caliente, a pesar de la humedad. Sus palmas transitan una y otra vez por mis costados, por mi abdomen y luego suben hacia mis pechos. De pronto, percibo su aliento en mi rostro y los mechones de su pelo cayendo sobre mis hombros. Me quedo paralizada cuando lo miro de nuevo. Sus ojos de demonio podrían arrancarme el alma. Minos está sonriendo en una forma que no puedo describir, relamiéndose los labios de un modo que me asusta demasiado. Pero lo peor, son sus siniestras palabras. —El miedo en tus ojos es casi perfecto, mi pequeña marioneta— se acerca hasta casi tocar mi boca con la suya. —Pero, por el momento, quiero ver otra cosa en ellos. — Lame la comisura de mis labios con su tibia lengua, para luego deslizarla por mi barbilla y bajar hacia el cuello. Su cabello plateado me hace demasiadas cosquillas, y la piel se me eriza todavía más cuando desciende por en medio de mis pechos. Comienza a tocar, libar y mordisquear mis endurecidos pezones, arrancándome un clamor traicionero. Exhalo el aire de mis pulmones y con una torpe respiración los vuelvo a llenar. Mis brazos permanecen caídos a los lados y las manos se me quieren entumecer. Desearía poder aferrarme a algo, pero temo que cualquier movimiento que haga, el juez lo quiera castigar. Supongo que, si me llama “marioneta”, entonces debo actuar como tal, sin hilos y sin reaccionar. Pero eso es imposible. Ya no puedo controlarme, las sensaciones que provoca su mordisqueo sobre mi carne están perturbándome más de lo que creí posible. Simplemente, no puedo evitar que mi cuerpo reaccione a su estimulación. Entonces lo escucho gruñir por lo bajo, a la vez que noto una de sus manos deslizándose hacia mi vientre. Sus caderas se apartan de mi entrepierna y sus dedos comienzan a delinear una vez más el contorno de mi intimidad sobre la tela. Cierro los ojos con fuerza y aprieto los dientes para retener un lascivo gemido. Su caricia remonta y desciende lánguidamente, dibujando sólo la superficie, incitando una sorpresiva y casi dolorosa punzada en mis pliegues. —No deberías resistirte— masculla burlón. Y tiene toda la maldita razón. Es inútil ignorar las sensaciones, y nada impide que un grito desconcertado escape de mi boca cuando siento una poderosa presión sobre el vértice de mi sexo. Justamente en aquel pequeño botón de carne que pocas veces me atrevo a palpar con suavidad. Las descargas nerviosas suben por mi columna vertebral y empiezo a gemir con más fuerza. Desconozco si su toque es demasiado intenso, o si mi sensibilidad se ha disparado bruscamente, pero no puedo soportarlo. La espalda se me arquea con violencia y mis muslos quieren cerrarse con urgencia. En ese momento, su otra mano se queda quieta sobre mi pecho, impidiendo que me levante. Mis manos se disparan hacia su brazo y mis uñas se clavan en su piel casi por instinto. El Grifo gruñe molesto, pero no se detiene. Su proceder es casi sádico, y a pesar de que no es dolor lo que me está causando, su oscilación estimula más y más los espasmos de mi interior, llevándome al límite de la respiración. Entreabro los párpados y me doy cuenta que su mirada permanece clavada en mí, complaciéndose con mi expresión casi asfixiada. De pronto, entorna los ojos cuando percibe mis uñas arañándolo. Pésimo error. Él se detiene por completo. Tomo una bocanada de aire con torpeza y apenas puedo pensar en lo que he hecho. Sin embargo, la reacción del juez no es demasiado sorpresiva ni violenta. O casi. En un instante, aparta mis muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza con una sola mano. Su mirada se vuelve más afilada y amenazante. —¡Quédate quieta! — sisea por lo bajo. Si él fuera un animal, eso equivaldría a que me enseñase los colmillos como advertencia. Entonces, el corazón se me detiene. Su otra mano baja de nuevo hacia la húmeda pampanilla. Puedo ver cómo sus dedos rozan el borde y sujetan con firmeza el lateral de la tela, para luego, desgarrarla sin piedad. Casi me atraganto debido al pánico, y por un segundo, creo que me voy a desmayar. No obstante, eso está muy lejos de suceder. El juez se mantiene entre mis muslos, impidiendo que pueda cerrarlos. Su mano arroja los restos de la prenda y luego regresa sobre mi vientre, para comenzar a palpar con extraña lentitud. Sus dedos se deslizan hacia mi intimidad, y claramente puedo notar sus yemas acariciándome con insólita suavidad. Aquel contradictorio proceder me desconcierta por completo. A pesar de que estoy petrificada por el miedo, su maldito roce logra sacudirme de nuevo. Esta vez su manoseo es menos intenso, y por extraño que parezca, dicha sutileza desencadena una convulsión en mi interior con mayor potencia. Conforme transita por los pliegues de mi sexo, subiendo y bajando, presionando únicamente lo adecuado, empiezo a distinguir el pulsar de mi carne y el rocío que provoca. Aprieto los párpados una vez más, permitiendo que un lúbrico gemido estalle en mi boca. Minos gruñe en respuesta, satisfecho de escucharme. No necesito mirarlo para confirmarlo, basta con oír su respiración, acelerándose conforme nota el escurrimiento de mi humedad. Casi puedo imaginarlo, está sonriendo con maldad. Mis jadeos se vuelven más intensos y constantes cuando percibo que recoge la lubricación de mi interior con sus dedos, para luego extenderla en torno a mi cavidad. Lánguidamente acaricia mi entrada, sutilmente incita su dilatación. —Anna, te lo repetiré sólo una vez más— la excitación se distingue en su voz. —Deja de resistirte, o podrías lamentarlo. — Clavo la mirada en el techo de piedra. Mi pecho sube y baja sin parar, en un vano intento por mantener mi respiración en el límite. Sin embargo, mis nervios ya no pueden más, sencillamente he dejado de pensar. Comprendo muy bien las palabras del Espectro, su advertencia no es un juego. —Sí… señor— contesto mecánicamente en un susurro ahogado. De repente, su tacto va más allá de mis pliegues iniciales. Un grito a medias se genera en mi garganta. Pero termina transformándose en un obsceno gemido, cuando siento que empieza a hurgar en mi cavidad. Primero un dedo, deslizándolo con parsimonioso movimiento, para después, oscilar con elegante delicadeza. Esto es algo que jamás esperé que pudiese hacer. Es decir, sus dedos únicamente sirven para desplegar sus mortales hilos y arrancar la vida de sus víctimas. Tal vez por esta ocasión, no tiene dicha intención. Mi espalda se arquea de nuevo cuando otro de sus dedos inicia el mismo recorrido. El jadeo de mi boca se incrementa al ritmo de su intromisión. Las palpitaciones en mi carne son el indicativo de que lo aceptan. La sensación lúbrica se incrementa y ya he perdido por completo la cabeza. Tengo la mente nublada. Tal vez el instinto de conservación me ha forzado a no resistirme para mantenerme a salvo. Quizás se deba a su sutil amenaza de lastimarme. Pero sea lo que sea, no me importa en éste momento. Prefiero dejarme arrastrar por las sensaciones y no por el miedo. Cierro los ojos e intento relajarme, pero eso no es tan fácil cuando su tacto se va intensificando. Mis brazos y manos se han aflojado, mis piernas ahora están descansando contra sus flancos. Tengo la respiración alterada, el corazón me late desbocadamente y la estimulación en mi vientre comienza a enloquecerme. —Lo haces muy bien, mi pequeña marioneta… — murmura el Grifo, deslizando sus dedos un poco más. —Continúa danzando para mí… — Apenas si consigo mirarlo, su estimulación sigue ofuscando mis sentidos. Sus ojos violetas mantienen un brillo desquiciado y casi podría jurar que el jugueteo con mi cuerpo es lo que más está disfrutando. De repente, su extraña tortura da un nuevo giro. Sus dedos se retiran momentáneamente, llevando hilos húmedos al sensible botón de mi sexo. Sus yemas embadurnan con abundancia, para luego acariciar con malévola travesura. La sensibilidad de aquel punto me hace gemir hasta quedarme sin aire. La nueva sacudida me recorre todo el cuerpo, la piel se me eriza y las descargas nerviosas en mi columna vertebral se vuelven insoportables. —Un poco más… — se regodea el juez. La posición de su mano cambia, llevando sus dedos a mi cavidad otra vez, friccionando contra las paredes de mi interior, al mismo tiempo que el talón de su palma presiona mi sensible vértice sin ninguna consideración. Mi clamor llena la habitación. El clímax comienza a gestarse en algún punto de mi vientre. Las contracciones van en aumento y las sensaciones se aceleran al grado de sentir muy cerca el desmayo. Y en ese momento, Minos libera mis muñecas y aferra mi mentón con firmeza, obligándome a verlo directo a la cara. —¡Mírame! — ordena imperativo. Casi no logro escucharlo, estoy delirando en una celestial bruma. Mis ojos lo observan, pero lágrimas contenidas por la tremenda estimulación me impiden distinguirlo por completo. Mi boca entreabierta jadea sin parar y mi extenuado resuello no consigue llenar mis pulmones. Siento que en cualquier momento voy a colapsar. Súbitamente, mi sexo se contrae alrededor de sus dedos. Esto lo hace sonreír con perversidad, mientras sus pupilas se clavan con fiereza en las mías. No sé qué sucede, pero esa breve conexión, me aterra hasta límites insospechados. Entonces, todo deja de importar. El orgasmo explota violentamente en mi cuerpo y ya no consigo sostenerle la mirada. Alcanzo la cúspide de forma frenética, apretando los párpados al grado del dolor. Mi grito es casi salvaje y refleja por completo el placer carnal que me consume sin piedad. Me ahogo en el éxtasis, perdiéndome de toda realidad. . . Minos de Grifo tiene una fría sonrisa en los labios. La cruda lujuria se puede notar en sus ojos violáceos. —No más juegos, mi pequeña Anna… —***
Continuará… Y bien, ¿Qué les pareció mi lindo Minos de Grifo, así, o más retorcido? Tengo una fijación malsana con personajes de pelo largo y platinado. ¿Esto se quedó en un punto muy tenso? Sí, de eso se trata precisamente, de sentir la tensión. El próximo capítulo está en proceso y espero no demorar otra vez. Gracias por leer.