Anna y el Grifo

Het
NC-21
En progreso
2
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 125 páginas, 52.181 palabras, 10 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo VI

Ajustes
Buenas noches: Perdonen el retraso, éste capítulo debía publicarse ayer, pero estaba dudando en hacerlo. Así que decidí darle otra revisada, pues creo que en esta ocasión me pasé un poquito con el Lemon. Quizás no sea para tanto, pero aquí van los avisos. Advertencias: Lemon explícito y detallado, tensión sexual, descripciones largas y quizás densas para algunos. No me hago responsable de inquietudes, traumas, pesadillas, etc. Si lo leen, es bajo su responsabilidad, y de una vez aclaro: Minos de Grifo es mi nuevo fetiche, así que su comportamiento malicioso está moldeado a mi capricho. Pueden llamarme perversa si así lo desean, no hay problema. Sean bienvenidos los nuevos lectores y seguidores. De antemano agradezco su tiempo de lectura y los reviews que gusten regalarme. Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso.

***

Capítulo VI Las sienes me punzan mientras vuelvo a la realidad. Mi respiración se ha ralentizado poco a poco y ahora siento calor en todo el cuerpo. El aturdimiento no cesa y el placer continúa palpitando suavemente en mi entrepierna. Entreabro los ojos a pesar de sentirlos empañados. Quisiera quedarme sólo mirando a la nada y perderme en la agradable sensación que se disipa desde mi vientre. Sin embargo, es imposible ignorar al juez. Él sigue ahí, regodeándose con mis expresiones faciales. Las cuales deben tener algo llamativo, de lo contrario, no demostraría aquel insano interés por ellas. Consigo enfocar la vista para verlo, al mismo tiempo que el nerviosismo vuelve a estrujar mi estómago. Me ha liberado de su agarre y sus dedos han abandonado mi interior. Ahora juega con los hilos de mi humedad, sabe que mi cuerpo ha reaccionado muy bien a su ladino toque, y que ahora estoy preparada para recibirlo. La incertidumbre se desliza por mi nuca y baja por mi espalda cuando lo veo relamerse los labios de esa forma tan ávida e inquietante. De pronto, el Grifo se cierne de nuevo sobre mí. Sus brazos se flexionan a mis costados, haciéndome sentir su piel. Su torso desnudo se restriega contra mis senos endurecidos. Sus caderas se acomodan entre mis muslos, y aunque no deja caer su peso por completo, la presión que ejerce encima de mi vientre es suficiente para asustarme. Puedo notar su endurecido miembro pulsando sobre mis pliegues, pero sin llegar a penetrarme todavía. —¿Demasiado sensible? — Minos sonríe con malicia, empezando a oscilar despacio contra mí. Aprieto los párpados con fuerza, dejando escapar un intenso gemido. Ese movimiento, pausado y martirizante, me sacude por completo. La sensibilidad que aún persiste en mi carne es demasiada, pudiendo notar con claridad que mi interior vuelve a dilatarse y a escurrir en humedad. Su tortura sólo dura unos segundos, pero son suficientes para dejarme sin aire. Es una advertencia, él no planea liberarme todavía, no hasta saciarse por completo. Se aparta de nuevo, pero yo no puedo abrir los ojos todavía. La sensación en el vértice de mi sexo es demasiado grata para ignorarla. Tanto así, que no me doy cuenta de sus manos deslizándose por debajo de mi espalda, para luego alzarme como si nada. Por un breve instante percibo el movimiento de mi cuerpo. Me obligo a separar los párpados, comprobando que el juez me ha levantado como si fuese un costal de grano. Me coloca encima de su hombro derecho, afianzándome las piernas con el brazo. El aliento se me escapa en un jadeo asustado y no puedo evitar aferrarme a su espalda y cabello. No quisiera irritarlo, pero me aterra la idea de caer al suelo desde esta altura. Sin embargo, no parece importarle que haga eso, pues no se queja ni dice nada mientras camina por el agua. Aún estoy aturdida por los efectos carnales que me recorren el cuerpo, pero me doy cuenta que estamos saliendo del salón de baño. Se encamina hacia su habitación… rumbo a su lecho. Los nervios vuelven a estrujar mi estómago. —Contrólate… no debes asustarte— me digo a mí misma. El sexo no es algo que me atemorice. Afortunadamente, mi marido siempre fue gentil, aunque demasiado conservador de las costumbres maritales. Sin embargo, nunca he estado con nadie más, y el juez Minos no es un hombre común. Trago con dificultad, mis temores revolotean en mi cabeza. De pronto, el corazón me brinca en el pecho cuando siento que se inclina hacia adelante. Él ha subido a la enorme cama sosteniéndome todavía, pero casi de inmediato, su brazo se afloja y me deja caer sobre las sábanas. Un pequeño grito escapa de mi boca y no consigo soltar de inmediato su cabello plateado, jalándolo bruscamente conmigo. El Espectro gruñe molesto, al mismo tiempo que sus ojos se entrecierran con advertencia. —Controla esas manos mujer— me arrebata los mechones de pelo y los lanza por encima de su hombro. —A menos que quieras que te las amarre— insinúa con un dejo de travesura, acercándose a mi rostro. Él está encima de mí, sosteniéndose con rodillas y brazos. No es correcto que me distraiga su impresionante cuerpo, digno de admiración y deseo. Pero en estos momentos de aturdimiento, no puedo evitarlo por más que quiera. Su fuerte pecho se agita debido a su inquieta respiración. Sus bien trazados músculos se tensan un poco más por debajo de la piel. Su prominente erección pulsa con morbosidad, permitiendo el fluir de su propia lubricación. Rápido niego con el rostro, pues no quiero que sus hilos vuelvan a forzarme. El juez baja un poco más, acercándose a mi oído. Su murmullo me provoca una tremenda sacudida. —Hueles delicioso… — Trago con dificultad, el matiz de su voz ahora suena demasiado sensual. Mi cordura quiere regresar en estos breves instantes de relajación, para gritarme que no preste atención a semejantes detalles, por lo peligrosos que son. No obstante, mi instinto de conservación mantiene el control, y me obliga a casi ronronear cuando percibo su lengua delineando el contorno de mi oreja. Aprieto los párpados y me dejo arrastrar una vez más. Mi sensibilidad corporal se ha incrementado, percatándome que su lascivo recorrido va incitando cosquillas en mi piel con mayor facilidad. Conforme desciende por mi cuello, los efectos cutáneos empeoran gracias a su largo cabello, el cual se escurre sobre mí con húmedas puntas que me erizan incluso más. Mi jadeo se incrementa y los nervios me estrujan el estómago cuando percibo su peso sobre mí. No se deja caer por completo, pero sí lo suficiente para hacerme sentir su tersa piel y la fuerza de su cuerpo. Las gotas de agua desaparecen rápidamente bajo la calidez de sus manos, las cuales transitan por mi piel en un hábil manoseo. Su húmeda lengua no se detiene ni un sólo momento. Desciende hacia mis pechos y se intercala con sus tibios labios. Besa los puntos exactos, para luego mordisquear con sutileza. De nuevo agradezco que no tenga los caninos desarrollados. De lo contrario, quizás no apreciaría la forma casi traviesa con la que marca mi carne. Mi cuerpo se estremece y comienzo a temblar, pero no sé si es por miedo o ansiedad. Me aferro con fuerza a las sábanas en un vano intento de mantenerme en la realidad. Pero eso pierde valor cuando es mi propia mente la que no quiere razonar. Y quizás eso sea lo mejor en éste momento. Soy consciente de que el Grifo no se detendrá, así que de nuevo me repito que esto no tiene por qué ser tan difícil. Si considero lo que ha sucedido hasta ahora, podría decirse que he tenido buena suerte. Una maldita y muy retorcida buena suerte. —Entonces, continuaré siendo su marioneta…— Casi no me doy cuenta, pero mis gemidos han comenzado a tomar un voluptuoso matiz. Las sensaciones continúan provocando la reacción de mi cuerpo. Mi interior vuelve a pulsar, humedeciéndose un poco más, esperando a lo que vendrá. No sé si estoy lista para esto, pero ya no hay marcha atrás. El juez se queda en mis pezones, libándolos con impertinencia, a la vez que sus manos masajean mis muslos y caderas con una precisión que me sobresalta. Desconozco lo que pasa por su mente, pero al recordar sus palabras, puedo darme una idea. Él no busca saciarse rápidamente, a Minos le gusta jugar y tomarse su tiempo. Sin embargo, desconozco que tan perversos puedan ser dichos juegos. Estoy a punto de averiguarlo. Escucho su respiración alterarse de nuevo, asemejándose por momentos al gruñido de un animal. Trago saliva con dificultad mientras abro los ojos una vez más. Sus manos dejan de acariciarme y sus brazos se sitúan a mis costados, para luego alzarse sobre mí. Sus caderas se abren paso entre mis piernas, y con brusquedad sus muslos empujan los míos, consiguiendo que los separe aún más. Su palpitante erección queda peligrosamente cerca de mi sexo. La respiración se me detiene por completo. Minos de Grifo me observa fijamente con sus inquietantes ojos violetas. Parece un lobo a punto de lanzar su mortal dentellada. Su resuello se escucha intimidante, distendiendo los músculos de su pecho con cada exhalación. El deseo que ahora revela su mirada es casi voraz, digno de un Espectro de Hades. Para finalizar, su inquietante sonrisa es demasiado siniestra. ¿Debería preocuparme por eso? Sí, debería, pero no puedo hacerlo. No puedo pensar en ello cuando tengo nublado el razonamiento. No puedo enfocarme en eso cuando noto que mi sexo se contrae anhelante. Y a pesar del miedo latente, no consigo siquiera dejar de mirarlo, pues ahora sus iris me parecen endemoniadamente hermosos. Él es un demonio seductor, y al reconocerlo, me condeno al averno. —Escucha Anna… — su voz es sumamente grave. —Lo diré por única vez… — se aproxima a mi rostro y su mano derecha se cierra alrededor de mi cuello con una ligera presión, provocándome un sobresalto que me eriza la espalda. —No dejes de mirarme… — Vuelvo a tragar dolorosamente, a la vez que mis pulmones se llenan de aire. Sentir sus dedos amenazándome logra que mi cerebro tenga un chispazo de claridad momentáneo. El Grifo tiene algún tipo de manía que no alcanzo a comprender. Pero me queda en claro que está relacionada con mis ojos y lo que mis expresiones faciales, en conjunto, proyectan para él. Minos es perturbador. No me ha hecho ningún daño físico ni mental, y quizás eso es lo más alarmante. Porque no sé cómo actuar ante su oscura naturaleza. No puedo comprenderla todavía, y si lo hago, podría ser aterrador. —Sigue su juego, es lo único que debes hacer para sobrevivir— susurra mi razonamiento. Demoro en reaccionar y contestar, por lo que siento la presión un poco más, cortando levemente mi respiración. —¿Lo has entendido, mi pequeña marioneta? — Parpadeo con rapidez para enfocarme en acatar su extraña orden. —Sí, señor Minos— las palabras salen sin vacilación de mi boca. El juez tuerce su sonrisa y de inmediato me libera. Sin embargo, su proximidad se mantiene y su mirada se desvía a lo largo de mis facciones, para luego arrastrarse hasta mis labios. De forma inesperada, su boca se acerca a la mía y comienza a besarme. Apenas si logro digerir un susto cuando llega otro más fuerte. Cierro los ojos de golpe al notar el punzante espasmo en mi estómago. No me da tiempo de reaccionar, su sorpresivo ósculo me deja absolutamente petrificada. El Grifo comienza a devorarme sin demoras. Su apetito carnal se puede notar en lo vehemente de sus actos y en lo poco que le importa mi desconcierto. Basta con un mordisqueo de su parte para obligarme a separar los labios y recibirlo en mi boca, invasivo, absoluto y posesivo. Reacciono un par de segundos después, nerviosa porque pudiese irritarle mi inmovilidad. Ni siquiera me pregunto por qué lo hago. Tal vez porque sus labios son suaves, cálidos y hambrientos. Quizás porque su lengua es húmeda, versada y malévola. Claramente siento su dominio sobre mí, guiando nuestra unión. No es violento, pero sí muy intenso. No me lastima, pero tampoco me permite total libertad. Así que cuando el aire en mis pulmones se atora, no puedo evitar jadear con torpeza, al mismo tiempo que los efectos carnales inician su recorrido con fuerza. A mi cerebro le ha quedado en claro la sutil amenaza. Entonces, permite que mi instinto de supervivencia se encargue de todo lo demás. Forzándome a ignorar si esto está bien o está mal. Eso no importa ya. Siento calor en el rostro y el pecho se me contrae en busca de más aire. Mis uñas se clavan en las cubiertas de la cama conforme voy percibiendo las cosquillas en mi nuca y espalda. Entonces el juez me libera pausadamente, dejando un húmedo y lúbrico rastro. Mi resuello es bastante inestable, siento las mejillas enrojecidas y los labios un poco inflamados. Abro los párpados para encontrarme con su arrogante rostro. Minos de Grifo tiene una fría sonrisa en los labios, y la cruda lujuria se puede notar en sus ojos violáceos. —No más juegos, mi pequeña Anna… — Súbitamente, un intenso gemido se pronuncia en mi garganta. Mi vientre se contrae y el espasmo en mi interior se vuelve doloroso. La malicia se vislumbra en el rostro del juez cuando su endurecida virilidad comienza a rozar por encima de los pliegues de mi intimidad. El desconcierto se expresa en mis ojos, junto con otras emociones que terminan siendo engullidas por su inquietante mirada. Eso es lo que él quiere contemplar. —Vuelve a danzar para mí… — su voz es malintencionada. Paso saliva despacio por enésima vez, temiendo atragantarme por el miedo. Otro movimiento de sus caderas hace que su miembro vuelva a friccionar sobre mi carne, incitando la sensibilidad de mi vértice. Aprieto los párpados sin querer y jadeo con más fuerza. Sé que no debo cerrar los ojos, pero es bastante difícil no hacerlo. De inmediato regreso mi atención al Grifo, quién continúa observándome fijamente. No sé si podré soportar esto, son demasiadas las sensaciones físicas que me provoca, y ni siquiera me ha tomado todavía. De nuevo vuelve a oscilar, desencadenando otro gemido ahogado, esta vez acompañado por el rocío de mi intimidad. No entiendo por qué hace esto, quizás sólo desea torturarme. Y eso lo confirmo cuando advierto el insano brillo en sus pupilas y escucho el siniestro matiz de sus palabras. —¿Sabes qué es más placentero que el sonido de los huesos quebrándose? — cuestiona con tenebrosa y calmada naturalidad, para luego responder con perversidad. —Los gemidos de una mujer… — Me quedo congelada una vez más, perdiéndome en su mirada desquiciada. Él no está esperando mi reacción en palabras. No. Él desea escucharla estallando en mi garganta. Sus caderas retroceden, y en ese momento, el razonamiento se desconecta en mi cabeza. Puedo sentir cómo el inicio de su miembro empieza a hurgar en mi cavidad. Su hinchada corona fricciona contra mi humedad en un movimiento que resulta morboso y estimulante a partes iguales. Un instante después, se abre paso lentamente en medio de mi sensible carne. Mi intención es gritar, pero el sonido que emerge de mi boca no parece un grito. Es más bien una mezcla de incomodidad, un gemido enervante y un libidinoso estertor que, en concordancia, se escucha como una obscena melodía por toda la habitación. Se me empaña la vista y araño desesperadamente las sábanas sin dejar de clamar con intensidad. Mis pliegues se contraen y dilatan conforme se adentra centímetro a centímetro en mi interior. Su miembro se desliza sin demasiada dificultad, no obstante, lo hace con tanta parsimonia, que casi se vuelve un torturador deleite. Mi cuerpo se estremece en su totalidad y no puedo evitar gimotear con más ímpetu. Las sensaciones que nacen en mi sexo remontan por mi columna vertebral hasta nublarme la mente. El Grifo masculla entre dientes, pero apenas si logro escucharlo. —Sigues demasiado estrecha… — La incomodidad inicial mengua, intercalándose con sosegadas contracciones que poco a poco distraen mi nerviosismo. La lubricación se filtra convenientemente para tolerar sus dimensiones, disipando mis inquietudes pasadas. Él no se detiene en absoluto hasta quedar por completo abrazado en mi calor húmedo. Nuestros sexos quedan unidos y los lascivos efectos provocan que se me diluya la poca razón que me queda. Por un fugaz instante no puedo evitar sentir una vaga culpabilidad por las reacciones naturales de mi cuerpo. No obstante, la lujuria que ahora me domina es tan deliciosa, que termina por suprimir aquel pensamiento. Desconozco en qué momento se adueñó de mí, no sé cómo sucedió y ya no me importa. Pero me queda claro que Minos de Grifo es el responsable. Puedo sentirlo dentro de mí, su dureza continúa pulsando a pesar de que se mantiene quieto, respirando cada vez más rápido. Entreabro los ojos para mirarlo y descubro que también, por breves instantes, ha juntado los párpados a causa de su propio regodeo. Es imposible no prestar atención a su hermoso rostro, a sus líneas de expresión deformándose por el placer, y a la notoria tensión de su mandíbula, como si intentara contenerse. No es difícil imaginar el deleite que está experimentando. Su expresión lo delata y casi puedo adivinar lo que quiere hacer en éste momento. De repente, abre los ojos y su fiera mirada se clava en mis pupilas. Nuevamente aquella extraña conexión me incomoda demasiado, es como si pudiera hurgar en mi alma. O quizás es sólo el delirio de mi mente perturbada por lo que estoy viviendo. Sus iris violetas permanecen enturbiados por algún oscuro deseo, complaciéndose con la expresión arrobada de mi rostro. Vuelve a sonreír hambriento. Mi sexo palpita alrededor de su endurecida virilidad sin que yo pueda evitarlo. Y como si eso hubiese sido una invitación, él comienza a oscilar despacio las caderas. Un gemido ahogado escapa de mis labios, mientras los espasmos se retuercen en mi centro. Se retira parcialmente y vuelve a introducirse sin aparente prisa, haciéndome sentir algo que no puedo describir. Todo en mí se estremece con fuerza, obligándome a apretar los párpados y casi rasgar la tela que aferran mis manos. La espalda se me arquea, presa de las descargas nerviosas que transitan por mi columna vertebral. Las paredes de mi interior se dilatan cada vez con más facilidad, aceptando el sosegado ritmo de sus acometidas, mientras intento mantener el control de mi torpe respiración. Lo escucho jadear con un matiz delirante. Entreabro los ojos para confirmar que no soy la única en perder la noción de la realidad. El juez está concentrado en saciarse, pero también me arrastra con él a esa vorágine de sensaciones enervantes. Si lo hace deliberadamente o no, es algo que sale sobrando. Me basta con darme cuenta que sus reacciones físicas son tan humanas como las mías, a pesar del abismo de poder que nos separa. Una media sonrisa se acentúa en sus labios antes de hablarme en un tono excitado. —Es muy satisfactorio ver cómo se refleja el vicio carnal en tus ojos— se acerca a mi rostro. —Veamos que tanto puedes expresarlo. — De repente, sus labios se posan sobre los míos y de nuevo me roba el aliento con un arrebatado beso. Su control es sensualmente feroz y su lengua deliciosamente malvada. Mi instinto acepta la invitación sin dudarlo demasiado. Mis manos liberan las sábanas y se mueven por sí solas, posándose sobre sus marcados brazos. Comienzo a dibujar su musculatura casi sin darme cuenta, al mismo tiempo que intento no quedarme sin aire. Las sienes me punzan y el calor en mi rostro aumenta. Sin embargo, no puedo evitar regodearme con las sensaciones que me provoca éste impensado contacto. Lo repito de nuevo, el Grifo es impredecible, así que sólo me queda resignarme a lo que dicte su capricho. Ya no distingo lo que hago, simplemente mi cuerpo reacciona a sus perversos estímulos. Mis brazos se deslizan hasta sus hombros y mis dedos juegan con su sedoso cabello. Mis piernas se mantienen contra sus flancos, temblando con el movimiento de su cuerpo. Sigue devorándome con intensidad, hasta que de pronto, siento cómo sus caderas empujan con más fuerza contra mi vientre. El beso se rompe con un quejido entrecortado de mi parte y una sonrisa ladina en sus labios. El juez aumenta el ritmo de sus embestidas, al mismo tiempo que se cierne un poco más sobre mí. La fuerza de su cuerpo me asusta demasiado. Pero conforme voy apreciando su cálida piel, quemando y friccionando contra la mía, la ansiedad va disminuyendo. Me aferro a su espalda, maravillándome de su bien formada anatomía. No obstante, mi etérea concentración se pierde cuando mi resuello se desboca reiteradamente. Ahora su boca se arrastra por mi cuello, mordiéndome con ansiedad, mientras que los mechones de su pelo caen otra vez, provocándome punzantes cosquillas. Mi clamor no hace sino aumentar, danzando al compás de su deseo. Mis muslos tiemblan, mis pechos se agitan y las contracciones en mi vientre se tornan más vertiginosas. Súbitamente, una extraña sensación de urgencia comienza a invadirme cuando escucho el lúbrico sonido de nuestra unión. Tan excitante y lascivo, tan sensorial y frenético. Algo dentro de mí sonríe y se complace con aquella retorcida cacofonía, haciendo que mi mente desvaríe en una plácida bruma. Entonces, Minos de Grifo gruñe en una entonación casi feral. Se alza de nuevo, flexionando los codos, haciendo que lo libere de mi abrazo. Su imponente torso no deja de temblar, y cuando encuentro de nuevo sus ojos, percibo la intensidad de su coloración violeta y la dilatación de sus pupilas negras. Aquel brillo desquiciado es una señal de que por fin ha alcanzado la exacerbación final. Sus manos aprisionan mis antebrazos contra las sábanas. Sus caderas arremeten más rápido y su oscilación se torna salvaje y demencial. No puedo evitar gritar hasta quedarme sin aliento, pero él no se detiene ni desacelera, y casi puedo asegurar que mis gemidos lo incitan aún más. Lo sé, porque puedo distinguirlo en su obsesiva contemplación y en los gestos de satisfacción que ahora deforman su pérfido rostro. Mi lubricación escurre sin parar, su miembro se desliza con morbosa facilidad. La fricción en el vértice de mi sexo alcanza un grado imposible de soportar. Estoy al borde del abismo final. Mi pecho arde, pues el aire no es suficiente y temo perder la noción de la realidad. Tengo la mirada empañada y perdida en el vacío, ya no puedo concentrarme en nada más. Sus embestidas me obligan a temblar con violencia, haciendo que mi interior pulse con fuerza. La urgencia carnal llega a la cima y claramente noto que empieza a gestarse la próxima culminación. Mis pliegues íntimos inician una presión alrededor de su virilidad, delatando mi frenético placer. Minos puede sentirlo y su reacción se manifiesta con una expresión insana y arrogante. —¡Mírame Anna! — sisea amenazante, aproximándose a mi rostro, sin dejar de embestirme. —¡Quiero verlo en tus ojos! — En el preciso instante que obedezco, el tiempo se detiene, un segundo después, el orgasmo estalla con furia en el centro de mi vientre. Todo fluye de nuevo, imparable y potente. Las sensaciones se retuercen, para luego dispersarse a lo largo de mi columna vertebral, espoleando mi sistema nervioso a un grado enloquecedor. Todo mi cuerpo vibra y mi grito, combinado con sonidos guturales, retumba por toda la habitación, e incluso más allá. El Grifo se regodea con lo que ve en mis pupilas antes de que cierre los párpados debido a la sublime agonía que me devora en su totalidad. La brusca ondulación de sus caderas se mantiene por unos instantes más, hasta que logra su propia cúspide sexual. Puedo notar cómo se estremece, al mismo tiempo que escucho su salvaje bramido. Con el último embate, derrama su cálida simiente, para luego, dejarse arrastrar por el divino placer. . . Mi mente continúa perdida, mientras mi cuerpo intenta recuperarse de semejante experiencia. Mi razonamiento me dice que todo ha terminado. Aunque realmente es sólo el principio de mi condena. Observo fijamente el techo del dosel, razonando lo que ha sucedido. El juez Minos de Grifo me ha tomado por completo, sin embargo, no sé qué pensar respecto a eso. Soy muy consciente de que esto se repetirá, pero desconozco si podré tolerarlo. Ha sido bastante agotador. Quizás no fue tan terrible como lo imaginé al principio. Sin embargo, eso no quiere decir que más adelante seguirá siendo igual. En verdad deseo escapar, pues mis temores revolotean en mi cabeza otra vez, creando extrañas ideas. Los segundos pasan lentos y aún puedo sentir al juez temblando. Se ha quedado inmóvil, respirando cansado contra mi cuello. Su cuerpo reposa parcialmente sobre el mío, sin asfixiarme demasiado, debido al soporte que le brindan sus brazos flexionados. Ya me ha liberado de su agarre, pero no sé por cuánto tiempo se mantendrá en dicha posición. Lo escucho exhalar, así que de inmediato cierro los ojos para fingir que me he perdido por completo. Él se incorpora despacio y gruñe por lo bajo en el momento en que abandona mi intimidad. La sensación me obliga a jadear sin poder evitarlo. Siento el pulsar de mi carne y el escurrir de la humedad, tan jodidamente placentero. Enfoco la mirada y trago lento cuando me encuentro con sus diabólicos ojos. —Lo has hecho bien, mi pequeña marioneta— su mano se acerca y me acaricia la mejilla con el dorso en un gesto demasiado dócil, casi incompatible con un Espectro de Hades. —Puedes retirarte, estoy satisfecho por el momento. — Su sonrisa torcida no hace más que confirmar mi recelo hacia él. Se aparta de mí, recostándose en otro espacio de la cama, con el brazo derecho cubriendo sus ojos. Su respiración sigue un poco alterada, y en general, pareciese que su cuerpo todavía no se relaja. Quizás se deba al esfuerzo, no lo sé, porque no estoy segura si los Espectros de alto rango también necesitan descanso. Pasan algunos segundos antes de que logre moverme. Debo alejarme rápido de aquí. Así que, a pesar de sentir un enorme cansancio, me arrastro hacia la otra orilla, llevándome una de las cubiertas del lecho. Hago todo lo posible por no voltear y no llamar de nuevo su atención, aunque eso resulta en torpes movimientos de mi parte. Me tiemblan las piernas y ahora empiezo a sentir las consecuencias. Ignoro la sensación húmeda que escurre por mis muslos, mientras me sostengo del buró cercano. Envuelvo la sábana alrededor de mi cuerpo y empiezo a caminar con pasos inseguros hacia la salida. Puedo escucharlo resollar, él no está mirándome, porque de lo contrario, el escalofrío ya estaría arrastrándose por mi nuca. Alcanzo las puertas y me deslizo fuera de sus aposentos. Cierro, y de inmediato me alejo atravesando la estancia. Sin embargo, no tengo fuerzas para ir en busca de mi propia habitación. Mis rodillas no pueden sostenerme, así que decido sentarme en el mismo diván en el que estaba antes de su llegada. —Maldita sea… no puedo más— farfullo agotada. —Aquí me quedo… — Me recuesto a lo largo del mullido sillón, cobijándome un poco más, para luego, perderme en un profundo sueño. . . Escucho el tintineo de su armadura. Abro los ojos de golpe, preocupada por no haber despertado antes. Simplemente no pude hacerlo, el agotamiento me dejó noqueada. Ni siquiera sé si es de día o de noche. Me llevo una mano a la cara, frotándome un poco los ojos, mientras intento incorporarme. El escalofrío me acaricia la nuca, él está junto a mí. Volteo despacio para mirarlo y contengo la respiración. El Grifo me observa impasible, su cara no expresa nada y pareciera estar tranquilo e indiferente. Se agacha un poco y su mano sujeta mi mentón. Sus labios se ladean sutilmente en otra de sus extrañas sonrisas. —Tal vez deberías buscar una habitación más cercana— se ríe con malicia. Me libera y continúa su camino, desapareciendo tras las puertas de la estancia. Momentos después, el sonido de la entrada principal me indica que se ha marchado. Exhalo con fastidio y me recuesto nuevamente. Hay muchas cosas en que pensar.

***

Continuará… Sí, definitivamente me iré al infierno y Minos estará esperándome en la Corte del Silencio. Pero antes de eso, por favor déjenme sus comentarios, me alegra mucho leerlos. Debo ser sincera, la idea original de esta historia llegaba a su fin con un primer y único encuentro sexual entre Anna y el juez. Después de ahí, pensaba usar la “Deus ex machina” para darle un final, pero viendo que creció la trama, ahora lo estoy dudando, ¿Qué opinan ustedes?
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección