Anna y el Grifo

Het
NC-21
En progreso
2
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 125 páginas, 52.181 palabras, 10 capítulos
Descripción:
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Capítulo VII

Ajustes
Buenas noches: Perdón por el retraso, ando un poco lenta con la historia. Más que nada, porque me cuesta un poco aterrizar las ideas. Debo aclarar lo siguiente: El fanfic todavía no va a terminar. Por lo regular, escribo un boceto previo que abarca la trama global, pero en muy raras ocasiones lo sigo al pie de la letra. Entonces, el “martirio” de Anna continuará un poquito más. Además, no pueden negar que desean ver a Minos siendo perverso con ella, no lo nieguen, yo me incluyo. Advertencias: Va de nuevo, porque si no, me van a culpar de traumarlos. Esto contiene Lemon explícito, descripciones detalladas, tensión sexual y algún capricho de mi loca mente. Si no lo toleran, por favor cierren la pestaña/ventana y vayan a leer otro fanfic. Sujétense bien de sus asientos, porque esto sigue. De antemano les agradezco sus reviews y su tiempo de lectura. Sean bienvenidos los nuevos lectores(as). Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. La historia es de mi autoría personal, la cual solamente escribí por capricho perverso.

***

Capítulo VII Ha pasado un rato desde que el Grifo abandonó Ptolomea. Y fue hasta ese momento en que por fin decidí levantarme. Ya no me siento cansada, pero sí adolorida de todo el cuerpo. Me desperezo con lentitud para reacomodar mis ideas, y en ese instante, me doy cuenta de que la marioneta blanca está a mi lado nuevamente. Un escalofrío me recorre, pues dicho juguete se había quedado en el salón de baño y el juez no lo traía cuando se acercó a mí. Con algo de recelo levanto el títere, revisándolo por todos lados, como si pudiera encontrar algo extraño en su composición. Sé que no es un objeto normal, puedo sentirlo. Es como si pudiese verme, aunque no tiene ojos, siento como si me vigilara. Tal vez estoy perdiendo la razón. Ahora que soy totalmente consciente de mi situación y de mi libre pensamiento, la ansiedad comienza a crecer en mí. Estar encerrada en Ptolomea y tolerar el extraño comportamiento del Espectro no es nada fácil, y desconozco si podré soportarlo. Quizás si continuara con la mente adormecida como hace algunas semanas, no me importaría demasiado. Sin embargo, ahora mi cabeza no hace otra cosa más que pensar en cómo escapar. Una idea tonta quizás. Pero no lo es tanto si tomo en cuenta que la guerra santa pronto estallará. Los últimos rumores que escuché de las Estrellas Malignas, hablaban de un posible ataque directo al Santuario de la diosa Athena. Y eso implica que la señorita Pandora enviará a uno de los generales con sus respectivos soldados. Tal vez eso podría ser una oportunidad si el Grifo es el elegido. El verdadero problema, es salir de aquí. Exhalo despacio y me pongo de pie. Me envuelvo con la sábana, tomo la marioneta y me dirijo a la habitación de Minos. Al entrar, veo el revoltijo de mantas en la cama. No puedo evitar chasquear la lengua con fastidio, pues debo hacer la limpieza. Avanzo un poco más y entro al salón de baño. Camino hasta la piscina, buscando mi hábito, ya que no puedo andar desnuda de un lado a otro. Encuentro las piezas y los restos de tela flotando en el agua. Recojo todo y lo echo en una canasta de servicio que está junto a la mesita de aceites aromáticos. Mi atención se distrae por un momento, no creo que le importe si uso un poco. Tomo una de las redomas y me dirijo a otra esquina del salón, donde hay una zona específica para asearse con una desembocadura de agua tibia. Dejo la sábana doblada en un banquillo y procedo a lavarme a conciencia. . . Rato después. Dejo todo arreglado y tendido en los aposentos del juez. Me llevo lo que voy a lavar, encaminándome al área de servicio. Continúo envuelta en la sábana, en lo que dejo que mis vestiduras se sequen. Lamentablemente, deberé andar sin prendas interiores. No hay mucho que pueda hacer por la tela destrozada, y menos si no tengo aguja e hilo a la mano. Si al juez se le ocurre dañar también mi hábito, no sé qué voy a hacer. De pronto, viene a mi cabeza un razonamiento: Todas las moradas donde residen los Espectros de alto rango tienen una zona para los sirvientes. Ptolomea no debe ser la excepción, simplemente no he buscado bien. Aseguro la cubierta sobre mí y me pongo a buscar por todos lados. Demoro un poco en ubicar el sitio, pues éste lugar es extenso y laberíntico en algunas partes. Pero al fin lo encuentro en la zona norte: Una estancia amplia con múltiples camas y otros muebles básicos para la servidumbre. Huele a polvo y encierro, quizás no ha sido utilizado en mucho tiempo. Reviso a conciencia cada baúl y estante, buscando algo que pueda servirme. Por suerte, encuentro más hábitos guardados y que están en buenas condiciones. Al menos no me preocuparé por la falta de vestimentas. Me despojo de la sábana y me coloco uno de los uniformes. Trenzo mi cabello, pensando en sí debería usar o no la cubierta de la cabeza. Entonces, algo capta mi atención por el rabillo del ojo. Giro hacia la derecha para darme cuenta que las altas ventanas están dejando pasar una extraña tonalidad. Tengo curiosidad, así que busco en que subir para poder asomarme al exterior. Aprovechando una vieja silla, consigo ver lo que sucede afuera: El “cielo” pulsa en colores extraños que van del negro al escarlata. Eso es indicativo de que el dios Hades está inquieto. El inicio del conflicto bélico se avecina. Paso saliva despacio, distrayéndome de pronto con otra cosa. La amplitud de la ventana es suficiente para que un adulto pueda pasar, quizás podría intentarlo. Me impulso con un pequeño salto para alcanzar el borde. La gruesa pared es suficiente para recostar medio cuerpo sin caer. Me arrastro un poco hacia el otro lado y estiro la mano, buscando si hay algo que impida mi salida, dado que no veo barrotes ni otros obstáculos. Sin embargo, no es tan fácil. Repentinamente, el corazón se me contrae cuando noto las sutiles hebras de cosmos, atravesando de lado a lado el marco exterior de la ventana. Es como una rejilla de hilos violáceos que pulsa con suavidad. Tal y como se vería la trampa de una araña. Un inesperado ardor me hace soltar un pequeño grito. —¡¿Qué fue eso?! — me quejo, mientras retrocedo un poco y reviso el lateral de mi mano. Hay una pequeña cortada en la piel, la cual sangra un poco. Definitivamente no tengo muchas oportunidades. El Grifo ha tomado sus precauciones, intuyendo que quizás su marioneta con libre albedrío podría intentar no ser tan obediente. Aquellos peligrosos hilos de cosmos son una advertencia, así que no debo tentar a mi suerte. —¡Malditos dioses, deben estar divirtiéndose con mi infortunio! — Desisto de mi intención y salgo del lugar para ir a lavarme la herida, llevándome conmigo algunos hábitos extras. Regreso a la zona donde están sus aposentos, y para mí “fortuna”, también encuentro más habitaciones. Supongo que debo hacer caso a su “sugerencia”. Después de todo, no es buena idea quedarme tirada en el diván. Selecciono una recámara al azar, dejo por ahí los uniformes y procedo a curarme. . . El tiempo se ralentiza cruelmente. Apenas he cumplido dos días aquí y ya me siento demasiado nerviosa e inquieta. No me gusta el encierro ni la incertidumbre de no saber qué sucederá. Antes de que el juez me descubriera, yo podía ir de un lado a otro mientras hacía mi trabajo de sirvienta. Eso era una distracción efectiva para no perder la estabilidad emocional una vez que recuperé mi libre pensamiento. Pero ahora… Para evitar que mi cabeza se desvíe con malos pensamientos, me dirigí a la cocina, buscando algo que se me hiciera familiar. No hay nada para comer o cocinar, pero al menos el agua está disponible desde otra pequeña fuente empotrada en la pared. Me acerco y con las manos recojo un poco del líquido para beber. Siento que mi mente se enfría, relajando parcialmente mi estrés. Extraño la comida. No es que la necesite para vivir, pues estando en el inframundo, es como tener una pausa en el organismo. Parece que los Espectros de servicio no requerimos de alimentos. O eso es lo que yo creo, porque en el tiempo que llevo aquí, nunca nos han alimentado. Aunque no sé si eso aplica para todos, dado que, en un par de ocasiones, vi a los jueces Aiacos y Rhadamanthys cenando en el castillo de Hades. Vuelvo a exhalar despacio y tomo un poco más de agua. Tan fresca y cristalina, que resulta demasiado contrastante en éste lugar. Me acerco a una mesa pequeña para sentarme y me quedo viendo una de las antorchas que iluminan el lugar, perdiéndome por algunos momentos en sus danzantes flamas. —¿Qué estará sucediendo en el mundo exterior? — me pregunto, desviando mi atención a la mano lastimada. La herida fue superficial, así que solamente la cubrí con un paño. —Quisiera tener noticias de allá, pero no puedo salir de éste maldito lugar— suspiro otra vez y me quito el pedazo de tela, dejando al descubierto la pequeña línea rojiza. —Entonces, cuando empiecen las batallas, ¿Me dejará encerrada aquí? — El silencio se hace presente y siento cómo la desazón crece en mí. El estómago se me contrae y de pronto me punza la cabeza. No quiero estar aquí, completamente sola, consciente de lo que soy y de lo que me depara el futuro. No es una vida que desee vivir. Agacho el rostro, me siento afligida, y por un instante creo que comenzaré a llorar. Pero ni siquiera tengo tiempo de hacer un simple sollozo, el ruido de la puerta principal me sobresalta bruscamente. Trago con lentitud, regresando a mi triste realidad. El Grifo ha vuelto a Ptolomea demasiado pronto, y tal vez lo haga seguido de ahora en adelante. Después de todo, soy su nueva diversión. Me pongo de pie y verifico que la marioneta continúe atada a mi cintura en su aterciopelado envoltorio. No tengo más opción que permanecer atenta a su comportamiento y caprichos. Así que vuelvo a tomar aire para serenarme e intentar conservar una calma que estoy muy lejos de sentir. . . El juez Minos se encamina a la biblioteca de nuevo. Puedo escuchar sus pasos resonando en el suelo, junto con el sonido metálico de su Sapuri. Me acerco cautelosa y me quedo esperando en el pasillo, a una prudente distancia. Su orden no tarda en ser pronunciada. —Anna, ven… — El corazón se me estruja de nuevo y aprieto los puños con nervios. Es tiempo de ver que tiene en mente ahora. Camino hasta la entrada de la biblioteca y empujo la puerta con suavidad. Minos permanece sentado detrás de su escritorio de fina madera oscura, con uno de los enormes libros de almas abierto frente a él. Está haciendo anotaciones con una pluma y su gesto parece ligeramente fastidiado. Supongo que no es agradable llevar trabajo a casa. —Ordene, mi señor— me anuncio en voz baja, manteniendo el rostro agachado. Puedo sentir su mirada sobre mí, demasiado intensa e inquietante. —Diviérteme— es lo único que dice en un tono indiferente, mientras remoja la pluma en la tinta negra y continúa escribiendo. Suelto el aire despacio y me aproximo por el lateral del escritorio. Desenvuelvo el títere y estiro con cuidado los hilos para que no se enreden. Antes de llegar a un espacio más o menos amplio para poder sentarme en el suelo, me percato de algo que no estaba antes en el librero a espaldas de él. En ese estante sólo hay libros forrados de piel oscura y alguna que otra figura de mármol tallado como contrapeso decorativo. Por lo que, el atrayente color amarillo de la sustancia contenida en un frasco transparente, llama demasiado mi atención. Sin embargo, debo entretener al juez, así que lo ignoro por ahora. Sus alas negras están plegadas hacia atrás, por lo que no me estorban al momento de hincarme junto a él. Comienzo a mover las cruces para que el juguete camine de un lado a otro. Me mantengo concentrada en hacerlo bien, cada movimiento calculado para que la figura humana en verdad lo parezca. Aún me sorprendo de lo rápido que he progresado dominando dicho objeto. Minos me observa atentamente, intercalando su mirada con la marioneta y conmigo. No llevo cubierta alguna sobre la cabeza y mi cabello se mantiene trenzado en mi espalda. Esto me da un aspecto diferente, ya que mi rostro es más notorio. Me pregunto qué ideas pasan por su cabeza al tenerme aquí, arrodillada y obedeciendo sus órdenes. Sé perfectamente que para el Grifo no soy sólo una sirvienta que pueda ignorar a su paso como a otras monjas oscuras. Por algo me trajo aquí y tiene “consideraciones” con mi persona. Aunque tal vez la explicación más simple es que soy un juguete “vivo” para su diversión carnal. Después de todo, una muñeca sin voluntad y sin expresiones emocionales, quizás no sea tan divertida para él. De lo contrario, podría haber tomado a cualquier otra sirvienta. ¿En qué me apoyo para semejante idea? En la extraña fijación que tiene por verme delirar y escucharme gemir. En el placer que se dibuja en su rostro cada vez que yo obedezco sus órdenes con innegable sumisión. Como dije anteriormente, a Minos de Grifo le gustan los juegos perversos, y ésta vez tiene planeado algo que jamás pasó por mi cabeza antes. Lo escucho exhalar con fastidio y en ese momento regreso a la realidad. Me quedo inmóvil cuando levanto el rostro y lo veo dejar la pluma en el tintero mientras cierra el enorme libro. Sus ojos se encuentran con los míos para luego sonreírme con travesura. —Es suficiente trabajo por hoy, ¿No crees, Anna? — La saliva se me atora en la garganta y titubeo, no estoy segura si debo contestar. —S-Sí, señor Minos— murmuro, al mismo tiempo que retomo el baile de la marioneta. Escucho su risita macabra y de nuevo levanto la mirada para verlo. Está observando fijamente al pálido juguete. —Vaya, que rápido has dominado los hilos— mantiene su extraña sonrisa mientras se acerca a mí, sin levantarse de su silla. Su mano me apresa de nuevo por el mentón para hacer que levante más la cara. —Quizás puedas convertirte en mi ayudante después de todo… — Palidezco notoriamente. Ya había olvidado aquellas estúpidas palabras que escaparon de mi boca por accidente el otro día. Escuchar a un juez infernal decir que tiene cierto interés en un Espectro de rango menor, para lo que sea, no es una buena noticia. —Pero antes de enseñarte a usar mis hilos… — su mirada se afila y sus ojos brillan amenazantes. —Deberás aprender a respetarlos… — Antes de siquiera razonar lo que dice, logro distinguir el tono violáceo de sus hebras infernales, danzando a mí alrededor. Retira su mano de mi barbilla para luego tomar el títere y quitármelo. Casi de inmediato, percibo sus hilos enredándose en mis brazos ágilmente, haciendo que los eleve por completo. Cuando me percato de lo que sucede, ya me encuentro de pie, levantada por la fuerza sobrenatural de su poder. Minos se incorpora, dejando el juguete en la mesa y acercándose a mí. Su expresión refleja cierta molestia y no puedo evitar asustarme. No comprendo su reacción, no creo haber hecho algo mal, así que comienzo a temblar, mientras le dirijo una mirada confundida. —Dime Anna, ¿Qué estuviste haciendo después de que me fui? — pregunta, al mismo tiempo que toma una de mis manos y la tuerce un poco para ver mi dorso. Justamente la mano que me lastimé con su telaraña. —¡M-Mis d-deberes, s-señor Minos! — contesto atemorizada. —¿Y qué más? — sus dedos acarician sutilmente la cicatriz que apenas está en formación. —¡N-Nada más! — El juez me suelta y baja el rostro para quedar a mi altura. Sus ojos demoníacos me aterran cada vez más. —No mientas, yo sé lo que trataste de hacer— su otra mano se desliza hacia mi cuello y lo atenaza con firmeza. —No deberías volver a intentarlo, ¿O ya olvidaste que eres mi marioneta especial? — su agarre se intensifica y por un momento me quedo sin aire. —¡No puedes alejarte de mí! — El Grifo lo sabe. No sé cómo, pero está al tanto de que intenté escapar por esa ventana. Quizás la lesión podría haberme delatado, pero eso no es suficiente prueba para que él lo supiera. Hacer el aseo de un lugar como Ptolomea siempre puede tener consecuencias en las manos. Pero, de cualquier modo, es inútil buscar una respuesta en éste momento. Aprieto los párpados con miedo, temiendo que desee castigarme. Sus últimas palabras son un siseo intimidante y una funesta sentencia: No puedo escapar de él. Aun así, no alcanzo a comprender por qué se irrita tanto. Después de todo, sigo aquí, sometiéndome a su voluntad. Minos sabe que no puedo salir de su residencia, pero quizás esto resultó ser una afrenta para su enfermizo control. Y qué más puedo esperar de un maldito juez loco, al que mi vida le pertenece por completo. —¡L-Lo siento! — respondo torpemente. —¡N-No lo haré de n-nuevo! — Él me libera para que respire, sonriendo de nuevo con maldad. —Muy bien Anna— su frente se aproxima un poco más, hasta quedar pegada a la mía. —Espero no tener que repetírtelo, salir fuera de Ptolomea, no es algo que te convenga. — Sus oscuras advertencias siempre vienen acompañadas de un matiz siniestro. El aviso es para dejarme en claro que puede saber si intento escapar. Salir de su morada, implica que otros Espectros me encuentren y asesinen, o que lo haga él mismo si desobedezco. Maldita sea mi suerte. —L-Lo entiendo señor— hablo de nuevo, mientras inhalo más aire para calmarme. Su mirada deja de brillar amenazante, pasando a un estado más relajado, pero no por ello, menos inquietante. Se aleja de mí y camina unos pasos más allá para quitarse su armadura. Las oscuras piezas vibran al unísono, se desmontan de su cuerpo y luego se acoplan en la misma esquina del otro día. Trago saliva con dificultad, presintiendo sus infames propósitos. Mis brazos continúan elevados e inmovilizados, supongo que ahora sí me castigará dejándome atada con sus hilos. Lo sé, porque no hace ningún movimiento para soltarme, sino que se acerca otra vez, y con una expresión maliciosa, toma el frasco del estante. Se sienta de nuevo y retira el corcho para destaparlo. No puedo evitar seguir todos sus movimientos, es como vigilar a un animal que podría morderme en cualquier momento. —¿Sabes qué es esto, Anna? — pregunta, al mismo tiempo que olfatea la sustancia amarilla y hace una mueca complacida. Yo parpadeo nerviosa, su juego ha comenzado y temo equivocarme si no lo comprendo a tiempo. No obstante, un fuerte y dulce aroma llega a mi nariz, distrayéndome de mi ansiedad. Al principio me sorprendo, y casi puedo asegurar lo que es aquella sustancia. Pero la duda me hace mantener el silencio y negar con el rostro. —Esto es un lujo en las tierras donde nací— sonríe divertido, sin dejar de mirar el contenido. —La miel es un tesoro valioso en un lugar donde el frío persiste la mayor parte del año— se relame los labios. El asombro se refleja en mi rostro, confirmando mi suposición. Es miel lo que contiene ese frasco, y al parecer, al juez Minos le agrada dicho alimento. Un vago recuerdo de mi vida pasada me asalta. En algún momento yo también disfruté de postres elaborados con jalea de abeja. Sin embargo, es un alimento bastante caro y difícil de conseguir, mi marido tardaba meses en poder adquirir una pequeña cantidad. Eso significa que el Espectro ha salido al exterior, y muy probablemente, ha devastado alguna desafortunada villa. El frasco, es su botín. —¿Te gusta la miel? — interroga de nuevo, cortando mis pensamientos. El corazón me brinca en el pecho, sus iris violáceos han comenzado a enturbiarse. El presentimiento de que alguna idea perversa se genera en su cabeza, logra que me estremezca. No tengo más remedio que adivinar su intención y seguir su juego. —Sí… — respondo en voz baja. Entonces el juez dobla un par de dedos, como si me llamara. Sus hilos de cosmos reaccionan y yo no puedo resistirme a su fuerza. Hace que me acerque para luego arrodillarme frente a él. Mis brazos bajan y son llevados por detrás de la espalda, sintiendo que las hebras se enredan alrededor de mis muñecas. La respiración se me pausa al observar un insano deleite en su cara. Probablemente mi expresión tímida comienza a excitarlo de nuevo. Unta su dedo índice en la jalea y sonríe con malicia. —Lame… — ordena, al mismo tiempo que aproxima la miel goteante a mis labios. Contengo la respiración y cierro los ojos por un par de segundos. El dulce aroma llena mis fosas nasales, y sin que pueda evitarlo, un entumecimiento recorre mi mandíbula, haciendo que comience a salivar. Hace mucho tiempo que no pruebo tan delicioso manjar. No puedo negarme. No quiero negarme. Observo la miel fijamente, y sin siquiera razonar, o que realmente me importe hacerlo, abro la boca y mi lengua emerge ansiosa. Las primeras gotas caen y su dulce sabor cautiva toda mi atención. La sensación se extiende por mis papilas, provocándome una extraña fascinación. Me enfoco en obedecer, empezando a lamer casi con inusitado placer. Minos mantiene una mueca torcida. Humedece sus labios con morbosa lentitud, pues su mente ya está maquinando lo que me hará. Puedo sentir su penetrante mirada, enfocada en contemplar mi sumisión. Sabe que tiene el poder para hacer que los demás se sometan a su voluntad, y yo no soy la excepción. ¿Qué más podría hacer? Aceptar sus caprichos es la única seguridad que tengo, por ahora, de que no me hará daño. —Bien hecho, Anna. — He recogido toda la miel y ahora tengo una sensación gustosa en la boca. Exhalo despacio, tratando de no perder la concentración. Observo al juez embadurnar su dedo con más jalea, para después comenzar a degustarla con serena lentitud. Al parecer, él tampoco ha probado dicho postre en mucho tiempo. Vuelve a tomar una porción más pequeña y se acerca a mi rostro. —Quédate quieta— dice, al mismo tiempo que empieza a untar la sustancia en mis labios. Me quedo pasmada, intuyendo lo que hará a continuación. La tentación de relamer es demasiada, no puedo evitarlo. El almíbar ha hecho que me relaje momentáneamente y que desee probar un poco más. Quizás porque he extrañado la comida, o tal vez porque no me queda de otra y de nuevo mi instinto quiere protegerme. Entonces, Minos me toma del mentón y se aproxima a mis labios. Esta vez no estoy tan asustada, y aunque su roce me inquieta, logro responder a su deseo. Al primer contacto, sus labios quedan impregnados de dulce, e inmediatamente después, empieza a devorarme con lentitud. Mi boca se abre y lo recibo ansiosa, permitiendo que el suave sabor acaricie mi lengua, encandilándome una vez más. Así que cierro los ojos de nuevo y acepto su ósculo con una inesperada naturalidad. Algo está mal conmigo. No debería ser tan placentero ser besada por otro hombre que no sea mi marido. Pero en ese instante, mi mente vuelve a susurrar: Haz lo que sea necesario para sobrevivir. Y eso es lo que haré. El juez jadea contra mi boca y puedo sentir su estremecimiento, él está disfrutando éste juego. De repente, su mano se desliza por el lateral de mi rostro para luego afianzar mi nuca, sosteniéndome con fuerza. Su beso se vuelve más intenso, más lascivo, provocando que mis nervios se estresen y las sensaciones físicas comiencen a invadirme. El dulce sabor se disipa y poco a poco el Grifo me libera. Estoy agitada y con la respiración entrecortada. Todavía no puedo creer lo que acabo de sentir, aquella caricia ha sido demasiado inquietante para mi propio bien. Entreabro los párpados y puedo verlo relamerse lenta y sensualmente los labios, al mismo tiempo que la lujuria se despliega en sus ojos violáceos. —Desnúdate— ordena ansioso, mientras vuelve a degustar más de la jalea. Una tremenda sacudida me recorre todo el cuerpo y apenas puedo asimilar lo que dice. Me cuesta creer que en verdad tenga la intención de tomarme en éste lugar. Sin embargo, no puedo replicar ni quejarme cuando lo veo reclinarse contra el respaldo de su asiento en una postura altiva, dejando en claro que no debo desobedecerlo. Me pongo de pie, notando que los hilos se deshacen, liberando mis muñecas. Pero continúo nerviosa y eso empeora cuando lo veo regocijarse con la miel entre sus dedos. Creo adivinar por dónde va su juego, así que trago con nervios, mientras voy soltando los cordeles del hábito. No obstante, mis movimientos se vuelven torpes y no consigo deshacerme rápido del atuendo. El Grifo me mira con una ceja levantada y un leve gesto de fastidio. —Eres muy lenta— tuerce la boca. —Y hoy no tengo mucha paciencia— los dedos de su mano libre se mueven con precisión. Los hilos violáceos danzan de nuevo a mí alrededor. El pánico aumenta cuando siento que me abrazan todo el cuerpo súbitamente. Me quedo petrificada, notando una extraña presión sobre la tela que comienza a doler. Aprieto los párpados al sentir un ligero ardor y no logro evitar que un pequeño grito escape de mi boca. Entonces, todo se calma en un instante. Ya puedo respirar, ya no hay presión ni ardor sobre mí. Fue sólo por un instante, únicamente lo necesario para desnudarme. Conforme voy abriendo los ojos, los pedazos seccionados de tela empiezan a caer. Sus letales hebras son muy versátiles, desgarrando sólo mis vestiduras. Dejan un leve enrojecimiento en mi dermis, que desaparece pronto. La estupefacción adorna mi rostro y el miedo se incrementa, haciendo que instintivamente me cubra. —Maldito juez…— susurra mi mente a pesar del temor que me asalta. Levanto el rostro para mirarlo, los ojos del Grifo brillan con inquietante lubricidad. Termina de saborear la miel en sus dedos y hace un leve movimiento con la cabeza, señalando su área de trabajo. —Acuéstate encima del escritorio. — La saliva se me atora en la garganta. Semejantes juegos jamás los había imaginado y no sé cómo actuar. Lo malo es que el recelo y la turbación me hacen dudar, congelándome en mi sitio. No alcanzo a reaccionar y sin querer, las palabras me traicionan otra vez. —P-Pero… señor, yo n-no… — una pausa torpe. —Aquí… no… — El Grifo disminuye su sonrisa y entorna la mirada sobre mí. Entonces, deja el frasco junto al títere y se pone de pie en toda su imponente estatura. No puedo moverme y me quedo sin respirar cuando su rostro se aproxima al mío. —¿Así que no quieres obedecer? — Apenas logro gesticular. Deseo contestar rápido, pero antes de siquiera intentarlo, me toma de una muñeca y me arrastra con él. No puedo resistirme, así que me dejo conducir, tratando inútilmente de pronunciar una súplica. En unos cuantos pasos rodeamos el escritorio, hasta el área que se encuentra totalmente despejada. El espacio es suficiente como para que alguien se siente y recueste. Supongo que esa es su idea, y no le importa la incomodidad que yo pueda sufrir. Sin el más mínimo gesto de esfuerzo, me levanta como a un simple bulto, para luego sentarme en el borde de la mesa. Me quejo de dolor por semejante tirón, y casi de inmediato, noto su otra mano presionando contra mi pecho, obligando a que me recueste sobre la fina madera. Mi espalda se arquea debido a la fresca superficie. —Muy bien mi pequeña Anna— me mira con perversidad sin dejar que me levante. —Presiento que querrás resistirte a esto, porque quizás no lo has experimentado antes, así que… — su otra mano hace una gesticulación con la palma hacia arriba, cerrando los dedos con lentitud. —Tendré que amarrarte. — El pánico se arrastra por mi nuca y mis ojos se abren en grande. Su mano se cierra por completo, y en ese instante, el tono violáceo resplandece en torno a mí. La fuerza de su cosmos se proyecta en nuevos hilos que se deslizan hacia mis brazos, llevándolos por encima de mi cabeza. Hacen presión sobre mis muñecas, dejándolas completamente inmovilizadas, como si estuviera atada directo al mueble. Y todo empeora cuando, al mismo tiempo, otras hebras se arrastran por mis tobillos. Estando en el borde del escritorio, parte de mis extremidades quedan al aire. Entonces percibo que la fuerza sobrenatural me obliga a separarlas incluso más. El agarre me inmoviliza de la misma forma que a mis brazos, dejándome expuesta y temblando, casi al grado del terror. Siento un dolor en el pecho y temo que ésta vez, no tenga consideraciones conmigo. —¡S-Señor Minos… p-por favor no! — logro articular. —¿No qué? — se agacha despacio sobre mí, sus brazos se flexionan a mis costados y su rostro se aproxima hasta quedar a escasos centímetros de mi nariz. —Dime Anna, ¿Por qué estás temblando si aún no he hecho nada? — Su pregunta es burlona, complaciéndose del miedo reflejado en mis pupilas. Trago despacio, pensando en mi respuesta, aunque seguramente, no tendrá valor alguno para él. —N-No quiero que… me l-lastime… — Es absurdo suplicar ante uno de los líderes del inframundo, pero a mi razonamiento no le importa demasiado. Tal vez no consiga nada, así que tampoco pierdo algo con intentarlo. Sin embargo, su respuesta me deja en claro que no debería desear comprender a un Espectro como él. —¿Lastimarte? — la expresión de su rostro es inquietante. —Eso sería divertido en otras circunstancias, pero no en tu caso, mi pequeña sierva— la sonrisa de sus labios se amplía maliciosa. —A mis marionetas especiales, me gusta torturarlas de otra manera… — Quizás debí quedarme callada. Mis ojos se quedan fijos en sus iris violetas. En ellos se vislumbran apetitos que, a mi parecer, son demasiado turbios. O tal vez sólo se debe a mi limitada visión puritana, la cual, no me ayuda demasiado. Mi respiración continúa lenta y torpe, sin lograr emitir ningún otro sonido. Sus palabras simplemente me han dejado estupefacta. Él se incorpora de nuevo para alcanzar el frasco de miel y volver a relamerse los labios con ansiedad. Regresa la mirada sobre mí, y en ese instante, me queda en claro el morboso propósito del dulce manjar. —Ahora, quédate quieta— recoge un poco de miel con su dedo para lamerla con lentitud. No puedo evitar erizarme al contemplar esa lengua, azuzando los temores de mi mente. —Esto será divertido sólo si dejas de tensarte. — Se desliza por el lateral del escritorio, quedando a mi lado. Entonces, posiciona el frasco encima de mi rostro. Mis ojos se clavan en la sustancia amarilla cuando empieza a escurrir en un hilo delgado y pausado sobre mis labios. —Todavía no la pruebes— ordena, mientras mueve el frasco y continúa derramando la jalea por mi barbilla y luego hacia mi cuello. El juez Minos de Grifo está loco, jodida y morbosamente loco. De los tres Espectros más fuertes de Hades, tenía que venir a caer en las garras del más perturbado. Desvío la mirada hacia el techo y exhalo despacio, tratando de controlar mi estupor. Mi terror inicial se disipa poco a poco. Él no me hará daño físico, eso me queda en claro con sus incisivas palabras. Sin embargo, su juego es demasiado lascivo para que lo comprenda y acepte de inmediato. En verdad me está costando trabajo lidiar con ello. El hilo de miel se corta en medio de mis pechos. El dulce sabor se filtra por mis labios y adormece mi olfato. La tentación de probar el almíbar crece demasiado. Continúo agitada y nerviosa, pero no pierdo detalle de sus acciones. Ha dejado el frasco a un lado y lo veo sujetar su largo cabello por detrás para que no le estorbe. Entonces se aproxima de nuevo, con la excitación vislumbrándose en cada uno de sus gestos. Apenas alcanzo a parpadear cuando siento su boca posándose sobre la mía. Su lengua emerge e inicia una sensual libación. Las sensaciones me estremecen y las cosquillas en mis labios me hacen jadear involuntariamente. El juez aprovecha esto para besarme con más intensidad, haciendo que su contacto se torne dulce y seductor. Aquel disfrute no se puede negar, es imposible resistirse a él y a su insólito proceder. Sus manos me sujetan el rostro, tomándome con firmeza, mientras siento cómo su lascivo beso me deja sin aliento. Más intenso y más dulce, puedo percibirlo en mi boca, invadiéndome con libidinoso placer. Y en ese instante, mi mente se adormece y mi instinto de conservación se relaja. El juego del Espectro no es peligroso para mi cuerpo, pero no sé si pueda decir lo mismo de mi ofuscada psique. Minos jadea complacido y me libera con una última lamida. La miel de mis labios ha desaparecido y supongo que ahora continuará con el rastro que ha dejado. —Relájate mi querida Anna, apenas estoy empezando… — El matiz cínico de sus palabras me mantiene en un estado de alerta. Vuelvo a tragar despacio cuando baja hacia mi cuello y su lengua se posa en mi piel, deslizándose con travesura. Sube pausadamente y recoge la jalea de mi mentón con una satisfacción que no deja de inquietarme. Al mismo tiempo, sus manos se deslizan hacia mis hombros, iniciando un distraído roce. La sensibilidad de mi piel recoge los estímulos y los guía por mi columna vertebral. Mi espalda se arquea cuando el juez arrastra su lengua sobre mi cuello y desciende hacia mis pechos. Sus manos llegan a ellos y empieza a masajearlos con insistencia, mientras liba el dulce sabor sin detenerse. Cierro los ojos y vuelvo a jadear entrecortado, percatándome de que mi cuerpo ha reaccionado muy pronto a la situación. La incredulidad me asalta por unos segundos, pero mi instinto de conservación la desecha de inmediato. Simplemente, la moral y la culpa no tienen importancia en éste momento, ni en los que vendrán. El Grifo continúa deleitándose con mi piel, dejándola limpia del dulce néctar. Sin embargo, eso no es suficiente para él. Lo escucho tomar de nuevo el frasco y percibo con claridad la sustancia cayendo sobre uno de mis pezones. Para cuando separo los párpados y miro, el hilo ambarino ya se ha escurrido hacia el otro, embadurnando con un goteo que se vuelve tremendamente erótico. La mente se me aletarga un poco más cuando Minos vuelve a devorar mi carne. Mis senos se endurecen por completo bajo el toque de sus tibios labios, distribuyendo la miel para luego libarla a placer. Suave y pausado al inicio, impetuoso y voraz al progresar. Sumado a esto, su toque impertinente no deja de recorrer mis costados, incitando gratas cosquillas por todo mi cuerpo. Nuevamente cierro los ojos cuando más jalea escurre sobre mi abdomen. La perversa lengua del juez sigue el camino hacia ella, humedeciendo y acariciando con minucioso detalle. No deja rastro alguno del almíbar, y no puedo evitar pensar que dicho órgano bucal se mueve con una destreza casi sobrenatural. Los segundos se ralentizan y pierdo la noción del tiempo, entre resuellos ahogados y sonrisas de gozo involuntario. Las sensaciones dérmicas se vuelven más intensas gracias a sus caricias, y toda mi atención se queda fija en sentir esas descargas de placer. No me percato en qué momento derrama las últimas gotas de miel sobre mi vientre, demasiado cerca de mi intimidad. Sin embargo, estoy tan perdida en su juego carnal, que sólo me queda continuar resollando sin parar. Su lengua degusta una vez más, dejando un rastro húmedo, acompañado por su tibio aliento. El efecto cutáneo permanece por algunos segundos y no me percato cuando se detiene, para luego apartarse pausadamente. Mi instinto se alerta. Un breve vistazo me indica que se ha movido de mi lado, volviendo a posicionarse en medio de mis piernas. Lo escucho respirar más rápido, asemejándose a un animal sediento. Eso provoca que una convulsión de miedo me estruje con fuerza el estómago. Mis ojos se abren por completo para encontrarme con su afilada mirada. Sus pupilas se han dilatado y oscurecido, revelando de nuevo su crudo apetito. Se agacha sobre mi vientre, sin dejar de observarme como el depredador que es. —¡E-Espere s-señor! — me atraganto al comprender su intención. Mis extremidades se tensan, y en un reflejo de autoprotección, intento cerrarlas. Pero sus malditos hilos me mantienen inmovilizada y sometida, cual cadenas sobrenaturales. —¡Yo… no… e-eso no! — vuelvo a sacudirme. Sus manos sujetan mis muslos, impidiendo cualquier movimiento. Una sonrisa sádica se despliega en su hermoso y diabólico rostro. Él sabe perfectamente que estoy asustada, y que jamás he experimentado semejante práctica. Y no le importa en lo absoluto. —Quieta… — se humedece los labios con perversión, aproximándose a mi sexo. Quiero resistirme, pero antes de que pueda pronunciar otra queja, su lengua tibia y húmeda se adosa al vértice de mi carne, con la presión exacta para dejarme sin aire. Cierro los ojos con fuerza, y un segundo después, se desliza con lánguida obscenidad, arrancándome un grito estrangulado. Me quedo sin respirar y la conmoción me deja petrificada. Los nervios sensitivos de mi sexo pulsan violentamente, en una reacción combinada de malestar y extraño placer. El Grifo vuelve a presionar sobre mí, más lento y más suave. Otro grito a medias escapa, derivando pronto en un morboso gemido. Siento que me ahogo y los pulmones se me contraen en busca de más aire. Lo que percibo entre mis piernas me deja atónita y muy perturbada. El corazón se me desboca y ya no puedo reprimir los sonidos de mi boca. Su lengua se arrastra de una forma tan sinuosa, que casi de inmediato las palpitaciones en mi cavidad se tornan dolorosas. Un sufrimiento disolutamente encantador, que provoca la contracción de mi vientre y el inicio de mi lubricación. Los ojos se me humedecen y la respiración se vuelve más difícil de sobrellevar. La espalda se me arquea con fuerza y mis muñecas sufren por la resistencia de los hilos. Pero al juez eso no le importa, pues sigue entretenido con su libidinosa actividad, gozando con cada uno de mis gimoteos. Casi puedo sentirlo sonreír burlón contra mi carne, cuando su lengua se desliza hacia los otros pliegues de mi intimidad, recorriéndolos con descarada obsesión. Abro los ojos en el instante que el órgano lingual toca mi centro. No consigo pensar en nada, lo que estoy sintiendo me tiene conmocionada. Súbitamente, la garganta se me desgarra en un voluptuoso clamor cuando se entierra en mi interior. Comienza a estimularme sin piedad, haciéndome sentir que podría morir a causa de los intensos efectos. Una sensorial agonía que casi me hace perder la razón. Su tortura carnal persiste sin darme tregua, con movimiento intenso, presión adecuada, resbaladiza succión y una desquiciante satisfacción. Mi resuello es discontinuo, en un vano intento por mantenerme en la realidad. Y en estos instantes de regodeo, comprendo que quizás el inframundo también guarda placeres ocultos que jamás llegué a imaginar. Y al parecer, éste Espectro me los quiere mostrar. Pero él no deja de ser eso, un Espectro de Hades. Minos de Grifo es despiadado con sus adversarios. No soy su enemiga, pero es igual de cruel conmigo, atormentándome de esta manera. Gruñe por lo bajo, así que puedo oír su jadeo incrementándose cada vez más. No es difícil imaginar que su cuerpo ha comenzado a reaccionar. Su conducta se asemeja a la de un animal en celo, que se excita debido a mi aroma sexual. No quiero mirarlo, porque temo comprobar la verdad. De pronto, algo se contrae en mi interior. La convulsión carnal inicia un abrupto crecimiento desde los nervios sensitivos de mi vértice. La respiración se me entorpece hasta quedarme sin aliento. La culminación de su caricia oral se avecina frenética, golpeando como una imparable ola. El juez se regodea al sentir la contracción de mi carne. Su perversa lengua prolonga la estimulación de mi cavidad. Vagamente percibo que una de sus manos se ha movido, llevando dos de sus dedos hacia mi sexo. Recoge parte de la humedad para después colocarla sobre mi inflamado botón. Lo recubre con suavidad y luego presiona en un movimiento sosegadamente circular. Las convulsiones del clímax se tornan violentas, obligándome a gritar y casi llorar. Todo se ralentiza a mi alrededor, al mismo tiempo que el placer se propaga por todo mi cuerpo. Pierdo la noción del tiempo y me dejo ahogar en el éxtasis final. De nuevo el Grifo sonríe con vanidad, satisfecho con mi respuesta carnal. Sus dedos y lengua continúan en movimiento, prolongando mi celestial tormento.

***

Continuará… ¿Quién quiere miel? Definitivamente me voy a ir al infierno, ya no lo puedo evitar, ¿Alguien gusta acompañarme? Por favor déjenme saber su opinión y sus reacciones, es divertido y agradable leerlas. Perdón por dejarlos hasta aquí, pero créanme que no es fácil revisar y corregir Lemon, a pesar de que yo lo escribí. Además, el trabajo diario me quita mucho tiempo. Espero no demorar con el próximo capítulo. Gracias por leer.
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