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Capítulo VIII Estoy cansada y atónita por lo que ha hecho el juez. Apenas han pasado unos instantes, pero todavía siento las consecuencias de su caricia. Mi sexo aún está pulsando y mi lubricación goteando. Quisiera tomar un respiro, pero sería una estúpida si creyera que él me dejará libre en éste momento. No puedo negar que tengo miedo, pues siento que podría morir en sus manos… pero no de una forma violenta. Sin embargo, a estas alturas de la situación, ya no estoy segura si deba continuar maldiciendo a los dioses. —Eres tan deliciosamente sensible… — murmura con malicia, ya apartado de mí. Entreabro los ojos, aún tengo lágrimas huidizas provocadas por el goce, pero alcanzo a distinguir cómo el Grifo se relame los labios con sensual codicia. Su gesto continúa expresando un apetito hambriento y lobuno que sólo confirma mi temor. Entonces, escucho el chasquido de sus dedos. Los hilos que me sujetan se rompen en el aire, liberando todas mis extremidades. Cierro los párpados e inhalo despacio, en un intento por controlarme. No puedo moverme, sigo temblando y eso empeora con sus palabras. —Así es como debe oler una hembra, a excitación y deseo… — se acerca de nuevo y me toma por la cintura, levantándome del escritorio. Por mera reacción, me aferro a sus hombros sin dejar de tiritar. Los nervios me cosquillean en la nuca cuando empieza a retroceder unos cuantos pasos hacia el otro sillón. Toma asiento y hace que separe las piernas para depositarme sobre su regazo, frente a frente, con su hinchada erección palpitando debajo de mí. Un jadeo involuntario escapa de mis labios al sentirlo. Trago despacio y hago todo lo posible por no mirarlo, no quiero ver su rostro de demonio. Pero a él no le importa, así que me sujeta de la nuca, tirando despacio de mi cabello para obligarme a levantar la cara. —Anna, mírame… — Tengo los ojos apretados y no quiero obedecer. De repente, escucho su risita siniestra. —Vamos Anna, muéstrame el deseo que se refleja en tus pupilas— su otra mano se desliza hacia mi entrepierna, palpando con sutileza la humedad que se filtra en hilos transparentes. —No puedes ocultármelo, tu cuerpo te delata… — Me sobresalto al sentir su toque y no logro contener otro gemido morboso. Él tiene razón, a pesar de todo, continúo demasiado sensible y receptiva. Separo lentamente los párpados, permitiendo que su sobrenatural mirada me contemple y devore mi alma. —Eso es, mi pequeña marioneta— su rostro se acerca hasta pegar su frente contra la mía. —Son hermosas tus expresiones faciales, miedo y excitación, perfectamente combinadas. — Jamás podré olvidar todas las palabras que me dice, tan perturbadoras como él mismo. —Ahora dime… — se distancia un poco y su mano libera mi cabello, al mismo tiempo que lo alborota para deshacer la trenza y dejarlo suelto. —¿Vas a resistirte de nuevo? — Me quedo inmóvil, sin dejar de mirarlo. Obviamente, esto no ha terminado. —No… mi señor… — susurro en voz baja. Debo dejar de tentar a mi suerte. Si me pregunta eso, es porque no estoy cediendo por completo a sus caprichos. Mi instinto se inquieta, avisándome que podría estar bailando en el límite de su paciencia. No es notorio a través de su comportamiento, pero con una bestia mitológica, nunca se sabe. Así que me resigno. —Haré… lo que me diga… — El juez ladea el rostro, sonriendo con arrogancia, satisfecho de escuchar mis palabras. Aleja sus manos y se reclina contra el respaldo del sillón. Coloca su codo encima del reposabrazos para descansar su barbilla sobre la palma de la mano en un gesto relajado. —Bien, entonces ya sabes lo que quiero ahora— dice, sin dejar de mirarme a los ojos. La respiración se me atora en los pulmones otra vez. No demoro más de un segundo en comprender que desea tomarme en esta posición. Y por muy conservadora que haya sido mi educación, no es difícil imaginar cómo debo complacerlo. Bajo la mirada con nervios, no me queda otra opción. Suelto el aire con pesadez, y sin dejar de temblar, arrastro mis manos a lo largo de su pecho. Llego a su vientre y con un ligero movimiento, mis rodillas logran algo de soporte en el mullido asiento. Esto facilita que me aparte un poco para tomar el borde de su vestimenta. Mis dedos se deslizan y sujetan la tela para luego comenzar a retraerla. Una vez más, me quedo aturdida al contemplar su soberbia virilidad. La brillante humedad sobre su corona escurre casi con insinuante lujuria. Su latido es hipnótico, resaltando con descaro sus inquietantes dimensiones. En ese momento, mi interior se contrae con un sutil espasmo que me deja desconcertada. Desconozco si es por miedo, o por deseo. El instinto de conservación vuelve a susurrar: No hagas esperar al juez, no te arriesgues a una nueva tortura. Maldigo mi negra suerte, mientras jalo un poco más la tela para liberarlo en su totalidad. Minos hace un leve movimiento con las caderas, levantándose apenas lo necesario del asiento para que la vestimenta se deslice sin problema. Termino sentada sobre sus muslos desnudos, dudando seriamente en continuar. Nunca lo he hecho en esta posición y desconozco cómo será sentirlo de semejante forma. El estómago me duele por la ansiedad, pero tan pronto escucho su respiración siseante, comprendo que ya no puedo demorarme. Inhalo profundo, colocando una mano sobre su torso para sostenerme, después hago fuerza con mis piernas para elevarme y posicionarme. Con la otra mano, tomo su grosor y lo guio hacia mi intimidad. Jamás creí que algún día tendría que hacer algo así. Y nunca imaginé que tal acto, podría resultar morbosamente llamativo para mí. —Así es Anna, estás perdiendo tu buen juicio— mi mente se burla de mis circunstancias. Un voluptuoso gemido emerge de mi garganta cuando siento el inicio de su miembro, deslizándose lánguidamente en medio de mis pliegues íntimos. Despacio y con cuidado desciendo, al mismo tiempo que noto la contracción y dilatación de mi interior, recibiéndolo en un cálido abrazo. La lubricación del reciente orgasmo, aunado a la sensibilidad de mi sexo, me ayuda lo necesario. Me concentro en tomar toda su longitud, intentando no dejarme llevar tan rápido por las sensaciones que palpitan en mi entrada. Algo muy difícil de lograr cuando la estimulación física se vuelve sensualmente inquietante. Mi resuello aumenta de intensidad, así que cierro los ojos para permitir que las descargas recorran mi espalda. Entonces lo escucho y lo siento, el Grifo jadea con lascivo matiz cuando su cuerpo se estremece. Minos también reacciona y permite que los efectos carnales lo alteren, incrementando su hambriento deseo. Puedo notarlo en sus manos posándose sobre mis caderas, presionando con insistencia. Eso me asusta y temo que pueda lastimarme si ejerce más fuerza. No obstante, sólo se queda acariciando. De pronto, una extraña sensación me atraviesa el vientre. Puedo sentir su virilidad por completo, pulsando en mi interior de tal forma, que me hace ronronear viciosamente. No puedo creerlo y no quiero aceptarlo, así que me niego a levantar el rostro, pues ahora mi boca dibuja una sonrisa lasciva. El juez me hace sentir un placer perverso, imposible de rechazar. Me quedo quieta, absorta en éste inesperado goce. Pero el Grifo me hace volver a la realidad. —¿Qué estás esperando mujer? — gruñe ásperamente. —O tal vez quieras que yo comience… — Con los brazos me rodea por la cintura y sus caderas hacen un leve movimiento de empuje, forzándome a sentirlo incluso más en mi interior. Un brusco gemido me deja sin aliento, a la vez que mis manos se mueven a sus hombros, enterrando mis uñas en su piel. Minos se ríe con malicia, acercándose a mi oído para susurrar. —Sé que lo disfrutas… — una de sus manos sube por el canal de mi espalda con suavidad, incitando sorpresivas cosquillas que me hacen respingar. —No quieras disimular ante mí… — No puedo evitar el sobresalto y termino pegando mi cuerpo contra su torso. Mis endurecidos pezones reaccionan al contacto con su cálida piel y las sensaciones empiezan a correr de nuevo. Obviamente él sabe lo que sus caricias pueden provocar, así que no tiene caso ocultar mis voluptuosas muecas. Levanto el rostro y lo miro a los ojos para complacer su gran ego. Ese gesto burlón debería disgustarme, pero prefiero ignorarlo, distrayéndome con el movimiento de su otra mano. Un hilo de cosmos ha depositado el frasco de miel en su palma. De inmediato trago saliva con ansiedad, no puedo negar que deseo degustar más de aquel delicioso alimento. —¿Quieres más? — pregunta, al mismo tiempo que inclina el contenedor para que la miel se deslice. Sostengo la respiración y confirmo, para luego enseñar la lengua. No sé por qué lo hago, pero al menos eso lo hace sonreír con agrado. Lo que significa menos tensión para mí si consigo no disgustarlo. El juez deja caer despacio el hilo ámbar, haciendo que el sabor se derrita en mis papilas. Entonces corta el flujo, permitiéndome disfrutarlo, mientras se recrea con mi expresión arrobada. Entrecierro los ojos, deleitándome con la jalea. Entonces, el Grifo se aproxima a mis labios y comienza a besarme de nuevo. Me sobresalto por un instante, pero no demoro en responder a su arrebato. Su lengua me invade y la mía contesta con ímpetu, lo que parece agradarle bastante. En menos de un segundo, todo se vuelve más excitante, con el dulce sabor intercalándose. La respiración se me entorpece y algo dentro de mi pecho se remueve con lujuria. Mi cuerpo se estremece, reaccionando positivamente a su arrumaco. Me libera después de unos segundos, encontrándome de nuevo con su mirada violácea. Ésta posee aquel brillo perverso que, por breves instantes, me asusta y excita a partes iguales. Estoy loca, lo sé, pero en éste momento no puedo ponerme a razonar. Así que, cuando él vuelve a ordenar, yo simplemente obedezco. —Hazlo… — Tomo aire de nuevo, sujetándome con firmeza de sus hombros. Mis rodillas hacen fuerza contra el asiento para elevarme, y sin pensar en nada más, comienzo a danzar. La presión de mis paredes internas inicia una fricción alrededor de su miembro, generando intensas palpitaciones en mi vientre. Un jadeo compartido se escucha por todo el lugar. El juez se estremece y no alcanzo a entender lo que masculla entre dientes. Sé que el movimiento de mis caderas le ha provocado una poderosa reacción, obligándolo a cerrar los ojos por algunos segundos. Sus manos apresan mi trasero con firmeza. No hace nada más, pero puedo notar la posesividad con la que me sujeta. Decido no prestar atención y sólo me dejo llevar por el instinto. Poco a poco empiezo a tomar un ritmo constante, subiendo y bajando sobre su endurecida virilidad. Y con cada movimiento de fricción y humedad, un agradable espasmo se crea en mi intimidad. Antes de juntar los párpados por el placer, consigo ver la cara de satisfacción de Minos. Algo que se me quedará grabado en la mente. El matiz de mis gemidos adquiere una sensual entonación. Las sensaciones exaltadas remontan por mi espalda, aletargando mi mente. Todos mis sentidos se amplifican exclusivamente para apreciar y disfrutar. La ondulación de mis caderas me brinda cierto control, y como si mi cuerpo supiera qué hacer, presiono un poco más contra el vientre del juez. La estimulación de mi vértice se dispara y algo comienza a pulsar en mi interior. De nuevo el asombro me asalta. Jamás pensé que cabalgar a un hombre de esta manera, podría ser tan satisfactorio y morboso. Ahora me pregunto por qué nunca lo intenté con mi esposo. El deleite sigue creciendo y me dejo arrastrar sin pensar en absolutamente nada más. El Grifo gruñe excitado, confirmando que estoy haciéndolo bien. Entonces sus manos presionan un poco más, y un instante después, comienza a guiar mis caderas en un vaivén más acelerado. Cierro los párpados con fuerza y permito que un poderoso clamor escape de mi garganta. —¡Muévete de esta manera… será más placentero…! — Sus lascivas palabras consiguen que mi lujuria aumente, por lo que acato y memorizo. Aunque no lo quiera aceptar, las convulsiones en mi interior se incrementan deliciosamente. Esto incita que mis uñas rasguñen su blanca piel, pero a él no parece importarle. Se mantiene apoyado contra el respaldo del sillón, al mismo tiempo que mantiene la invasión de mi húmedo interior. Puedo escucharlo, su jadeo se ha vuelto gutural, denotando sutilmente su naturaleza animal. Esto se mantiene por algunos momentos, hasta que de repente, sus manos dejan de guiarme. Las sube a mi cintura, inmovilizándome y haciendo que pierda el control de la penetración. El aliento me abandona cuando noto su pelvis removiéndose debajo de mí. Minos comienza a embestirme frenéticamente. Mis gemidos se tornan sumamente obscenos y no soy capaz de reconocerme en éste momento. No puedo describir lo que siento, pues el delirio carnal se vuelve enloquecedor. Mi instinto tiene el control, manifestándose de una manera primitiva y feral, lo que complace demasiado al juez. Cuando entreabro los ojos para mirarlo, me encuentro con una expresión de engreída y oscura satisfacción. Resulta imposible lidiar con su perversa forma de actuar. Aunque eso realmente no importa ya. El movimiento de su cuerpo se vuelve más intenso, generando en mi centro temblores cada vez más violentos. Su miembro continúa estimulando mi carne hasta el límite de la locura. Su cálida piel se restriega contra la mía y el sudor no es suficiente para sofocar la temperatura que me ahoga. El roce contra su vientre se intensifica y los agradables efectos inician su propagación. Una de sus manos se desliza hacia mi nuca, obligando a que mantenga el contacto visual, pues él desea verme colapsar. Las sensaciones físicas se precipitan, la cumbre sexual se avecina vertiginosa, ocasionando que todo dentro de mi cuerpo se tense con brusquedad. El éxtasis se refleja en mis pupilas dilatadas. En ese momento, se establece de nuevo aquella breve, pero inquietante, conexión con la mirada violácea del juez. Quisiera comprender por qué lo hace, pero todo deja de tener importancia cuando una poderosa vibración sacude las terminaciones nerviosas de mi interior. El orgasmo da comienzo, explotando furioso e incontrolable. El clímax me invade por completo, dejando de respirar con un grito largo y agonizante. Cierro los ojos y mi mente se extravía por infinitos segundos, entregándome al incomparable regodeo carnal. Vagamente logro escuchar a Minos, alcanzándome en la cúspide final. La fuerza de su agarre aumenta, manteniéndose en mi interior con una última embestida. Su estremecimiento pulsa y puedo sentir su semilla quemando dentro de mí, al mismo tiempo que brama su propio placer. . . No sé qué sucede ahora. Apenas puedo respirar, mi cuerpo sigue temblando y únicamente percibo el calor de su piel y el latido de su corazón. Estoy reposando contra su pecho, visiblemente cansada, con los ojos humedecidos y los brazos caídos a los lados. No quiero moverme y no creo poder conseguirlo. Mi vientre aún palpita y puedo sentir la humedad filtrándose en escurridizos hilos. —Siento que voy a desmayarme— divago en mis pensamientos. Realmente ha sido tremendo todo esto. Supongo que yacer con un Espectro como el juez Minos tiene sus consecuencias. Puedo notar su respiración entrecortada, él también está recuperándose de su propio esfuerzo. Sus brazos continúan aferrándome y su frente reposa encima de mi hombro derecho. Sin embargo, no soy capaz de notar algo más a mi alrededor. Una sensación de letargo me nubla la percepción, y ya no me percato del movimiento de su cuerpo, ni lo que susurra en mi oído. . . Abro los ojos pesadamente, a la vez que tomo una bocanada de aire. Siento un gran entumecimiento y estoy un poco adormilada. Entonces percibo la suavidad de una sábana debajo de mí. Permanezco recostada de lado, encima de algo blando, pero no hay nada cubriendo mi desnudez. Lo sé por la sensación fresca que acaricia mi piel. Pasan un par de minutos antes de que pueda enfocar mis sentidos. Entonces me percato que no estoy en la biblioteca con el juez, sino en una habitación común, tendida en la cama. Hay algo de iluminación filtrándose por una ventana, lo que significa que todavía es de “tarde”. Giro hasta quedar bocarriba, para luego sentarme despacio. Estoy sola y no reconozco el lugar. —Maldición, ¿En verdad perdí la noción de todo? — me pregunto, sujetándome la cabeza con ambas manos, pues todavía me punza. —Él simplemente me dejó aquí y ya— suspiro cansada. —Bueno, peor hubiera sido que me dejara tirada en el suelo de la biblioteca. — No me esperaba esto, pero tampoco es como si debiera darle tanta importancia. Me arrastro a la orilla de la cama para levantarme, cuando de pronto, algo atrapa mi atención. En el buró adyacente, se encuentra la marioneta blanca y… el frasco de miel. Trago despacio sin saber qué pensar al verlo ahí, con su dulce contenido a más de la mitad. —¿Qué significa esto? — agarro la redoma y la observo fijamente. —¿Un regalo para mí? — suelto una risita ácida y malhumorada. ¿Qué más podría representar? Después de lo que me hizo, supongo que merezco alguna recompensa. Exhalo despacio, intentando buscar la lógica en dicha situación. Sin embargo, no tiene caso tratar de comprender el actuar del juez. Lo único que me queda claro es que, luego de divertirse conmigo, me dejó aquí, y me permitirá conservar la miel. ¿Eso es normal? Realmente no tengo ganas de pensar en ello. Abro el frasco y tomo una pequeña porción. El sabor me hace sonreír sin querer. La miel es deliciosa y lo dulce consigue que mi mente se calme un poco. Aunque jamás podré volver a ver dicho alimento de la misma forma. Cierro la redoma y la dejo en el buró. Me pongo de pie, envolviéndome en la sábana, para luego salir de la habitación. Todo parece estar en silencio. Camino precavidamente, con los pies descalzos para no hacer ruido. Voy en busca de mi propia recámara para poder asearme y vestirme. De pronto, escucho su voz, así que me oculto detrás de una columna. Lo veo a lo lejos, el Grifo recorre el pasillo que lleva hacia la salida de Ptolomea. Lleva puesta su armadura negra y el gran libro de almas se distingue bajo su brazo. —¿Ahora qué rayos quieres Lune?, estoy ocupado— masculla con fastidio, como si el haber escuchado a su subalterno lo hubiera puesto de mal humor. —Tengo el libro conmigo, estuve revisando algunos registros. — Se detiene a medio corredor y mira hacia el techo, enfocándose en su conversación vía cosmos con el Balrog. —¿Qué te importa lo que yo haga en mis ratos libres?, no le debo explicaciones a nadie, y menos a ti— gruñe molesto. —No vuelvas a cuestionarme si sabes lo que te conviene. Iré a la Corte del Silencio cuando se me pegue la regalada gana, por eso estás tú a cargo, así que no molestes con estupideces. — El juez termina de hablar y reanuda su marcha, farfullando alguna maldición por lo bajo. Lo veo alejarse y momentos después, la puerta principal se escucha cerrándose. Suelto un suspiro relajado, al menos tendré un rato de tranquilidad. . . Ya ha caído la noche. Me encuentro en la habitación allegada a los aposentos del juez, jugando de nuevo con la marioneta blanca. Pequeño objeto inquietante, pero que, a final de cuentas, distrae un poco mi desazón. Y es que no puedo evitar sentirme aburrida, las labores de servidumbre son reducidas aquí. Ya no tengo sueño por el momento, a pesar de que continúo algo cansada. La ducha me relajó bastante, además de que fue necesario tallarme una y otra vez para retirar los restos de jalea que pudiesen quedar en mi piel y cabello. El juez Minos está loco y sus juegos son inquietantes, pero al menos sigo con vida. Si bien, es complicado tolerar sus apetitos, creo que podré sobrellevarlo. Al menos hasta que tenga una oportunidad, o que algo extraordinario suceda. Ideas tontas de mi cabeza estresada. Sin embargo, el destino es voluble y tal vez los dioses quieren jugar un poco más con mi desgracia. Oigo un sonido extraño proveniente de la entrada principal. Me sobresalto sin querer, lo que escuché no es normal. Es como si la puerta hubiese sido forzada. . . Me acerco al vestíbulo sin hacer ruido. Me mantengo oculta en el pasillo cercano. Trago saliva con nervios al escuchar el sonido metálico de un Sapuri que no logro identificar. No se trata del Grifo. Los pasos recorren el área de la entrada, yendo de un lado a otro, buscando a alguien. —¡Señor Minos! — Se me encoge bruscamente el estómago al identificar esa voz. Se trata del juez interino, Lune de Balrog. —¡Señor Minos, ¿Dónde está?! — vuelve a llamar, impaciente. Desconozco por qué está aquí, ya que ningún Espectro tiene permiso de venir a las residencias de los jueces sin su consentimiento previo. Las monjas oscuras son las únicas que pueden hacerlo, debido a sus tareas de servidumbre. ¿Minos lo habrá mandado a llamar?, ¿Tal vez el Grifo no se ha presentado a los llamados en el Tribunal del Silencio? No tengo ganas de averiguarlo, así que retrocedo despacio y comienzo a alejarme, intentando no hacer ruido. Consigo llegar al siguiente pasillo, pero en ese momento, escucho sus pasos en mi dirección. Ha detectado mi presencia. —Oye, monja, ven aquí— ordena desde la esquina. —¿Dónde está tu señor? — Me quedo petrificada por un instante. El miedo empieza a recorrer mi espalda y un sudor frío perla mi frente. No tengo la cubierta sobre mi cabeza, ni el velo para el rostro. Si el Espectro me ve, y logra darse cuenta de que algo no está bien conmigo… —Te estoy hablando, monja— se acerca con paso sereno. —¿Está aquí el señor Minos? — El corazón se me detiene y empiezo a temblar. Giro despacio, con la cabeza agachada, y hago un esfuerzo por contestar la pregunta. —N-No, mi señor… el juez Minos no se encuentra… — El Balrog llega hasta donde estoy parada. No viste la toga oscura que normalmente usa y tiene puesto su yelmo de largos cuernos. Eso quiere decir que está por salir a una misión. Y quizás busca al Grifo para que se encargue de los muertos en la Corte del Silencio. —Maldita sea, el señor Minos siempre hace lo que quiere. La guerra santa ya está en marcha y a él no parece importarle en absoluto— masculla enojado, apretando el mango de su látigo negro. Hace una pausa, y en ese momento, puedo sentir su macabra mirada posándose con insistencia sobre mí. —Tú… eres la monja que se llevó el otro día— se acerca un paso más, logrando que me sobresalte y retroceda torpemente. —¿Qué tenemos aquí? — su tono se escucha curioso y burlón al mismo tiempo. —Mírame. — El pánico me hace temblar un poco más. No quiero alzar el rostro, pero Lune coloca su látigo bajo mi mentón, obligándome a observarlo. —¿Por qué no estás usando el velo? — mantengo la vista hacia abajo, nerviosa y sin saber qué contestar. —Hay algo extraño contigo… — Antes de que pueda parpadear, su otra mano sujeta varios mechones de mi cabello y los jala con fuerza, haciéndome gritar de dolor. El maldito lo ha hecho para asegurarse de que continúo siendo sólo una sirvienta sin voluntad. Evidentemente, el sonoro quejido me ha delatado. —Vaya, vaya, mira nada más, otra monja defectuosa— se burla con frialdad. —Que interesante, me pregunto por qué el señor Minos no te ha eliminado todavía— sus ojos claros me miran fijamente, al mismo tiempo que su sonrisa se amplía. —Dime monja, ¿Por qué te trajo aquí? — Mil veces malditos sean todos los dioses. En verdad no comprendo que pecado cometí para terminar de esta manera. —L-Labores de l-limpieza… mi s-señor— intento responder. Lune tira otra vez de mi cabello, haciendo que me queje incluso más y que las lágrimas humedezcan mis ojos. Ya no puedo ocultar mi angustia ni mi condición de monja defectuosa. —¿Sólo una sirvienta?, no lo creo— su sonrisa se torna ladina, y antes de que pueda reaccionar, acerca su rostro a mi cuello y empieza a olfatear descaradamente sobre mi piel. El pánico crece en mi interior y empeora cuando levanta la cara, su expresión ahora es malévola. —Ya veo, el señor Minos se dio cuenta de tu transformación fallida, y en vez de asesinarte como a los demás Espectros defectuosos, te trajo a Ptolomea para ser su meretriz personal. — Es muy perspicaz el imbécil juez interino, se ha dado cuenta de todo. Pero no son sus palabras mordaces las que me asustan, sino la manera en cómo me mira. No quiero suponer lo peor, pero algo me dice que Lune de Balrog tampoco tiene la intención de matarme por mi condición. —Entonces, ¿Tengo razón? — su mano libera mi cabello. Desvío el rostro, pues no quiero responderle. —Bien, no me contestes si no quieres, pero aún tengo curiosidad. Veamos qué tipo de encantos posees, mujer. — Me quedo congelada al escucharlo y el terror de nuevo atenaza mi corazón. Esto es el infierno después de todo, y los demonios siempre andan rondando.***
Continuará… Bien, esto se puso más complicado para Anna. Ella no tiene la culpa de nada, simplemente, los dioses se divierten fastidiándola. ¿Qué creen que sucederá? La insinuación es clara, pero pueden pasar otras cosas. Gracias por leer.