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Capítulo IX Lune de Balrog es un Espectro poderoso, tan sólo por debajo de los líderes del inframundo y algunos otros subordinados. Está al servicio del juez Minos de Grifo, y a veces puede ser tan cruel como él cuando se trata de juzgar a las almas de los condenados. Sin embargo, lo único que puedo pensar en éste momento acerca del ministro interino, es que tan sólo se trata de otro ser despreciable. Como lo son la mayoría de las huestes de Hades. Sus intenciones para conmigo probablemente son igual de retorcidas que las de su señor. —Quédate quieta— ordena, al mismo tiempo que presiona su látigo doblado sobre mi garganta. Me obliga a retroceder un par de pasos hasta quedar aprisionada contra la pared. Puedo notar sus ojos ambarinos arrastrándose sobre mí. Empiezo a temblar con mayor notoriedad al sentir su otra mano deslizándose despacio por mi hombro. Se desvía hacia mis pechos y comienza a tocarme con lascivia. No logro controlar el temor y un jadeo de incomodidad escapa de mis labios. —Así que puedes reaccionar con sólo eso— vuelve a sonreír malicioso. —Ese idiota de Luco se equivocó con varios Espectros de clase baja, y según veo, en tu caso, la anulación mental también dio marcha atrás por completo. — No fue el curandero quien se equivocó. Fue su aprendiz el que me ayudó, ahora lo sé. Gracias a ese chiquillo y su infusión de hierbas rojas, es que soy capaz de razonar y recordar todo. Por lo tanto, también soy consciente del castigo que estoy sufriendo en el inframundo. —Dime tu nombre mujer. — No quiero y no lo haré. No pienso volver a pronunciar mi nombre nunca más en éste maldito lugar. Aprieto los labios y mantengo la mirada hacia otro lado. —Vaya, no quieres hablar— aleja el látigo y su mano sube otra vez, tomándome con fuerza de la mandíbula. —Las otras simplemente comenzaron a llorar y suplicar, pero veo que tú tienes un dejo de rebeldía, puedo verlo en tus ojos. — Baja el rostro para quedar a mi altura. El miedo me estruja el estómago de nuevo cuando veo sus pupilas, hay algo maligno en ellas. Su mención de otras monjas me deja en claro que él ha descubierto a más mujeres como yo. Probablemente las ha eliminado, o algo mucho peor. —Supongo que al señor Minos le gusta que una hembra reaccione cuando la está fornicando— se relame los labios con lentitud. —Pero a mí me da igual, el placer es el mismo. — Sus palabras oscuras me atemorizan, porque revelan mucho de su comportamiento y lo que ha hecho. Es algo que no debería sorprenderme, los Espectros de Hades son perros de guerra en el peor sentido de la palabra. Su conducta debe ir acorde a eso, al menos así es con la mayoría de ellos. Entonces, el Balrog se aproxima a mi mejilla y su lengua emerge para lamer mi piel con lujuria. Me quedo petrificada y el pánico se refleja en toda mi cara. —Tienes un sabor muy dulce— su mueca se tuerce en un gesto perverso. —No creo que al señor Minos le importe si… te pruebo un poco. — Su mano me libera y baja hacia el cuello del hábito. Antes de que pueda reaccionar, toma el borde y lo jala con fuerza, rasgando la tela en un sólo movimiento. Mi hombro derecho y parte de mis senos quedan al descubierto. El terror me provoca un vuelco en el corazón y hace que el pecho me duela de sobremanera. —Mira nada más, que hermosa vista— su mirada se desliza sobre mi piel. No puedo moverme para tratar de cubrirme. Cierro los ojos con fuerza, deseando poder gritar, pero mi garganta está seca y los sonidos no se generan. Entonces, la realidad me golpea, dándome cuenta que ni siquiera tiene caso intentarlo. Nadie me escuchará y mucho menos me ayudará. Él va a violarme y… Súbitamente, un horrible crujido se escucha, y a continuación, el alarido del Balrog. Conozco muy bien aquel sonido… son huesos rompiéndose. La respiración se me detiene por completo cuando entreabro los ojos. El ambiente a mi alrededor se ha iluminado en su totalidad con el fulgor violáceo de múltiples hilos danzantes. Miro hacia abajo y veo a Lune arrodillado en el suelo, doblándose de dolor. Ha soltado su látigo para sujetarse con fuerza la otra mano. Varias hebras rodean sus cinco dedos, retorciéndolos en una posición antinatural. De repente, lo escucho, el sonido metálico y pesado acercándose desde la entrada principal. El cabello de la nuca se me eriza y el escalofrío baja por mi espalda. El Grifo hace acto de presencia en el momento más adecuado. A pesar del miedo, debo admitir que estoy agradecida por ello. Aunque desconozco cuál será su reacción al ver éste escenario. Volteo despacio hacia el pasillo, mientras sigo temblando contra el muro, sus pasos ya están aquí. De pronto, el ambiente se torna pesado y puedo sentir la ira del juez en el aire. No sé cómo explicarlo, supongo que la misma vibración de su cosmos se proyecta de esa manera. Lune continúa quejándose, atónito por lo que le ha sucedido a su mano. También voltea confundido, intentando comprender qué ocurre. Entonces, aparece el temible Espectro. Minos tiene una expresión gélida en el rostro, mientras camina con paso lento. Una de sus manos está levantada, con los dedos semi doblados, haciendo un ademán que controla toda la cortina ondulante de hilos mortales. —¡S-Señor… M-Minos! — Lune masculla desconcertado. El juez sigue avanzando con calma, posando sus afilados ojos en mí. Él puede ver el pánico en todos mis movimientos y expresiones corporales. No tengo la menor duda de que se ha percatado de la situación, cualquiera podría verla con claridad. En un segundo, desvía su atención hacia el ministro interino. —Lune… — sisea en un tono bajo y casi letal. —¿Qué te he dicho acerca de venir aquí sin mí permiso? — —¡L-Lo… s-siento, señor! — contesta entrecortado, tratando de reacomodar sus dedos lesionados. —¡S-Se le n-necesita en la C-Corte del Silencio y…! — El resplandor de los hilos crece agresivamente en el aire, y antes de que el Balrog pueda decir algo más, se ve envuelto por ellos. La técnica del Grifo lo inmoviliza en su totalidad, levantándolo en el aire y llevándolo ante él. Minos se detiene a medio pasillo y su semblante se vuelve notoriamente cruel. —¡E-Espere señor! — se retuerce con fuerza. —¡¿Por qué…?! — —Ya te he dicho que me desagradan las visitas inesperadas— dice, al mismo tiempo que uno de sus dedos doblados se extiende despacio. —¿Acaso debo repetírtelo?, ¿O tal vez quieres que te lo recuerde permanentemente? — Lune no alcanza a contestar, pues otro brutal crujido se lo impide. Su alarido es tremendo y no puedo evitar que la respiración se me detenga de nuevo ante lo que estoy presenciando. El antebrazo de la mano lastimada se ha doblado grotescamente hacia atrás, dislocando el codo sin importar la protección de la armadura. La sangre corre abundante debido al desgarramiento de los tejidos. —¡D-De… tén… gase… s-señor! — grita en medio del dolor. Su cosmos pulsa en un intento por usar su propia fuerza para liberarse de los hilos. Sin embargo, no por nada Minos de Grifo es uno de los líderes del inframundo. Un Espectro al que no puedes enfrentar sólo con fuerza bruta. El juez interino lo sabe y lo comprueba cuando las hebras se ciñen a su cuerpo, ejerciendo una presión descomunal. Esto le corta la respiración, logrando que su cosmoenergía se apague por completo. —¡Te atreviste a desobedecer! — la voz de Minos sube a un tono grave y amenazante. —¡Has osado entrar a mi residencia y tocar lo que no te pertenece! — La técnica cede en su agarre, permitiéndole a Lune tomar aire para contestar. —¡S-Señor… Minos! — se atraganta un poco y ahora el miedo es notorio en sus palabras. —¡E-Es una… monja con defectos… de creación!… ¡Pensé que…! — —¡Yo no comparto lo que es mío!, ¡Esa mujer está únicamente para servirme a mí! — gruñe con evidente ira. —¡Ya te lo he dicho antes, no le entrego cuentas a nadie!, ¡Y mientras Hades no se manifieste por completo para la guerra santa, haré lo que me plazca! — No tiene caso suplicar, pero el subordinado lo intenta. —¡S-Señor… yo…lo siento… n-no sabía! — El Grifo no presta atención a sus palabras y una mueca siniestra se dibuja en su rostro. —Si no mal recuerdo, el Sapuri de Balrog concede la regeneración y curación acelerada en unas cuantas horas— estrecha la mirada, una idea oscura se está formando en su cabeza. —¡No! — el interino grita con temor. —¡P-Por favor señor, n-no lo haga! — Se retuerce en vano, pues las hebras lo mantienen amarrado como si fuese un capullo, a excepción del brazo dañado. Entonces el juez extiende otro de sus dedos y un hilo brilla en la boca del Balrog. Éste deja de gritar y comienza a generar sonidos de asfixia. —Dime Lune, si te corto la lengua, ¿Se regenerará también? — El mencionado abre los ojos desmesuradamente cuando su lengua emerge, sujetada por el poder de la técnica. Empieza a temblar con notoriedad, dejando en claro que no conoce lo suficiente a su señor. Ni lo perverso que puede llegar a ser si alguien lo hace enojar. Tengo el corazón en la garganta por los nervios. Estoy completamente segura de que Minos no se va a detener. El juez interino jamás debió haber venido aquí, y tampoco debió acercarse a mí. Después de todo, soy la marioneta especial del Grifo, su comportamiento posesivo deja en claro que nadie, excepto él, puede tocarme. Aunque eso no es un alivio para mí. Un grito gutural y ahogado resuena por todo el lugar. Aprieto los párpados y desvío el rostro, no quiero ver semejante escena. Tampoco deseo pensar en que más tarde deberé limpiar la sangre del suelo. Lune de Balrog resuella entrecortado. Minos lo ha mutilado sin piedad. No lo puede matar, porque quizás no quiere tomarse la molestia de buscar un sustituto en éste momento. Pero le deja en claro que no debe volver a desafiarlo. El Balrog se lo merece por el daño que pudo haberles causado a los demás Espectros de clase baja que, como yo, tuvieron la mala suerte de recuperar su conciencia en el inframundo. Escucho un golpe contra el suelo, Lune cae pesadamente una vez que el Grifo lo libera por completo. Abro los ojos y alcanzo a ver que el látigo se mueve en dirección de ambos, mientras la cortina de hilos desaparece. Volteo con cautela para ver el final de esto. Minos toma el arma, enrollándola en el cuello del subordinado a modo de collar. El ministro interino está semiarrodillado, sosteniéndose con el brazo que le queda, mientras vomita sangre y se queja sonoramente de dolor. —En un día estarás como nuevo Lune— se burla cruelmente. —Ahora dime… — lo toma de los mechones de cabello que sobresalen de su casco, y con un brusco movimiento lo obliga a mirarlo. —¿Has visto algo raro aquí?, ¿Hay algo que quieras reportar con Pandora o Hades? — La mirada asesina es suficiente para dejarle en claro al subalterno que su vida depende de una respuesta correcta. Ésta se manifiesta como una rápida negación que hace con la cabeza, mientras intenta mascullar alguna palabra. Pero sólo emergen sonidos rotos de su boca, simplemente no puede hablar con la lengua cercenada. —Muy bien— el Grifo mantiene su diabólica sonrisa. —Entonces lárgate, y la próxima vez que hagas una estupidez como esta, te romperé cada uno de los huesos que tienes en el cuerpo… muy lentamente. — Libera al Balrog y éste comienza a gatear torpemente. Un par de metros más adelante se pone de pie, alejándose trastabillando hacia la salida. Lo pierdo de vista y unos instantes después, el juez hace un movimiento con su mano, proyectando su cosmos a distancia. Se escucha la puerta principal cerrándose, y por mera suposición, imagino que de nuevo ha sido sellada. El miedo me araña la espalda una vez más cuando regreso mi atención a él. Ahora me preocupa mi seguridad. Temo que el Grifo me culpe de lo sucedido, a pesar de que yo soy la víctima en todo esto. Su mirada se clava en mí y su expresión se vuelve impasible cuando empieza a caminar en mi dirección. De nuevo comienzo a temblar y mis piernas ya no pueden sostenerme por más tiempo. Quedo postrada en el suelo, apoyada contra la pared, intentando cubrirme un poco. Los ojos se me humedecen y ya no puedo controlar la angustia que me revuelve el estómago. El juez llega frente a mí y se acuclilla. Sus enormes alas negras se mueven de forma inquietante y se extienden a mi alrededor, rodeándome en un gesto, ¿Amenazante?, ¿Protector? Cierro los ojos, completamente asustada, pues no sé cómo interpretar su conducta. Pero sus siguientes palabras me dan una idea más clara. —Deja de temblar, ya estás a salvo— su mano se acerca y con el dorso me acaricia la mejilla despacio, limpiando una lágrima huidiza. —Supongo que ahora debo “guardarte” en otro lado, mi pequeña marioneta. — La modulación de su voz es tranquila, pero lo que dice, es sumamente extraño, y no imagino lo que pueda significar. Entreabro los párpados y paso saliva muy lento. El juez tiene una expresión difícil de leer, pero al menos me deja en claro que no me acusa de nada. Retira la mano y se pone de pie, para después alejarse por el pasillo, al mismo tiempo que da un par de órdenes. —Limpia eso, te doy permiso de que pisotees su lengua— una leve risita delata su malsana diversión. —Aséate de nuevo, no me gusta que huelas a nadie más que no sea yo— gira un poco el rostro sobre su hombro para darme un último vistazo. —Y después, te quiero en mis aposentos. — Me quedo inmóvil, observándolo hasta que se pierde al dar la vuelta en una esquina. . . Mi suerte ha sido muy extraña desde que estoy en Ptolomea, y no dejo de pensar que los imbéciles dioses quieren seguir fastidiándome la existencia. Desconozco mi futuro, pero sé que depende de lo que el juez Minos haga conmigo. Así que, por el momento, sólo me queda acatar lo que diga. No voy a dejar de ser su concubina, eso está muy claro. No es algo que me agrade, lo tengo presente desde el comienzo. Sin embargo, tampoco puedo renegar de mi situación actual. Soy su muñeca para que juegue conmigo a placer. Pero al menos, no ha tenido la intención de lastimarme. No más allá de sus torturas mentales y carnales. Supongo que debo mantenerme lo más servicial que pueda luego de lo ocurrido con el Balrog. Libero un suspiro largo, mientras sigo avanzando por el corredor que lleva a sus aposentos. Hice lo que me ordenó, ya me duché, me vestí con otro uniforme y llevo en mis manos el títere blanco. Imagino que querrá que lo divierta un poco, y después… —Maldición, todavía me siento un poco cansada— murmuro en voz baja. Estoy sumamente inquieta. No sólo por el hecho de que Minos quiera yacer conmigo a cada rato, sino porque… temo estar aceptándolo más pronto de lo que podría haber imaginado. Seguro que esto no es bueno, pero tampoco puedo decir que sea tan malo. Con tal de sobrevivir, estoy dispuesta a tolerarlo y encontrar el mejor ángulo para mi desconcertante situación. Llego a la estancia y la atravieso con nerviosismo. Toco a la puerta de su habitación, pero no responde. —Supongo que debo entrar— suelto otro suspiro y empujo las hojas de madera. No hay nadie a la vista, hasta que de repente, la puerta del salón de baño se abre. El Grifo sale caminando con tranquilidad, secándose el largo cabello plateado con un lienzo. Está completamente desnudo y las gotas de agua aún se pueden distinguir, escurriendo por cada uno de sus bien formados músculos. Me quedo con la boca abierta y sin poder decir algo. Una sensación nerviosa me recorre todo el cuerpo y de inmediato desvío la mirada. Todavía me cuesta trabajo aceptar que el juez es un magnífico ejemplar masculino, al que me gustaría mirar por largo rato y deleitarme con su anatomía casi perfecta. Pero de nuevo mi cordura susurra que no tenga esos pensamientos, porque pueden ser demasiado peligrosos. El juez me mira y sonríe con travesura al notar mi gesto nervioso. —Acércate Anna, quiero verte jugar— sigue frotando su cabello mientras camina hacia la cama, para luego sentarse en el borde. Cierro las puertas y trago con dificultad. Preparo las cruces de la marioneta y me acerco a él, con los ojos clavados en el suelo y un traicionero rubor que se despliega en todo mi rostro. Esto no es normal, debería estar temblando de miedo. Pero, por extraño que parezca, en éste preciso momento, Minos de Grifo no me inspira temor. Soy consciente de lo que quiere, sé lo que sucederá y, aun así, no tengo intenciones de resistirme. Supongo que sólo se trata de adaptación y supervivencia. Llego ante él y me arrodillo, concentrándome en la marioneta. No quiero distraerme, pero es inevitable hacerlo cuando permanece sentado con desvergonzada naturalidad, exhibiéndose sin pudor alguno. Lo escucho reírse por lo bajo, se divierte con mi timidez. —Haz tu mejor ejecución Anna— ordena, a la vez que deja caer el lienzo. Toma un peine de puntas muy abiertas del buró cercano y comienza a desenredar su larga melena. —Sí, como usted ordene— empiezo a mover los hilos. El títere camina sobre el suelo de forma casi real. Con pasos estables y el vaivén natural de sus brazos, va de un lado a otro, asemejándose a un pequeño humano. Incluso consigo que la figura se siente sobre mi rodilla y que levante las extremidades, haciendo elegantes ademanes. Mis manos se han vuelto diestras al maniobrar las cruces de madera y mis dedos han adquirido agilidad con los hilos para los movimientos más finos. Entonces percibo su mirada sobre mí. Al Grifo realmente le agrada lo que hago con éste juguete, pero todavía no he descubierto el porqué de su fascinación. Quizás no tiene importancia ahora, pero es algo que me intriga todavía. Dejo ese tema de lado y me enfoco en manipular al títere por algunos minutos más. Posteriormente, noto que el juez ha terminado de alizar su cabello. —Suficiente— lo escucho decir, al mismo tiempo que toma la marioneta de mis manos y la deja en el buró junto con el peine. Me quedo inmóvil, con los dedos al aire y un poco sorprendida. No obstante, ya sé lo que sigue ahora. —Ven aquí— su otra mano me toma del mentón, y cuando lo miro, me percato de la mueca ladina en su rostro. —Quiero sentir tu lengua de nuevo. — La respiración se me pausa. El juez es perversamente directo con lo que pide, provocando que el estómago se me contraiga con fuerza y que la incomodidad cosquillee sobre mi nuca. —Sí… señor. — Su mano me libera y yo opto por inhalar más aire para concentrarme. Sé que puedo hacer esto de nuevo, y mi razonamiento me persuade a realizarlo sin demoras. Sólo es cuestión de saciarlo y luego podré retirarme a dormir. Me acerco un poco más, colocando mis manos sobre sus muslos entreabiertos. Las arrastro poco a poco, sintiendo el calor de su piel y la humedad de las gotas restantes. Estoy al tanto del rubor que adorna mi rostro y de la expresión cohibida que no logro disimular. No hay mucho que hacer al respecto, y menos sabiendo que eso alimenta incluso más su lujuria. Exhalo despacio y dejo de darle importancia. Ahora debo enfocarme en su virilidad, la cual ya está semi despierta. Mis palmas la toman suavemente y el calor que desprenden comienza a incitar aún más su reacción. Por un momento me quedo embobada, sintiendo su latido y escuchando al mismo tiempo el resoplido excitado del juez. Mis caricias dan inicio y el endurecimiento de su carne en todo su lascivo esplendor me provoca recorrerlo con mayor avidez. Cierro los ojos por un momento para humedecer mis labios y prepararme, esto no es tan complicado de hacer. Lo difícil, es aceptar que ya no me parece tan pecadora dicha actividad. Entonces los abro y hago que mi lengua se asome lentamente entre mis labios. Me aproximo lo suficiente para lamer con suavidad, desde la mitad de su tallo, hasta el inicio de su corona. Un gruñido complacido se pronuncia y yo levanto la mirada sin querer, atraída por el morbo de ver. No sé por qué, pero me ha dado curiosidad contemplar su expresión facial. Los ojos violetas del Grifo me miran fijamente, tienen ese brillo perverso que me asusta de nuevo. Sin embargo, logro soportarlo y también alcanzo a percibir su deseo y el deleite que le provoca mi comportamiento. Una sutil sonrisa se nota en mis labios antes de volver a tocar su carne. Algo en mi subconsciente me está traicionando. Comienzo a libar con húmeda parsimonia, mientras mis palmas inician una cálida fricción, lo que incrementa el volumen de su erección y la repetición de sus guturales jadeos. La inquietud sigue estrujándome el cuerpo, pero ahora es más fácil de controlar. Prosigo con mi actividad oral, notando que las manos del juez se aferran con fuerza a las sábanas, gesto inequívoco de que el placer lo recorre ya. Él quiere sentir mi lengua y yo me esfuerzo por acatar su deseo. De abajo hacia arriba, con cuidado recorro y estrujo con insistencia, buscando que su culminación llegue pronto. El resuello se intensifica, percatándome en ese momento de su lubricación inicial, cuyo salado e intenso sabor, no distrae demasiado mi húmedo beso. Puedo sentirlo temblar, así que retiro mi lengua, y con las yemas de mis dedos, le proporciono suaves caricias concéntricas, al mismo tiempo que mi otra mano prolonga el masaje. Minos se estremece de nuevo y yo sonrío para mis adentros con un dejo de vanidad. ¿Eso está mal? No. No tiene nada de malo conseguir que un peligroso Espectro se sienta complacido con mis atenciones, y más si con ello logro permanecer a salvo en el inframundo. Así que insisto con mi caricia oral, adosando mis labios alrededor de su grosor para iniciar una lasciva succión. Entre más pronto termine esto, mejor. Sin embargo, no es fácil engatusarlo. Al Grifo le agrada lo que hago, sus temblores me lo confirman. Pero no tiene la intención de permitir que su marioneta especial se tome tantas libertades. A él le gusta llevar el control del acto. —Apacigua… tu traviesa… lengua— masculla entrecortado, mientras me toma del cabello y hace que lo libere. Yo lo miro confundida, pensando que me equivoqué en algo. Pero no es así. —Lo haces muy bien— me contempla con un gesto hambriento. —Pero esto no termina hasta que yo lo decida, así que desnúdate… despacio. — Su sonrisa torcida me provoca un escalofrío, pero de todas maneras me esfuerzo por mantener cierta calma. Exhalo más rápido y me pongo de pie, para luego tomar los cordeles de mi hábito, los cuales se sueltan fácilmente, ya que ni siquiera estaban amarrados. Esta vez no quiero que destroce mis vestiduras, así que las aflojo ágilmente y permito que se deslicen sobre mi cuerpo. Básicamente, sólo son dos piezas las que me cubren, y por un breve instante, me pregunto si me quedaré sin prendas interiores de forma permanente. Supongo que sería tonto hacerle algún comentario al juez, así que no me arriesgaré. Sus ojos me devoran codiciosos, logrando que mis nervios aguijoneen a lo largo de mi espalda. Desvío la mirada y me cubro un poco, aunque eso es absurdo, teniendo en cuenta todo lo que ha sucedido. —Acércate… — me llama con un gesto de la mano. Me aproximo con paso inseguro, y antes de que pueda reaccionar, me toma de la cintura y me sienta sobre sus muslos entreabiertos. No puedo evitar respingar y aferrarme a sus marcados brazos. El contacto con su piel es cálido y placentero, por lo que mi cuerpo empieza a reaccionar casi sin darme cuenta. Una de sus manos se posa sobre mi muslo izquierdo y luego se desliza hacia mi entrepierna. Sus dedos palpan con suavidad mis pliegues externos, provocando un espasmo de incomodidad inicial, que después se transforma en pulsaciones constantes gracias a su fino tacto. Cierro los párpados con fuerza y suelto un jadeo nervioso al distinguir el creciente calor en mi vientre. —Así me gusta, que te dejes llevar— susurra con morbo cerca de mi oído. La piel se me eriza ante la deliciosa sensación que me hace temblar sin querer. Minos aprovecha mi reacción para comenzar a recorrer mi cuello con su lengua, mientras acaricia mi espalda con su otra mano. La respiración se incrementa en mi pecho y yo simplemente permito que los efectos me embelesen. Su toque ronda mi entrada, buscando la lubricación que ya comienza a generarse. Esta vez su estimulación es más rápida y concisa, sabiendo dónde hurgar para hacerme gemir con mayor fuerza. Entreabro los ojos y me quedo mirando al vacío sin dejar de resollar. Él continúa besando mi piel, mordisqueando con lentitud, consiguiendo que me doblegue a su capricho. Entonces, su exploración se profundiza, arrancándome un lúbrico clamor que me hace estremecer demasiado. Sus dedos continúan moviéndose con exactitud, provocando el aumento de mi humedad y distendiendo mis paredes íntimas. Su objetivo es claro, preparar mi constreñido interior para recibirlo. Me aferro a sus hombros y mis uñas marcan de nuevo su blanca piel. Las sensaciones físicas se sincronizan con las pulsaciones de mi vientre. Comienzo a delirar en una placentera bruma cuando el talón de su mano presiona con toques pausados el vértice de mi sexo. De pronto, me sujeta de la nuca, y antes de que pueda reaccionar, sus labios se adosan a mi boca. El juez me devora con ansiedad, al mismo tiempo que provoca más agitación en mi interior. El beso es húmedo y demandante, lo que me deja al borde de la respiración. Sin que me dé cuenta, mi cuerpo empieza a buscar su calor, percatándome de ello sólo cuando siento su firme torso contra mis senos. He comenzado a restregarme contra él casi por instinto. Sin embargo, la agradable sensación en mi sexo se detiene abruptamente. El Grifo retira despacio los dedos y no puedo evitar sentir frustración al perder ese creciente placer. Abro los ojos para mirarlo justo cuando libera mis labios. —Todavía no— se burla de mi expresión incómoda. —Eres demasiado sensible y aún te necesito consciente. — Trago saliva e intento calmarme, a pesar de sentir mis pliegues adoloridos y necesitados. Entonces aparta sus manos y las lleva hacia atrás. Con un sólo movimiento se arrastra al centro de la cama, recostándose sobre unos cojines, manteniéndome encima de él. Yo me sobresalto, pues no estoy segura que planea. Pero cuando me sujeta de nuevo las caderas y palmea mi trasero con malicia, me doy una idea. —¿Qué estás esperando para montarme, mujer? ¿O no te quedó en claro lo de hace rato? — Sus palabras morbosas deberían incomodarme. Pero por extraño que parezca, consiguen todo lo contrario. Estas provocan que mi propia lujuria aumente, logrando que me desconozca de nuevo. Aunque en éste momento, eso ya no tiene importancia, ahora sólo quiero seguir su juego. —Sí, señor Minos… lo haré enseguida— contesto en voz baja. Cabalgarlo de nuevo suena muy placentero. No tiene caso negar que disfruté bastante al hacerlo de esa manera en la biblioteca. Como dije antes, no lo había intentado nunca en dicha posición, y ahora que debo complacerlo otra vez, mi instinto me empuja a experimentar. Tomo una bocanada de aire y llevo mis manos hacia su pecho, acariciando sus marcados pectorales sin pensarlo demasiado. Suelto el aire con lentitud, mientras me alzo con la fuerza de mis piernas, llevando las caderas hacia adelante. Su miembro se mantiene altivo y palpitante, filtrando la brillante humedad. Sus manos continúan sobre mis flancos, asegurándose que no me pueda apartar. Me sostengo sobre su pecho, inclinándome para encontrar el ángulo correcto. De inmediato, una nueva punzada hace que mi sexo se contraiga, forzándome a gesticular con morbo. La respiración se me acelera al notar la presión contra mi cavidad. Comienzo a retroceder, percibiendo cómo su dureza se adentra en mi interior. Un voluptuoso gemido acompaña mi lánguido descenso. El juez aferra sus manos a mis caderas, gruñendo complacido. Junto los párpados y dejo a mi cuerpo hacer todo lo demás. Con movimientos pausados mi feminidad se amolda a su grosor, induciendo una sensación aguda en mis paredes. La lubricación me ayuda a recibirlo y facilita que experimente los deliciosos efectos remontando por mi espalda. Me quedo quieta por un instante, notando la tensión de todo mi cuerpo. Mis jadeos se hacen más profundos y no puedo evitar sonreír de manera extraña, mientras el calor hace que las mejillas me ardan. Entro a un estado de trance momentáneo, en el cual mis manos inician un recorrido precavido de su torso. Tengo curiosidad por tocar su piel, y si a él no le molesta, lo haré. Escucho su resuello incrementándose, y casi puedo asegurar que está sonriendo con malicia. Si no quisiera mi caricia, ya me habría detenido. Pero Minos no sólo desea eso de mí. El agarre sobre mis costados aumenta, insinuando la intención de forzar un poco más su intromisión. Puedo sentir su cuerpo estremeciéndose debajo de mí, así como su miembro empujando contra mis sensibles pliegues. No deseo que ejerza más fuerza, así que me adelanto a su propósito. Empiezo a retozar sobre su vientre y un gruñido áspero me confirma que le agrada lo que hago. Con cada vaivén mi respiración se sincroniza, mientras intento no embriagarme con los poderosos estímulos que se generan cada vez más rápido en mi sexo. Pero, de nuevo, resulta complicado no dejarse arrastrar por los efectos, y más cuando repito el movimiento que me enseñó con anterioridad. Entonces sus manos vuelven a guiarme, exigiendo que mi cuerpo oscile con mayor ímpetu. —¡Lo haces… muy bien… Anna! — masculla con la respiración entrecortada. De repente, flexiona un poco las piernas, ganando libertad de movimiento para comenzar a embestirme. Abro los ojos de golpe, soltando un potente gemido que se escucha como una libidinosa mezcla de dolor y placer. Mis uñas se clavan en su pecho a modo de respuesta, al mismo tiempo que las descargas sensoriales fustigan mi sistema nervioso. La lujuria del Grifo aumenta y su sonrisa se vuelve más retorcida al contemplar mis reacciones. Sé que lo disfruta, y aunque igualmente yo obtengo una retribución, también puedo vislumbrar que su naturaleza sádica le pide atormentarme de diferentes maneras. Y lo compruebo cuando ejerce más potencia en sus acometidas, demandando que mi cuerpo se adecue a su desmedida exigencia. En ese instante, mi resuello se convierte en un coro de gemidos estridentes y ahogados. La unión de nuestros vientres alcanza el punto más álgido. Mi sensitiva carne comienza a palpitar y el clímax inicia un rápido crecimiento. Todo mi cuerpo se estremece con la sensual y casi violenta danza. Pero a pesar de lo frenético que es su proceder, yo me siento perdida en una vorágine de placer. El orgasmo explota en el centro de mi vientre con un impulso tremendo. Las celestiales consecuencias se propagan por cada fibra de mi ser. El aliento me abandona por varios segundos, en los cuales, el éxtasis me devora totalmente. Mi clamor llena el lugar y sólo alcanzo a distinguir cómo se moderan sus acometidas. Ejerce la presión necesaria para mantener la unión de nuestros sexos, pero al mismo tiempo, prolonga éste grato momento. . . Estoy recostada en su pecho, jadeando con dificultad. El sudor brilla sobre mi piel y el sonrojo es evidente en mis mejillas. Tengo los sentidos aturdidos y los espasmos en mi vientre van disminuyendo poco a poco. Pero aún puedo sentir su virilidad dentro de mí, pulsando apretadamente. Sin embargo, esto no termina, pues el juez Minos no ha culminado todavía, sólo me da un respiro. Sus manos se mueven a lo largo de mis costados, acariciando con pasividad, pero incitando nuevos erizamientos. Inhalo despacio y levanto la cara un poco, encontrándome con malvadas intenciones reflejadas en sus sobrenaturales ojos. Un lúbrico deseo se vislumbra en ellos, mientras su sonrisa, blanca y engreída, me dice que no está saciado todavía. La inquietud me molesta en el estómago y por un segundo temo no poder continuar con esto. Pero ya no tengo tiempo para preocuparme cuando su agarre se cierra en mi cintura y me aparta de su cuerpo. No logro sofocar un gemido al sentir el repentino abandono de mi intimidad. Aprieto los párpados al notar la lubricación que se filtra, haciéndome extrañas cosquillas. Cuando vuelvo a reaccionar, me percato que el juez se ha movido de su cómoda posición para hacer que me coloque bocabajo. Abro los ojos cuando sus manos me levantan desde los costados, dejándome sobre mis cuatro extremidades flexionadas. No demoro más de un segundo en comprender lo que quiere. —Quédate quieta y relájate… — Su tono es grave y ansioso, su respiración está alterada. De nuevo paso saliva con nervios, mientras me aferro a las sábanas con firmeza. Ya presentía que en algún momento el Grifo me tomaría en esta posición. No es desconocida para mí, sin embargo, temo que pueda ser demasiado incómoda si no controla su temperamento. Aunque tal vez me estoy sugestionando sin razón. La humedad de mi sexo continúa presente y aún siento las consecuencias del anterior orgasmo, así que no debería inquietarme. Entonces, noto su proximidad sobre mí. Sus brazos se sitúan a mis laterales y su largo cabello plateado se derrama en mis hombros con suavidad. El calor de su piel se une al propio en una excitante fricción. Su aliento logra que se me erice el pelo de la nuca y un jadeo bajo escapa de mi garganta cuando sus labios comienzan a besar y lamer mi espalda. Lo hace con calma, pero conciso, al mismo tiempo que una de sus manos se entretiene con mis endurecidos pezones. No necesita demasiados arrumacos para que yo empiece a ronronear visiblemente excitada. Mi propio deseo sigue ardiendo, y lo único que hace el juez, es avivarlo con su ladina estimulación. Estoy casi segura que su propia necesidad le está gritando que me tome sin mayor demora. Pero por alguna razón, él quiere prepararme lo suficiente. Esto resulta contrastante con su conducta violenta de hace rato. Pero no puedo ponerme a dilucidar para encontrar una respuesta, debido a que su proceder ha conseguido que mi ansiedad disminuya gradualmente. Mi cuerpo manifiesta todas las reacciones físicas y la nueva contracción en mi interior deja filtrar más humedad. Y como si aquello hubiese sido una invitación, Minos libera un gruñido gutural que me inquieta bastante. Deja de tocarme y puedo notar cómo su pelvis se aproxima por detrás de mí. La sensación de su hinchada corona contra mi carne hace que jadee con lubricidad. Él reanuda sus lamidas y mordisqueos a la altura de mi cuello y hombros, al mismo tiempo que comienza a rozar su miembro con obscenidad. De nuevo el instinto me controla y las palabras escapan de mi boca sin pensar. —¡Por… favor! — Lo escucho respirar cerca de mi oído, mientras se ríe con malicia y se deleita con el temblor de mi cuerpo. Entonces, su brazo me rodea por la cintura para mantenerme quieta, al mismo tiempo que su virilidad comienza a hundirse en mi cavidad. La sensación de sentir que me llena lentamente me arranca un gimoteo intenso y agonizante. Araño las sábanas y la vista se me pierde en la nada. Al principio es incómodo, pero la lubricación permite que la penetración sea más fácil. Al mismo tiempo, los efectos nerviosos van transformándose en deliciosas consecuencias que suben por toda mi columna vertebral. El juez se estremece por igual, lo puedo percibir contra mi piel y en los sonidos que delatan su regodeo. El agarre sobre mi cintura se retira, quedándose quieto sobre mí, haciendo una pausa estresante. Una de sus manos me toma del mentón y hace que ladee el rostro para mirarlo. El gesto que adorna mi cara satisface algo en su interior. Lo sé, porque sus pupilas se dilatan casi con enfermiza fascinación. —Dime Anna… — su matiz grave y libidinoso me perturba cada vez más. —¿Qué sientes en éste momento? — Aquella pregunta es demasiado perversa, pero hago un intento por saciar su viciosa curiosidad. —M-Mi señor… — la respiración comienza a traicionarme. —Yo… no puedo… describirlo… — trago despacio y digo lo que posiblemente desea escuchar. —Por favor… quiero… más… — Entorna su mirada violácea y puedo notar el aumento de su inquietante brillo, le ha gustado mi respuesta. No dice nada más, sólo me suelta y vuelve a posicionar su brazo a mi lado. Entonces, comienza a oscilar las caderas pausadamente, lo que me obliga a jadear con más fuerza. Cierro los ojos, dispuesta a complacerlo… y también a disfrutarlo. Esta vez sus embestidas no inician de forma precipitada, sino que se mantienen en un vaivén parsimonioso, que empieza a tener consecuencias en mi vientre. La estimulación en mis paredes internas y la fricción en mi entrada está perturbándome. Los pulsos nerviosos provocan agradables espasmos, pero son tan pausados, que la ansiedad por sentir más comienza a crecer. Otra vez está torturándome. No necesito razonarlo demasiado. Minos sabe que mi cuerpo ha remontado de nuevo al punto más álgido de mi excitación en muy poco tiempo. Sólo se necesita un pequeño impulso para que culmine otra vez. Y no me lo dará hasta que él lo decida. Lo escucho gruñir ásperamente, su ansia debe estar llevándolo a su propio límite. De repente, el peso de su cuerpo hace que me asuste. El juez se cierne un poco más sobre mí, sus manos atrapan las mías posesivamente, su cabello cae por completo a mi lado, su piel quema en mi espalda y su hombría se adentra por completo en mi intimidad, quedándose quieto una vez más. Estoy temblando demasiado. Mi resuello se ha vuelto errático, tengo la mirada cristalizada y la mente muy enturbiada. El Grifo me ha sometido por completo a sus deseos, y por un efímero instante, pienso que tal vez no sea tan terrible quedarme en el inframundo. Aunque ese pensamiento se diluye abruptamente. El vaivén de sus caderas se reinicia con más fuerza, obligándome a soportar su nuevo ritmo. Todo mi sistema nervioso empieza a convulsionar con las nuevas descargas, al mismo tiempo que un obsceno coro de jadeos estalla en mi garganta. La unión de nuestros sexos en esta posición, es tan malditamente estimulante, que me siento enloquecer conforme su empuje va en aumento. Las pulsaciones en mi vientre se aceleran, el sudor perla mi piel y los pulmones me arden. Casi estoy sin aliento, con los ojos humedecidos y un hilillo de saliva escurriendo por la comisura de mis labios, los cuales ahora dibujan una sonrisa viciosa. Ya no soy consciente de mi realidad, excepto de lo que estoy percibiendo con mis ofuscados sentidos. Escucho el jadeo de Minos en mis oídos. Siento la fuerza de su poderoso cuerpo embistiéndome sin mesura. Puedo oler el aroma de nuestros sexos chocando entre sí. Y veo la imagen mental del juez fornicándome, lo que de igual manera me produce una satisfacción casi inmoral. Maldita sea, la sensatez se me ha extraviado… pero no quiero que esto se detenga. Entonces el Grifo se agita de pronto. Antes de que pueda divagar en algo más, una de sus manos me suelta y la lleva hacia mi entrepierna. Embadurna sus dedos con mi lubricación y luego inicia una sutil presión sobre mi sensible botón. La agonía se apodera de mí cuando aquel simple roce provoca la tan anhelada culminación. Mi vientre se contrae con brusquedad, desatando las convulsiones de un frenético clímax. La garganta se me desgarra en otro grito estrangulado. Mi cuerpo se arquea contra él y mi interior genera una intensa presión alrededor de su miembro. Lo que inevitablemente lo arrastra conmigo al abismo final. Minos se estremece en su totalidad, embistiéndome por última vez, para luego derramar su simiente con fuerza. Su rugido gutural secunda mis propios sonidos, creando una extraña y lasciva cacofonía. En ese instante, pierdo la noción de todo y me dejo arrastrar por el glorioso orgasmo. El cual se propaga por todo mi cuerpo, sumergiéndome en una satisfacción casi perfecta. . . Creo que podría morir en sus manos… pero no de una forma violenta. La mitad de mi cuerpo yace derrumbado sobre la cama. Mis brazos no pudieron soportar más y ahora tengo la cara hundida en un cojín, respirando torpemente. El pecho me duele por el esfuerzo y sigo temblando sin poder relajarme. Todavía no consigo aclarar mi mente, la cual permanece nublada por el deleite carnal. El Grifo se mantiene sobre mí, sosteniéndose con ambos brazos, mientras continúa meciendo las caderas despacio. Tiene el rostro agachado, también se estremece y su resoplido es igual de inestable. No es difícil imaginar que ha disfrutado demasiado tomándome de esta manera. Finalmente se detiene, retirándose de mi cuerpo. Sofoco mi gemido contra el cojín, la sensación que permanece latiendo en mis pliegues es muy agradable. Poco a poco me dejo caer sobre las sábanas, intentando recuperar el aliento. No puedo moverme, pero tengo muy en claro que debo marcharme de aquí cuanto antes. De pronto, Minos sujeta mi cabello y con un leve tirón levanta mi cabeza. Lo miro con ojos amodorrados, pero él alcanza a notar algo más en mis pupilas que le agrada y lo hace sonreír. Se aproxima a mi rostro y me besa de nuevo. Casi puedo asegurar que lo hace con la intención de dejarme más aturdida. Ya no puedo más, estoy agotada y sólo quiero dormir. —Retírate Anna— me suelta, para luego recostarse en otro espacio de la cama. —Mañana te quiero despierta temprano. — Su petición es muy extraña, pero decido no preguntar. —Sí… señor— murmuro por lo bajo, mientras me deslizo hacia la orilla con lentitud. Temo que las piernas no puedan sostenerme, pero hago un esfuerzo para no demostrarlo. Me sujeto del buró para agacharme y recoger mis vestimentas. Tomo la marioneta blanca y me dirijo a la salida con paso torpe. Lo escucho resoplar y bostezar, supongo que también necesita dormir después de todo. Abandono sus aposentos y me encamino al pasillo. Pareciera que en cualquier momento me quedaré dormida de pie. Pero por fin llego a mi habitación, dejándome caer sobre la cama. Estoy tan cansada, que ya no quiero moverme para nada. Las sensaciones en mi entrepierna son molestas y puedo sentir que la humedad, mezclada con su semen, se desliza casi con morbosa burla. Un pensamiento oscuro se remueve en mi cabeza. Me pregunto si… ¿Debería preocuparme por esto? No obstante, el sueño termina por vencerme, quedándome profundamente dormida.***
Continuará… Esto quedó muy pervertido, pero qué puedo decir, estoy obsesionada con el juez Minos. Tal vez puedan intuir lo que hará el Grifo con su marioneta especial, pues no se puede negar que le preocupa mantenerla a salvo. Pero, OJO, esto no debe interpretarse como algo romántico, para nada. La monja es sólo su juguete sexual, ténganlo muy presente, no importa lo que pudiese insinuar la trama. Ya me pasó antes con otras historias y no quiero dar a entender algo que no es. Así que debe quedar claro: Nada de romance, ningún tipo de relación sentimental o algo más allá de lo carnal. Esto es sólo un cuento perverso y nada más. Muchas gracias por leer.