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Capítulo X Abro los ojos lentamente. Sé que he dormido las horas suficientes, o eso creo, pero aún persiste un poco el cansancio en mí. Bostezo y apenas hago el intento por desperezarme, en verdad no tengo ganas de moverme. Volteo hacia el candelabro, las tres velas se han reducido bastante y ni siquiera me había fijado que las dejé encendidas. Decido levantarme de una vez, cuando de repente, el sonido de la puerta abriéndose me hace respingar del susto. El juez Minos entra como si nada a la habitación, llevando puesto el oscuro Sapuri con todo y yelmo en la cabeza. Cuando me mira, todavía desnuda y adormilada, levanta una ceja en reproche. —Te dije que debías estar despierta temprano. — El aire se me pausa debido a los nervios, así que de inmediato me siento en la cama. La luz ambiental del inframundo es extraña y nunca he podido adaptarme a ella, por lo que la noción del tiempo a veces me falla. —Lo siento señor Minos, yo… — trato de justificarme, mientras busco dónde dejé tirado el hábito. —Cinco minutos— me interrumpe, dándose la vuelta para salir. —Daremos un pequeño paseo, así que trae la marioneta contigo. — La puerta se cierra y yo me quedo con una expresión confundida en el rostro. Exhalo nuevamente y comienzo a vestirme lo más rápido que puedo. Me trenzo el cabello para que no me estorbe en la cara y luego me coloco los zapatos. Busco el títere en medio de las sábanas revueltas y cuando lo encuentro, lo envuelvo en su lienzo oscuro. Entonces, por el rabillo del ojo, capto un destello ocasionado por la luz de las velas. El frasco de miel está junto al candelabro. Una idea extraña me viene a la cabeza: No lo dejes aquí. La verdad no sé por qué pienso eso, así que sólo me alzo de hombros y decido guardarlo junto con el títere, amarrando todo a mi cintura. Salgo de la habitación y corro hacia el vestíbulo principal. El juez ya está ahí, con las manos levantadas… tejiendo hilos de cosmos. Me detengo y hago una reverencia, permaneciendo en silencio. El Grifo me mira de reojo. No dice nada y sigue maniobrando, permitiendo que las hebras se desplieguen por toda la superficie de las paredes. Supongo que es algún método de seguridad o algo así. —Ven aquí— me llama con un gesto de la mano tan pronto termina su actividad. Me acerco hasta llegar frente a él. Su proximidad no deja de ser algo inquietante para mí. No obstante, ya no me da tanto miedo como en un principio. La expresión de su rostro es inmutable de nuevo. Su mirada me recorre, como si aún estuviera cavilando lo que está a punto de hacer. —Será mejor que continúes durmiendo— dice por fin, a modo de conclusión. Acto seguido, su mano derecha se posa en la unión de mi hombro y cuello, haciendo una rápida presión con sus dedos. Solamente siento un ligero adormecimiento y luego la vista se me nubla por completo. Ya no me doy cuenta de lo que ocurre después. . . Una sensación fresca me acaricia el rostro. Pero hay algo raro. El olor a floresta hace que mi olfato se inquiete. Esa fragancia de flores y hojas no existe en el inframundo. Entreabro los párpados muy lento, percatándome del movimiento. Sólo me toma un par de segundos darme cuenta que estoy en los brazos del juez. Él me lleva cargando contra su pecho, mientras camina por lo que parece ser un bosque. ¿Un bosque? Sí, lo es, y lo compruebo cuando la luz de la luna me permite distinguir mucho mejor las copas de los árboles y sus ramas. ¿Luna? Abro los ojos por completo y mis sentidos se despejan en su totalidad, captando todo a mi alrededor: La sensación fresca de la madrugada, el olor de la naturaleza, el sonido de animales nocturnos y la vista del cielo semioscuro con infinidad de estrellas. Esto no es el inframundo. El corazón se me acelera y no puedo evitar sobresaltarme, ¿Qué rayos está pasando? El Grifo se da cuenta y detiene su marcha, mirándome con un gesto burlón. —Así que ya despertaste, pensé que tardarías un poco más. De cualquier forma, ya llegamos. — Volteo para todos lados. Mi expresión anonadada le deja en claro al juez que no comprendo lo que sucede ni en dónde estoy. Entonces, me baja hasta dejarme de pie en el suelo. Los nervios me recorren y de pronto comienzo a temblar. —Señor Minos… ¿Dónde…? — La expresión del juez adquiere un matiz parcialmente serio antes de contestar. Me toma del mentón y hace que lo mire directo a la cara. —Estamos en la isla de los curanderos. — Mis ojos se abren en grande al escucharlo, no puedo creerlo. —Presta atención a lo que voy a decirte, porque no lo repetiré— acerca su rostro, donde sus iris violetas no dejan de ser hermosamente inquietantes. —Tú eres mía, debes tenerlo muy presente— entorna la mirada. —Así que no pienso compartirte con nadie, y tampoco tengo ganas de dar explicaciones a Pandora o a los dioses— sonríe con travesura. —Por lo tanto, te “guardaré” aquí… — Me suelta, para luego tomar mis hombros y hacer que gire. Ante mis ojos aparece una cabaña sencilla, la cual está a la orilla de un extenso campo. El corazón se me detiene por completo al identificar dicho lugar: Es donde fui convertida en Espectro por Luco de Dríades. Estamos en lo que antes fuera el plantío de lirios blancos, y la choza, es el lugar donde el sanador preparaba sus menjurjes. Apenas puedo hilar toda la situación. Minos de Grifo… me ha sacado del inframundo. No es algo que se pueda digerir tan fácilmente. Sin embargo, tengo el presentimiento de que no lo hace por amabilidad ni compasión. Hay algo más en sus intenciones que no puedo discernir todavía. —La isla ha dejado de tener importancia estratégica para la guerra santa, por lo que ningún Espectro vendrá de nuevo— dice a mis espaldas. —Así que, te quedarás aquí y esperarás hasta que yo regrese. — Giro para mirarlo. Quisiera preguntar sus motivos y otras cosas más, pero las palabras no salen de mi boca. De inmediato comprendo que lo mejor es quedarme callada. No tengo la intención de irritarlo en lo más mínimo con mi curiosidad y recelo. El razonamiento me sugiere no hablar y esperar, es la mejor estrategia por el momento. Así que sólo hago una reverencia. Cuando lo miro de nuevo, noto que su expresión continúa seria. —Una cosa más— da un paso hacia mí, aproximándose intimidante, mientras que sus enormes alas se despliegan, rodeándome de una manera posesiva e inquietante. —No intentes nada extraño Anna, ¿Entendiste? — sus ojos brillan en advertencia. Palidezco visiblemente, tragando saliva con torpeza. Él no deja de ser un monstruo atemorizante, por lo que confirmo rápido con la cabeza. Minos retrocede y sus alas se alejan de mí, abriéndose hacia arriba. Basta con un sólo y poderoso aleteo para elevarse del suelo. La potente ráfaga de aire que genera me hace retroceder unos pasos, mientras me cubro el rostro para protegerme del polvo que levanta. Tan pronto disminuye la ventisca, volteo al cielo para mirarlo alejándose en medio de la oscuridad, con la luna perfilando su silueta, asemejándose a un ángel siniestro. Por fin puedo respirar de nuevo y sentir que el corazón se me tranquiliza un poco. Retrocedo hasta quedar de espaldas contra un árbol, intentando calmarme y asimilar lo que está sucediendo. Miro a mi alrededor una vez más y por fin siento cómo el sentimiento me estruja el pecho. Un par de lágrimas escapan de mis ojos, realmente no puedo contener la emoción por esta inesperada oportunidad. —Ya no estoy en el inframundo… — susurro en voz baja. —He regresado al mundo exterior… — Jamás pensé que mi suerte cambiaría de esta manera. Pero sin lugar a dudas, es algo que debo valorar y aprovechar. No comprendo los motivos del juez, pero tampoco quiero preocuparme por eso ahora. —Supongo que lo hace simplemente porque no quiere dar explicaciones a sus superiores— exhalo despacio, limpiándome el rostro. —Y también para no correr el riesgo de que otro maldito Espectro me acose. Vaya, que “amable”— resoplo enojada al recordar a Lune. Las acciones del Grifo son inteligentes a pesar de todo. Nadie pensaría que uno de los líderes del inframundo haría algo como esto. De esta manera se asegura de tenerme para su diversión, y al mismo tiempo, nadie se percata de algo extraño en Ptolomea si es que el Balrog se arriesga a delatarlo. Pasan un par de minutos antes de que decida mi siguiente acción. —Veamos que hay ahí— me encamino a la choza. … El lugar está solo y con algo de polvo, seguramente quedó abandonado desde la muerte de Luco. Observo de un lado a otro y husmeo por cada rincón. No hay lirios ni frascos, o alguna otra cosa relacionada con las actividades macabras del curandero. Sólo muebles básicos y algunas herramientas. Entonces, ¿Debo quedarme aquí a esperarlo? No lo puedo creer. Salgo de nuevo al exterior y me quedo mirando cómo el cielo empieza a clarear, pronto amanecerá. Entonces, el lejano canto de un gallo hace que mi mente empiece a trabajar. El pueblo no está muy lejos, tal vez pueda ir allá. Y sin pensar demasiado en las consecuencias, me voy caminando por el sendero que lleva fuera del bosque. . . Ahora estoy recorriendo las calles solitarias, la gente no ha despertado todavía. El pueblo parece tranquilo, seguramente desde que vencieron al Espectro y dejaron de desaparecer las personas, los habitantes pudieron recuperar la paz. Por fin llego a donde quería: La casa de mi abuela. Los primeros rayos del sol ya iluminan y el movimiento general empieza a escucharse, por lo que decido acercarme a la puerta y tocar. Nadie responde luego de un minuto, así que vuelvo a insistir con más fuerza. —No tiene caso que toque— dice una voz a mis espaldas. La reconozco de inmediato, pero dudo en voltear, porque no sé cómo reaccionará al verme. Es decir, llevo poco más de un mes desaparecida y temo asustar a la pobre mujer. Se llama Elina, es una persona muy amable que le ayuda con los quehaceres y la comida a mi abuela. —Hola… Elina— volteo despacio y saludo con una media sonrisa. La mujer palidece por un par de segundos, quedándose sin habla. Pero rápido me identifica, así que se acerca a mí. —¡Señora Anna, ha vuelto! — me abraza emocionada. Su apretón me hace sentir muy bien, porque ya extrañaba el contacto con otras personas. Como dije antes, al recuperar mis memorias y ser consciente de mi situación en el inframundo, el estrés y la incertidumbre comenzaban a torturarme estando sola en Ptolomea. Si eso volviese a ocurrir, ya no podría soportarlo. —¡Pero ¿Cómo es posible?, creí que usted había…! — El abrazo finaliza y no estoy segura de que contestar. —Yo… — de pronto caigo en la cuenta de que no sé cómo explicar mi extraña aventura o si deba contarla. —No estoy segura de lo que pasó, pero… — hago una pausa para meditarlo mejor, podría ser peligroso decir algo respecto a mi situación con el juez. —Necesito descansar un poco… — Elina me mira comprensiva y asiente. —Lo entiendo— saca un llavero de entre sus ropajes. —No se preocupe señora Anna, vamos adentro para que le platique todo lo que ha sucedido y pueda tomar un poco de café— sonríe afable. Yo le regreso el gesto con sinceridad y entramos a la casa. . . Es medio día. El magnífico sol está en lo alto, brillando hermosa y cálidamente. Los árboles y las flores resplandecen con sus colores y adormecen con sus fragancias. Los pájaros vuelan y cantan sin reparo alguno. La gente va y viene en sus actividades cotidianas, dándole un aire increíblemente vivo al pueblo. El inframundo jamás se comparará con esto. He pasado las últimas horas meditando mi nueva realidad, llorando un par de veces al recordar lo que Elina me ha contado. Ella salió a comprar algunas cosas para mí. De momento me encuentro sola, sentada en el marco de la ventana de mi recámara en el piso de arriba. Contemplo el exterior, pero estoy sumergida en mis pensamientos. La señora dijo que después de mi desaparición, sucedieron otros eventos más. Las personas continuaron desapareciendo por otra semana. Pero no sospecharon del sanador Luco hasta que un caballero dorado llegó desde el Santuario a investigar. Casi nadie sabe lo que sucedió, pero el guerrero de Athena se encargó de eliminar la amenaza del Espectro. Posteriormente, el pueblo retomó sus actividades, pero mucha gente quedó devastada emocionalmente al perder a uno o más familiares. Mi abuela fue una de esas personas. Como lo presentí, ella no soportó saber que había desaparecido junto con los otros pueblerinos. Según me cuenta Elina, mi marido llegó a buscarme una semana después y mi abuela le relató lo acontecido. Para ese momento, ella permanecía convaleciente en su habitación. Al día siguiente, murió, pues no pudo sobrellevarlo. Mi esposo, dolido y triste, también hizo los procedimientos de despedida en el cenotafio general, que el pueblo levantó en el camposanto para todos los desaparecidos. Posteriormente, se marchó de regreso a Atenas, ahora como viudo. Esto es bastante triste, porque, aunque no lo amaba, le tenía cariño y respeto. Pero, si lo pienso con cuidado, quizás esto sea lo mejor. No es conveniente que se entere de mi regreso, ni él, ni los demás pueblerinos. Sé que prácticamente nadie me conoce aquí, porque no visitaba seguido a mi abuela. Pero algo me dice que lo mejor es mantenerse reservada y esperar. Más ahora que la guerra santa ya está en marcha. Desconozco lo que me depara el futuro, así que no puedo confiarme. El juez Minos es sumamente impredecible, por lo que debo estar atenta a lo que haga. Volteo hacia mi cama, en ella permanece el envoltorio de tela negra que guarda la marioneta, así como el frasco de miel. Me acerco y desenvuelvo todo. Destapo la botella y la inclino para tomar una pequeña porción de jalea. Es demasiado dulce y no puedo evitar sonreír al degustarla. Aunque, al mismo tiempo, los recuerdos de lo que Minos hizo con ella en mí, provocan que se me erice la piel. Algo como eso, no se puede olvidar. Tapo el frasco y lo guardo en el cajón de un buró cercano. No sé por qué quiero conservar semejante “regalo”, pero tampoco tengo una excusa para deshacerme del mismo. Entonces, enfoco mi atención en la marioneta y una sensación extraña me recorre. La tomo entre mis manos y la reviso a detalle. Hay algo en su hechura que la hace demasiado especial e inquietante. De repente, escucho la puerta. Elina ha regresado, así que dejo el juguete y mi nerviosismo para después. . . La mujer me platica los rumores que han llegado a la isla. Dicen que el dios Hades ha despertado y que el Santuario ya comenzó a desplegar sus líneas de defensa para un posible ataque de los Espectros. No lo dudo, el movimiento en el inframundo era evidente. Pero me reservo mis comentarios, dado que no tengo la menor idea de lo que sucederá. … Rato después, Elina se retira. —Señora Anna, ¿Segura que estará bien? — me pregunta antes de marcharse. —No te preocupes, estaré bien. Como te comenté, lo mejor es que permanezca oculta por unos días. — La mujer asiente y se despide para irse a su propio hogar. Fue necesario decirle una mentira acerca de lo que me sucedió, fingiendo que no podía recordar nada por el momento. Sólo hice una leve mención de las tareas que tenía como sirvienta en algún lugar extraño, y que posteriormente, aparecí caminando en el bosque “sin explicación” alguna. Quizás ella no me crea del todo, pero prefiere no indagar, ya que intuye todo lo malo que pude haber vivido. Sé que no dirá nada de que estoy aquí escondiéndome, por el respeto y aprecio que le tenía a mi abuela. Pero prefiero que me deje sola y se marche, como es su rutina, dado que vigila la casa y la mantiene limpia. No puedo permitir que me haga compañía, podría ser peligroso para ella. . . La noche ha caído. Me encuentro en mi alcoba, observando la luna desde mi ventana. Ha sido un día extraño, pero creo que me siento bien por el momento. Ya estoy más tranquila y por fin pude consumir algo de comida después de tanto tiempo. A decir verdad, desde que Elina comenzó a preparar los alimentos, su aroma me provocó un dolor en el estómago. Lo que me hizo replantearme mi condición de monja oscura. Si bien, continúo siendo humana, no estaba segura si podía comer o beber nuevamente. Es decir, al vivir en el inframundo, no sentía la necesidad de consumir nada. Pero al regresar aquí, es como si toda esa hambre y sed hubiesen regresado con bastante fuerza. Una vez dispuestos los alimentos, devoré todo lo que pude. Sospecho que será así de ahora en adelante, si es que me quedo aquí. Ojalá pueda quedarme. Pero, ¿Eso qué podría significar para la isla de los curanderos? La respuesta está a punto de llegar a mí. Sigo divagando, mientras contemplo las manchas de la luna. De repente, un punto se dibuja sobre aquel panorama y comienza a crecer. Entonces, deja de ser un punto y se convierte en algo más grande, que se acerca volando muy rápido. Mis ojos se abren en sorpresa al distinguir una silueta con tenebrosas alas. En ese instante, el pánico se retuerce en mi pecho, pues me olvidé por completo del juez Minos. Comienzo a retroceder asustada. No pensé que volvería hoy mismo, y no entiendo cómo logró encontrarme tan fácil. Trago saliva y el corazón me da un vuelco enorme cuando lo veo aproximándose a la casa, exactamente a la habitación donde me encuentro. Las ráfagas que generan las extensiones de su Sapuri chocan contra el muro y las portezuelas de madera, casi destrozándolas por el impacto. Las cortinas se rasgan parcialmente y algunas cosas caen de los estantes debido al viento arremolinado en el interior del cuarto. Dicha corriente termina por empujarme con brusquedad sobre la cama. Minos de Grifo aparece acuclillado en el amplio marco de la ventana, asemejándose a la bestia mitológica que representa. Su gesto es serio y su mirada violácea me contempla con un dejo de irritación que no disimula para nada. Quizás mi desobediencia finalmente ha conseguido que su ira explote contra mí. Contengo el aire cuando lo veo plegar las alas para que no le estorben. De esta manera consigue entrar sin problema alguno, para luego caminar en mi dirección. —Anna, eres una pequeña indisciplinada— masculla, al mismo tiempo que da un vistazo al lugar. —¿Y qué tenemos aquí, una pintoresca casita? — Yo paso saliva despacio, intentando controlar mis nervios. —Es… la casa de mi… abuela— exhalo con lentitud, sentándome en la orilla de la cama. No sé qué hará, pero al menos quisiera saber cómo llegó hasta mí. —¿Cómo… me encontró? — Tal vez sea una estupidez preguntar eso y quizás me estoy arriesgando a enojarlo incluso más. Pero en verdad quiero saber, deseo entender, aunque sea un poco, su extraña naturaleza. El juez regresa a mirarme, sonriendo con repentina travesura. No parece molestarse con mi pregunta, así que se aproxima hasta quedar frente a mí. Sus ojos me recorren de arriba hacia abajo. Ya no tengo puesto el hábito de monja, pues luego de bañarme, decidí vestirme con un simple camisón largo para dormir. Lo veo hacer un ademán con su mano derecha, invocando un hilo de cosmos. El títere blanco, que permanecía en la cabecera de la cama, vuela hacia él. Entonces, lo comprendo todo. —Esta marioneta es muy particular— dice, mientras toma las cruces y hace bailar al juguete en el aire. —Está vinculada con el Sapuri de Grifo a través de un hilo especial… — su mirada se vuelve más intensa, acercando el rostro para enfatizar sus siguientes palabras. —Y cuando tú la aceptaste, quedaste enlazada a ella. — Su sonrisa se torna casi perversa cuando me ve palidecer, a él le divierte mi reacción asustada. Ahora entiendo por qué me dio el títere. No sólo se trataba de entretenerlo, sino que también era un método para vigilarme todo el tiempo. Minos siempre ha sabido dónde estoy y lo que hago, pues dicho objeto siempre está a mi lado. Y gracias a ese hilo sobrenatural, que no logro ver ni sentir, tampoco puedo deshacerme de él. Aunque no debería sorprenderme a estas alturas de la situación, ya presentía que aquel juguete no era normal. Tiene lógica su desquiciado comportamiento posesivo, él está completamente loco. —¡Ya te lo dije antes, no puedes alejarte de mí! — gruñe de pronto, dejando la marioneta a un lado, para tomarme del brazo y levantarme de la cama. —¡Ahora dime, Anna, ¿Cómo debería castigarte?! — su voz suena molesta de nuevo. Empiezo a temblar. Su agarre no me lastima, pero tengo la impresión de que su mal humor no cederá tan fácil. Entonces, me lleva hacia la ventana. —Veamos que más tenemos aquí— me abraza por delante de su pecho y me hace mirar hacia el exterior, donde se pueden ver las demás casas del pueblo. —Ya veo, viniste aquí porque parece ser un lugar agradable y tranquilo— su risita se vuelve siniestra. —¿Te gustaría que lo destruya? — El corazón se me detiene. El juez es perverso y comprendo que su actuar se parece más al de un niño malcriado y sádico, que al de un guerrero común. ¿Qué debería hacer?, no quiero que los habitantes sean asesinados, ni que esta pobre isla desaparezca del mapa. —Por favor… señor Minos— comienzo a hablar. —No era mi intención alejarme del bosque… es sólo que… no me sentía cómoda ahí… es decir, su residencia… — Me toma de los hombros y hace que gire para mirarlo. —No puedes permanecer en Ptolomea por ahora— su mirada se entorna con malicia, a la vez que sujeta mi mentón y se aproxima hasta que su frío yelmo toca mi frente. —Además, te necesito para algo muy especial. — Contengo la respiración. No comprendo sus palabras, pero ya no tengo ganas de preguntar, porque seguramente su respuesta podría ser inquietante. Sin embargo, algo me susurra que el Grifo no me hará daño, así que concluyo que debo seguir su nuevo juego, sea cual sea. —Por favor… no ataque la villa… yo me quedaré aquí… y haré lo que me ordene. — Sonríe ladino, encantado de escuchar mi súplica. —Claro que lo harás, mi pequeña marioneta— su mano me suelta para después acariciar suavemente mi mejilla. —No te va a quedar de otra— relame sus labios con lentitud, lo que me provoca un escalofrío en todo el cuerpo. No tengo que razonar demasiado para imaginar sus oscuros pensamientos. Entonces, decido arriesgarme para conseguir que se distraiga de la idea de atacar el pueblo. Mis manos suben por el peto de su armadura y alcanzan su rostro por debajo de los laterales del casco. Él no se ha apartado, lo que me facilita alcanzar sus labios. Todavía no comprendo porqué hice eso, pero funciona de una forma inesperada. Comienzo a besarlo despacio, lo que desconcierta al juez por un segundo. Y contrario al rechazo que pudiera temer, él responde de inmediato, tomándome de la nuca con ansiedad. Su otro brazo me rodea por la cintura y me levanta del suelo. Esto facilita que pueda quitarle el yelmo, para luego hundir mis dedos en su sedoso cabello. No sé qué diablos estoy haciendo, pero insisto en mi propósito inicial: Hacer lo que sea necesario para sobrevivir. Aunque, en éste caso, sea para evitar que devaste la isla de los curanderos. La respiración se me entorpece, dejándome arrastrar por las sensaciones que el beso me provoca. Su lengua es tan malditamente diestra, que soy yo la que termina rendida a su dominio. Entonces, dejo caer el casco al suelo cuando siento que su otra mano desciende hacia mi trasero para alzarme incluso más. El sonido de la tela rasgándose llega a mis oídos. El juez ha roto el lateral del camisón para hacer que mis piernas le rodeen la cintura sin problema alguno. Esto está mal. Puedo sentir que el beso se intensifica hasta el grado de dejarme sin aliento. Unos segundos después libera mi boca y también hace una pausa para recuperar el aire. Minos se ha excitado demasiado rápido, puedo ver el deseo desplegándose en sus ojos y eso me intimida un poco. No me queda más remedio que ceder a sus impulsos. Pero… no voy a negar que anhelo corresponder por igual. Sí, esto está mal, disolutamente mal. Entonces el juez comienza a caminar hacia la pared cercana. —Vaya, eso fue traviesamente inesperado— estrecha su mirada sobre mí, a la vez que me apoya contra el muro y me sostiene con la presión de su propio cuerpo. —Muy bien Anna, le concederé el perdón a esta villa si logras… convencerme. — ¿Convencerlo? ¿Por qué simplemente no dice que quiere fornicarme hasta el cansancio de nuevo? Ya no importa de todas maneras, pues la adrenalina ha comenzado a correr por todo mi cuerpo. Aquella sensación de peligro se entremezcla con la excitación sexual de una forma muy alarmante para mí. Pero, si voy a continuar con esto, entonces debo tirar mi cordura por la ventana y no preocuparme por el conflicto moral de mi interior. ¿Y por qué no hacerlo? Si con esto logro que no ataque el pueblo y consigo que me permita quedarme aquí, valdrá la pena. Claro que sí. —Lo haré, señor Minos— confirmo con total seguridad. El Grifo se relame los labios otra vez y la lujuria le oscurece la mirada rápidamente. Sin decir nada, me sostiene con un sólo brazo, apartándose un poco de mi cuerpo. Chasquea los dedos de la otra mano, haciendo que su Sapuri vibre sutilmente para que algunas piezas se desmonten solas. Las hombreras que cubren sus brazos y el faldón que protege su cintura, caderas y muslos, caen al suelo, generando aquel sonido metálico que me eriza la piel. No tardo más de un segundo en comprender por qué lo hizo. Al parecer, no quiere perder más tiempo. Saber eso, en vez de asustarme, me provoca una contracción en el vientre que baja hacia mi entrepierna y hace que mis pliegues duelan de manera estresante. Me cuesta trabajo creerlo, pero en verdad el juez ha sido capaz de contagiarme su apetito sexual. Se acerca de nuevo, y sin apartar todavía su oscura vestimenta, comienza a restregarse contra mi vientre. Un jadeo escapa de mis labios al sentir el abultamiento de su carne creciendo. Me aferro a sus hombros y empiezo a temblar conforme voy percibiendo las nuevas punzadas en mi sexo. —Vamos Anna, no te contengas… — empuja con más fuerza las caderas. —¡Quiero escucharte! — Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra la pared, permitiendo que otro gemido obsceno se genere en mi garganta. No se trata sólo del lascivo movimiento de su cuerpo, sino que también el matiz grave de su voz consigue que algo dentro de mi sonría con morbo y satisfacción. Aquel impulso primitivo que todos tenemos guardado en nuestro interior. Es un error pensar que puedo engañar a un juez del inframundo. Pero yo no busco eso, sino únicamente distraerlo. Y lo estoy consiguiendo. —¡No se… detenga! — exclamo con intensidad, al mismo tiempo que mis piernas rodean su cintura con más fuerza. El vaivén se incrementa y la presión generada consigue que el vértice de mi sexo se inflame de forma precipitada, regalándome sensaciones muy placenteras. De igual manera, advierto que mi interior comienza a palpitar más y más, iniciando mi lubricación. Esto va demasiado rápido, pero ya es tarde para dar marcha atrás a esta locura. El Grifo resopla de forma discontinua, su excitación sigue aumentando. Sin dejar de sostenerme, su otra mano se desliza por en medio de nuestros vientres y hace una pausa en sus acometidas para tentar sobre la pampanilla que llevo puesta. La humedad ya impregna la tela. —Te has humedecido muy pronto, mi pequeña marioneta— susurra libidinoso cerca de mi oído. Abro los ojos y me encuentro con sus iris violáceos, tan bellos y perversos. El juez tiene razón, la respuesta de mi cuerpo ha sido vertiginosa y no puedo desaprovechar esto. Así que me adoso a sus labios una vez más, mientras hago que mis caderas ondulen contra su virilidad, obligándolo a jadear. Él aparta la mano y reanuda sus embestidas, respondiendo a mi beso. Si esto continúa así, podría hacerlo terminar con sólo la fricción de mi vientre. Sin embargo, estoy segura que eso no será suficiente para Minos… y quizás tampoco para mí. Otra punzada en mi sexo hace que me aparte de su boca para rogar. —¡Ya… no puedo… esperar! — Minos gruñe guturalmente y presiona su peso contra mi cuerpo. La sensación de leve sofoco debería asustarme, pero en vez de eso, consigue que la convulsión de un orgasmo empiece a crecer en mi adolorida carne. Lo que me obliga a cerrar los párpados y sonreír con lascivo descaro, mientras ronroneo en un matiz bajo, incitándolo como si fuese un animal. —¿Estás segura de poder convencerme? — pregunta con voz grave y ansiosa. No sé qué responder y lo único que hago es relamer mis labios en un gesto lento para atraerlo. —Entonces, te pondré a prueba— sonríe con malicia. Se aparta del muro mientras me rodea con ambos brazos y empieza a caminar. Permanezco distraída con la sensación que pulsa en mi entrepierna, así que no me doy cuenta de lo que hace, hasta que siento el fresco de la noche. Para cuando abro los ojos, el juez ha salido por la ventana, lanzándose al vacío, conmigo en brazos. A mi cerebro le toma un par de segundos comprender que sus alas negras se han abierto para elevarnos rumbo al cielo. ¡Maldito juez desquiciado! Las extensiones de su Sapuri son tan poderosas que, con unos cuantos aleteos, nos elevamos rápido e increíblemente alto. Me quedo en un shock momentáneo al ver que el suelo se aleja y el aire comienza a sacudir nuestras melenas. El pánico me hace apretar los párpados y aferrarme a su cuello mientras grito asustada. —¡¿Qué sucede Anna?, ¿Te dan miedo las alturas?! — se burla, sin dejar de subir más y más alto. Minos es un desgraciado que se divierte con el sufrimiento ajeno. Sin embargo, no es eso lo que realmente me provoca, sino un golpe de adrenalina mucho más intenso. Esto, de alguna manera, también aguijonea mi excitación. Después de un instante, puedo notar que en ningún momento me ha soltado. Por el contrario, su agarre sobre mi cuerpo es muy firme y sin la intención de jugar con eso. Jamás comprenderé del todo las habilidades que tienen las Estrellas Malignas. Pero las que posee el Grifo, sin lugar a dudas son para admirarse. Ha dejado de elevarse y ahora parece que estamos flotando en el aire. No siento el frío ni el viento. Cuando abro los ojos me doy cuenta, su propio cosmos está rodeándonos, mientras sus tenebrosas alas se mantienen abiertas por completo. Es como ver un ángel siniestro. Mis ojos se mueven de un lado a otro, la noche es hermosa y la luna resplandece muy cerca. El pueblo se ve infinitamente pequeño y alcanzo a distinguir la costa del mar. Un panorama espectacular que no puede dejar de admirarse… a pesar de que todo esto sea una maldita locura. —¿Por qué? — interrogo, mirando su rostro de nuevo. Su expresión es burlona y arrogante, él sólo está divirtiéndose en un juego sutilmente cruel. —Si no me convences… — su sonrisa se torna malvada. —Tendrás una vista privilegiada— una de sus manos me suelta, para luego crear en su palma un orbe de cosmos púrpura. Su intención es clara, dejar caer ese ataque a la villa. Trago saliva despacio, a la vez que intento conservar la calma. Mi razonamiento dice que siga su juego, y aunque el instinto me susurra peligro, concluyo que debo arriesgarme. —Mi señor— dejo de abrazarlo y tomo los mechones laterales de su cabello plateado. —¿Podemos continuar? — humedezco mis labios de nuevo. —Por favor… — arrastro la voz en súplica, atrayéndolo hacia mí. El Grifo no se hace del rogar y antes de que me bese, logro vislumbrar el inquietante brillo de sus pupilas. En verdad disfruta hacer esto conmigo. Ese tipo de deseo no se puede disimular, los ojos nunca mienten. Entonces debo usarlo a mi favor, sólo debo adaptarme un poco más a su salvaje naturaleza. Lo recibo en mi boca con ansiedad, permitiendo que mi lengua baile con la suya en un encuentro mucho más intenso. Nuestras respiraciones se sincronizan y las sensaciones vuelven a cosquillear con mayor fuerza. Mi sensibilidad empieza a reaccionar y poco a poco la incertidumbre retrocede. Mi cuerpo deja de temblar, consiguiendo que me enfoque de nuevo. Una de mis manos suelta su cabello para descender a lo largo de su pecho hasta llegar al abdomen. Aunque estoy pegada a su cuerpo, tengo el suficiente espacio para alcanzar su entrepierna y tocar su soberbia erección. Esta no ha disminuido en absoluto, a pesar de su delirante juego. Mi palma se posa con suavidad y comienzo a recorrer su longitud, instigando su reacción. Él empuja las caderas en busca de mi caricia, al mismo tiempo que jadea contra mis labios. —¡Continúa así! — masculla. Yo obedezco y me atrevo a ir más allá, bajando la vestimenta para liberarlo y poder acariciarlo sin estorbos. Minos vuelve a gruñir y lo siento temblar mientras finaliza el beso. Su miembro late y se endurece al grado de hacerme dudar en continuar. Sin embargo, esto es demasiado excitante como para ponerse a pensar. El juez suprime la peligrosa energía en su mano y aferra mi cintura de nuevo, permitiendo que siga estimulándolo. Ha cerrado los ojos brevemente, disfrutando de las sensaciones que le regalo. No puedo evitar sonreír con disimulo. Aunque me cuesta trabajo aceptarlo, esto enciende aún más mi propia lujuria. Pronuncia más sonidos guturales por algunos instantes. Hasta que de repente, sujeta mi mano y detiene la caricia. —¡Suficiente! — Me mira fijamente, y en ese instante, comprendo que ya no puede contenerse. Deja mi mano sobre su hombro y vuelve a bajar, deslizando los dedos entre mis piernas. Me sobresalto cuando toma la prenda interior y la rasga con brusquedad. No lo asimilo de inmediato, y cuando bajo la mirada, puedo ver los trozos de tela cayendo al vacío. Las distracciones son peligrosas, y lo compruebo cuando su agarre se mueve hacia mis caderas. Me alza con facilidad para que mis muslos rodeen su cintura de nuevo. Minos tiene la intención de continuar con esto, aquí y ahora. Y yo no puedo, ni quiero, detenerlo, así que me dejo guiar a su voluntad. Cierro los ojos y un potente gemido emerge de mi boca al sentir que me posiciona sobre su virilidad. Mis pliegues pulsan dolorosamente debido a la excitación, y cuando su miembro se adentra, clamo con lubricidad. Mis uñas se entierran en sus hombros, mientras escucho que masculla unas palabras en un idioma que no comprendo. Posteriormente, su voz se pierde en el resoplido entrecortado de su respiración. Mi cuerpo tiembla con intensidad, pues los estímulos físicos inician un frenético recorrido. Estoy tan húmeda, que ni siquiera he sentido la incomodidad inicial, sólo una sensación palpitante cuando el calor de mi interior lo abraza en su totalidad. —¡Quiero escucharte! — exige de pronto. No puedo evitar gritar en el momento que comienza a oscilar, enterrándose por completo en mi cavidad. La sensación es tremenda y las contracciones en mis paredes íntimas crecen abruptamente, haciendo que me ahogue con mi propia respiración descontrolada. Mi sistema nervioso se tensa cuando las placenteras descargas suben por mi espalda. Es agresivo el movimiento de su cuerpo. Sin embargo, todas las sensaciones que provoca, me hacen reaccionar de una forma primitiva e irracional. Es un intenso goce que me aturde con cada embestida. En cada fricción, mi sensible botón convulsiona a un grado insoportable. No podré tolerarlo por más tiempo, la adrenalina, la excitación, y su desquiciado proceder, me han llevado al límite de la razón. —¡Mírame Anna! — ordena imperativo. Entreabro los ojos y me encuentro con la satisfacción morbosa de su mirada. Minos sabe que estoy a nada de explotar en éxtasis, y eso lo complace de sobremanera. Una sonrisa ladina se dibuja en su rostro que, al igual que el mío, expresa un regodeo que no puede describirse. Su mirada violácea me consume y por una fracción de segundo, puedo ver en ella algo perturbador que no es humano. Sin embargo, es tan efímero, que termino por ignorarlo, y más cuando un poderoso éxtasis comienza a crecer frenético en mi centro. Mis pupilas se dilatan y el juez lo puede ver, mi cuerpo se estremece y lo nota contra su piel, mi interior se contrae y lo percibe alrededor de su hombría. El clímax hace erupción, azotando mi sistema nervioso hasta el límite de la enajenación. Mi respiración se transforma en un grito desesperado, que no logra reflejar el deleite que me abruma. La mirada se me nubla y dejo de percibir mi entorno por varios segundos, perdiéndome por completo. . . Esto no ha terminado. Aunque me siento aturdida en la bruma del placer, logro distinguir al juez temblando notoriamente. Su jadeo se asemeja al de una bestia alterada, a la vez que percibo su erección pulsando en mi interior. Aferra con fuerza mis caderas, revelando que su culminación se aproxima. Pero tengo la impresión de que todavía quiere hacer algo más. Escucho el aleteo de sus alas y noto el movimiento del aire. No sé en qué momento comienza a descender, pero antes de darme cuenta, ya estamos de regreso en la casa. Entra de nuevo por la ventana, sin apartarme de su cuerpo ni un sólo momento. No quiero abrir los ojos, pero lo hago cuando percibo que me deposita en la orilla de la cama y posiciona los brazos a mis costados. Su rostro muestra una expresión hambrienta y su mirada es casi salvaje, la excitación lo tiene en el punto más álgido. Pero, a pesar de lo intimidante que se ve, no me asusta en éste momento. O tal vez se deba a que continúo embelesada por el placer. Realmente no me importa ya. Lo incito a que prosiga con esto, manteniendo las piernas alrededor de su cintura, llevando mis manos hacia su cara para rozar con suavidad sus atractivos rasgos. Él sonríe complacido y se agacha para besarme una vez más, reiniciando sus acometidas. Todo mi cuerpo se estremece debido a su oscilación, lenta al principio, y acelerándose después. Mi respiración se vuelve torpe contra sus labios, a la vez que llevo las manos hacia sus brazos. Clavo mis uñas en su piel cuando el peso de su cuerpo se hace más evidente. Su jadeo se acelera y el beso se rompe abruptamente cuando aumenta la fuerza de sus embestidas. Mis gemidos voluptuosos llenan la habitación y me dejo arrastrar por los espasmos residuales de mi reciente orgasmo, mientras soporto su embate final. La luz de la luna se filtra lo suficiente para que pueda notar el brillo morado de su Sapuri. Sus enormes alas están desplegadas por completo sobre su espalda, lo que crea una imagen impresionante de Minos, que jamás podré borrar de mi mente. Entonces lo percibo dentro de mí, cuando su arremetida final llega. El juez alcanza la cúspide sexual con un sonoro y áspero clamor, al mismo tiempo que el clímax estalla y se extiende por todo su cuerpo. El placer lo embriaga a más no poder, mientras contemplo su extasiada faz. Posteriormente, un agradable sopor me envuelve antes de cerrar los ojos. . . Los segundos pasan lentamente y la relajación llega poco a poco. Puedo sentir que el Grifo tiembla y resuella intermitente cerca de mi oído. Su rostro permanece enterrado en el hueco de mi cuello. Estoy sin aliento y creo que voy a desmayarme en cualquier momento debido a la extenuación. Pero es imposible no aceptar que esto fue sumamente delicioso. Quizás ahora comience a temer por mi cordura, la cual ha regresado una vez más. Si esto se prolonga, podría terminar por acostumbrarme a su desquiciada personalidad. Lo que no deja de ser alarmante para mí. Sin embargo, mi meta continúa siendo clara: Sobrevivir como sea. Al menos estoy segura de que conseguí hacerlo olvidar su irritación debido a mi desobediencia. Entonces lo siento moverse, para luego levantarse despacio y apartarse de mí. La sensación me deja temblando y no consigo disimular un gemido bajo. Minos se incorpora y me observa con una expresión… ¿Relajada? —Eso fue divertido, Anna— se oye aletargado. Puedo notar cierto cansancio en él. Supongo que no deja de ser un humano que también se fatiga, a pesar del enorme poder que posee. —Voy a permitir que te quedes aquí, pero… — su mirada refleja una sutil amenaza. —No se te ocurra abandonar esta isla. Sabes muy bien que puedo encontrarte donde sea, y no pienso ser tan benevolente la próxima vez. — Me siento en el borde de la cama y tomo un poco de aire. Hago un gesto de confirmación y mantengo mi expresión sumisa. Pero por dentro, sus palabras no me asustan demasiado, porque he conseguido mi propósito. Lo veo dar media vuelta y caminar hacia la ventana, reacomodando su vestimenta. Chasquea los dedos, haciendo que las piezas del Sapuri que se había quitado, regresen a su cuerpo en un instante. No dice nada más, simplemente se marcha en medio de la noche. Libero una exhalación cansada, por fin puedo relajarme. Voy a la ventana y cierro todo para evitar el frío. Por suerte, el daño no fue tan grave como para cambiar de habitación. Bostezo un poco y me dejo caer sobre la cama, cubriéndome con la manta y permitiendo que el sueño me abrace. Mi suerte ha cambiado, pero no puedo dejar de maldecir a los estúpidos dioses.***
Continuará… Esta vez todo fue más precipitado y caliente, ya que ni siquiera la ropa se quitaron. Espero que continúe siendo de su agrado mi querido y desquiciado Minos, porque quizás en el próximo capítulo haga algo que tal vez no les agrade. O quizás no sea para tanto, en fin. Ahora, un aviso importante: Éste es el antepenúltimo capítulo. Sí, ya se acerca el final del fanfic, y debo ser sincera, no pensé que la historia se extendería tanto. Mi borrador original sólo abarcaba cuatro o cinco capítulos. Pero bueno, ya sabemos que esto no puede respetarse cuando la imaginación desea contribuir un poco más. Muchas gracias por sus comentarios, me hace feliz saber que les ha gustado mi cuento perverso. Espero traer pronto el siguiente capítulo, porque tengo pendiente actualizar “Contacto Humano”, y como se acerca el fin de año, yo me vuelvo más floja. Por cierto, ¿Llevan el conteo de cuantas veces han tenido sexo, Anna y Minos? porque yo no.