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Capítulo XI Escucho el canto del gallo, por fin es un nuevo día. Me desperezo un poco y me levanto de la cama, para luego tomar una ducha rápida y vestirme. Elina no tardará en llegar a visitarme y no puede encontrar el desastre que quedó en mi habitación debido a lo sucedido anoche. Así que de inmediato me pongo a ordenar y limpiar. Cuando termino, me siento un momento y tomo la marioneta blanca. Empiezo a jugar con ella sin darme cuenta, sumergiéndome por completo en mis pensamientos. Debo meditar lo que haré a partir de ahora. En primer lugar, Elina no debe enterarse de que estoy al servicio de un Espectro de Hades, y que éste me visitará de vez en cuando por las noches. En segunda, realmente espero que eso se mantenga así, porque presiento que el juez Minos no tiene la intención de mostrarse por ahora. De lo contrario, podría llamar la atención del Santuario hacia la isla nuevamente. Por otro lado, estoy intrigada respecto a los planes que tiene el Grifo para mí. Ser una simple concubina es una cosa, pero sacarme del inframundo y permitir que me quede aquí, es otra muy diferente. Y es que no puedo evitar inquietarme al pensar en ello. Sea lo que sea, espero poder asimilarlo sin tanto problema. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir? La guerra santa está en desarrollo, nada puede detener el choque de los dioses. Ambos ejércitos se enfrentarán hasta la muerte, siempre ha sido así. Por lo tanto, los generales de Hades deberán dirigir a sus soldados en los enfrentamientos. Minos irá al campo de batalla. El peor futuro sería que Hades gane la guerra, que los Espectros conquisten las regiones y devasten todo a su paso. Los soldados Skeleton y las monjas oscuras continuaremos sirviendo en el inframundo. Se reclutará a más vasallos y la gente que se resista, morirá. No es una visión alentadora y eso me preocupa, porque también mi destino podría volverse oscuro de nuevo. ¿Lo peor que podría sucederme?, seguir siendo la esclava de Minos hasta que se aburra de mí. Después de eso, podría asesinarme en algún momento, o entregarme a otro Espectro. Si pienso de manera positiva, quizás la diosa Athena pueda ganar como ha sucedido en otras ocasiones a lo largo de la historia. De esa manera, yo tendría una oportunidad. Suspiro con desánimo. Entonces, el sonido de la puerta principal me saca de mis pensamientos, ha llegado la señora Elina. Dejo la marioneta en el buró y salgo de la habitación. No me queda más que continuar con esto. . . El resto del día pasa tranquilamente. Me ocupo de ayudar en las labores de la casa, retomando mi estilo de vida pasado. O casi, porque no hay mucho que hacer por ahora. Necesito pensar en cómo sobreviviré sin dinero. Es decir, si voy a permanecer aquí hasta que el juez lo diga, necesito recursos para mantenerme. Puedo tomar posesión de la casa de mi abuela, es una herencia por derecho y quizás logre vender algunas cosas. No lo sé. En el inframundo no era necesario preocuparse por esto, pero por nada del mundo me gustaría volver a ese lugar. En realidad, tengo miedo de planear algo. Si el juez Minos me ha dejado aquí temporalmente, quizás planee devolverme a Ptolomea luego de que finalice la guerra. Bueno, sólo si el dios Hades vence. Entonces, debo cruzar los dedos y rezar para que sea la diosa Athena quien gane. Maldita sea, es un verdadero problema estar en medio del fuego cruzado de las deidades. . . Llega el anochecer. Elina se marchó hace rato, dejándome sola nuevamente. Ya he hablado con ella sobre los planes que tengo y mi deseo de que me ayude como lo hacía con mi abuela. La señora aceptó sin problema alguno, incluso ofreciéndome su apoyo para salir adelante. Sin embargo, aún no le revelo nada de mi alarmante situación. No quiero hacerlo por ahora y en verdad ansío poder mantenerlo en secreto. Por el bien de ella y de éste pueblo. Me he quedado en la estancia el resto de la tarde, con algunos candelabros de varias velas encendidas, leyendo un libro para intentar distraer mi ansiedad. No obstante, ahora que ha oscurecido, una sensación de nervios comienza a recorrerme la espalda. Es casi seguro que el Grifo aparecerá de nuevo, lo presiento, y eso me mantiene intranquila. Quizás Minos sólo venga para saciarse y luego se marche. Si esto se mantiene así, podría sobrellevarlo. Pero, ¿Cuántos días llevo complaciéndolo? De pronto, una inquietud me asalta. Me levanto precipitadamente del diván, buscando un almanaque en el librero. Olvidé por completo ponerme al día con las fechas. Encuentro el compendio y reviso con calma las hojas hasta localizar los registros del calendario. Llegué a mediados de mayo a visitar a mi abuela. Después me enfermé y recibí los lirios blancos del curandero a finales del mismo mes. Fue en aquel entonces cuando desaparecí luego de ser convertida en monja oscura. Todo el mes de junio permanecí en el inframundo. Pero sólo fueron algunas semanas en las que mi mente estuvo nublada. Posteriormente, el juez me descubrió y me llevó a Ptolomea. Eso fue hace cuatro días. Entonces, un aleteo lejano corta de tajo mis pensamientos. Trago saliva y me quedo inmóvil por completo cuando el sonido se repite, cada vez más fuerte y más cerca. —Está aquí— susurro por lo bajo. El Grifo es demasiado desvergonzado al llegar de esa forma. Ya está oscuro, pero todavía algunas personas deambulan por las calles y alguien podría verlo. Aquello se traduciría como un simple susto, o una posible muerte si el juez decide deshacerse de los mirones. Me encamino al patio trasero para verlo llegar. Pero antes de cruzar el umbral de la puerta, él ya desciende sobre el pasto del jardín, cual ave siniestra en busca de presas. Sus alas hacen un último batir, generando una brisa que alborota mi cabello y agita mi vestido. El juez Minos me observa con una leve mueca de extrañeza. —Vaya mujer, pensé que habrías intentado huir otra vez. — Puedo detectar el sarcasmo en su tono. Solamente dice esas palabras para probarme. Sé muy bien que la marioneta blanca le avisa si es que intento hacer algo temerario. —Señor Minos, bienvenido— hago una reverencia, demostrando mi obediencia. No quiero problemas, ni arriesgar mi nueva oportunidad, así que haré lo necesario para mantenerlo contento. Lo escucho caminar hacia mí y no puedo evitar erizarme de nuevo. Aquel maldito sonido metálico del Sapuri me ha traumado por completo. —Muy bien Anna, me agrada esa actitud— coloca su mano bajo mi barbilla para levantarla. —Si continúas portándote bien, yo podría ser más benevolente contigo— su sonrisa refleja una completa arrogancia. Confirmo despacio y luego retrocedo para permitirle pasar al interior de la casa. No sé bien qué debo hacer en éste momento. Pero al notar su aparente tranquilidad, la curiosidad me asalta súbitamente. ¿Por qué se comporta tan sereno?, ¿Qué tiene planeado?, ¿En verdad dejará que permanezca en la isla? Quiero preguntarle. No debería hacerlo, porque la respuesta podría no ser de mi agrado. El juez entra a la estancia, y como si fuera el dueño de la casa, toma asiento en el diván con una naturalidad que me inquieta. Paso saliva despacio, mientras sigo cavilando si debería ofrecerle algo. Esto suena como una estupidez, pero si ya no estamos en el inframundo, quiero pensar que tal vez él también tiene necesidades básicas como hambre y sed. —¿Desea algo de beber?, mi señor— las palabras se me escapan sin querer. Minos sonríe burlón antes de hablar. —No creo que tengas vino aquí— yo niego despacio. Si en verdad quiere beber algo, sólo puedo ofrecerle agua, té o café. No obstante, lo que dice después, cambia por completo el rumbo de la conversación. —No tengo sed por el momento, pero quiero que me respondas algo. — Una sensación nerviosa me recorre, no es normal que me haga plática. —Dime Anna, ¿Ya empezaste a consumir alimentos? — Sus ojos se estrechan con curiosidad sobre mí y no puedo evitar que la inquietud se arrastre por mi nuca. ¿Por qué me pregunta eso?, ¿Acaso sabe del cambio en mi metabolismo luego de abandonar el inframundo? —Yo… — hago una pausa, esto se siente extraño. —Sí señor… he tenido que comer y beber nuevamente. — Su sonrisa se tuerce incluso más, lo que me asusta demasiado. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que mi respuesta no sólo resuelve su duda, sino que también se complace al saberlo. —Me parece bien, entonces sigue alimentándote… lo necesitarás— dice con tranquilidad, pero en sus pupilas el brillo malicioso es muy notorio. No comprendo del todo lo que está diciendo. Inevitablemente, mi deseo de cuestionar sus acciones crece de nuevo. —S-Señor Minos… — me atrevo a interrogarlo, sin saber lo que me espera. —¿Puedo preguntar por qué… por qué me sacó del inframundo? — Está hecho, mi curiosidad me ha traicionado. Si el Espectro se irrita con mi atrevimiento, es muy probable que me condene a volver de nuevo a su morada. Sin embargo, su expresión se mantiene sin cambios, entornando un poco más la mirada. La sonrisa de sus labios se amplía, revelando un rastro de malicia que parece ir creciendo más y más. Contrario a lo que esperaba, casi puedo asegurar que le ha resultado divertida mi pregunta. —¿En verdad quieres saberlo? — hace un gesto con la mano, llamándome. Obedezco de inmediato, y por traicionera costumbre, me arrodillo frente a él. Al parecer, mi curiosidad no le molesta, y a estas alturas de la situación, no debería sorprenderme su extraña forma de actuar. Pero es innegable que me provoca ansiedad conocer sus razones. Así que tomo una gran bocanada de aire y me hago a la idea de que tal vez quiere jugar. Puedo notarlo en sus arrogantes gestos corporales y en cómo me observa. Minos se agacha un poco, acercándose a mí. La palma de su mano se posa en mi mejilla y su pulgar comienza a recorrer mis labios con lentitud. No puedo controlar el sutil espasmo de mi estómago. Esas pausas que hace, sus gesticulaciones y el matiz profundo de su voz, son como una alarma para mi instinto de supervivencia. —Te lo diré— se relame los labios. —Pero antes… quiero que me complazcas. — Me quedo petrificada. Él no deja de ser un demonio perverso. Suelto el aire despacio. Esto ya lo veía venir, con o sin pregunta, así que me resigno a cumplir sus deseos. Quizás pueda conseguir que no permanezca demasiado tiempo aquí. Es decir, la cercanía del juez continúa siendo inquietante para mí. Asimismo, su presencia es un riesgo latente para el pueblo. —¿Qué… es lo que desea?, mi señor… — me muestro servicial. El Grifo retira la mano y se pone de pie, haciendo que yo retroceda un poco. Su Sapuri comienza a vibrar, y un segundo después, se aparta de él, para ensamblarse en medio de la estancia. Trago saliva con dificultad, jamás dejará de fascinarme el sobrenatural acto que ejecuta la imponente armadura. Minos se sienta de nuevo en el diván. Su torso desnudo no deja de ser llamativo para mí, tan marcado y definido, que me es imposible no arrastrar mis ojos sobre él. Puedo notar que su cuerpo desprende cierto aroma fresco y agradable. No identifico qué es, pero me gusta. Entonces se reclina contra el respaldo y separa las piernas, dándome a entender lo que quiere. —Hagamos un pequeño juego, Anna— dice en un tono extrañamente sensual. —Te permitiré interrogarme, lo que quieras saber. Pero antes de cada respuesta, tú harás lo que yo te ordene… sin protesta alguna. — El espasmo en mi estómago retorna con fuerza. Maldito juez, sólo desea jugar con mi cordura. Obviamente no puedo negarme, así que exhalo resignada. Pero al menos sé que me responderá lo que le pregunte, entonces debo pensar bien mis interrogantes. —Sí señor, como usted diga. — Me acerco de nuevo y de inmediato me dispongo a complacerlo. Si acaricio correctamente, podría dejarlo satisfecho más pronto. Dentro de mí se genera un sobresalto, jamás pensé que podría llegar a comportarme de esta manera. Pero, si soy sincera conmigo misma, no tengo problema en adaptarme a la situación. Después de todo, el Grifo no me ha lastimado en ningún momento, lo que me facilita el aceptarlo. Me acomodo en medio de sus muslos entreabiertos y mis manos se posan directo sobre su ingle. Comienzo a retirar la vestimenta para encontrarme con su virilidad relajada. Pero incluso en aquel estado, continúa siendo digna de lasciva admiración. Inhalo y exhalo una vez más, mientras mis manos empiezan a palpar con delicadeza. Minos jadea encantado, mirándome con el morbo contenido. Pero como estoy decidida a ejecutar esto rápido, comienzo a provocar su dureza con una suave lamida sobre su corona. Casi de inmediato percibo el palpitar de su carne, por lo que el tacto de mis manos se enfoca en su longitud, subiendo y bajando pausadamente. Otra caricia húmeda hace que el juez vuelva a bufar. En sólo cuestión de segundos, su erección se eleva imponente y orgullosa. Sonrío para mis adentros. Ya no me importa si esto es algo pecaminoso. Disfrutar del acto carnal con un hombre que no es mi marido, ha resultado ser demasiado satisfactorio. Que se jodan las deidades del matrimonio, si no me ayudaron antes, no pueden juzgarme ahora por buscar la manera de sobrevivir. Sigo recorriendo, lamiendo y besando su hombría, forzando sus reacciones, sus gemidos y su respuesta corporal. Sé que voy por buen camino cuando lo siento temblar y gruñir con fuerza. Levanto la mirada y puedo notar sus rasgos faciales deformándose en muecas de placer. Me observa fijamente, con el deseo brillando en sus hermosos iris violáceos. Espero que esta vez, no tenga la intención de interrumpir la felación. Mis manos se entretienen envolviendo su tallo, estimulando su piel, regalando calor con mi fricción. Entonces, decido ir más allá cuando su estertor se incrementa sonoramente. Mi boca rodea su grosor y mi lengua se encarga de presionar, incitando su sensibilidad. —¡Lo haces muy bien… mi pequeña marioneta! — masculla por lo bajo. No pierdo detalle de sus reacciones, y cuando cierra los ojos, hago que mi libación se intensifique. La humedad seminal se hace notar con salado sabor, entremezclándose morbosamente con mi saliva, facilitando las sensaciones dérmicas. De repente, Minos vuelve a temblar, a la vez que sitúa una de sus manos sobre mi cabeza. En el momento en que sus jadeos se tornan profundos y acelerados, procedo a tentar más abajo con mis dedos. Sutil al inicio y después con mayor avidez, permitiendo que mi cálida palma acaricie su saco seminal. Esta vez no me advierte nada, dejándose llevar por mis atenciones. Así que me esfuerzo en presionar dócilmente, combinando todos los estímulos al mismo tiempo. El juez sufre un notorio estremecimiento, lo puedo sentir en su palpitante dureza y lo aprecio en la agitación de su cuerpo. Quizás sea mi imaginación, pero tengo la impresión de que Minos ha reaccionado demasiado rápido a mi caricia oral. Eso es conveniente para mí, aunque sé que no debo confiarme. Su miembro pulsa y su bramido estalla. Contengo la respiración al momento que siento su semilla derramándose entre mis labios. Lascivo y tibio, el fluido se desliza por las comisuras de mi boca. Tiempo atrás, llegué a pensar que esto era muy molesto e incómodo. Pero ahora, lo veo como algo perversamente excitante, y más sabiendo que se trata de un juez del inframundo. Es decir, ¿Cuántos pueden decir que han visto a un Espectro tan poderoso en un momento tan vulnerable? Me aparto despacio, acariciando todavía su longitud, fustigando los últimos espasmos que lo hacen jadear entrecortado. Continúo lamiendo dócilmente, mientras lo observo perderse por completo. Permanece reclinado, con la nuca posada en el respaldo, resollando agitado y quizás con la mente nublada. Retrocedo un poco y permanezco arrodillada. Me limpio los restos de la boca, esperando a que se recupere y responda mi pregunta. —Me sorprendes Anna— habla sin mirarme. —Tienes una lengua traviesa y la sabes usar muy bien. — Sus palabras son vulgares, pero en vez de sentirme ofendida, lo tomo como un extraño halago. Francamente dudo que le haya dicho esto a otra mujer, o tal vez me equivoco y sólo soy una más. Pero eso no tiene importancia en éste momento. Para mí, lo único que significa es que puedo lidiar con su volátil personalidad, y quizás obtener algún beneficio. —Señor Minos… ¿Por qué lo hizo?, sacarme del inframundo— mi curiosidad vuelve a insistir. El juez levanta un poco la cabeza y me dirige una mirada distraída. —Porque no puedes permanecer ahí, no es conveniente. — Su respuesta es demasiado lacónica. No sé qué pensar al escucharlo. Con tan pocas palabras, no puedo darme una idea de sus intenciones. De pronto, lo veo sonreír otra vez, y en ese instante comprendo su juego. Él no piensa revelar la información completa, sino por partes. Hasta que junte todas las piezas, podré saber la verdad. —Haz tu siguiente pregunta— dice, al mismo tiempo que se endereza y me mira con burla. Ya lo he dicho con anterioridad, a Minos de Grifo le gusta jugar de una manera muy retorcida. Siento una punzada en el pecho cuando mi corazón empieza a brincar nervioso. Si no formulo bien mi próxima interrogante, el juez se aprovechará. Aunque realmente no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Bajo el rostro por un instante, meditando mis siguientes palabras. Demoro un par de segundos, en los que tomo un poco de aire e intento mantenerme serena. Alzo la cara y me encuentro con sus ojos expectantes. —Señor Minos… ¿Por qué no es conveniente que me quede en el inframundo? — El Espectro entorna la mirada, sabe perfectamente que estoy tratando de obtener una respuesta más detallada. Entonces desvía su atención hacia un viejo sillón, el cual está decorado con seda roja y adornos dorados. Dicho mueble era el favorito de mi abuela. —Siéntate ahí— hace un movimiento con la cabeza, señalándolo. Volteo hacia el mueble y de nuevo ligeros nervios me recorren. Supongo que algo malvado tiene en mente, y si quiero una respuesta, debo obedecer sin protestar. Me pongo de pie y voy al sillón, para luego tomar asiento y esperar. Minos se incorpora y camina hacia mí, sin importarle en lo más mínimo exhibir impúdicamente su perfecta anatomía. El sonrojo en mis mejillas delata mi inquietud, así que desvío los ojos a otro lado. Y para mi sorpresa, ahora es él quien se arrodilla en el suelo, mientras sujeta el borde de mi vestido y lo levanta sin darme tiempo de nada. —Abre las piernas— ordena, relamiéndose de nuevo los labios como un animal ansioso. El aire se me atora en el pecho y de nuevo el espasmo en mi estómago se percibe con más fuerza. Ya sé lo que quiere y ni siquiera va a permitir que me desnude. Me quedo pasmada por un segundo, y antes de poder acatar su orden, toma mis rodillas y las separa. Respingo sin querer, aferrándome a los laterales del mueble, mientras dejo escapar un gemido asustado. —Tranquila— sonríe lascivo, sujetando mi ropa interior para tirar de ella. —¡E-Espere señor…! — quiero rezongar por el daño de mi prenda, pero ni siquiera termino de hablar. Una vez más, el juez rasga el material sin preocuparle en lo más mínimo mi protesta. Aquella era la única pampanilla que me quedaba, ahora sí estoy molesta. No obstante, el reclamo queda en el aire cuando su otra mano presiona sobre mi pecho, haciendo que me recueste contra el respaldo del sillón. Su rostro se acerca sin perder la sonrisa libidinosa. —Cuando yo esté aquí, tú andarás desnuda si te lo ordeno— su voz es profunda y ansiosa, dejando en claro que él manda. —Además, tendrás nueva ropa más adelante. — Lo último me confunde bastante, pero casi de inmediato lo hago a un lado, cuando Minos se aproxima un poco más y atrapa mi boca con sus tibios labios. Su inesperado ósculo me aturde bruscamente y por mera reacción mecánica le correspondo. No me resisto, sólo acepto su voluble temperamento, permitiendo que las sensaciones inicien su camino. Jadeo sobresaltada cuando una emoción turbia se gesta dentro de mí. El Grifo sabe cómo instigar mi lado oscuro, el cual no sabía que poseía y que comienza a tomar el control cuando a él se le antoja tomarme. Y es que el instinto simplemente ejerce su función y no hay nada que pueda hacer al respecto. ¿Para qué negarse al placer? Dejo de pensar, llevando mis manos hacia su nuca, enredando mis dedos en su plateado cabello. Es una sensación curiosa para mí, y al juez parece agradarle el sutil masaje, ya que jadea excitado. El beso se mantiene intenso y provocativo por varios segundos, hasta que por fin se aparta para tomar aire. Retiro mis manos, dándome cuenta que he comenzado a temblar, y que mis labios ahora están inflamados, húmedos y deseosos de más. Esto me rebasa por mucho, así que ya no me importa lo que el juez haga conmigo. —Ahora, trata de no hacer tanto ruido— levanta por completo el vestido y desciende hacia mi entrepierna. —A menos que quieras que te escuchen— se ríe con malicia. Trago saliva con torpeza. No creo que alguien me oiga, pero sé que será imposible contener mis gemidos. Aferra mis muslos con ambas manos y puedo sentir su aliento contra mi sexo, a la vez que olfatea con descaro. —Hueles delicioso, Anna— murmura, provocando que me arda el rostro un poco más. Súbitamente, un grito ahogado emerge de mi garganta. La lengua del juez se adosa a mis pliegues con obscena avidez. Es tan suave y húmeda, que me provoca una sacudida tremenda, al mismo tiempo que se me corta la respiración. Ni siquiera me da oportunidad de asimilar el espasmo inicial en mi carne, ya que de inmediato empieza a lamer con alevosía. Cierro los ojos con fuerza y una tanda de gemidos es lo único que logro expresar. Dejo caer mi nuca contra el mullido respaldo, sujetándome a los reposabrazos decorados. El juez es tan malévolo, que no le importa la sensibilidad de mi vértice. Comienza a estimularlo con insistencia, rozando con la presión exacta para hacerme enloquecer. Al paso de los segundos, mi vientre reacciona con celeridad, generando sensaciones que se vuelven muy incómodas. Mi lubricación se hace presente, y a pesar de que estoy aturdida, logro percibir un hilillo filtrándose, que humedece mi vestido y posteriormente el recubrimiento del sillón. El Grifo sonríe contra mis pliegues, sabe muy bien cómo doblegarme, y lo aprovecha para llevarme hasta donde quiere en su juego de dominación. Mis sonidos se tornan más profundos y voluptuosos cuando decide llevar sus dedos hacia mi cavidad. Primero empieza con uno, dibujando el contorno de mi entrada, embadurnándolo con mis fluidos, para después introducirlo tan malditamente lento, que casi quiero suplicar. No me importaría hacerlo, sólo ansío disfrutarlo un poco más. Pero no puedo, porque siento que me ahogo con mi propio resollar. El juez se complace al escucharme, y como si leyera mi mente, ahora dos de sus dedos se deslizan en mi interior, sin dejar de libar mi sensible botón. Un movimiento lánguido, suave y moderado da inicio, incitándome a ronronear y disfrutar de sus habilidades como amante consumado. Es imposible no reconocerlo. El Espectro no es cualquier hombre y eso es lo que más me asusta. Porque él puede conseguir lo que quiera de mí y de cualquier otra mujer. Así que, sean cuales sean sus motivos para convertirme en su sierva y concubina, muy probablemente los aceptaré sin oponerme demasiado. Sus dedos aumentan el ritmo y su lengua presiona con mayor intensidad. Mi cuerpo se estremece y las terminaciones nerviosas de mi sexo se crispan con deliciosas consecuencias. Mi estertor va en aumento y los ojos se me humedecen, a la vez que araño el forro de los reposabrazos, como si eso pudiera mantenerme en la realidad. Ya no puedo más. El orgasmo se retuerce frenético en mi centro, extendiéndose de forma casi violenta. Las sensaciones remontan por mi espalda y estallan en todo mi cuerpo, ofuscándome la razón. Mi grito, cargado de lujuria y satisfacción, se propaga sin control. Minos gruñe en respuesta, complaciéndose al sentir la contracción en torno a sus dedos, los cuales sigue moviendo con lentitud. Su lengua se queda quieta sobre mi botón, presionando con más delicadeza, pero sin retirarse todavía. Los segundos avanzan y yo continúo perdida en un mundo onírico. Tengo la mirada enturbiada, la respiración intermitente y en el rostro, una expresión concupiscente. Lo sé y no lo puedo negar, ha sido increíblemente placentera su caricia oral. Siento su cálido aliento cuando se aparta de mi sexo, lo que me induce un sutil escalofrío. No quiero mirarlo, pues ni siquiera sé si podré levantarme. Las piernas me tiemblan y aún noto las convulsiones en mi interior, mientras la lubricación gotea y humedece un poco más mi vestido. Podría quedarme aquí, aletargada y rendida, sin embargo, mi curiosidad se mantiene. Así que hago un esfuerzo por volver a la realidad y preguntar. De pronto, su cercanía me obliga a separar los párpados. Él se ha puesto de pie y ahora está inclinado sobre mí. Sus inquietantes ojos violetas me observan, junto con una mueca taimada y socarrona. —¿Deseas saber por qué no es conveniente que te quedes en el inframundo? — repite mi pregunta. Quiero hablar, pero no lo consigo, así que sólo confirmo con la cabeza. El juez se relame los labios pausadamente, a la vez que el brillo de sus pupilas adquiere un nuevo destello perverso. —Porque te necesito para algo muy importante— acerca su mano y aparta el cabello de mi rostro. —Ya te lo dije mujer, Ptolomea no es un lugar adecuado por ahora. — De nuevo se aprovecha de la situación, dándome una respuesta a medias. Él quiere seguir jugando conmigo, no es necesario que lo diga, me doy cuenta por su forma de actuar. Minos es insaciable. Trato de recomponerme para volver a cuestionar. Sin embargo, el juez se adelanta y en un parpadeo lleva los brazos por debajo de mi espalda y piernas para levantarme del sillón. Me sobresalto un poco, pero dejo que me traslade a donde quiere. —Vayamos a un lugar más adecuado, mi pequeña marioneta— se encamina rumbo a las escaleras. —Porque seguro tienes más preguntas, ¿No es así? — Es obvio que tengo otras dudas a resolver, pero también soy consciente de lo que él desea. Exhalo cansada, su juego es complicado de sobrellevar y en verdad espero no desfallecer antes de que me diga la verdad. . . Llegamos a mi habitación. La puerta está abierta, así que entra con sobrada confianza. Camina hasta la cama y me deposita sobre las sábanas. —¿Ya está saciada tu curiosidad? — me observa ansioso, mientras se despoja de su vestimenta con serenidad. Por un momento me quedo en blanco, contemplando su magnífico cuerpo. El juez lleva el pecado a flor de piel, por lo que resulta difícil resistirse a sus seductores métodos de persuasión. Es un adonis con magnetismo animal, al cual no puedes decirle que no. Además, si cumples sus caprichos, las recompensas son sumamente gratas. Esta nueva conclusión es la que me facilita sobrellevar y disfrutar dicha situación. Ya no es contra mi voluntad, pues Minos ha sabido cómo seducirme para su conveniencia. En definitiva, he perdido el juicio y mi decisión final es continuar con esto. Hasta donde sea necesario. Me siento en la orilla de la cama e inhalo profundamente. Desvío la mirada y comienzo a soltar las cintas del corsé para liberar el vestido. Él me mira entretenido, dándome tiempo de pensar en la pregunta que le haré. La prenda se afloja y me levanto para dejarla caer al suelo. El camisón interior aún me cubre en parte, pero no disimula mis pezones endurecidos. Además, la rajadura hecha por el juez la noche anterior, permite que se asome uno de mis muslos y defina notoriamente la forma de mis caderas. El Grifo arrastra los ojos sobre mí, haciéndome sentir cosquillas en la nuca. Mis manos sujetan la tela blanca, retrayéndola hasta quitarla de mi cuerpo en su totalidad. Quedo expuesta ante él y la sensación de nervios que sentía hace unos instantes, es reemplazada gradualmente por una de excitación. Su mirada violácea se vuelve más penetrante y su expresión adquiere un matiz hambriento. Se acerca y toma mi mentón, delineando mis labios sutilmente con el pulgar. Su otro brazo me rodea la cintura, levantándome del suelo para quedar a su altura. —¿Cuál es tu nueva interrogante? — sonríe malicioso, antes de besarme otra vez. Correspondo de inmediato, dejándome llevar por la situación. Puedo sentir el calor y la suavidad de su piel, así como el latir y la humedad de su virilidad contra mi vientre. El beso es rápido pero delicioso, únicamente para distraerme por unos segundos. Toma asiento en la cama y me coloca sobre sus muslos, de frente a él. —Anna, piensa bien tus palabras— finaliza el beso, mientras me toma del cabello y tira levemente para que exponga mi cuello ante él. —Porque no voy a contestar hasta que esto termine— su lengua emerge y comienza a humedecer mi piel. Su otra mano se desliza con un toque lánguido, estimulando mis senos y luego mis pezones. Una fuerte sacudida me eriza la espalda y hace que apriete los párpados mientras jadeo visiblemente agitada. Mi excitación no hace sino aumentar, y ahora no estoy segura si podré tolerar sus nuevos arrumacos. Sin embargo, el instinto me estimula a continuar, y a pesar de lo agradable que son sus mimos, hago un esfuerzo para cuestionarlo una vez más. —Señor Minos… — llevo mis manos a sus brazos, dibujándolos con interés, al mismo tiempo que la respiración se me dificulta incluso más. —¿Para qué… me necesita? — Oigo una risita burlona, a la vez que siento su sonrisa contra la piel de mi hombro. Sé que no me responderá en éste momento, pero su reacción me da una idea de lo intrigante que será su respuesta. Entonces, comienza a morderme con sutileza, a la par de sus caricias. Ambas manos recorren mis costados y después bajan hacia mis caderas. Mis gemidos van progresando y la humedad de mi sexo se reanuda, acompañada por los espasmos ansiosos de mi vientre. Las descargas nerviosas crecen, algunas son incómodas y otras encantadoras, pero todo mezclándose en conjunto para hacerme delirar. Entonces noto el movimiento de su cuerpo, el juez deja de acariciar y me abraza por la cintura, para luego subir a la cama por completo. Me deposita en las sábanas y se mantiene encima de mí, sosteniéndose con brazos y piernas. Abro los ojos y me encuentro con su hermoso rostro, enmarcado por su larga melena plateada. Sus iris sobrenaturales tienen de nuevo ese brillo codicioso y sus oscuras pupilas se dilatan al mirarme fijamente. —¿Estás segura de que quieres saber? — Su interrogante suena como una advertencia, pero poco me importa ya. El anhelo por continuar me invade, así que mis palabras nacen sueltas y anhelantes. —Sí, quiero saber… — mis brazos rodean su cuello. —Y ya no puedo esperar… quiero sentirlo dentro de mí… — No puede haber mensaje más claro que éste. Aún me cuesta trabajo creer que soy yo la que está hablando, la que está suplicando por más. Supongo que una sensual manipulación es una excelente estrategia para obtener un beneficio. Minos entorna la mirada y su sonrisa se tuerce de nuevo. Desconozco lo que pasa por su cabeza, pero casi puedo asegurar que mis palabras han removido algo dentro de él, fustigando su ego masculino. —Muy bien… pero después no quiero arrepentimientos. — Ya no presto atención a lo que dice, simplemente noto que me rodea la cintura y me levanta de nuevo en un instante. Mantengo mi agarre en torno a su cuello, mientras él queda arrodillado y en vertical sobre la cama. Sus manos bajan a mis muslos y hace que le rodee la pelvis para después ceñirme con más fuerza. Antes de razonar lo que está sucediendo, vuelvo a sentir su boca mordisqueando mi cuello, al mismo tiempo que va guiando mis caderas sobre la dureza de su hombría. De inmediato comienzo a ronronear por las sensaciones dérmicas que me provoca, y después a jadear con mayor ímpetu al percibir su grosor empujando lentamente contra mis sensibles pliegues. El control que ejerce en mi cuerpo es exacto, permitiendo que mi propio peso sea el que me permita empalarme en su endurecido miembro. Pero el juez también ha alcanzado su punto más alto de exaltación en poco tiempo, así que ya no puede contenerse. Un estremecimiento general me hace respingar cuando siento sus manos aferrando mi trasero, atrayéndome hacia su vientre y embistiendo de golpe al mismo tiempo. Su estocada me hace gritar ahogadamente, haciendo que mis uñas se claven en su espalda a modo de respuesta. Ha sido muy brusca su intromisión, pero estoy tan húmeda y agitada, que el malestar cede rápidamente, conforme mis paredes internas se amoldan a sus dimensiones. El Grifo también se sacude ante los efectos, su jadeo se torna entrecortado sobre mi piel, intercalando besos y lamidas sin detenerse. Mi columna vertebral cosquillea debido a las descargas sensoriales, mi instinto toma el control y de pronto siento que ya no puedo detenerme. Mis muslos lo rodean con más fuerza y la urgencia carnal crece en todo mi cuerpo. Minos percibe el palpitar de mi vientre, así que inicia un movimiento pausado, entrando y saliendo de mi interior, estimulando la tensión y el placer. Dejo caer la cabeza hacia atrás, permitiendo que lúbricos gemidos broten de mis labios. Lo que estoy sintiendo me hace divagar en una bruma de arrobamiento. Esto me adormece al grado de no prestar atención a nada más que no sea mi propio regocijo. El cual va remontando a la par que el juez incrementa la potencia de sus embates, guiando mis caderas en una oscilación exigente, para que lo acepte por completo dentro de mí. Estoy a punto de alcanzar la cúspide final. De pronto, una de sus manos atenaza mi nuca, obligándome a contemplarlo. Su fiera mirada exhibe la lujuria desbordada, al mismo tiempo que su rostro dibuja una malévola intención. Aquella sonrisa cruel me asegura que será inquietante lo que está a punto de decir. —¡Presta atención mujer!… ¡Te daré la respuesta que buscas! — Gruñe áspero, al mismo tiempo que detiene el vaivén de sus caderas, retrasando bruscamente mi ansiada culminación. La frustración me invade, pero hago todo lo posible por concentrarme en sus palabras. —¡Soy un soldado que sirve al dios Hades, uno de los tres líderes del inframundo y el encargado principal que juzga las almas de los muertos…! — Con un movimiento fluido cambia de posición, recostándome de nuevo sobre la cama. Hace una pausa lenta y aparta mis brazos de su cuello, para luego sujetarme las muñecas contra las sábanas. Ahora su resoplido es sumamente inestable, provocándome un sutil nerviosismo. —¡Sin embargo, no dejo de ser un mortal, un humano cuya estirpe está destinada a ser siempre el receptáculo del Espectro de Grifo, desde la época del mito…! — Su rostro se aproxima al mío. Sus hermosos y salvajes iris me devoran, buscando de nuevo aquella extraña conexión que me asusta todavía. —¡Y ese destino jamás cambiará… para ninguno de los tres jueces…! — Súbitamente, un espasmo se retuerce en mi vientre. Minos reanuda la oscilación de sus caderas, obligándome a gemir con lascivia. No consigo desviar mi atención de su penetrante mirada, a pesar de lo que estoy sintiendo. Es como si algo me mantuviese atrapada en ella. —¡Si el dios Hades no gana la guerra en esta era, él volverá en el futuro y sus Espectros también!, ¡Por lo tanto… estoy obligado a perpetuar mi linaje… porque siempre debe existir un descendiente que nazca bajo la Estrella Celeste de la Nobleza en el momento adecuado!… ¡Un destinado para El Grifo! — ¡¿Qué?! Su respuesta es a bocajarro, dejándome atónita por completo. El pecho me duele de la impresión y por un momento me quedo en shock. Lo miro fijamente, y en ese preciso instante, puedo verlo en el fondo de sus pupilas, la bestia mitológica que lo controla y le otorga el poder que posee. Tan sutil y efímero, tan sobrenatural y fascinante, reafirmando el sentido de sus palabras. Él no necesita decir nada más, su explicación es brutalmente directa y sin dejar espacio a la duda. Pero… no puedo asimilarlo. No ahora que sus embestidas se vuelven más violentas y aceleradas. No ahora que todo mi cuerpo tiembla frenéticamente. No ahora que las convulsiones se precipitan furiosas en mi sexo. Dejo de pensar y permito que el éxtasis me arrastre en una avalancha de sensaciones exacerbadas. El orgasmo nace en mi centro y explota poderoso, recorriendo mis terminaciones nerviosas, regalándome la gloria. Mi grito se vuelve una descontrolada y obscena melodía que regodea al juez, quien presiona su cuerpo sobre el mío, prolongando la celestial culminación. Cierro los ojos y permito que mi mente se desconecte del mundo. . . Escucho su respiración notoriamente exaltada. Me ha concedido el tiempo suficiente para que recupere el aliento. No obstante, ahora mismo soy como un títere sin hilos, todo en mí se siente laxo y adormecido. El velo de satisfacción aún me nubla la cordura y no tengo ganas de volver a la realidad. No quiero pensar en lo que ha dicho. Pero eso no lo decido yo. —¿Tu curiosidad está saciada, mi pequeña marioneta? — murmura cerca de mi oído, al mismo tiempo que abandona mi interior. —¿O te atreverás a preguntar algo más? — Su risita cínica me obliga a separar los párpados y mirarlo. Minos me observa complacido por un breve momento. Entonces toma un par de almohadas y las apila, para después levantarme y posicionarme bocabajo sobre ellas. No tengo fuerzas para sostenerme y él lo sabe, por lo que simplemente las acomoda a la altura de mi vientre, separando al mismo tiempo mis piernas. Sé lo que pretende, su propio cuerpo debe estar exigiéndole terminar. Aspiro una bocanada de aire cuando siento su cercanía. Permanezco aletargada, pero eso no quiere decir que no sienta las contracciones de mi interior. Así que cuando Minos se aproxima y frota su virilidad contra mi entrada, yo vuelvo a clamar con lubricidad. Sus manos aferran mis caderas para después hundirse entre mis pliegues húmedos y palpitantes. Un sonido discontinuo y gutural resuena en mi garganta, inducido por las reacciones físicas, consiguiendo que una mueca delirante se perfile en mi cara. Ya no puedo con esto, sólo deseo que el juez me libere para descansar. Lo escucho resoplar más rápido en el mismo instante que mi calor lo abraza por completo. Siento su temblor corporal, está próximo a terminar. Sus brazos se colocan a mis costados y su peso me sofoca. Vuelvo a gemir ahogadamente cuando el movimiento de sus caderas inicia una vez más. Tengo la cara de lado y los ojos entrecerrados, no enfoco nada porque sigo perdida. Entonces, un repentino escalofrío me eriza la nuca. Su húmeda lengua relame mi hombro y cuello con ansiedad, generando cosquillas que me hacen gimotear. No detiene su arrumaco, consiguiendo que sonría embelesada mientras soporto sus interminables embestidas. De nuevo su agitación se hace más evidente, por fin el juez ha llegado a su límite. Libera un rugido profundo y gutural, derramando su cálida semilla en mi interior. Las palpitaciones en mi sexo continúan, permitiendo que otra agradable vibración estremezca mi carne y constriña su miembro un poco más. Minos colapsa en su propio apogeo carnal, y estoy completamente segura que el placer lo hace delirar. Al fin puedo relajarme. . . Pasan los minutos. Tengo mucho sueño y un cansancio enorme. Su calor corporal es muy agradable, pero ya no puedo permanecer así por más tiempo. No obstante, ahora comprendo porque no se aparta de mí hasta que la última gota de su semen es expulsada. Se necesitan constantes encuentros sexuales para asegurar la concepción. Quizás ahora es el momento de arrepentirme por haber preguntado sus motivos. Sin embargo, esto es algo que había comenzado a presentir con anterioridad. Yo deseaba saber, así que ya no hay marcha atrás. Pero, si soy sincera conmigo misma, todo lo que Minos de Grifo ha hecho con mi persona, tal vez ha sido con el único objetivo de que no me resista a sus propósitos finales y que acepte por completo su dominio sobre mí. En verdad que el Espectro ha sabido cómo jugar sus cartas correctamente. Convertirme en la concubina de uno de los líderes del inframundo es tenebroso. La idea de que me necesita para darle descendencia es sumamente perversa. Pero al menos su método de coerción y chantaje es más tolerable que si lo hubiese hecho de forma violenta. Supongo que debo agradecer que no me trate como una esclava. Por otro lado, sacarme del inframundo y permitir que me quede aquí, sin lugar a dudas, cambia bastante la situación. En definitiva, esto no es agradable, pero tampoco es lo peor que pudo sucederme. No tengo muchas opciones, mientras él tenga mi vida en sus manos, deberé resignarme. De pronto, mis pensamientos se cortan de tajo cuando Minos toma una profunda inhalación, al mismo tiempo que se levanta, sosteniéndose con los brazos. —Vamos Anna, habla de una vez— su tono es extrañamente tranquilo. Se aparta despacio, incitando un gemido morboso entre mis labios. Retira las almohadas para dejarme tendida en una posición más cómoda. —Si quieres saber algo más, es ahora, porque después no podrás volver a preguntar. — Bosteza somnoliento mientras se recuesta a un lado y mira hacia la nada. Supongo que el juez sabe que tengo demasiadas dudas. No obstante, siendo quien es, él podría ignorarme y marcharse en completo silencio. No le debe explicaciones a nadie y menos a una simple monja oscura. Pero, por alguna razón, parece no importarle demasiado revelar la verdad. Creo que jamás podré entenderlo, y tampoco tengo la intención de hacerlo. Sin embargo, no deseo subestimarlo y no quiero arriesgarme a que modifique la decisión que ha tomado respecto a mí. Soy consciente de que no puedo ir en contra de su voluntad, así que mejor opto porque me resuelva unas sencillas interrogantes. —Señor Minos, ¿Me… permitirá quedarme aquí… todo el tiempo que sea necesario? — por fin logro articular. Permanezco acostada bocabajo, mirándolo de reojo con la cara ladeada. De nuevo lo veo bostezar impasible, adquiriendo un semblante tan humano como el de cualquier otra persona. —Sí, puedes quedarte aquí— exhala despacio. —Pero, más te vale no decir absolutamente nada a nadie— advierte. —Sí, señor— tomo un poco de aire para volver a preguntar. —Yo… quisiera saber si… es decir, necesitaré recursos… — aprieto los párpados con miedo, quizás no debí decir eso. No hay respuesta inmediata, lo que altera mis nervios. Abro los ojos y me encuentro con su rostro. Ha volteado a mirarme, pero su expresión se mantiene indiferente y tranquila. Por un segundo creí que se molestaría por mi atrevimiento, pues podría no importarle mi suerte. No obstante, el Grifo continúa siendo impredecible. —¿Por quién me tomas, mujer? — su mano se arrastra hacia mí, tomando mi barbilla para que levante la cara. —Vas a darme vástagos, evidentemente, no puedes vivir de aire— sonríe con burla. Su respuesta es ambigua, pero me da a entender muchas cosas. Me libera y bosteza una vez más antes de incorporarse. Baja de la cama y alcanzo a notar que recoge su vestimenta, para luego salir de la habitación sin decir nada más. Vuelvo a respirar con calma, intentando no complicarme la existencia al querer darle lógica a su extraña personalidad. Los segundos pasan y el sueño comienza a pesarme. Justo antes de cerrar los ojos, escucho el sonido metálico de sus pasos. Se me eriza la nuca y la espalda, así que de inmediato alzo el rostro para mirarlo. El juez ya tiene puesto su oscuro Sapuri, sosteniendo su yelmo bajo el brazo izquierdo. Se acerca de nuevo y lo veo buscar algo entre las plumas de su ala derecha. Cuando lo encuentra, lo arroja a mi lado. Se trata de un pequeño saco de piel oscura, y el sonido que hace su contenido, me es muy familiar. Regreso mi atención a Minos, ahora me observa fijamente y su semblante se ha vuelto serio. —Escucha con atención mujer, la guerra santa ha comenzado— una sonrisa oscura se forma en su cara. —Así que iré al Santuario para “jugar” con algunas marionetas. — Me quedo inmóvil, escuchándolo atenta. Cuando el Grifo habla de marionetas, empleando aquel siniestro matiz en la voz, significa la muerte segura para los pobres desdichados que se crucen en su camino. Esta es una mala noticia para el hogar de la diosa Athena y el cercano pueblo de Rodorio. Pero como no puedo opinar absolutamente nada, sólo me queda rezar para que la isla de los curanderos no sufra el mismo destino. —Tú te quedarás aquí y esperarás hasta mi regreso— continúa hablando. —Con eso podrás mantenerte a ti y a mi hijo por un buen tiempo— hace un movimiento con la cabeza hacia el pequeño morral de piel. —Y una cosa más… — Estira la mano y me toma del antebrazo para jalarme hacia él, consiguiendo que me asuste. Se agacha hasta quedar cerca de mi rostro, percatándome del intenso y amenazante color de sus iris violetas. —Por tu propio bien, Anna, no vayas a cometer alguna estupidez— el dorso de su mano acaricia mi mejilla sutilmente. —Porque estaré vigilándote. — Su voz ahora es fría y no necesito razonar demasiado la intención de su amenaza. Minos quiere que geste a su linaje y que me encargue de él. Obviamente su advertencia es para disuadir cualquier tipo de resistencia de mi parte. Pero, en semejante situación, ¿Cómo podría negarme? Simplemente no puedo, así que confirmo con un asentimiento rápido. —S-Sí, señor… como usted diga… — Su sonrisa torcida confirma que está satisfecho con mi reacción. Se aparta con lentitud, encaminándose a la ventana y abriendo las hojas de madera. Antes de marcharse, me dirige una última mirada de soslayo. Se mantiene en silencio, sus ojos no dicen nada en absoluto. Un par de segundos después, abandona mi casa, perdiéndose en la oscuridad de la noche.***
Continuará… Bien, no tengo nada que decir, sé que me iré al infierno. Sólo espero que Minos esté de buen humor cuando me juzgue. El próximo capítulo es el final, y lamento decir que hasta aquí llegó el Lemon entre Anna y Minos. Lo que sigue es como una conclusión para ella. Supongo que ya intuyen lo que vendrá, dado que he seguido la línea del manga/anime. El juez ha sido enviado al Santuario, donde él y Albafica se asesinarán mutuamente, y por obvias razones, la monja será libre. O casi, porque va a cargar con las consecuencias de su perversa aventura. En fin, que tengan bonitas fiestas, cuídense mucho en estos tiempos difíciles y no se rindan. Les deseo lo mejor y excelente inicio de año. 30/Diciembre/2020