La virgen eterna

Gen
NC-21
En progreso
7
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planificada Mini, escritos 46 páginas, 22.328 palabras, 9 capítulos
Descripción:
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Capítulo 6: Roces

Ajustes
Jocsan llevaba dormido unas horas cuando Janice se incorporó y salió de la cama para irse de nuevo al suelo. La cama era para lo que Jocsan y Raspin querían, el suelo era solo de Janice. Por eso ella tomaba su manta y su ropa modesta, se vistió y fue a su rincón. Sabía que a Jocsan le molestaba, pero ella no podía permanecer cerca de él después de que el aceite perdiera su efecto y el calor entre sus piernas su hubiera saciado. Janice sentía un dulce palpitar en esa área al pensarlo, y lo odiaba porque no debía desearlo tanto, pero lo hacía. Ssentía un anhelo traicionero que la hacía apretar los muslos con el clítoris latiendo con un eco fantasma. No bien se hubo recostado, una sombra se le acercó. Estuvo a nada de gritar, pero la sombra le cubrió la boca y la miró a los ojos. Era Raspin, ella conocía sus manos, la textura y la forma, las había tenido por todo el cuerpo muchas veces ya. Cuando él descubrió los labios de la chica, se acercó para besarla ardientemente antes de que sus manos cobraran vida. Aunque ella no quería siempre, el sentir la lengua invadiendo con urgencia desesperada su boca siempre aceleraba su pulso. Janice estaba cansada, pero sabía que el sirviente era bueno en lo que hacía. Era un amante atento y generoso en su placer, por lo que tan pronto como uno de sus dedos rozó su cadera, Janice se sintió calentar inmediatamente. Ni qué decir cuando esa misma mano se coló por entre sus muslos hacia su entrepierna, acariciando los labios vaginales por encima, apenas tocando en una caricia muy queda, para despertar el deseo de la joven. Ella soltó un suspiro entre los labios del hombre y él le respondió con un leve gruñido de excitación. Su boca seguía cubriendo la suya, devorándola, mordiendo sus labios y pasando su lengua por todo el interior de la boca de la joven. Janice se permitía disfrutarlo, a estas alturas no podía hacer nada más. Buscaba separar las piernas para darle acceso, gustosa por las caricias tiernas. Se sentía mojada, ella misma sabía que lo estaba antes de que Raspin colase ambas manos bajo la túnica y subiera la tela hasta arriba de su ombligo. La boca masculina porfin soltó la de Janice, y ella lo escuchó jadear de gusto cuando sus dedos se encontraron con la humedad de sus pliegues. Los dedos índice y corazón se dedicaron a acariciar con ganas de arriba a abajo, simplemente buscando tocarla al completo, untándose en la mezcla cremosa de jugos nuevos, antes de dedicarle atención al punto de placer verdadero de la joven, el clítoris latiendo, hinchado como una perla sensible. Su piel del interior de sus muslos, blanquísima a la luz de la luna, era tersa y fresca, como seda fría, resbalosa por la excitación. Los pliegues de su bonito sexo eran un par de preciosos pétalos que Raspin acariciaba con pasión y un hambre que Janice no conocía en ningún otro hombre. Los dedos de Raspin separaban y abrían los labios vaginales, explorando la entrada palpitante, rozando el perineo con toques suaves y provocadores. Parecía como si quisiera explorarla hasta el último centímetro, aprenderse cada rincón como si fuera algo que degustaría dentro de poco y tocarla fuera una parte importante de ello. Estaban recostados de lado el uno frente al otro, en medio de la semi oscuridad, en el silencio más absoluto, por miedo al faraón. Pero eso no le impedía a Raspin pasar sus manos por los muslos blancos de la joven, sus nalgas, sus rodillas, tobillos, las caderas, y dar pequeños apretones cuando las ganas los vencían. Todo sin dejar de estimular la intimidad de Janice, su pulgar giraba en círculos lentos sobre el clítoris mientras el índice se hundía penas en la entrada, sintiendo las paredes contraerse ansiosas. Él la devoraba con los ojos, con las manos, la boca y dentro de poco también con su miembro que ya latía duro contra su muslo, goteando presemen caliente. Janice estaba loca de placer, esforzándose por no gemir, separando las piernas para darle acceso al sirviente para que viese y se deleitase tocando. Ella estaba segura de que esto era de alguna forma alguna manifestación de morbo, porque Raspin parecía en el paraíso cuando los veía a Jocsan y a ella teniendo sexo duro de la misma forma en la que se deleitaba tocándola, besándola y degustando hasta el último rincón de ella. A veces, reducía la intensidad y solo pasaba la punta de un dedo entre los pliegues, trazando la hendidura desde su inicio hasta el final. Parecía hambriento mientras apretaba muy suavemente los labios vaginales, tirando de ellos con aire travieso y juguetón. Parecía como un niño en navidad. Pero luego sumergía el pulgar apenas en el interior de Janice y ella lo miraba con los ojos entrecerrados de placer, el coño contrayéndose alrededor del dedo invasor, succionándolo más adentro. A veces él se recreaba en colocar toda la mano sobre la intimidad de la joven antes de mirarla de nuevo a los ojos. Sentía su calor irradiar de su humedad, y sin poder resistirse, él apretó con suavidad antes de soltar y repetir un par de veces más. Su respiración era rápida y entrecortada mientras hacía esto, y a Raspin le encantaba sentir el palpitar de Janice en la palma de su mano, su calorcito virgen eternamente. Entonces sonreía, extasiado, antes de volver a su tarea de juegos eróticos. Los besos se sucedían, a cada cual más profundo y largo, la lengua enredándose con la suya en ese vaiven húmedo que le recordaba a las maravillas que hacía su pene cuando estaba dentro de ella. Janice gemía cuando él hacía eso, soltando pequeños jadeos de necesidad. A veces, él hacía que los besos fueran un poco obscenos, y abría la boca para que sus lenguas jugaran en el aire fuera de sus bocas. Eso los excitaba a ambos mucho. Tanto, que quiza fue el detonante de Raspin, porque de la nada sus manos abandonaron el cuerpo de la joven para desvestirse de un solo movimiento. Cuando la piel canela estuvo al descubierto, él la tomó por las caderas y la empujó para quedar sobre ella, con Janice boca arriba. Él se presionó contra ella, entre sus piernas, de manera que su miembro quedase latiendo muy cómodamente entre los pliegues húmedos. La longitud dura frotando los labios vaginales hinchados era el paraíso terrenal, la cabeza roma rozando el clítoris palpitante un deleite desconocido hasta el momento. Aún no la penetraba, por desgracia, pero Janice ya estaba gimiendo aunque él no se movía aún. Él todavía no se movía, solo la miraba desde su altura, ambos respirando a bocanadas. Janice sabía que él estaba recreando de alguna forma lo que Jocsan le había hecho horas antes. Porque a pesar de que pasaban los segundos, él seguía ampliando la tensión, jadeando sobre ella, sintiéndola antes de tomarla. Cuando finalmente se movió, fue para llevar una mano a los pechos de la joven, cuyos pezones, erectos y duros, lo recibieron cuando él amasó con ternura la carne suave. Apretaba con deleite a la vez que solo acariciaba, colocando toda la mano sobre la preciosa redondez de Janice. Su pulgar giró brevemente sobre ese pezón duro, pellizcando y retorciendo en un tirón que enviaba chispas directas al clítoris con mucha suavidad. Estimulando hasta que le fue imposible no metérselo directamente en la boca para mamar de él. Janice se retorció y alzó las caderas sin pensarlo, buscando la fricción caliente contra su polla que tanto esperaba. Raspin gruñó al sentir el coño deslizándose contra su longitud venosa, los jugos chorreando en ríos viscosos. La pequeña vulva estaba tan empapada para ese momento, hinchada, abierta, rogando, que el movimiento creó sonidos resbalosos y terriblemente dulces para ambos. Raspin soltó algunas risas suaves, graves y masculinas, mientras se recrea en el calor húmedo de la joven y en la suavidad de su piel. Su calidez era cándida y muy pero muy dulce, podría estar así por años si se le permitía, latiendo contra ella, sintiéndola desesperarse por tenerlo dentro, lubricándose cada vez más por sus atenciones con sus pechos. Raspin se incorporó y, aún sin dejar de apretar su erección en el sexo de la joven, él tomó un cuenco que había traído previamente. Cuando lo vació sobre el punto de unión entre sus cuerpos, Janice sintió el aceite afrodisiaco tibio empaparlos a ambos y respiró hondo. Ya estaba muy excitada, muy hambrienta, y Raspin se le ocurría hacer esto. El líquido dorado resbalaba como una caricia obscena por los labios vaginales, untando el pene erecto de Raspin, goteando hasta los testículos y el ano con un aroma especiado y embriagante que ambos conocían con verdadero cariño. El calor subió como nunca cuando el sirviente empezó a acariciar ese punto de unión entre sus sexos con una mano, extendiendo el aceite como si tuviera todo el tiempo del mundo. La suavidad de los pliegues de la joven eran tan embriagantes, que cuando él se movió levemente, el espasmo de placer le recorrió todo el cuerpo como un río de fuego. Su mirada fue lujuriosa entonces, oscura como la de un hombre que ha pasado mucho tiempo deseando una mujer y lo único que desea es penetrarla, tocarla y hacerla suya hasta que el placer lo consuma por completo. Aún así, a pesar de las súplicas de Janice, que subía sus manos por el pecho masculino, jadeando como una pequeña hambrienta por un bocado de pan con miel, Raspin se quedó así otros segundos más, disfrutando del calor entre ambos. Disfrutando de los dulces que sabían los pechos de la joven Janice y de qué tan húmeda podía estar a cada segundo que su desesperación se volvía cada vez mayor. Cuando por fin se internó en ella, el placer fue tal que ambos alcanzaron el punto de dulzura maximo.
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