La virgen eterna

Gen
NC-21
En progreso
7
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planificada Mini, escritos 46 páginas, 22.328 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 7: El guardia

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La tarde era tibia y tranquila en el jardín del palacio. Había divanes dispuestos en varias partes del claro, en el más lujoso se encontraba el faraón Jocsan, desnudo con la preciosa piel blanca como la leche reluciendo a la luz tardía. Los músculos tensos brillando con un leve sudor que cubría todo su torso. Una de las favoritas del harem lamía su erección con hambre y una devoción casi pagana. Pero nuevamente, los ojos verdes de Jocsan estaban atentos al espectáculo que se mostraba frente a él. Su mirada felina estaba entrecerrada por el placer y la posesión. Sobre una alfombra puesta en la hierba, Janice estaba sentada abierta de piernas, su túnica levantada arriba de sus pechos, revelando la piel blanquísima y los senos redondos temblando con cada jadeo. Las manos de Raspin la estimulaban con ardor: el aceite relucía como miel en la tierna y blanca piel de la joven que se arqueaba y gemía con las atenciones del sirviente, el coño hinchado, abierto, chorreando jugos mezclados con lubricante en ríos viscosos. Él estaba apoyando su erección contra la cadera de Janice, su túnica de la misma forma remangada sobre su pelvis hasta el estómago, el pene canela latía contra la carne suave de la joven, goteando presemen caliente. Una de sus piernas estaba enganchada a la de la Janice, mientras él se frotaba contra su sedosa piel en un vaivén perezoso que solo servía para excitarla más todavía, obsceno, la longitud venosa deslizándose por el muslo interno. Dos dedos desaparecían dentro de la intimidad de la joven, índice y corazón hundiéndose profundo, curvándose para rozar el punto sensible. La otra mano amasaba tiernamente el pecho derecho. Janice se aferraba a la alfombra para no caerse por las embestidas de Raspin. De vez en cuando, él buscaba la boca de ella para unir sus lenguas obscenamente fuera de sus labios, en un encuentro muy sensual: lenguas rozándose en el aire, saliva resbalando en hilos finos y brillantes, cayendo sobre los pechos de la joven, goteando por los pezones hinchados. Jocsan estaba extasiado mirando, pero no mostraba su entusiasmo más que agarrando de vez en cuando la cabeza de la mujer que lo estimulaba para marcar el paso más rápido. Empujaba su boca más hondo de la misma forma, buscando todo el placer posible. De pronto, en el claro del jardín, se escucharon los pasos de un caballo. Tan pronto lo escucharon, Raspin emitió un gruñido de fastidio y se separó de la joven, cubriéndose y después cubriéndola a ella. Janice se preguntó quien sería, porque habían caminado varios minutos para poder llegar a ese claro del jardín, con la intención de soledad había dicho Jocsan. De pronto, un jinete se acercó de entre los árboles más allá, en un caballo negro tan bello como atractivo era el hombre que lo montaba. Esa fue la primera vez que Janice vio al guardia Dark, con su barba negra y su ropa que mostraba su estatus como guardia real. La figura imponente erguida en la silla. El hombre se acercó con su caballo hasta estar frente al faraón. Jocsan también se había vestido en parte, su erección seguía fuera de su túnica y la mujer del harem seguía estimulándolo con la misma hambre predadora de antes. El guardia había mirado a todos por igual, pero sus ojos habían recaído en la mujer entre las piernas del faraón, ella permaneció desnuda aún en ese momento, moviendo sugestivamente las caderas —el coño reluciente, jugos chorreando por sus muslos— mientras los sonidos de sorbos y lengüetazos llenaban todo el claro—Mi señor ¿quería verme? —la voz profunda del guardia hizo que el interior de Janice se contrajera con anticipación. —Tu desempeño ha ido en aumento, Dark, Raspin me ha hablado de lo que el pueblo dice de ti. He decidido darte una recompensa. Con un ademán de su mano, indicó a Janice, sentada sobre la alfombra, con su túnica modesta y su cabello algo alborotado. Tenía las mejillas encendidas y la respiración agitada por las actividades recientes y por el aceite que aún la hacía latir con necesidad. —¿La niña? —dijo él, confundido, volteando a las sugestivas caderas de la mujer que atendía a Jocsan— pero mi señor, yo... —Sube a tu caballo. Servirás a tu faraón mientras recibes tu premio. Dark, sin entender volvió a montar y vio como Raspin, de mala gana tomaba a Janice del brazo para llevarla cerca del caballo. La tomó por la cintura y la elevó hasta que estuvo lista para montar. Pero entonces, Raspin descorrió la túnica, para que el guardia viese las nalgas redondas, pálidas y perfectas de la joven. —No es una niña, tiene ya veinticuatro años —gruñó el sirviente sin mirar al caballero—. Es evidente lo que el señor quiere. Le aconsejo que lo tome y ya. —¿Aquí? ¿sobre el caballo? Raspin ladeó una sonrisa mientras alargaba una mano al cinturón del guardia. Este le dio una manotada y procedió a desabrocharse él mismo. La visión de la mujer del harem ya lo había excitado, pero esta situación lo desconcertaba, por lo que al extraer su erección y colocarla entre los labios vaginales, solo la dulce sensación tibia lo sacó de sus dudas. El aceite chorreaba ya humedeciendo al guardia y llevando parte del calor de Janice a los genitales de Dark. El sirviente no podía sostener por siempre a Janice, por lo que tan pronto el pene semierecto estuvo en posición, él bajó a Janice. La sensación de la joven cerrada a cal y canto sorprendió al guardia. No abundaban las vírgenes en ese reino. La vagina succionó la cabeza con una presión virgen, las paredes estrechas y palpitantes lo envolvieron centímetro a centímetro. Dark jadeó cuando Janice gimió de dolor y intenso placer, los ojos oscuros abriéndose de golpe, la polla endureciéndose por completo dentro de ella, latiendo contra su cervix. Janice gimió con hambre renovada, el cuerpo temblando sobre el caballo, las manos aferrándose a la crin negra, el coño ordeñando la invasión nueva con urgencia desesperada, jugos y aceite chorreando por las bolas de Dark, goteando sobre la silla. Raspin retrocedió un paso, la mandíbula tensa, los ojos negros ardiendo de celos mientras Jocsan sonreía desde su diván, el pene latiendo en la boca de la favorita. —Esto no es correcto —le dijo el guardia, llevando una mano para tomarla de la barbilla y hacerla mirarlo— eres muy joven para mi, criatura. Ella lo miró unos segundos, con los labios entreabiertos, el aliento caliente rozando su palma. Luego tragó en seco y pareció apartar la neblina del afrodisiaco lo suficiente para hablar, la voz temblorosa pero cargada de urgencia. —Pero lo quieres al igual que yo... mi señor exige que lo hagas, y tu cuerpo se está llenando del aceite... créeme, es cuestión de tiempo para que caigas en el mismo limbo de placer que yo... ¿necesitas más inspiración? Los ojos brillantes de Janice parpadearon con suavidad y sin esperar respuesta, empezó a mover con suavidad las caderas sobre el hombre. Dark profirió un gruñido siseante ante la poderosa y dulce sensación del interior apretado y sedoso que lo aprisionaba. Janice improvisó un rebote, alzándose apenas para después dejarse caer con suavidad, y sintió como el guardia se empezaba a relajar con sus movimientos. —Hablas como mujer sabia... —murmuró él, entrecerrando los ojos y llevando sus manos a las caderas de la joven— pero tienes aspecto de niña. —No lo pienses más, olvídalo conozco a mi señor —Janice lanzó una mirada furtiva al faraón, que tenía por el cabello a la mujer en su regazo—. Te matará si no demuestras tu virilidad... El guardia se aferró a ella, apretando la suave piel bajo la túnica, sintiendo el dulce palpitar cálido y húmedo de su interior ordeñándolo con salvajismo. Se inclinó sobre ella y cerró los ojos por unos segundos, Janice tomó esto por una señal de rendición. Ella misma se inclinó hacia adelante, para que la penetración fuera completa y profunda, empezó a moverse hacia atrás y adelante con seductores movimientos ondulantes. Eso fue demasiado para Dark, que eyaculó con un gruñido fuerte dentro de la joven mujer. Los chorros calientes y abundantes la inundaron por completo. Janice sintió la descarga de semen bastante abundante, no como la de Jocsan, pero más que la de Raspin cuando follaban. El liquido caliente solo logró excitarla más, en ningún momento dejó de moverse con dulzura contra él. —¿Es deliciosa, no es cierto, oficial? —quiso saber el faraón, satisfecho de verlo llegar al primer orgasmo. Las manos del hombre vagaron por la cintura, las caderas y los muslos, metiéndose bajo la túnica para tocar la piel nacarada de la joven mujer. dedos resbaladizos untados en aceite, explorando la curva de sus nalgas, rozando el ano palpitante. Janice respondió a ese toque intensificando el ritmo alzándose y cayendo con más urgencia. Dark jadeaba, y apenas escuchó lo que decía el faraón hasta que sus ojos lo vieron al levantarse para acercarse a ambos, el pene erecto reluciente de saliva. —Es una divinidad encarnada. —logró decir el guardia, con la respiración entrecortada por el excesivo placer. Jocsan llegó junto a ambos y, para sorpresa del guardia, con gestos elegantes descubrió a la joven, levantando la túnica de Janice para ver el punto de penetración. A ella eso no la sorprendió, le parecía sucio, pero eso solo la excitaba más si fuera posible. —Raspin, más aceite —le dio una sonora nalgada a Janice, que exhaló un grito de placer, apretando el cabello del caballo entre sus dedos—. Mi Janice está muy seca... Tanto el guardia como ella sabían que no era cierto, pero el faraón se refería al aceite. Con la eyaculación de Dark y los jugos de Janice, se había diluido demasiado y parecía perder parte de su poder. Raspin tenía una marcada irritación en su rostro, pero se controló y fue a traer la ánfora con el aceite, que derramó sobre el área de unión de ambos amantes. Tanto Janice como Dark se detuvieron a mirar cómo la base de su pene y testículos eran humedecidos por el aceite dorado goteando hasta la montura. Antes de que Janice volviese a embestir para engullir toda la longitud del hombre que ahora la poseía, Jocsan llevó un par de dedos invasivos a acariciar su clítoris, como un juguetón toque antes de continuar. Ambos gimieron con un placer que aumentaba con el calor de ambos cuerpos juntos. Dark acarició la espalda y pasó ambas manos para manosear los pechos de Janice con pasión mientras tomaba iniciativa y empezaba con embestidas propias a empujar a la joven rítmicamente. —Bien, ahora empieza el espectáculo. —Jocsan se volvió a Raspin y este actuó con rapidez, tomó las riendas del caballo y desenganchó una de las manos del guardia de los pechos de la joven para darle el control del animal. Entonces se acercó a Janice y posó un beso posesivo en su mejilla, molesto por lo que veía, y le dio un golpe certero en los cuartos traseros al caballo. El animal relinchó y se encabritó, echando a correr. Jocsan soltó una carcajada, poderoso— Cabalgue en circulos, oficial, quiero ver todo lo posible. A cada paso del caballo, el impulso e impacto era atronadoramente fuerte para ambos. Janice se balanceaba hacia adelante y caía hacía atrás sobre el regazo de Dark con fuerza, con embestidas incontrolables fruto de la rápida carrera. Chorros de néctar, aceite y semen salpicaban los muslos del guardia. Ambos amantes gimieron ante tanto placer junto. Pero ambos estaban de acuerdo, para la cantidad de calor que sentían, esto era suficiente para darles la satisfacción que buscaban con tanta desesperación. Listos para más, el galope convertía cada embestida en un éxtasis incontrolable. Jocsan observaba, la sonrisa depredadora. —Mírala, Raspin... —jadeó, con la boca repentinamente seca, apartando de un brusco empujón a la mujer que lo estimulaba y reemplazándola por sus propias manos para darse el placer que él quería— Mírala luego nos la follamos los dos ¿de acuerdo? El sirviente seguía enfurruñado, pero igual de caliente que su señor, aliviado y esperanzado por la idea de volver a poseer a la joven eternamente virgen una y mil veces. Una de sus manos color canela bajó para apartar la túnica y empezar a estimular su erección dolorosa y falta de atención con unas gotas del aceite de la ánfora. Cuando Jocsan le indicó, también derramó un par sobre la erección sonrosada de su señor. Janice estaba otra vez en el paraíso, gemía con ganas y cabalgaba sobre Dark con la misma libertad hambrienta que si hubiera estado con un hombre que amase. Como si esto lo hubiera hecho por voluntad propia y no por obligación de Jocsan. Intencionalmente se dejaba caer con más fuerza sobre el guardia y este le rodeó la cintura con un brazo para atraerla lo más posible a él y poder sentirla entera. El caballo corría en circulos alrededor de los divanes donde Jocsan, Raspin y la mujer del harem seguían contemplando el desastre erotico que veían. Dark, loco de placer, tuvo una idea, al sentirse tan cerca de un nuevo orgasmo, guió el caballo hacia un diván vacío. Cuando el animal lo vio, saltó sobre él y, al impacto con el suelo, fue la embestida más fuerte para ambos amantes. Dark eyaculó con fuerza su semilla caliento dentro de ella y Janice se arqueó con fuerza contra él. Ninguno sintió la caída del caballo, solo el inmenso placer que los embargó con locura a ambos al estar en el suelo, unidos y satisfechos. Raspin se acercó a Janice para confirmar que todo estaba bien y se llevó la sorpresa de que aún después de eso, seguían follando alegremente, besándose y acariciándose con sorpresiva pasión. Janice estaba sobre el guardia, siempre rebotando sobre él, rápido en un sonido constante y deliciosamente obsceno que dejó al sirviente de rodillas observando embelesado. Un nuevo orgasmo los atravesó y una nueva cantidad de semen estalló dentro de la joven, marcándola y haciéndola estremecer, al tiempo en el que Dark la tomaba y abrazaba contra su pecho para sentirla entera temblar de placer. Al terminar, el guardia volvió a besarla, esta vez con ternura y deseo, Raspin no vio con buenos ojos el que Dark se hubiera encariñado tan rápido de la joven siempre virgen. Por ello, la tomó por las piernas y, antes de que ninguno lo impidiera, el sirviente se la llevó. Jocsan reía a flor de piel ante esto, pero recibió como lluvia de abril a la joven cuando el sirviente la dejó sobre el diván. Sin preámbulos, la colocó boca arriba, con él encima, y la penetró con toda la fuerza que necesitaba y se deleitó en su tersura, su estrechez, su calor y humedad resbalosa antes de empezar una serie de rápidas embestidas hasta que ambos llegaron a otro orgasmo fuerte y delicioso como los otros. Como era su costumbre, Jocsan se quedó dentro, sintiéndola palpitar y mamarlo mientras él se deleitaba con la sensación. Janice jadeaba con violencia, gimiendo aún por tanto extasis, apretando a Jocsan con las piernas alrededor de su cadera. Él tomó una de las delicadas manos de la joven para llevarla a sus testículos, nadie los estimulaba como ella, que aunque torpe e inexperta, era perfecta en lo que hacía. Janice gimió suavemente, cerrando los ojos, relajada completamente, disfrutando el calor de su señor sobre su piel. Jocsan la ocultó con su cuerpo desnudo y la acunó como una posesión preciada mientras seguía empujando levemente dentro, anudados como animales mientras se calmaban. Cuando Jocsan se retiró, Raspin tomó a la joven para ponerla contra la hierba. La colocó de manera que ella estuviera abierta totalmente a él, boca abajo, las mejillas contra la hierba, las nalgas alzadas, el coño reluciente expuesto al aire. Raspin se arrodilló detrás con el pene canela duro, venoso, necesitado de ella goteando presemen caliente. Con una desesperación semejante, él la penetró con ganas y toda la necesidad que un hombre impaciente podría mostrar. Las caderas chocaban contra las nalgas de Janice, los testículos pesados azotaban el clítoris hinchado enviando espasmos de placer insuperable por todo su cuerpo. No esperó a que se acostumbrara a él, simplemente la tomó como él quería, con un ritmo rápido y desenfrenado. Raspin gruñó de puro alivio y gusto, se dejó caer sobre ella para abrazarla. Su barba raspaba la espalda de la joven, las manos masculinas se clavaban en sus caderas. Con potencia, frotaba la longitud entera dentro y así, unidos completamente, él giraba las caderas para rozar cada rincón. Janice soltó un jadeo ahogado al tener un ultimo orgasmo al momento en el que Raspin la llenó hasta el borde con su esencia caliente. El placer se fragmentaba, se multiplicaba y la inundaba implacable. Había sido una tarde de excesos maravillosos, dolorosos y extenuantes, pero indescriptiblemente dulces. El sirviente tenía esos fuertes arrebatos, pero para ese punto solo se quedó dentro, llenándola con su semilla mientras se empujaba dentro poquito y tiernamente. Depositó besos sobre su espalda mientras sus manos le acariciaban la cintura hasta darle vuelta y ponerla boca arriba, tendida sobre la hierba. Su pene seguía erecto, así que se frotó con voracidad hasta derramar más de su semen sobre el vientre de la joven, empapándola con su blanca crema. Volvieron a besarse, obscenamente como a él le gustaba mientras se dejaba caer a un lado de ella para descansar. Janice entendía que Jocsan la veía como un objeto, aunque estuviese obsesionado con ella. Pero Raspin la veía como si tuvieran un romance intenso y salvaje. Janice se daba cuenta de que el placer no estaba nada mal, para su mayor suerte, esto que había pasado, era la excepción de la regla. Jocsan ayudó a Dark a incorporarse y antes de que el hombre se subiera a su caballo, el faraón le ofreció a la mujer del harem. Ella estaba enfurruñada en un diván, porque ningún hombre había recurrido a ella, sino que habían esperado su turno por Janice. Dark miró a la coqueta mujer de su edad, voluptuosa y pelirroja, que guiñaba con lujuria. Pero negó. —Nada se compara a la niña de su majestad.
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