El eterno dolor: Un jardín que nunca se marchita

Slash
R
Finalizada
4
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
60 páginas, 25.065 palabras, 15 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
4 Me gusta 9 Comentarios 1 Para la colección

Yo puedo liberarte

Ajustes
La pregunta no lo dejó hasta que llegó a la universidad, donde la cara se le iba a las manos y los ojos se le cerraban por el cansancio. Dagoberto lo encontró en la cafetería a mediodía, y se sentó frente a él, acercándole un café que recién le había comprado después de verlo dormirse en casi todas las clases. —¿Gus? ¿Cómo va el día? Lo veo muy cansado… Augustín levantó la mirada, agarró el café y le dio un sorbo para probar la temperatura. —Bien. ¿Y su novia? —En clases. —Ahh, ya. —¿Está enfermo? —No, no, sólo estoy muy cansado; no he podido dormir bien desde el fin de semana. —¿Pasa algo o…? Agustín se alzó de hombros, recuperándose un poco a la fuerza para terminar de tomarse el café. —Todo está bien, sólo estoy saliendo con alguien y el fin de semana fue muy pesado. —Mayté y Marley me contaron. —¿Sí? —Sí, el consultor, ¿verdad? El de Hone Creek. Agustín asintió con la cabeza. —Qué curioso que las cosas se dieran de esta forma. ¿Quién lo diría? Ambos sonrieron; Dagoberto tenía ánimos de conversar, pero Agustín no. —Gracias por el café. ¿Cuánto le debo? —Nada, tranquilo. Lo vi durmiendo en clases y me dio congoja. —Dagoberto abrió un paquete de galletas y le ofreció a Vinicio— Por cierto, ¿va a ir a la fiesta que están organizando para después de la entrega de las maquetas? Como una reunión de inicio de año o no sé qué putadas. El profe va a poner la casa, va a ser en Bebedero de Escazú. Agustín se encogió de hombros. —No sé, voy a ver, seguramente sí voy. —Y lleva al muchacho, así lo conocemos, porque yo ya no me acuerdo de él, la pura verdad. —Está bien, le voy a decir. Sólo que no sé si va a estar ocupado, viaja mucho. Dagoberto le dijo que sí, que no importaba. —Mae y, ¿no ocupa que lo lleve a la casa hoy? Así le entrego los libros, y no se los tiene que llevar en el bus. —Sí, suena bien. Después del almuerzo tenían dos clases más antes de las cinco. Agustín se atrasó para aclarar unas dudas con uno de los profesores en la última clase. A la salida, intentó acelerar el paso pero el sonido del clavecín desde la sala de música lo frenó en seco. Cuando entró al aula, encontró a Buer tocando, como en otras ocasiones, y totalmente absorto en la melodía. —Hola Buer… —le indicó con voz baja para no interrumpir. —Agustín, buenas tardes. —respondió el demonio, sonriente. —Le gusta mucho esa cosa, ¿verdad? —Pues sí, es muy entretenido. Buer se detuvo un momento, Agustín se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla. —¿Cansado? —¿Qué fue lo que pasó el domingo, Buer? No recuerdo nada de ese día y mi mamá dice que pasé todo el día en cama, que sólo me levanté a comer. —Yo lo llamo un piloto automático. Nadie sabe que usted no está ahí, porque no se nota, pero su mente está en reposo, haciendo lo mínimo para no llamar la atención de forma preocupante. —Okay, entiendo, eso significa que nosotros estuvimos juntos… ¿Un día entero? Todo ese domingo. —Poco más de eso, sí, hay que incluir el sábado después de la cena. Agustín se rascó la cabeza procesando la información, el rubor expandiéndose por todo su rostro. —Hoy tuve mucho sueño durante todo el día, ahora entiendo por qué. Usted me tiene, ah, ¿cómo se dice?...sin tantas formalidades, señor, no me lo puedo sacar de la cabeza. —Me halaga ese tipo de atención, Vinicio. —Imagino que debe estar acostumbrado —le insinuó Agustín con un tono juguetón—, yo sólo soy un sirviente más. —No, no, no hay por qué pensar eso, es cierto que no es un caso aislado, he amado antes, pero eso no quiere decir que haya que restarle importancia a tan bello presente. Agustín se echó a reír, entendiendo la ternura entre tanta formalidad. —¿Qué cursi, verdad? —replicó Buer. —Jamás hubiera podido llegar a pensar que ustedes eran capaces de eso. —Bueno, es que no todos lo son, o, tal vez sí, sólo que nunca los han amado. No los culpo, la mayoría se mantienen muy al margen del contacto, y ese lamentablemente siempre ha sido mi talón de Aquiles, que ustedes me encantan. Conversaron unos minutos más y Agustín se disculpó, le dijo a Buer que Dagoberto seguramente estaba esperándolo y que necesitaba el ride hasta la casa. Buer entendió y continuó tocando cuando el joven se retiró. De camino a Santísima Trinidad Dagoberto estaba con ganas de preguntarle a Agustín sobre el consultor, sobre el partido en el que se había lesionado y sobre año nuevo, pero Agustín se había quedado dormido en el asiento del pasajero. Cuando llegaron a Trinidad, ya había anochecido, Dago despertó a Agustín y buscó los libros que había guardado en la parte de atrás del pick up, en una bolsa grande. Le recordó lo de la fiesta nuevamente y se despidieron, con Agustín entrando a la casa con la bolsa de libros en mano. La fiesta fue el viernes en la noche después de la entrega de maquetas, Dagoberto se llevó a Marley, a Mayté y a otros 3 compañeros de curso. Le preguntó a Agustín cuando iban de camino si el consultor siempre iba a llegar. —Él me dijo que sí, que iba a llegar ya después de que empezara la fiesta. El carro comenzó a subir hasta Escazú; pasaron varios lotes baldíos y unos cuantos kilómetros de pura naturaleza hasta llegar a una casa con vista a la Gran Área Metropolitana. Una vivienda estilo Bauhaus, vanguardista incluso para aquella época, con una fachada geométrica y bastante minimalista, con una piscina en la parte trasera y un techo que servía también de terraza para los que entraban por el área del garaje. Los estudiantes que iban llegando, siguiendo el vehículo del profesor, comenzaron a instalarse, parqueando los carros a la orilla de la calle de lastre, sacando hieleras y tendiendo sábanas de picnic por el patio. Mayté y Marley se acomodaron en la terraza con la hielera que había llevado Dagoberto, que llegó junto con Agustín y su novia, Priscilla, a sentarse con ellas. Los cinco se pusieron a jugar cartas en lo que llegaban los demás y la gente se animaba a poner música y a agarrar confianza. Se pusieron todos a conversar y estuvieron tomando un rato, hasta que se acabaron el primer six y Agustín bajó a dejar las botellas de vidrio en un contenedor. Al terminar de desechar las botellas, vio llegar un taxi y se le aceleró el corazón. Buer bajó después de pagarle al taxista, estudiando el alrededor mientras Agustín caminaba hasta la entrada para recibirlo. Buer quiso mantener el perfil bajo, sólo saludando a los compañeros de curso de Agustín si ellos lo saludaban primero. Andaba vestido con pantalón de vestir tiro alto, camisa de cuello tortuga, cadena de oro y jacket de cuero combinada con el pantalón. Agustín se lo llevó de la mano hasta la terraza pensando que estaba guapísimo y que la gente se preguntaba quién era, adivinando si era estudiante de otra carrera. Tampoco faltó el que los viera raro cuando Agustín se lo llevó tan cariñosamente. Cuando llegaron a la terraza, los amigos se levantaron para saludar a Buer. Lo presentó como “Bruno Stein”, hijo de extranjeros y egresado de derecho en una universidad en Europa, y quien en ese momento ejercía como consultor legal. Los amigos lo reconocieron de inmediato, Dagoberto contándole a Priscilla lo del viaje a la playa y el ride, Marley haciéndole un espacio a la pareja en la sabana y Mayté preguntándole si quería una cerveza. Continuaron conversando sobre el viaje a la playa, jugando ron y tomando más, cuando Marley le preguntó a Buer por el viaje de Hone Creek y la extraña parada en medio de la nada. Buer le comentó con cierto recelo que tenía a un cliente importante que vivía cerca de la entrada de Puerto Jiménez, y que le pidió que lo esperara en la entrada del parque nacional para conversar sobre negocios. Le contó también que ese “cliente” tenía planes de abrir una cooperativa para competir con los monopolios que continuaban produciendo con los cacaotales que quedaban y no habían sido absorbidos por la UFCO. Marley pareció satisfecha con la respuesta, cerrando por fin el misterio que tanto los había entretenido en aquel restaurante camino a Turrialba. Fue entonces que Dagoberto hizo un chiste, contando que Agustín, terco como una mula, había hecho un “contrato falso” para probar que los tratos por el alma que la gente supuestamente le hacía al diablo eran puras patrañas. Agustín soltó una risa nerviosa y Buer, o “Bruno”, le siguió la corriente a Dagoberto, preguntándole por más detalles. Mayté remató diciendo que tal vez sí había funcionado, y que el demonio ese era el que le había ayudado a conseguir pretendiente. Después de otro rato y de unas cuantas habladas del profesor respecto a las entregas y el resto de proyectos que tenían, la fiesta continuó ya más animada con música alta dentro de la casa y parejas o grupos separados hablando y conviviendo alrededor de la propiedad. Buer y Agustín se habían quedado en la azotea, conversando sobre generalidades del curso, con Agustín explicando quiénes eran sus compañeros y quiénes completos desconocidos. —Gracias por haber venido a pesar de todo. —Es un placer. Sus amigos son buenos, y la mentira no estuvo tan mal planteada. ¿Cómo se le ocurrió todo eso? —Llevaba días pensando, con todo y el nombre. Aunque ahora que lo pienso me siento todavía peor porque sé que a ellos les parece extravagante que una persona como usted se fijase en alguien como yo. Y...—aún con todo lo que es mentira— creo que tienen razón. Buer se echó a reír y disintió con la cabeza. —¿Qué tiene el tal Bruno Stein que lo hace demasiado bueno para este muchachito tan especial? —No sé, tal vez el hecho de que es un mentiroso y que puede apagar las estrellas con un chasquido, aunque por alguna razón prefiera hacer cosas mundanas como salir con humanos. —Basta ya, que un demonio tiene que tener pasatiempos. —Acosar universitarios, buena esa. —Sólo a los tercos que hacen tratos para probar que tienen razón, y de paso fallan. —¡Y no podía dejarlo ganar ni por casualidad! —vaciló Agustín. —Por supuesto que no, menos si eso implicaba que no iba a poder llevarmelo a la cama. Agustín estalló en carcajadas para disimular la vergüenza, esperando que nadie los estuviera escuchando. Buer le cortó la risa de inmediato con un beso, las luces en la casa parpadearon, también un par de estrellas. Marley y Mayté estaban abajo, mojándose los pies a la orilla de la piscina cuando las luces parpadearon. —Qué contento que anda Agustín con ese prospecto, ¿Ah? —¿Verdad? Está pero hallado el famoso consultor. —Andaba entonces ayudando a levantar una cooperativa… Me parece haber escuchado algo por ahí de que los finqueros que quedaban querían hacer un sindicato o algo por el estilo, ahora que UFCO está buscando cómo arrollar. —Pues ojalá. Y ojalá que se quede un tiempo, por eso de que viaja tanto. —Lo vi bastante joven, sí —infirió Marley. —¿Verdad? No tendrá más de treinta ese chavalo. Y guapo; la supo hacer el sorompo este. Marley se echó una carcajada. —¿Viste, honey? Priscila hasta que hizo visco cuando llegó, quedó Dago con el dedo metido. Ambas se empezaron a reír. Mayté volvió a ver hacia la terraza y los distinguió a ambos dándose un beso después de que la luz había vuelto. —Vealos, ¡qué cositas! —¿Ya habrán cogido? —Ay, obvio que sí, Agustín anda en las nubes. —Aww, ¡Y yo que le quería presentar un Rudieboy de ahí de Cieneguita! La fiesta continuó hasta horas de la madrugada. Dagoberto se había recostado por ahí mientras se le bajaba el alcohol antes de jalar en el pick-up. Llegó a preguntarles a Marley y Mayté si se quedaban en Escazú o si ocupaban ride de vuelta, las dos le dijeron que se iban a quedar en Escazú para amanecer ahí y devolverse juntas al día siguiente. Cuando subió a la azotea, se encontró a Buer con Agustín apoyando la cabeza en su regazo. —Hola, eh, qué pena interrumpirlos. Gus, ¿Cómo está? ¿Borracho? Agustín disintió y balbuceó algo, Buer agachó la cabeza para preguntarle en voz baja cómo se sentía. —¿Tiene sueño? ¿Ya quiere irse? —Sí... Tengo sueño. —Vamos, Gus, yo lo llevo a la casa, igual tengo que ir a dejar a Priscila. —...Yo quiero irme con Buer…—pronunció con dificultad. —¿Con quién? —Yo lo puedo llevar hasta la casa, vayan ustedes tranquilos, voy a llamar al taxi. —¿Seguro? Buer le insistió a Dagoberto que no se preocupara, que él le llamaba el taxi a Agustín y se lo pagaba hasta Santísima Trinidad, y que se iba con él para dejarlo en la puerta de la casa. Dagoberto terminó aceptando, aún dubitativo; decidió quedarse un rato más por si acaso. Pasó poco menos de media hora hasta que apareció un taxi entrando por la calle de lastre y deteniéndose al frente de la casa, “Bruno” despidiéndose de la pareja y llevándose a Agustín con él, cubriéndolo con la jacket de cuero y apoyándolo del hombro.
4 Me gusta 9 Comentarios 1 Para la colección