Una Deuda De Obediencia
13 de septiembre de 2025, 10:50
In-ho tenía mucha suerte de tenerle.
Desde que se conocían —y desde mucho antes de que lo hicieran, según creía El Reclutador— In-ho había sido tremendamente sobrio en la decoración de sus espacios personales.
Su estilo, a pesar de contar con todo el dinero que pudiera desear, se limitaba a lo clásico y sus gastos nunca llegaban a ser demasiado ostentosos en la mayoría de los casos.
Las únicas veces para las que no había reparado en el dinero que gastaba habían sido en la adquisición de la enorme lámpara de araña que iluminaba la sala desde la que veía los juegos y en la compra de grandes reservas del más lujoso de los whiskey.
Al menos, hasta que se habían conocido.
Una vez que sus caminos se habían cruzado, El Reclutador había entrado directamente a la lista de aquellos motivos por los que In-ho no se detenía a la hora de gastar dinero. Ambos contaban con ingresos suficientes como para hacerse con cualquier cosa pero, desde el primer momento, In-ho se había obsesionado con la idea de que El Reclutador guardara todo el dinero que ganara para cubrir solo sus caprichos más personales.
Aquello, había sido convertido por El Reclutador —y bajo el consentimiento de In-ho— en una más de las armas que éste poseía para arrancarle aquella máscara que tanto se le apretaba a la carne.
Comprar el látigo y entregarlo para ser azotado.
Precisamente eso, esa insistencia de In-ho por complacer todos sus deseos, era lo que justificaba que en aquel momento estuviera contemplando aquella sala tal y como se encontraba ahora.
La primera vez que había entrado a la habitación de In-ho no se había sorprendido del gran tamaño que poseía. Ni siquiera del hecho de que tuviera dos niveles que separaran en dos zonas el espacio mediante unas pequeñas escaleras.
Hacía tiempo que se había acostumbrado a ese tipo de lujos.
No, lo que de verdad le había sorprendido era el pésimo aprovechamiento del espacio.
En primer lugar, había modificado por completo el ambiente que rodeaba la sala.
Donde antes existían unas paredes blancas e impolutas, unos suelos de madera clara y unas pequeñas lámparas que eran las encargadas de iluminar el espacio, ahora se alzaban muros cubiertos de terciopelo rojo como el vino, unos suelos protegidos por ostentosas alfombras con bordados de oro y un entramado de tubos fluorescentes que serpenteaban por las paredes y bañaban con tenue luz dorada el espacio.
El enfoque era claro: ningún lugar en el que ambos residiesen podía insinuar siquiera que su relación rozaba la pureza.
Ellos eran infierno, y así debía proclamarlo el cuarto destinado a ser testigo de cómo sus cuerpos se unían y combatían por la satisfacción mutua hasta arrancarse cada gemido y hasta la última gota de semen.
Justo al entrar a la habitación se accedía a la "planta baja" en la que en tiempos pasados apenas se podía encontrar un modesto sofá de color crema y una mesa de caoba siempre llena de papeles que —supuso— trataban de trabajo.
Ahora, en cambio, podía encontrarse un lujoso sofá de terciopelo negro y rojo cubierto por múltiples almohadas de los mismos colores. Además, la pequeña mesita había sido reemplazada por una gran mesa de cristal y mármol cuya altura permitía dotar toda la parte baja de la misma con pequeños frigoríficos para guardar múltiples bebidas además de vasos y copas, y donde, por supuesto, ya no se le permitía trabajar.
Pero, sin lugar a duda, la "segunda planta" era el espacio que más orgullo le había traído reformar.
Antes se encontraba compuesta tan solo por una gran cama de matrimonio y, de nuevo, un gran escritorio frente a la misma donde In-ho adelantaba trabajo. También allí se encontraba el baño, separado por una horrorosa pared de mármol blanco en cuyo centro se situaba una puerta también de color blanco que contrastaba de forma irrisoria por la diferencia de tamaño con respecto al resto del espacio.
El Reclutador sonrió al recordar como In-ho se había reído a carcajadas cuando juró enterrar vivo al arquitecto que había diseñado aquella basura...
Ese día, se enamoró un poco más de él.
Lo primero que hizo fue cambiar la cama por una de muchísimo más tamaño, acorde a las necesidades que sabía que iban a necesitar satisfacer y, frente a la misma, hizo instalar un enorme espejo que cubriera toda la pared.
Sería un pecado imperdonable, incluso para ellos, perderse alguno de los ángulos y formas que componían sus cuerpos cuando follaban.
Por último, cambió toda la pared que antes había sido de mármol blanco por un hermoso muro de caoba oscuro (a fin de que no desentonara con el resto de la estética rojiza de la habitación) y había situado como puerta de acceso dos enormes puertas correderas.
Dio un vistazo a su alrededor.
Aquel infierno sí que era un paraíso...
Aunque ahora tuviera que disfrutarlo un rato a solas.
No se había molestado en colocarse de nuevo su americana ni mucho menos en ajustar el nudo de su corbata, alisar su camisa o arreglar su pelo.
Como si fuera parte de un castigo o una forma de marcar territorio —o ambas tal vez— había salido con aquel aspecto de la sala en la que había estado con In-ho y había tomado la ruta más larga hasta su habitación.
Quería que todos le vieran. Que comprendieran de dónde venía. Que al observar su aspecto entendieran quién le había hecho aquello y fuera lógico saber hacia dónde iba.
Pero apenas se había cruzado con un par de guardias.
Además, de bajo rango.
Hacía apenas un día que habían iniciado los juegos de aquel año pero, para su desgracia, aquella edición estaba siendo demasiado apacible y tranquila. O, quizás, es que se había acostumbrado a la adrenalina que significaba sentirse constantemente perseguido por Seong Gi-hun y ahora todo le resultaba aburrido.
El jugador 456.
Aquel hombre que había logrado, en contra de todo lo que él apostaba, ganar en su edición y que, desde entonces —hacía ya más de un año— se dedicaba a usar el dinero que había adquirido para comprar armas y contratar personal para atraparle.
Había resultado muy divertido seguir los pasos de aquella patética escoria junto con In-ho y más aún ver cómo, en ocasiones, la persistencia de ese hombre había servido de excusa a su pareja para "curar sus celos" de una forma...
Posesiva.
Sacudió la cabeza, impidiendo que las imágenes de sesiones pasadas que ambos habían compartido le distrajeran de lo que había ido a hacer allí.
Volvió a caminar y, poco a poco, fue adentrándose en la habitación.
Justo antes de llegar a las pequeñas escaleras que le llevarían junto a la cama, dejó caer al suelo la americana. Mientras subía los escalones, terminó de deshacer el nudo de su corbata, justo antes de lanzarla sin ningún tipo de cuidado al llegar arriba.
Luego, sus manos se enredaron sobre los primeros botones de la camisa.
—Se supone que esto no debería hacerlo yo... —gruñó.
La acción de desprenderse de su ropa —más aún de una forma tan tranquila y pausada— se sentía demasiado antinatural teniendo en cuenta que se había convertido en costumbre que In-ho se la arrancara hasta hacerla jirones.
En una ocasión, había escuchado a los guardias teorizar sobre la existencia de un edificio escondido dentro de la isla que tenía como único propósito almacenar las ingentes cantidades de ropa que In-ho le regalaba cada semana. Solo aquello, según ellos, podía explicar que no estuvieran ya ahogándose bajo mares de tela.
Pero lo ellos no sabían, y tampoco les correspondía saber, era que toda aquella ropa apenas lograba sobrevivir unos cuantos días antes de que In-ho la destrozara durante alguno de sus apasionados encuentros.
Solo aquellas prendas que El Reclutador catalogaba como hermosas e imprescindibles en su armario se salvaban de sufrir aquel cruel y salvaje destino.
Cuando todos los botones de la camisa estuvieron abiertos, tomó cada lado de la misma y permitió a la tela deslizarse por sus hombros hasta caer al suelo.
La luz dorada de los fluorescentes impactó directamente sobre su torso, creando sombras con cada una de las líneas que sus músculos formaban a lo largo de su abdomen, pecho y brazos.
Giró la cabeza y el reflejo del espejo que allí se encontraba colocado le presentó la visión de su figura, así como de la enorme cama que tenía junto a él. Casi automáticamente, sus manos se movieron hacia el botón de su pantalón de traje.
—¿Cómo me vas a compensar por esto, In-ho? —susurró.
Aún no podía creer que se hubiera ido...
O, bueno, si se lo creía.
In-ho era un hombre mucho más responsable y serio en las actividades que rodeaban el trabajo. El puesto que desempeñaba en los Juegos, que lo hacía encargado de toda la organización que les rodeaba así como de atender a los ridículos peces gordos que los financiaban, así lo exigía.
Él, en cambio, se beneficiaba de que su personalidad desquiciada y rebelde significara algo positivo para desempeñar el suyo.
No le temía a nada y el dolor, ese monstruo oscuro y aterrador que había hecho que otros tantos candidatos antes que él se rehusaran a aceptar el puesto, era algo que le resultaba excitante.
Temerario...
Loco...
Astuto...
Todo ello, sumado al enorme placer que le suponía abofetear a cientos de holgazanes cada año justo antes de enviarles a los Juegos para que lucharan por una vez en sus miserables vidas para salir del pozo de basura y podredumbre en el que ellos mismos se habían lanzado, le convertían en el hombre perfecto para desempeñar el cargo.
La tela de sus pantalones cayó al suelo con un sonido sordo.
Su mirada volvió a enfocarse en el espejo. Aquel cuerpo por el que tanto trabajaba cada día continuaba reflejándose casi en su totalidad sobre el cristal, envuelto por la cálida luz dorada que le rodeaba.
Pero aún quedaba piel por descubrir.
Sus manos se dirigieron hacia la goma elástica de su ropa interior y, una ve afianzado el agarre, se inclinó hacia adelante y tiró hacia abajo.
Al levantarse, pudo contemplar su cuerpo ya completamente libre de cualquier tela.
Los brazos tonificados y fuertes, su pecho firme y reluciente, su abdomen duro y lleno de líneas que marcaban la musculatura.
Y su pene, que hasta hacía unos minutos había sentido arder en sus pantalones, ahora solo colgaba flácido y empequeñecido por la falta de actividad.
Aquello era intolerable.
Tras echar un último vistazo a su reflejo, giró sobre sus talones y enfrentó la enorme cama en la que había compartido tantos momentos con In-ho.
Las suaves y finas sábanas de color rojo se presentaban como un desafío. Un desafío para volver a manchar. Para cubrir con blanco la superficie hasta formar nuevas tonalidades.
El Reclutador apretó los dientes; eso tendría que esperar.
Con paso firme, se dirigió hacia la cama y, al llegar al borde, se inclinó para apoyar sus manos y subir. Luego, gateó sobre la mullida superficie hasta quedar junto al cabecero de la cama y, una vez allí, giró sobre sí mismo para caer boca arriba en el colchón.
Por unos segundos, todo quedó en silencio. Su cuerpo analizaba con precisión la suavidad de las sábanas que tenía bajo su cuerpo desnudo, como si tratara de asegurarse de que aquel era el escenario propicio para llevar a cabo lo que tenía en mente.
El lugar ideal para convertirse en lo que necesitaba.
Un altar para su desobediencia.
Por fin, giró su cuerpo hacia la izquierda. No completamente, solo lo necesario para alcanzar la mesita de noche situada junto al lateral de la cama. Abrió el primer cajón y contempló lo que contenía: una gran botella de lubricante y una bolsita de tela.
Tomó ambos objetos y los sacó.
El lubricante lo dejó a un lado, junto a él, y con sus dos manos se dispuso a abrir la pequeña bolsita de tela.
Al hacerlo, metió la mano y extrajo el consolador que allí guardaban. Se trataba de un juguete que In-ho había encargado hacía ya algún tiempo en una prestigiosa —y secreta— tienda erótica. Según las exigencias que había impuesto, poseía las medidas exactas, tanto de grosor como de longitud de In-ho por lo que constituía una copia casi perfecta del pene de su pareja.
Casi.
Porque, a diferencia de las habilidades que la naturaleza se había limitado a poner en el de In-ho, aquel juguete contaba además (por sugerencia del propio In-ho) con una vibración añadida al conjunto a partir de un pequeño dispositivo incrustado en el interior.
El Reclutador lo observó con atención.
Una ligera sonrisa le recorrió el rostro al recordar como In-ho le había regalado aquel juguete luego de que, tras una de sus sesiones en las que la acción duró más de dos horas, él hubiera seguido insistiendo en que continuaran con más rondas en cuanto se recuperaran. Días después, le había dado el juguete alegando que, de esa forma, "su pene no terminaría secándose para siempre por su culpa".
El Reclutador volvió a girar sobre sí mismo, dejando caer su cuerpo sobre la espalda de forma que quedara boca arriba.
—Siempre has sido un jodido celoso... —susurró, sin apartar la vista del juguete.
Y es que, estaba seguro de que In-ho había escogido encargar aquel artefacto con sus medidas exactas por el simple hecho de que no soportaba que nada más grande o pequeño, aunque fuera inanimado, entrara en aquello que le pertenecía y que se esforzaba tanto en marcar como propio.
Tantas noches de manchas de semen no podían ser borradas por la intrusión de algo que no fuera propio.
In-ho sabía que, como él, El Reclutador le era perfectamente fiel, pero no era en la desconfianza donde residía su posesividad. Simplemente, no le gustaba la idea de perderse la oportunidad de habitar aquel cuerpo que significaba su infierno personal.
La droga que necesitaba para inhibirse de todo lo que era y convertir las sombras de su mente en hierros candentes con los que excitarse.
—Pero hoy la has cagado, In-ho... —volvió a hablar El Reclutador.
Acto seguido, dejó caer el juguete sobre el colchón, justo a su derecha.
Entonces, sus manos cayeron de forma simultánea en sus muslos y comenzó a acariciarlos con calma.
Cinco minutos.
Eso es lo que le había dicho In-ho que iba a tardar en despachar al VIP. Pero no era cierto. Porque ninguno de esos estúpidos gordinflones tardaba menos de cinco minutos en tratar sus asuntos... a no ser que estos involucraran la actividad sexual.
Las uñas se clavaron en la carne, arrancándole un suspiro.
In-ho odiaba que se quejara tantísimo de los VIP, pero no podía evitarlo; cada uno de ellos le parecía más idiota que el anterior. Le sacaban de quicio. Y el hecho de que tuvieran el poder para arrebatarle de sus brazos a su pareja no hacía nada por contribuir a la poca simpatía que sentía por ellos.
Instintivamente, las uñas comenzaron a deslizarse hacia arriba, arañándole lentamente los muslos hasta llegar a las caderas, dejando un pequeño rastro rojizo a su paso. Se detuvo allí por unos instantes, sopesando qué dirección debía seguir a continuación.
Su pene estaba volviendo a endurecerse como reacción al dolor y sus manos se encontraban muy cerca de la entrepierna...
Pero no, aquello era demasiado fácil.
Las manos continuaron su camino, cubriendo su blanca piel con un rastro blanquecino que pronto se tornaba rojizo debido a la irritación. Cada uno de los finos caminos que trazaba en su recorrido iba despertando sus nervios y cada nuevo centímetro conquistado por el dolor le hacía emitir suaves jadeos de satisfacción.
Pronto, alcanzó la pronunciada curva de su cintura.
Un fuerte estremecimiento le recorrió la columna vertebral como un rayo, haciendo que sus músculos se movieran con una violenta sacudida. La sensación flotaba entre un ligero cosquilleo y el dolor derivado del arañazo.
Merecía la pena experimentarlo una vez más.
Volvió a colocar sus manos por encima del hueso de las caderas y flexionó sus dedos contra las mismas, transformando sus dedos en garras pero, en esta ocasión, hizo una mayor presión, hundiendo las uñas contra la carne casi como si pretendiera atravesarla.
Luego, repitió la acción, deslizándose lentamente por la sensible piel.
La sensación volvió a aparecer, ahora de una forma mucho más intensa. El dolor se esparcía de forma pausada y constante a lo largo de su cuerpo, explotando en cada pequeño tramo que avanzaba.
Justo al llegar a la mitad, su espalda se arqueó y las costillas se le pegaron de forma pronunciada a la piel. En consecuencia, las uñas, que habían seguido su camino de forma imparable y feroz, chocaron con el hueso.
—J-joder... —jadeó débilmente.
El contacto había sido mucho más fuerte que en otras zonas. Podía notar como miles de calambres y pinchazos se esparcían por todo su sistema nervioso, como si su cuerpo estuviera tratando de alarmar a su cerebro. Avisarle de que algo no estaba funcionando como los instintos de supervivencia requerían.
Y aquello, era algo que le apasionaba conseguir.
Cuando todos sus sentidos se ponían en máxima alerta, su cuerpo experimentaba una transformación impresionante.
Volvía a sus instintos básicos. Aquellos a los que no les importaba la moral o las reglas... menos de lo que le importaba normalmente en realidad. Se convertía en un salvaje, alguien a quien solo le interesaba lograr más placer.
Más fuego ardiendo y quemando su piel.
Más adrenalina fluyendo por sus venas.
Más sangre apretándole la polla.
Las uñas regresaron a sus caderas, anclándose una vez más en la línea de salida y volvieron a deslizarse sobre la piel ya enrojecida, arrastrándose de forma cruel sobre las marcas que ya había dibujadas en aquel lienzo que conformaba su cuerpo.
—J-joder... In-ho...
Aquel nombre salió de su garganta sin ser registrado previamente por su cabeza.
Una reacción instintiva fruto de la conexión entre los recuerdos físicos y psicológicos que almacenaba.
Normalmente, sus uñas se encajaban sobre las escápulas de In-ho y, con cada embestida que recibía, adornaba con una nueva línea la espalda de aquel hombre.
Su propia marca de pertenencia.
Ese sello que había escogido por el placer que proporcionaba y por su poca durabilidad, lo cual indicaba la necesidad de repetir la acción casi cada día para renovarlo.
Así mismo, In-ho aprovechaba todas aquellas posturas que le proporcionaban la ocasión perfecta para llenar cada rincón de su cuerpo con el registro de sus uñas.
Había llegado a pensar que In-ho usaba esa pequeña actividad para inhibirse de la acción y lograr un mayor rendimiento pues, casualmente, siempre que se detenía mientras follaban para arañarle la espalda y los glúteos, se encontraba a cuatro patas.
Esa postura que permitía llegar a mucha más profundidad y que hacía que su trasero se volviera mucho más apretado.
Aunque In-ho, siempre lo había negado.
Por fin, llegó de nuevo hasta las costillas y la sensación de dolor le embargó al instante.
—E-eres un... ah... puto imbécil... ah... por perderte esto... —jadeó entrecortadamente.
Apretó con más fuerza las uñas contra la carne.
Es lo que habría hecho In-ho.
Si hubiera estado allí con él, le habría castigado por ser tan insolente.
"No te estás portando bien..."
Eso es lo que él habría dicho. Con los labios curvados en una sonrisa que delataba lo mucho que le gustaba que fuera de aquella forma. Que él fuera capaz de seguir llevándole la contraria y obligarle a usar algo mucho más estimulante que la fuerza o la manipulación.
El placer.
Las manos continuaron subiendo hasta llegar al pecho. El trayecto, inevitablemente, le hizo rozar sus pezones, y una fuerte descarga de placer se unió a la sensación de dolor.
Se detuvo por un instante allí, y masajeó con cuidado aquella piel tan sensible y pudo sentir como pequeños calambres explotaban en su estómago.
De forma experimental, colocó el pulgar y el índice de ambas manos en sus pezones, de forma que los dedos aprisionaron la carne. Luego, apretó con fuerza. La excitación comenzó a esparcirse al instante desde el fondo de sus entrañas hasta el resto de su cuerpo.
El calor acarició su cuerpo, incendiando sus nervios con una potencia que ya conocía y siempre le había resultado adictiva.
—E-eres un p-puto imbécil... —repitió entre balbuceos.
Casi automáticamente, los dedos estrujaron sus pezones, retorciéndolos levemente.
Justo como habría hecho In-ho.
Cerró los ojos y trató de visualizarlo.
Pero no ese rostro serio e indiferente. No el hombre cuyo pelo perfectamente engominado y peinadole hacía parecer una persona normal, predecible y aburrida...
No.
Eso no era lo que quería.
Quería al In-ho de verdad, no la jodida máscara tras la que se escondía.
Ese hombre que le observaba sus ojos oscuros en los que titilaba el brillo de la necesidad y el deseo.
Aquel al que no le importaba el estado de su pelo sino cuánto podía aguantar éste cuando tiraba de él.
Esas manos fuertes y dominantes apretándole con fuerza los pezones para castigarlo como merecía.
Su In-ho.
El calor le estaba asfixiando y ahora su pene se encontraba completamente erecto, suplicándole un poco de atención. Algo que le aliviara de la presión que le estaba rodeando sin ningún tipo de compasión.
Quizás, en otras circunstancias, se habría permitido torturarse un poco más.
Retrasar cuanto pudiera el alivio para que, al conseguirlo, todo se sintiera más intenso y placentero. Pero, después de lo que había ocurrido con el Oficial, su cuerpo no iba a permitirle aquel lujo.
In-ho ya se había encargado de desquiciarlo lo suficiente como para que hacerlo ahora él consigo mismo resultará en una crueldad que no estaba dispuesto a experimentar.
Por hoy, se daría un pequeño capricho.
Separó sus manos de los pezones, liberándoles de la intensa sensación a los que les había sometido. Un suave gemido de alivio escapó de sus labios. Luego, dirigió su atención hacia su pene, que le esperaba completamente duro e hinchado tras las piernas.
Apoyó su mano izquierda sobre el muslo y dirigió su mano derecha hacia sus testículos. Una vez allí, comenzó a acariciarlos con suavidad, tentando los alrededores de la zona.
Tal y como pensaba, una ligera descarga de placer le invadió al instante.
Estaba increíblemente sensible.
Con cuidado, deslizó sus dedos por el tronco de su pene, acariciando las venas que se apretaban contra la piel con intensidad, hasta que por fin, llegó a la cabeza.
El glande estaba enrojecido y parecía a punto de explotar.
—Esto es culpa tuya, In-ho... —susurró.
En un acto que bien podría parecer irracional y temerario, agarró el glande y lo encerró en su puño, estrujándolo con fuerza.
Una oleada de dolor le recorrió al instante.
Su cabeza se apretó contra la almohada, tratando de hacer fuerte la repentina sensación y su mano, que había permanecido apaciblemente sobre su muslo izquierdo, se crispó, enterrando las uñas contra la carne.
"No soy yo quien está gimiendo como una perra por atención"
Podía escuchar perfectamente la voz de In-ho golpeándole los oídos. Burlándose de él. De la necesidad que su cuerpo estaba experimentando. De aquel instinto que le suplicaba que corriera hacia la sala en la que sabía que se encontraba su pareja y dejara que se lo follara ahí mismo.
Su cuerpo estaba en llamas y la excitación estaba golpeando cada rincón de su mente. Destrozando las débiles murallas de su cordura (la poca que poseía).
Aquello le estaba asfixiando.
Se estaba ahogando.
Iba a terminar matándolo.
Instintivamente, sus caderas se mecieron hacia arriba, encajando con mayor profundidad su erección a través del constreñido agujero que formaba su puño alrededor de la cabeza de su pene.
El dolor se intensificó, pero no le importaba.
Quería experimentar aquello, la sensación de tener el control incluso de su propio sufrimiento.
Las embestidas pronto aumentaron su potencia y velocidad, estirando la carne y contrayéndola a su paso hacia el puño y en la salida del mismo.
Jodido masoquista.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
Por supuesto que lo era. Era un jodido masoquista que amaba la sensación de que todo se derrumbara. Que las reglas impuestas, aquellas que marcaban el dolor como algo negativo y de lo que cualquiera debía huir a toda costa, se extinguieran.
Él marcaba sus propias normas.
Él decidía cómo obtener su propio placer, porque le pertenecía enteramente.
Dio unas cuantas embestidas más, regodeándose en la intensa sensación que lo abrumaba cuando la carne sensible de su glande golpeaba contra la piel seca en la palma de su mano y como la reacción de su cuerpo se traducía en más presión de las uñas contra su muslo.
Pero, demasiado pronto tal vez, dejó de ser suficiente.
Resulta una realidad inamovible que, pasado el tiempo suficiente, cualquier cuerpo se acostumbra a las circunstancias que se le impongan.
No importa cómo de fuerte o intensa es una práctica, con el paso del tiempo, todo pierde su eficacia y se vuelve tolerable para quien la sufre o disfruta.
El Reclutador bien sabía que ninguna tortura resultaba útil si se mantienía de forma constante e inalterable en el tiempo. Y aquello, precisamente esa pérdida de lo que alguna vez había rozado los límites de lo soportable, es lo que justificaba la necesidad de buscar más.
De seguir avanzando y descubriendo los nuevos límites que el cuerpo traza en base a las experiencias vividas.
Y el ciclo, tan solo se reiniciaba al detenerse por el tiempo suficiente para que el cuerpo perdiera su nivel de alerta.
Pero ahora, lo que menos tenía era tiempo.
—Mierda... —jadeó con frustración.
Acto seguido, separó ambas manos de sus respectivos lugares.
Su pene chocó dolorosamente contra la piel de su pelvis.
Lejos de detenerse, aquello solo aumentó sus ganas de continuar con sus próximos movimientos.
Rápidamente, alcanzó la botella de lubricante que había dejado a su derecha y la abrió. Luego, se deslizó por el colchón para acomodarse en las almohadas que se encontraban junto al cabecero de modo que, si bien la parte inferior de su cuerpo permanecía tumbada y recta, su torso se encontraba un poco elevado.
De esa forma, podía controlar mucho mejor el curso y dirección de sus propios movimientos.
Dio la vuelta a la botella y permitió que el resbaladizo y transparente contenido cayera sobre la palma de su mano. Cuando por fin adquirió lo que consideró una cantidad adecuada, volvió a girar la botella y la cerró. Pronto, esta cayó de nuevo sobre el colchón aunque permaneció cerca de su cuerpo, por si le resultaba necesario hacerse con más lubricante en algún momento.
Entonces, fijó su vista en el espejo que tenía frente así y se recolocó, asegurándose de que su trasero quedaba perfectamente expuesto.
Su cuerpo lleno de líneas rojizas y su cara ya brillante de sudor y descompuesta por la excitación le saludó desde su reflejo en la pared.
Sin apartar la vista, alzó un poco las piernas, dejándolas suspendidas pero flexionadas en el aire para que la vista de su entrada fuera más clara. Aquel agujero arrugado y rosa comenzó a palpitar frente a sus ojos, haciéndole aún más consciente de la fuerte necesidad que le estaba consumiendo.
Usó su mano izquierda para afianzar la postura de su pierna mientras que, lentamente, fue acercando su mano derecha, llena de lubricante, hacia su entrada.
El cambio repentino de temperaturas le hizo temblar cuando sus dedos se apoyaron sobre la carne. Su espalda volvió a arquearse, la cabeza cayó de nuevo hacia atrás y sus ojos se cerraron. La respiración se descontroló, convirtiéndose en una mera sucesión de rápidas aspiraciones que apenas servían para llenarle los pulmones.
Ahí estaban de nuevo los instintos básicos.
Estaba tratando de hacer frente a la fuerte y abrumadora oleada de sensaciones no de una forma racional sino salvaje y primitiva.
—Joder... —jadeó a través de sus dientes apretados.
Mantuvo sus dedos estáticos sobre su entrada por unos instantes, haciéndose consciente del ligero movimiento que ésta realizaba al sentirlos tan cerca. Parecía completamente desesperada, como si estuviera tratando de succionarlos hasta sus profundidades.
Cuando por fin pudo notar que su respiración se equilibraba un poco, se atrevió a mover los dedos, acariciando con movimientos circulares aquel cúmulo de nervios que no cesaba de latir.
La electricidad volvió a trepar por su columna vertebral, enredándose en cada uno de sus músculos con una fuerza abrumadora.
La tensión comenzó a acumularse en sus músculos conforme los latidos de su entrada se volvían más evidentes contra la yema de sus dedos y el calor se iba volviendo más intenso. Una súplica constante que prometía asfixiarlo si no era atendida debidamente.
Por fin, colocó su dedo índice y ejerció una pequeña presión, tentando la zona.
Para su sorpresa, a pesar de la poca fuerza que había utilizado en la acción y su nula intención de que el dedo penetrara, su cuerpo se encargó de atraparlo entre sus paredes, haciendo que resbalara con una facilidad asombrosa.
—J-joder... —tartamudeó sin apenas aliento.
Las descargas de placer se sucedieron a raudales, embriagando su mente de forma ensordecedora. Mientras, el dedo continuó avanzando en su recorrido aunque, ahora, ya no obedecía más que al instinto que lo dominaba y que exigía cada vez más y más.
"¿Esto era lo que querías?"
Otra vez pudo escuchar la voz de In-ho. Retumbando en su mente con una exactitud que daba miedo. Porque, en verdad, resultaba extraño que su cabeza fuera capaz de replicar con tal precisión la voz y el tono de su pareja, aunque fuera uno de sus sonidos preferidos.
Sus ojos continuaban cerrados por lo que, supuso, ello le ayudaba mejor a imaginarle junto a él.
¿Y por qué no disfrutarlo?
—No —gimió al fin—. Te quería a ti...
Acto seguido, respondiendo a un impulso incontrolable, se metió un segundo dedo.
Un fuerte gruñido escapó de su garganta mientras su espalda volvía a arquearse por encima del colchón.
—Pero siempre tienes que ser un jodido estirado...
Casi pudo escuchar la risa de In-ho junto a su oreja.
Sonaba tan sincera...
Tan real...
De pronto, una idea turbó su mente, golpeándola con la potencia de un rayo.
¿Acaso In-ho...?
Abrió los ojos de golpe y, rápidamente, desvió su mirada de un lado a otro, buscando desesperadamente la figura de aquel hombre al que amaba.
El movimiento se volvió algo frenético.
Ansioso.
Anhelante.
Y su fin, decepcionante.
Porque su pareja, en contra de todos sus deseos, no se encontraba en aquella habitación. Continuaba prestando su atención —aquella que en realidad solo debía pertenecerle a él— a un idiota con dinero que no había logrado aún que le implantaran un par de neuronas funcionales.
Volvió a cerrar los ojos al tiempo que tragaba saliva como si con ello también pudiera hacer desaparecer la terrible sensación que le estaba llenando el pecho.
Le echaba tanto de menos...
En un intento por apartar aquella sucia opresión en el corazón, comenzó a mover los dedos que aún mantenía en su interior, encajándoselos hasta los más profundo que podía llegar.
Hasta que toda la longitud de los mismos desaparecía en sus entrañas y solo quedaba a la vista los pequeños bultos de sus nudillos.
Rápidamente, las oleadas de placer volvieron a cubrir su piel y los gemidos se encargaron de ensordecer sus pensamientos.
Pero no aquella voz.
"Ohhh... ¿Alguien está un poquito desesperado?"
El Reclutador apretó los dientes.
—Joder, cállate ya... —dijo, al tiempo que aceleraba el movimiento de sus dedos.
"Sabes que me encantaría estar aquí"
—Pero no estás... —escupió venenosamente El Reclutador.
Sin pensarlo demasiado, introdujo un tercer dedo.
El estiramiento experimentando, debido a la prematura acción y la brusquedad con la que fue desempeñada resultó en un potente pinchazo que le hizo estremecerse de dolor.
—P-por eso... —jadeó con dificultad—. P-por eso estoy... ah... haciendo esto...
Sin hacer caso al dolor, casi como si se regodeara en él, hizo que el nuevo dedo se encajara con el resto en la siguiente embestida.
Repitió la acción unas cuantas veces, empapándose de la adictiva sensación que significaba adueñarse de su propio dolor y convertirlo en parte de su satisfacción personal hasta que, una vez más, dejó de ser suficiente.
La presencia del lubricante y la natural adaptación hicieron su trabajo demasiado rápido para su gusto y, pronto, el dolor comenzó a desaparecer dejando paso al placer puro.
Entonces, volvió a abrir los ojos, enfrentando el reflejo de su cuerpo.
Tres dedos metidos en lo más profundo de su culo, rodeados por aquella arrugada circunferencia que continuaba tratando de obtener más.
Las líneas rojas que había dibujado a lo largo de su pecho y piernas.
El rostro desencajado por el placer y el pelo pegado a su frente cubierta de sudor.
—Menudo puto desperdicio, In-ho... —susurró, empujando una vez más los dedos dentro de sí.
Y es que, resultaba un auténtico pecado que aquella hermosa composición que estaba representando no estuviera obteniendo la atención que merecía. Resultaba imperdonable que su pareja, el hombre que estaba lo estaba atormentando y parecía dirigir cada uno de sus pensamientos en la ejecución de su desobediencia no estuviera allí para presenciarlo.
Tras un par de empujones más, afianzó el agarre de su mano izquierda en la pierna, como si temiera que sus siguientes movimientos le hicieran por fin colapsar. Luego, hizo que su mano derecha comenzara a retroceder, extrayendo cada centímetro de sus dedos con una lentitud torturante.
Cuando la punta de sus dedos abandonaron su cuerpo se hizo prometer que, si en una de esos maravillosos regalos que da en pocas ocasiones la vida, alguno de los VIPs caía en desgracia y perdía toda su influencia y poder económico, le perseguiría hasta el fin del mundo para desangrarlo como el cerdo que era.
Así, ninguno de ellos se atrevería jamás a volver a interrumpirlos.
Una vez estuvo fuera, apretó el abdomen para mantener sus piernas suspendidas y liberó la mano izquierda por unos instantes.
Sus manos, ahora libres, tomaron caminos muy diferentes. La izquierda agarró con rapidez la botella de lubricante mientras que la derecha se aferró al juguete que había extraído de la bolsa. Aquel que poseía las dimensiones exactas de In-ho y que significaba uno de los escalones hacia el altar de su posesividad.
Acto seguido, abrió el lubricante y vertió sobre el juguete una cantidad lo suficientemente abundante como para hacerlo gotear.
No estaba dispuesto a tener que renovarlo en ningún momento.
Luego, lanzó la botella a un lado y comenzó a esparcir aquella viscosa sustancia por toda la longitud del juguete. El aspecto reluciente que este comenzó a adquirir pareció dotarle de un realismo añadido y tuvo que contenerse para no metérselo directamente en la boca.
Una vez estuvo contento con la lubricación, la mano izquierda volvió a adquirir su posición sobre el muslo, agarrando la carne con firmeza para asegurarse de que la postura permitiera una penetración perfectamente profunda.
Su mano derecha, por otra parte, sostenía el juguete chorreante de lubricante y, poco a poco, comenzó a acercarlo hacia su entrada, que había comenzado a palpitar de nuevo.
Tal y como si supiera que es lo que se le venía encima.
Cuando, de forma cautelosa, acarició la cabeza de silicona contra aquel cúmulo de nervios, un suave gemido escapó de sus labios.
Entonces, volvió a dirigir su mirada hacia el espejo, decidido a no perderse ni un segundo de aquel espectáculo que estaba a punto de representar.
Aunque no fuera ante el público que él deseaba.
Contuvo la respiración mientras el falso glande se apretaba contra su cuerpo, tanteando la presión necesaria para poder acceder al interior. No hizo falta demasiada. La fuerte excitación que cubría sus músculos había logrado que, junto con la preparación, todos ellos se relajaran lo suficiente como para permitir que la entrada fuera fácil y suave.
El Reclutador exhaló un suspiro de alivio.
Con la vista fija en el espejo, fue testigo de cómo el juguete desaparecía centímetro a centímetro en su interior.
El material utilizado —la silicona— para "clonar" aquel pene, había permitido calcar cada uno de los detalles que marcaban la apariencia del original. Desde cada una de sus arrugas, hasta las venas y la forma exacta del glande y el tronco.
Pero, claro está, no podía replicar la presión del torrente sanguíneo ejercía una vez que el pene se encontraba excitado ni las pequeñas contracciones que este podía sufrir durante la actividad sexual.
No era In-ho.
—Joder... —jadeó El Reclutador.
Había creído que una vez introdujera el juguete se aliviaría parte de la opresión que la excitación estaba generando a lo largo de su cuerpo pero, en cambio, no había hecho más que aumentar su anhelo.
No quería sus dedos.
Ni juguetes.
Quería a su In-ho.
Su fuerza.
El deseo que irradiaba cada una de sus embestidas cada vez que follaban.
Los arañazos que amenazaban con partirle la piel.
Los mordiscos que buscaban extraer la sangre.
Y aquellas manos apretándole el cuello que limitaban el paso del oxígeno a su cerebro y convertían los besos en una lucha constante por la supervivencia.
El Reclutador apretó los dientes con frustración.
In-ho no estaba allí.
Su cabeza volvió a caer sobre la mullida almohada y sus ojos volvieron a cerrarse.
Al mismo tiempo, el agarre de su mano izquierda se endureció, clavando sus uñas sobre la sensible carne de su muslo, y la mano derecha empujó con fuerza el juguete hasta el fondo.
De inmediato, una descarga le recorrió de los pies a la cabeza.
Había encontrado la próstata.
Sin pensarlo dos veces, hizo retroceder el juguete solo para volver a encajarlo de nuevo, orientándolo en la misma dirección que antes y un nuevo estremecimiento le golpeó la columna vertebral.
Una media sonrisa apareció en sus labios.
—Jódete, In-ho... —susurró.
La misma acción se repitió una vez más.
Y otra vez.
Y una vez más.
El juguete retrocedía continuamente y, segundos después, volvía a penetrarlo con fuerza, golpeando en el proceso su próstata y arrancándole un nuevo gemido.
Casi parecía decidido a tatuarse las venas impresas en el juguete en lo más hondo de sus entrañas.
Y, poco a poco, se fue transformando en un desastre tembloroso y jadeante.
De un momento a otro, la adrenalina comenzó a correr por sus venas con una intensidad que le era bien conocida. Podía sentir su piel arder y los músculos comenzaron a crisparse mientras su próstata seguía siendo azotada sin piedad.
Estaba cerca.
Mientras continuaba sus movimientos, El Reclutador no pudo evitar que una pequeña duda se le asentara en el cerebro.
Eso no era lo que quería...
Pero, joder, estaba tan cerca...
—Vaya, vaya —susurró una voz—. ¿Pero qué tenemos aquí...?